• Sobre la corrección política

    A Letter on Justice and Open Debate. Así se titulaba una Carta apoyada por más de ciento cincuenta destacados intelectuales y artistas autodefinidos como progresistas (liberales e izquierdistas) en la revista Harper’s, que ha generado enorme controversia en los medios y en las redes, al poner sobre la mesa, y a contracorriente, las polémicas asociadas a la denominada como “corrección política”.

    Firmada por personas del prestigio de J.K. Rowling, Francis Fukuyama, o Steven Pinker, entre muchos otros, la Carta subrayaba, a modo de manifiesto, la amenaza a las libertades fundamentales de expresión y creación que podían suponer ciertos postulados y movilizaciones de la llamada Nueva Izquierda occidental (y especialmente la norteamericana) urbana, burguesa y globalista.

    Un mensaje muy claro: sin libertad no hay investigación y no hay ciencia, sin libertad no hay justicia social y no hay progreso que sea equitativo y sostenible, y por ello sin libertad no hay debate y no auténtica hay democracia. Libertad real (y siempre imperfecta) que suponía, en el plano político, respetar las opiniones contrarias, buscar puntos de encuentro, comprender las diferencias, moderar las posiciones, y abrir la competencia a opciones políticas alternativas o distintas. Pero principio básico de toda sociedad occidental que, para estos signatarios, parecía en peligro por una serie de tendencias que en nombre de la tolerancia y la diversidad marcaban un discurso uniformizador y excluyente.

     

    Lo ‘políticamente correcto’

    Para muchos pensadores, estas tendencias constituían simple y llanamente el intento de ese sector de la izquierda radical de conquistar la hegemonía política (cultural y socialmente, en términos gramscianos) perdida ante la crisis y caída del paradigma marxista a la que muchos se refieren como “dictadura de la corrección política”. Un debate ya popularizado desde los primeros libros The Closing of the American Min de Allan Bloom, Tenured Radicals de Roger Kimball e Illiberal Education de Dinesh D’Souza; y posteriormente actualizado con la crítica al “McCarthysmo cultural de izquierdas” de la denunciada “izquierda-caviar de Hollywood” (Oriana Fallaci, Paul R. Pillar, Ralph Brandt, Leo McKinstry).

    Somos conscientes de que hay temas de los que no se puede hablar, películas que deben desaparecer, símbolos que no se pueden utilizar, cuotas grupales que han de ser obligatorias, leyes inamovibles, opciones diversas que no pueden ser cuestionadas, hechos del pasado que no se deben recordar, avances que no se pueden desechar, chistes prohibidos.

    Lo estaban consiguiendo; para sus críticos, la Nueva Izquierda lograba imponer esta ‘hegemonía’ en los sistemas partitocráticos occidentales. Su moderna y particular moral liberal-progresista se convertía en oficial, bajo un supuesto pacto con las grandes corporaciones económicas y las élites políticas dominantes; los primeros reconocían, aparentemente, su incapacidad manifiesta en modificar sustancialmente el modelo liberal-capitalista (tras el derrumbe de las ideologías colectivistas y los beneficios de las formas de ocio mercantilistas), y los segundos se beneficiaban de las formas de producción y consumo de la superación de toda forma tradicional de pensar y de vivir que las limitase.

    Un acuerdo aparentemente perfecto. El consenso entre antiguos enemigos ideológicos daba lugar a eso que puede ser definido como globalismo: un movimiento liberal-progresista internacional que definía en exclusiva y de manera selectiva el contenido y la práctica de los derechos humanos contemporáneos (Paul James), que llegaba a anteponer intereses ideológicos o económicos a demandas comunitarias (Gideon Rachman) y que usaba la gobernanza mundial como medio de legitimación de sus propias decisiones e intereses. Una sociedad mundial diversa y multicultural que desterraba la primacía de las identidades nacionales, las creencias religiosas y las herencias históricas, debiendo ser gobernantes y gobernados “politically correct”.

    Así lo criticó, por ejemplo, Fallaci. Y para lograr sus objetivos, este movimiento penetraba profundamente en los partidos de siempre o los creaba en tiempo récord (de Macron en Francia a Zelensky en Ucrania), obtenía subvenciones para los adeptos y sanciones para los “incorrectos”, sus premisas ideológicas se convertían en el discurso oficial de muchos gobiernos, lograba la absoluta adhesión de numerosos intelectuales o directamente su silencio (en muchos casos desde la censura directa o desde la autocensura inevitable), y manejaba con maestría muchas conciencias ciudadanas desde la presión sin compasión en las redes, el boicot público en los medios o la demonización ideológica en la propaganda. Las Open Society Foundations, con sus influyentes organizaciones y sus amplias redes, eran consideradas, por los críticos de dicho movimiento, como uno de los máximos exponentes y responsables del mismo.

    Para unos era la realidad actual, para otros era una simple teoría de la conspiración. Pero esta Carta, considerada sospechosa por algunos representantes destacados de la Nueva Izquierda pero firmada por personas poco sospechosas de posiciones conservadoras, aumentaba aún más el debate. Porque pese a manifestar desde el principio que la reivindicación era necesaria y que el “iliberalismo” nacionalista debía ser enfrentado, había límites que no se podían pasar. Los firmantes se sumaban al necesario “ajuste de cuentas” de los “guerreros de la justicia”, por el pasado y presente de racismo y desigualdad, especialmente tras el odioso asesinato de George Floyd y las protestas en los EE.UU, y atribuyendo dicha horrible situación al gobierno Trump (aunque sin hablar de las dos legislaturas previas de Obama, donde nació precisamente el fenómeno del Black Lives Matter).

    Por ello, alertaban que “el libre intercambio de información e ideas, que son el sustento vital de una sociedad liberal, está cada día volviéndose más estrecho”, creciendo paralelamente “la intolerancia hacia las perspectivas opuestas, la moda de la humillación pública y el ostracismo, y la tendencia a disolver asuntos complejos de política en una certitud moral cegadora». Es decir; venían a decir que “el sueño de la razón engendra monstruos” (como pintó con maestría nuestro Goya siglos antes).

     

    La censura democrática

    Se les había ido de las manos, quizás. Lo habían apoyado desde el principio (siendo el mismo Chomsky uno de sus referentes destacados), pero se había radicalizado en exceso; superaban injustificadamente el legítimo rechazo a la violencia policial o la imprescindible búsqueda de la reparación moral, cuestionando el sueño de la “inclusión democrática”, al imponer represalias públicas y censuras sistemáticas a diestro y siniestro: «los editores son despedidos por publicar piezas controvertidas, los libros son retirados por supuesta falta de autenticidad, se prohíbe a los periodistas escribir de ciertos temas, los profesores son investigados por citar trabajos de literatura en clase, un investigador es despedido por divulgar estudios académicos revisados…”. Y además le hacían el juego, paralelamente, a la derecha radical a la que decían combatir: legitimaban sus reacciones y victimizaban a sus líderes.

    La considerada como verdadera democracia podía imponer una verdadera censura poco considerada. Los firmantes comenzaban a sentir en sus carnes, y denunciar públicamente, esta realidad: el desprecio abierto y la censura no tan encubierta antes reservada a aquellos defensores de visiones conservadores o tradicionales de la vida y de la política. Ahora les tocaba a ellos: la caricatura por sus ideas “antiguas”, el boicot por dejar hablar al contrario, el desprecio por no ser lo suficientemente moderno, las etiquetas por pertenecer a grupos no minoritarios, o serlo pero no participar de su definición excluyente, las dudas sobre su honestidad al cuestionar algunos dogmas oficiales. Cada noche se encontraban en sus bandejas de correo y en los comentarios a sus mensajes ese control nada sutil, que el periodista demócrata Stephen Colbert definía, satíricamente, como la “policía de la corrección política”.

    Policía que, para este y otros autores, vigilaba y denunciaba a aquellos que no siguiesen esos principios liberal-progresistas dominantes: el radical lenguaje inclusivo, que no se usaba, como es lógico, en la vida real (de la primera “arroba”, al actual género neutro terminado en “e”); la discriminación positiva, para unos y no para otros (como sucede, polémicamente, en ciertas universidades norteamericanas con la poblacíón asiáticoamericana); la ideología de género, proclamada antiheteropatriarcal pero demostrándose anticientífica (como denunciaba Ben Shapiro), llegando a prohibir en registros oficiales realidades propias de nuestra biología, como los términos padre y madre, o posiciones alternativas sobre sus máximas en la sexualidad o la familia (como le sucedió a la firmante J. K. Rowling, autora británica de Harry Potter); la verdad política sin discusión, siendo apropiado el boicot masivo e instantáneo a empresas que no siguieran las consignas oficiales o no usaran sus símbolos (como a la empresa latinoamericana Goya Foods por apoyar a Trump o a la norteamericana Chick-fil.A por defender el matrimonio natural); la estricta ideoneidad política, con la denuncia de todo político de pasado y presente ligado a posiciones socialconservadoras (como el ministro francés Gérald Darmanin); el ataque a cada creador o artista que se saliera de la norma no escrita de militancia inevitable (como pareció sucederle al actor español Santiago Segura); el anticapitalismo simbólico, eso si, no tan paradójicamente ultracapitalista, reclamando la intervención pública pero financiándose en las grandes corporaciones (con Michael Bloomberg como representante) o publicitándose en las nuevas plataformas televisivas privadas (con Netflix como representación); y la revisión selectiva del pasado colectivo, eliminando estatuas de un pasado colonial controvertido pero sin revisar sus propias experiencias históricas a las que remitían como legado o el presente neocolonial profundamente injusto en el que participaban.

    Sobre estas críticas diversas y polémicas crecientes sobre el fenómeno de la “corrección política” ya había advertido el propio Noam Chomsky años antes: “si no creemos en la libertad de expresión de aquellos que despreciamos, no creemos en ella en absoluto”.

     

    La libertad de ser incorrectos

    El derecho a tener razón y a ser considerado equivocado por la mayoría, a errar y no pedir perdón, a perdonar al contrario e incluso a cambiar de bando, a ser miembro del bando impopular y a poder proclamar con orgullo estar en del lado errado de la historia. Un creciente número de intelectuales lo reclamaba abiertamente, o lo exigía entre líneas con cierto miedo. Como los firmantes de esta Carta tan viral y tan denostada, que cuestionaban, como es lógico, la erradicación del insulto, la superación de la discriminación, o la lucha contra las injusticias.

    Pero lo que si cuestionaban era algo de lo que hacían bandera los movimientos soberanistas, nacionalistas e identitarios: esa legítima posibilidad de ser incorrecto. Tal y como proponía el periodista británico y libertario Toby Young con su Free Speech Union (FSU), en defensa del derecho que todo ser humano posee a expresar opiniones diferentes, controvertidas, excéntricas, heréticas, provocativas o simplemente inoportunas (siempre alejadas de incitaciones a la violencia, de ataques personales o comportamientos incívicos); o tal como manifestaba, entre el humor y la noticia, Bill Maher en su programa Politically Incorrect.

    No eran viejos quintacoluministas ni herederos del lumpenproletariado, y no querían ser nuevos y y desleales traidores a la causa liberal-progresista. Lo subrayaban continuamente; nuestros signatarios se presentaban como demócratas que apelaban al sentido común, sin abandonar sus legitimas convicciones más o menos izquierdistas. Querían esa libertad para comprender el pasado y no destruirlo, negociar con el adversario y no perseguirlo, moderar el discurso para que diera más fruto, hablar sin ser insultados, convencer al otro sin despreciar sus ideas, respetar las normas comunes para sumar a la mayoría, construir sin destruir. «No puede existir Justicia sin Libertad», defendían los intelectuales citados; y añadían por ello que “la manera de vencer a las malas ideas es exponiendo, argumentando y convenciendo, no intentando silenciar o apartando. Rechazamos cualquier falsa elección entre Justicia y Libertad, que no pueden existir la una sin la otra. Como escritores necesitamos una cultura que nos deje espacio para experimentar, tomar riesgos e incluso cometer errores”.

    Pero los poderes fácticos globalistas no lo ponen fácil, parece, tampoco a ellos; las todopoderosas redes sociales (los gigantes de Silicon Valley como Instagram, Facebook o Twitter), que determinan que es “contenido inadecuado” o directamente hate speech (bloqueando sin sentencia o indicación judicial alguna opiniones conservadoras sobre temas sensibles), permitieron esta vez su denigración pública; y las tolerantes instituciones políticas occidentales no se sumaron a sus demandas ni respaldaron su llamada, mientras que si lo hacían con las banderas y las manifestaciones consideradas diversas e integradoras y que en muchos casos hicieron causa contra ellos y ellas. Causa desde la que, como la propia Rowling denunciaba (tras una inmisericorde e injustificada persecución), se tiraban “piedras” digitales (desde la inmediatez y la rapidez, por ejemplo, de un tuit) y se realizaban “lapidaciones” virtuales (desde la distancia y el anonimato, de mensajes imposibles de borrar); por ello dos de las firmantes tuvieron que retractarse (como Kerri K. Greenidge y Jennifer Finney Boylan), mientras otra de ellas, Wendy Kaminer, tuvo que salir públicamente a justificar su firma (“Why I signed the Harper’s cancel culture letter”, en Spiked), recordando algo similar a la gran enseñanza evangélica: “Quién esté libre de pecado, que tire la primera piedra” (Juan 8: 7).

    Pero esta posición intelectual crítica, pese al ataque o al silencio, no estaba sola. Podemos citar además la carta firmada, a principios del 2020, por profesores universitarios británicos (“We cannot allow censorship and silencing of individuals”, en The Guardian) ante la censura del espectáculo cómico de Kate Smurthwaite’s en el Goldsmith’s College de Londres, y la intimidación de grupos izquierdistas para prohibir las visiones alternativas sobre sexualidad o feminismo de Germaine Greer, Rupert Read o Julie Bindel; el manifiesto por la libertad de expresión en la Universidad de 2019, suscrito por doscientos profesores de Filosofía del Derecho de toda España, tras el boicot sufrido por Pablo de Lora en la Universitat Pompeu Fabra de Barcelona en su conferencia sobre transexualidad; o emergentes iniciativas en el mundo anglosajón, como las de Heterodox Academy (HA), The Foundation for Individual Rights in Education (FIRE), Academics For Academic Freedom (AFAF) Campaign for Common Sense (CCS), o la publicación Journal of Controversial Ideas (promovida por Robert P. George, Peter Singer o Francesca Minerva).

     

    La guerra cultural

    Unos pueden decir lo que quieran, otros no; unos tienen espacios en los medios, otros no; unos pueden estar en política, otros no. Más claro que el agua. La polarización debe conducir a eso: o conmigo o contra mi; y unos legislan sobre la corrección política y otros alzan la bandera de la incorrección política. La Guerra cultural (Culture war) en estado puro.

    Y esta Carta intentaba consolidar un principio, pese a recordar que Trump era el responsable de todos los problemas. La “democratic inclusion” debía ser salvada de esta gran batalla cultural, evitando que el debate ideológico derivase en conflicto civil, en agresiones físicas o destrozos materiales. Era urgente la lucha contra el racismo (y la injusta desigualdad) y necesario una verdadera igualdad de oportunidades (entre clases, entre sexos, entre generaciones), pero nunca podían alcanzarse estos fines cuestionando la libertad de expresión de los contrarios o de los críticos, ni justificando la violencia antisistema. Extremas izquierdas contra extremas derechas no podía ser el debate para estos firmantes; debía haber algo más.

    Pero “lo políticamente correcto” parecía marcar una gran trinchera entre dos bandos que superaban la recurrente distinción ideológica entre supuestas derechas y supuestas izquierdas. Antiguos conservadores y antiguos obreristas devenían en nuevos “soberanistas” (como demostraba el análisis del fenómeno del “trumpismo” respecto al Partido republicano), y pretéritos enemigos liberales y socialistas se daban la mano como modernos “globalistas” (como sucedía en numerosas elecciones, de Francia a Polonia). Y en plena guerra cultural, este grupo de intelectuales pretendía advertir de los excesos de los suyos, aunque sin olvidar las responsabilidades de los otros.

    Una guerra donde se ponían de manifiesto las diferentes y opuestas posiciones sobre el sentido y el significado posmoderno, ni más ni menos, del Estado de derecho (en sentido formal) y el Estado del bienestar (en sentido material). Pero posiciones que solo desde la libertad podían competir democráticamente o debían colaborar desde el superior interés de los ciudadanos, respondiendo a las auténticas demandas transversales del tiempo presente: la imprescindible igualdad entre hombres y mujeres, las crecientes amenazas medioambientales, la desigualdad socioeconómica en aumento, la pérdida de tradiciones muy valiosas, y sobre todo el impacto de nuevas pandemias que ponen en cuestión nuestro propio modo de vida.

    «La Revolución es como Saturno, devora a sus propios hijos», parecían advertir los firmantes de las Cartas contra la “corrección política” y aquellos que los apoyaban pese a ataques varios. Una frase mítica, atribuida a Robespierre camino del cadalso en 1794 (aunque fue, posiblemente, obra de Pierre Victurnien Vergniaud), que retrataba a un revolucionario jacobino que luchó por la Liberté, contra el Antiguo régimen, eliminando y censurando a sus enemigos (y a todo disidente), y que al final fue ajusticiado y negado por sus antiguos compañeros en defensa de su propia libertad (y supervivencia). Lección exagerada o lección muy real, ahora y siempre, dirán sus lectores.

    Pero lectores que, para estos y otros escritores, periodistas o profesores, debían tener el derecho de leer lo correcto o lo incorrecto, a escuchar los considerados como referentes adecuados o a los personajes denunciados como inadecuados, a poner el canal que desearan y votar por el personaje que estimaran oportuno, y sobre todo a tener su razón y poder defenderla. Porque la verdadera libertad no es correcta ni incorrecta; se tiene y se usa, con respeto y responsabilidad, solo bajo la ley y desde la conciencia.


    SERGIO FERNÁNDEZ RIQUELME es profesor titular de la Universidad de Murcia y Director de la revista La Razón Histórica. Historiador y Doctor en Sociología y Política social. Escritor presente en los medios de comunicación, y experto en Identidades sociales e Historia de las Ideas.

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  • Por los buenos

    Leía esta mañana un fragmento suelto y libre de «El último libro», de Marcos Eymar: «Me fascinan los rostros de los que leen: son muy distintos a cuando hablan por el móvil o escuchan música mientras van al trabajo; sus rasgos se distienden, se deshacen, se iluminan; olvidados de sí mismos, adquieren el aspecto cambiante del agua». Esta es mi percepción con ciertas personas, no cuando leen, mas cuando dedican su tiempo a quienes más lo necesitan.

    Ayer, 10 de julio, celebrábamos con efusión, en la playa de El Prat de Llobregat, el cierre de San Pollín. Nos perdimos el pregón sin faltar al acto de clausura. Fue una noche de verano y de infinitos colores, no faltaron fuegos artificiales en la lejanía; tampoco el tenue fragor del mar. Una larga sobremesa y buenos amigos que bien valen una vida. Esta escueta introducción, la cual muchos considerarán la rutina de lo que conocemos como un vividor, no hace justicia a la realidad. Pues si ayer rondábamos eufóricos entre cervezas y copas, la verdad es que anteriormente anduvimos exhaustos. Creo recordar haber traído por aquí este grito de guerra que profesaba León Bloy, paladín de los pobres, contra los alegres: «¡Tú no tienes derecho a disfrutar cuando tu hermano sufre!». Y yo, como hombre alegre y agradecido, me violenté considerablemente.

    Los amigos exhaustos nos abrimos paso durante la pandemia por calles apestosas, hombres de mal ver, mujeres solas y empobrecidas y, en la mayoría de ocasiones, hogares angostos y putrefactos como cuevas. Los viernes nos aventurábamos con plena dedicación bajo el nombre de La Resistencia, porque aparecimos como El Séptimo de Caballería –tal y como el cine hollywoodiense nos lo ha vendido; aunque yo hubiera preferido algo así como La Tabla Redonda del Rey Arturo– para ofrecer a personas necesitadas las necesidades básicas de las que carecían. No solo necesidades, ofrecían también sonrisas y modales y, tal vez, algo más valioso: su tiempo. Fuimos felices porque fuimos libres de hacerlo y hoy seguimos siendo felices porque volveremos a hacerlo libremente –considerando la libertad, en todo caso, como la capacidad para hacer lo que se debe, y lo que debemos no es otra cosa que devolver desinteresadamente lo que nos ha sido dado–. No pecaré, Dios me libre, si niego que fuimos unos temerarios, porque no hay nada más temerario hoy que ser un desconsiderado, un desagradecido y un egoísta; y sin vanidad ni hipocresía puedo confirmar que mis amigos carecían de todo eso de lo que siempre hay que prescindir. Apenas nos conocíamos cuando coincidimos en tal aventura y hoy podemos considerarnos grandes amigos, y lo que hacen los grandes amigos es celebrar la vida, siempre, con alegría y gratitud. –¡Bualson! ¿De dónde sale esta gente?–.

    «Bebed porque sois felices, mas nunca porque seáis desgraciados» nos enseñó Gilbert K. Chesterton, amigo y maestro, y así lo hicimos. Ayer alzamos las copas al cielo para brindar, como antaño alzamos las lanzas en ristre para ajusticiar. Esta es una oda por la abnegación de mis amigos, un réquiem por los necesitados, una alabanza sin mayor propósito que dar gracias. Me fascinan sus rostros cuando reímos juntos: son muy distintos a cuando se encaraman al móvil o marchan de escarceo; sus rasgos se distienden, se deshacen, se iluminan; olvidados de sí mismos, adquieren el aspecto cambiante del agua. 


    TONI GALLEMÍ

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  • Una educación

    Me crie en un pueblo de unos 35.000 habitantes y jugaba en la calle. Hablo de un tiempo anterior a la climatización perpetua de los grandes espacios de ocio, a la saturación de metacrilato de la que suele estar hecha hoy la geografía prefabricada del consumo. Una época previa al amontonamiento de zonas comerciales que acontecería algunos años más tarde en los extrarradios de las grandes ciudades y de las poblaciones de tamaño medio. Aún éramos cándidos. Todavía éramos incapaces de imaginarnos a nosotros mismos caminando como sonámbulos a través de pasillos flanqueados de escaparates suntuosos y restallantes pantallas de plasma. Había esa ingenuidad aún: un punto inocente, un punto salvaje. Carecíamos de la mentalidad adquisitiva y el raudo instinto voraz con los que, nada más acceder a esta nueva geografía de colores espasmódicos y tranquilizadoras melodías de fondo, un adolescente de ahora calibra sus posibilidades de éxito.

    La calle: los solares inmensos con la tierra calcinada por el sol; las pistas de futbito con el cemento resquebrajado a las que accedíamos furtivamente saltando por encima de una valla oxidada. Salir al mundo era abandonarse a la improvisación. Todo era inmediato, directo, de una tonalidad casi primaria. No mediaban artilugios en el curso de nuestras relaciones, nada de esa parafernalia tecnológica a la que ahora parece que hemos trasvasado el entero fluido de la existencia. Nos hablábamos a la cara, discutíamos de frente, nos insultábamos con un timbre de encrespamiento creciente en las voces. Y con la misma facilidad y la misma ausencia de premeditación y dobleces, nos reconciliábamos en la franca inmediatez de una proximidad que disolvía por completo los agravios.

    Nos hablábamos, compartíamos vivencias a través del gesto y la palabra, nunca sobre la superficie gélida de una pantalla. Poco a poco, aprendíamos a controlar el alcance de nuestras emociones. Por nosotros mismos, imitando las pautas del sentido común que por aquella época prevalecía en casi todos los ámbitos de la vida cotidiana, nos instruíamos en la manera de lidiar con nuestras frustraciones y de acabar encauzando decorosamente el curso de nuestros estallidos de euforia.

    Se ha institucionalizado un culto a la infancia entendido como una suerte de estadio ideal en el devenir de la vida susceptible de prolongarse durante el mayor espacio de tiempo posible

    Las cosas eran concretas, tangibles, más escasas que ahora y precisamente por eso dotadas a nuestros ojos del sentido de un valor irremplazable que ya nos resulta casi imposible comunicar a nuestros hijos. Las personas, en especial las más ancianas, existían en la encarnación de una presencia rebosante de densidad y matices, lo que les confería un aura semisagrada. Era la forma de respeto que se nos había inculcado. El universo de lo virtual nos resultaba aún inimaginable. Palpábamos la realidad, la gozábamos, nos hería. Nadie vivía en ese ensimismamiento fanático en el que tantos de nuestros semejantes deambulan hoy día, conectados a unos auriculares o con la mirada absorta en la pantalla de un móvil, en plena huida de sí mismos, como si se trasladaran por el mundo en el interior de una campana de vacío.

    La libertad era un sentimiento tan real que no necesitaba nombrarse. La inhalábamos con cada golpe de aire, nos llenábamos de ella, sin necesidad de mencionarla nunca, pero añorándola cuando, por una u otra razón, sobrevenían aquellos periodos de clausura que se nos hacían interminables, una soledad sin orillas en que las horas eran como limaduras de hierro que se precipitaran una tras otra en el vacío al compás de una cadencia desesperante. También debimos aprender a sobrellevar esa carga, esa sensación de monotonía y esterilidad agobiantes, conscientes de que no resultaba sensato importunar a los adultos haciéndoles partícipes de nuestro malestar. Porque los adultos habitaban una dimensión aparte, en buena medida impenetrable al clima de extravío y desánimo en que fermentaba la mayor parte de nuestros fracasos. Y a la postre uno diría que aquélla resultó una actitud sabia, porque nos obligó a enfrentarnos a las convulsiones de nuestra sentimentalidad en ciernes echando mano de nuestros propios recursos, sin protocolos psicológicos ni mediaciones condescendientes, mediante la única guía del ejemplo de nuestros mayores, y eso nos hizo más fuertes.

    Desde luego, uno es consciente de lo extravangante que debe de resultar el contenido de estas líneas en unos tiempos que han institucionalizado hasta extremos patológicos el culto a la infancia. Pero a una infancia entendida no como etapa preparatoria para una paulatina maduración de la persona, sino como una suerte de estadio ideal en el devenir de la vida susceptible de prolongarse durante el mayor espacio de tiempo posible. Se han difuminado, para agravar esta tendencia, las líneas que separaban los distintos mundos. Es más: cunde la sensación de que se hayan invertido los rangos, de modo que cada vez resulta más habitual la estampa del pequeño déspota que exige de sus padres un estado ininterrumpido de fervor solícito, y no duda en chantajear a sus progenitores si no obtiene de ellos la instantánea sobredosis de estímulos con que saciar su apetito de distracciones constantes.

    Se extiende, pese a la abundancia de bienes materiales y al festín perpetuo de experiencias excitantes y de amistades innúmeras diseminadas por todo el ancho del orbe virtual, una epidemia de insatisfacción generalizada

    La consecuencia natural de esta concepción bulímica de la existencia es que el entretenimiento planificado se ha convertido en uno de los negocios más lucrativos del presente. Alrededor de los más jóvenes se despliega una industria insomne a la que los padres recurren en masa con tal de no ver languidecer a sus retoños bajo el peso de la verdadera pandemia que azota a Occidente: el aburrimiento. Hay que vivir en el vértigo incesante de las experiencias que otros nos proporcionan. Hay que introducir al niño en un carrusel de fantasías interminables, única manera, al parecer, de exorcizar su tedio y liberarlo de la apatía y la crónica sensación de descontento a las que tan prematuramente le condena la atrofia de su imaginación.

    El resultado de semejante estado de cosas se halla bien a la vista: una saturación de estímulos que asfixia la capacidad de atención y dirige los intereses del niño sólo hacia aquello que le proporciona una gratificación inmediata. Apenas ningún fomento del gusto por el esfuerzo sostenido, la instrospección, la perseverancia, la necesaria aceptación del fracaso. Ningún cultivo del interés hacia el desvelamiento del encanto que se oculta tras la elementalidad de las cosas más cercanas y sencillas.

    Pero uno se pregunta qué clase de felicidad puede encontrar nadie en esta situación de completa dependencia, de servidumbre ciega en realidad, que es el resultado de haber delegado en otros el cumplimiento de nuestras aspiraciones más íntimas. Se extiende, pese a la abundancia de bienes materiales y al festín perpetuo de experiencias excitantes y de amistades innúmeras diseminadas por todo el ancho del orbe virtual, una epidemia de insatisfacción generalizada. Cada vez con más frecuencia, en los rostros de chavales de 12 o 13 años es posible ver impreso un mohín indeleble de hastío, quién sabe si el signo incipiente de una futura caída en los abismos de las más dramáticas claudicaciones vitales. Entonces –no puedo evitarlo– me acuerdo de las calles que hace ya una eternidad acogieron nuestras explosiones de  generosidad y entusiasmo, y de los jardines de parterres desbaratados que contemplaron el luminoso prodigio de una fraternidad irrepetible. Y me pregunto si la única felicidad posible estuvo siempre allí, en la plenitud de aquellos rostros congestionados por el calor y por el ansia de exprimir las posibilidades de dicha contenidas en cada instante. Allí, en la verdad de aquellas emociones.  En los lugares a los que sé que no regresaré nunca.


    CARLOS MARÍN-BLÁZQUEZ ha sido columnista durante diez años en prensa regional (‘La Verdad’, Murcia). Es escritor y autor de ‘Fragmentos’ (Editorial Sinderesis, 2017)

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  • Aquellos veranos de nuestra memoria

    – No se dice almendrillo, se dice membrillo.

    – Bueno, pues… ¿hay almembrillo de postre?

    A los mayores les hacía mucha gracia la palabra almendrillo. La verdad es que a mi me daba igual cómo se llamara, sólo sabía que estaba riquísimo. En invierno nunca había almendrillo. Era cosa del verano y debía comerse mucho en Madrid porque siempre lo traían los abuelos. Era una tarrina redonda y de una marca que se llamaba ‘El Quijote’. El abuelo comía un trocito muy pequeño. Se lo partía la abuela y se lo acercaba con el cuchillo. Y el abuelo lo cogía con mucho cuidado. Y mientras, me decía: “Con esto es suficiente”. Pero yo podía comérmelo todo entero y no hubiera sido suficiente. Yo lo comía, cuando no me veían, a cucharadas. Directamente del plato de Don Quijote. Y cuando me veía mi abuela se enfadaba mucho: “¡Chico, eso no se hace que se queda muy feo!”. Y yo pensaba que qué importaba cómo quedara un trozo de almendrillo.

    Me gustaba porque era muy dulce. Y tenía puntitos negros que luego estaban duros pero que se podían romper bien masticándolos. Y si comías mucho al final te picaba la garganta. El abuelo siempre lo llamaba “dulce de membrillo”, nunca membrillo. Y la abuela “carne de membrillo”, que a mi me impresionaba un poco. Aunque mirándolo bien sí parecía carne. Y una vez trajeron uno que decían que era muy bueno. Era oscuro y duro y como con granos de arena. Todos comían y decían que qué rico, pero yo prefería el que tenía el dibujo de Don Quijote de la Mancha. “Al niño dale del otro”, decían, y yo pensaba: pues bueno, pues mejor.

    El apartamento era del abuelo, pero en realidad era de todos. Él decía que lo compró para que estuviéramos todos juntos. Los primos llegaban de Madrid y decían “la dije”, y la tita que a la tortilla había que “darla” la vuelta. Y yo les corregía pero en el fondo me gustaba. En Madrid se habla así, decía mamá. En Madrid era todo muy diferente. Por ejemplo, los primos habían ido al Bernabéu. Y varias veces. Y habían visto famosos por la calle porque ver famosos por la calle es lo corriente en Madrid. Una vez vieron a Míchel. Y era normal que los famosos vivan en Madrid porque allí está la televisión y el Real Madrid. Pero también estaba la ETA. Por eso cuando íbamos en Navidad yo siempre miraba debajo del coche de papá, que es donde ponían las bombas. Una vez al tito le pilló un atentado y tuvo que llevar al hospital a una mujer llena de sangre.

     

    La playa

    Nosotros siempre llegábamos uno o dos días antes que los primos y siempre les contábamos cómo estaba el agua. Y que un señor de Cuenca sacó el otro día una medusa y que habían dicho que este año iba a haber muchas.

    – Son calaveras portuguesas -avisaba mi hermana.

    Y todo el mundo se echaba a reír y Laura ponía una cara de no entender nada.

    – Carabela, hija, carabela portuguesa.

    – ¿Y por qué hacen las palabras tan parecidas?

    El mar olía mucho a mar. A mar y a crema Nivea, que era lo peor del verano. Todos nos poníamos en fila delante de mamá para que nos embadurnase el cuerpo. Y la cara. Y muchas veces se nos metía en la boca y estaba asquerosa. Yo cerraba los ojos con todas mis fuerzas. Y luego nos decían: “extiéndetela bien”. Y cuando decían eso sabíamos que ya había terminado el calvario.

    El primer baño siempre era después de una carrera hasta la orilla. Corríamos todo lo que nos daban las piernas, incluso dentro del agua. Y perdía el primero que se cayera, que solía ser la prima. Y a veces tragaba agua. Y era divertido verlos a todos con el pelo pegado en la cara y muchas veces con los mocos fuera. Que no sabíamos por qué en la playa se salían siempre los mocos.

    Y si no nos veían jugábamos a tirarnos arena mojada. Y si no te sumergías a tiempo y te daba picaba mucho y te dejaba una marca roja en la espalda. Y siempre salía alguno llorando y chivándose a los mayores y era cuando ya no nos dejaban jugar más a eso.

    Yo me ponía las gafas de bucear y me imaginaba ser Mazinger Z, el robot de acero. Y que dentro de mis gafas estaba el cuadro de mandos y desde allí decidíamos qué movimientos hacer. Si sumergirnos, si salir a flote o si perseguir pececillos. Los peces siempre iban juntos y eran muy pequeños y transparentes. Mazinger nunca podía capturar a ninguno, tan rápidos como eran.

    Debajo del agua se estaba muy tranquilo y silencioso y uno notaba muy bien las corrientes frías. Me gustaba sacar solo media cabeza de manera que pudiera ver el fondo y la playa a la vez. Aquello permitía controlarlo todo y que nadie lo supiera. Sobre todo si se hacía desde lo hondo, donde se veía toda la playa entera y los apartamentos y nadie podía verle a uno.

    Jugábamos a dar volteretas sumergidos, impulsándonos con los brazos. Y se daban muy bien y muy rápido, pero a mi siempre se me metía agua en la nariz, que era una de las cosas más raras que había porque te picaba mucho la nuca y uno salía del agua rascándose la cabeza. Y salía arrugado y resoplando y lo único que quería era que la toalla estuviera estirada y limpia de arena. Porque no había cosa peor que mancharse de nuevo de arena cuando uno quería secarse. Entonces la playa ya no era tan divertida. La arena quemaba mucho y las chanclas también, menos las de papá, que siempre se acordaba de dejarlas debajo de las sombrilla y nos daba mucha rabia a todos. Corríamos de puntillas y resoplábamos y papá se reía. O con lo talones también corríamos. La sal picaba sobre la piel y el pelo se quedaba como de cartón.

     

    El chiringuito

    A esa hora ya olía a sardinas la playa. Y a calamares a la romana. Y se escuchaba el rumor de la gente en los chiringuitos. Y el tintineo de las vajillas y las jarras de cerveza. A mi me daban mucha pena los camareros, siempre sudando y corriendo a todas partes y sin poder llevar pantalón corto.

    Nos gustaba ver los pescados que había en una mesa llena de hielo y los mirábamos con todo detalle porque en el mar eran mucho más pequeños y no nos podíamos acercar tanto. El abuelo siempre decía: “Son frescos, tienen los ojos brillantes”. Muchos tenían la boca abierta y se les veían muy bien los dientes. Y cuando las primas se asomaban mucho a la boca, alguno le deba un susto por la espalda. Y cuando ya nos habían dado la mesa nos dejaban ir a ver el acuario de las langostas, que se movían muy despacio y les salían las antenas por encima del agua. Y mirando también las langostas estaba Sofía, una niña de clase de los primos que era muy guapa y parecía mayor y hasta le habían comprado gafas de sol. Se reía mucho y era muy simpática, pero yo desconfiaba porque tenía los ojos muy grandes y muy azules y me daban un poco de miedo.

    A los abuelos y a los titos les chiflaba la paella y podían comerla a cualquier hora, como los ingleses. Y antes de servirla siempre la traían y miraban al abuelo, que daba el visto bueno con la cabeza y juntando mucho los labios. Pedíamos arroz del senyoret, que los titos decían “sen-lloret”, que llevaba trocitos de rape y gambas y estaba muy rico. Mamá mezclaba cada cucharada con alioli y nos avisaba de que le iba a sentar mal. Y cuando habíamos acabado nos dejaban ir a la nevera a elegir un helado.

    Como sólo teníamos una ducha, primero íbamos nosotros y luego venían el abuelo, papá y los titos, que se quedaban fumando y con copas y hablando mucho.

    Y cuando uno se duchaba se sentía renacer y salían hasta pedacitos de algas y conchas del bañador. Con la ducha uno se quedaba hasta más feliz y ya no le picaba el cuerpo ni el pelo. La piel quedaba suave y toda la casa olía a jabón.

    Ninguno de los primos queríamos dormirnos la siesta porque dormir era aburrido y no jugabas. Cuando los mayores dormían y ya se oían fuertes los ronquidos del abuelo nos juntábamos en una habitación y contábamos cosas del cole y de Sofía. Me decían que me gustaba y que estaba por ella y yo decía que no. Y cuando uno empezaba a bostezar enseguida se contagiaba.

     

    Los Jijonencos

    – ¡Mira Loli, mira qué estampa!

    – ¿Otra vez todos aquí?

    – Sí, y la otra habitación muerta de risa.

    La tita y mamá nos miraban con los brazos en jarras porque les disgustaba mucho que durmiéramos todos en la misma habitación aunque no hiciéramos ruido. Luego se les pasaba enseguida porque les daba mucha risa vernos las caras de sueño.

    Papá comía un helado de ron con pasas que le gustaba mucho y ya todos estaban despiertos. Lo comía con una cuchara grande y en una caja de corcho. Y no nos dejaba probarlo porque llevaba ron y los niños no podían tomar ron. Y el abuelo, que andaba ya arreglado y con las manos cruzadas detrás, le decía:

    -¡Muchacho! Que vamos a salir de paseo, ¿por qué no te lo tomas en los Jijonencos?

    Pero a papá le gustaba más ése; en los Jijonencos se pedía el de turrón, que tenía trozos de almendra. Mamá se sentaba en el baño y todos teníamos que pasar por allí para que nos peinaran y nos pusieran una colonia que a ella le gustaba mucho pero sólo a ella y a los mayores. Y todos los vecinos sabían que salíamos de paseo por el olor a colonia.

    En la playa íbamos siempre de paseo por las tardes y nos gustaba ver los puestos de los hippies, que olían a cuero y algunos a incienso. Y cada puesto tenía detrás como un motor muy grande y muy ruidoso que servía para encender las luces. Casi siempre vendían cosas para mayores como pulseras, bolsos y ropa de chicas. Y yo le compré una pulsera a Sofía con los cinco duros del abuelo y me la guardé muy bien para que nadie me la viera. Y entonces en la heladería yo ya no tenía dinero para jugar a las maquinitas pero me dio igual.

    El abuelo siempre se pedía un Nacional, los demás horchata y yo agua-limón, que duraba mucho más que la horchata. Y cuando ya sólo quedaba hielo, a mi me gustaba masticarlo y absorber el limón que aún quedaba.

    Jaime siempre soplaba papelitos con las pajitas y nos molestaba mucho a todos, el abuelo se enfadaba y nos íbamos a casa. Y aún en casa se traía servilletas y pajitas escondidas y seguía molestando.

     

    La noche

    Yo, como ya era mayor, podía ir por la noche a la playa a ver pescar a papá y a los titos. Y la arena estaba fría y daba mucho gusto caminar por ella. Papá tenía lombrices vivas en cajitas con serrín y eran rojas y muy brillantes y las clavaban en los anzuelos con mucho cuidado de no pincharse ellos. Y lanzaban las cañas lo más lejos que podían, que era un momento de mucho peligro y yo me ponía detrás de papá.

    La luna se reflejaba en el mar y ocurría que andaba uno por la orilla y el reflejo no se movía. El agua estaba caliente y sin olas, olía mucho a algas y a mar y era agradable pasear.

    Y una chica que venía saltando resultó ser Sofía, que también había venido con su padre a pescar. Olía a perfume de chica mayor y llevaba ahora el cabello suelto y muy brillante, más que el mar. Y me tomó la mano y me llevó a la orilla. Una mano de mayor, no como las de las primas. Y a mi me daba mucho miedo meterme en ese mar tan negro, pero por nada del mundo lo hubiera confesado. Y cuando el agua nos llegaba por las rodillas paramos de correr, me tomó la otra mano, y me miró muy cerca. Y en aquél instante se paró todo y fue como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. No había nadie más que nosotros, el mar y la luna. De golpe habían desaparecido del universo los abuelos, los primos y papá y mamá y yo estaba sólo frente a Sofía. Me sentí vulnerable y con mil caballos cabalgando al galope dentro del pecho. Y me besó. Y un espasmo encogió mi espalda y los pies dentro del agua. Y me soltó las manos y se fue poco a poco. Y yo me había quedado mudo. Ella se iba, dando cada vez pasos más largos y luego saltando. Y se volvió sonriendo. Y se alejó. Y regresó de repente el murmullo del mar y el susurro del paseo.


    RAFAEL NÚÑEZ HUESCA es periodista, publicitario y constructor de relatos. Escribe discursos, guiones, análisis político y de vez en cuando se anima con algún relato corto. Español periférico y estudioso del llamado problema de España. Premio Ricardo Ortega de Periodismo.

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  • Semblanza de la agonía de la derecha liberal en el Hotel Wellington

    En mi breve experiencia como periodista, tuve la oportunidad de frecuentar no pocos saraos de la que cabría llamar la masonería neocón. No pude por menos que reafirmarme en que, mientras gran parte de las cabezas visibles de la derecha española sigan constituyendo un conciliábulo de golfistas que se refugia en el Club Ecuestre a lamentar el ascenso de la “extrema derecha”, y a llamar a la oración moderantista, y no logre quitarse de encima el sesgo elitista y desregulatorio, los desnortados abascaleños —que hacen de un antibolivarianismo fantasmagórico su principal baza (y que ya están flirteando con un cierto proteccionismo popular)—, le seguirán comiendo la tostada al oficialismo conservador.

    Permítaseme ilustrar este análisis con un relato autobiográfico, que no por ser puntual resulta anecdótico, sino más bien bastante sintomático. Se me envió desde la redacción a cubrir un acto de María Dolores de Cospedal en el Wellington. Custodiaba la puerta un botones de dos metros de eslora con chistera, esmoquin, guantes y una sonrisa tal vez demasiado afable. La que fuera ministra de Defensa, desposeída ya de la delegación del poder coercitivo —pero engalanada igualmente en una prestancia que no desmerece su cargo actual en un prestigioso despacho—, saludaba al botones: “Me alegra verte de nuevo”.

    Y es que la exministra se movía con desenvoltura en ese ambiente de efusivo compadreo entre camaradas del mundo de la judicatura, los altos cargos de la Administración y las finanzas, pintoresco concilio que gusta de reunirse en un hall marmóreo y ribeteado con oro para discutir las preocupaciones centrales de una Patria que se diría sólo han catado por casualidad.

    Todo esto no fue óbice para que los ilustres opinantes no se percatasen de las resonancias decimonónicas de todo aquello (cuando los principales del Reino hablaban en representación de los intereses de un Tercer Estado incapacitado para votarles), y no vacilaban en enfilar sus elucubraciones llenas de elocuencia —perorata elegíaca e intrascendente sobre las “sociedades abiertas”, indistinguible de cualquier otra que se celebre en un foro como aquel—.

    Uno debe confesarse más cercano, supongo, a los planteamientos ideológicos de esta cohorte de litigantes. Se habló de libertades constitucionales, democracia reglada, herencia cultural judeocristiana y valores tradicionales. No suena mal. Y sin embargo, todo rezumaba un oligarquismo nepotista casi irreal.

    Mientras la apisonadora ideológica de aspiración totalitaria de la ansiada “sociedad líquida” va erosionando todos los cimientos sobre los que construir un orden social verdaderamente humano, nuestra derecha se refugia en el lujoso salón de un hotel sin mácula a lamentar la propagación de las fake news por internet

    Pensaba yo con desazón en el sesgo antipopular de la legión de cortesanos de honorarios inasibles para el común de los mortales que poblaban las sillas tapizadas con el cartel de “reservado”. Salí del inane coloquio con mi pesimismo reforzado, constatando una vez más que la derecha liberal española, lastrada hasta no se sabe cuándo por el sectario dogma y paradigma neoconservador, sigue esgrimiendo el convencimiento de que la degradación institucional y la pérdida de credibilidad de los medios de comunicación se va a resolver con un alegato, emitido desde un hotel de cinco estrellas en el centro de Madrid y con un auditorio integrado por profesionales liberales con un umbral de renta superior al del 80% de los españoles, a favor de reconectar con la “esencia liberal-humanista” de los “valores occidentales” europeos (postulados que, nadie lo niega, siguen siendo hoy más pertinentes que nunca; pero no basta). Y meditaba uno con tristeza el cierre mental pre-analítico que les inhabilitaba para pensar de forma más poliédrica. Pero qué podríamos exigir a unos conferenciantes profesionales que si mentan a Trump, al Brexit o cualquier otra manifestación del fenómeno del conservadurismo popular, sólo son capaces de hacerlo desde el lamento victimista y el rechazo categórico, sin alcanzar a entender qué fallaba en ese “centro” que ahora pretenden recuperar y del que cada vez más gente huye despavorida. ¿Qué nos cabe esperar de las presbicia de los que piensan que ser “liberal” no es una ideología [sic]?

    Aún con esto, lo más triste de todo lo precedente es que, mientras tanto, el Progresismo sigue cebándose, implantándose con fuerza, colonizando todas las dimensiones del debate público.  El Progresismo, ese Cíclope biempensante conformado por una amalgama confusa de planteamientos ideológicos indefinidos, que concita la asimilación de las tendencias socioculturales, afectivas y económicas del tardocapitalismo —rehabilitadas por medio de una metamorfosis destinada a revestirlas de ineludibilidad y atractivo—, con la mojigatería intelectual que es su santo y seña. Mientras la apisonadora ideológica de aspiración totalitaria de la ansiada “sociedad líquida” va erosionando todos los cimientos sobre los que construir un orden social verdaderamente humano, nuestra derecha se refugia en el lujoso salón de un hotel sin mácula a lamentar la propagación de las fake news por internet. Es forzoso despertar.


    VÍCTOR NÚÑEZ DÍAZ

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  • El fulgor entre el centeno

    En una misma semana, en concreto la pasada, ha sobrevolado frente a mi aquella conocida metáfora del pueblo gris, lugar donde la existencia es incolora y el aire que se respira no es muy distinto a ceniza y polvo con tintes de azufre. La situación es que dos conocidos me han llevado por este viaje y no he podido sino rechazarlo, gracias a Dios, sin miramientos.

    En la conversación con uno de ellos discutimos sobre la esencia de bien y mal de los actos del hombre, una inquietud clásica del ser humano. En resumidas cuentas, mi respuesta era clara: el mal hay que combatirlo siempre. La suya se oponía a tal combate porque «algo puede estar mal para mí, pero no para él. No puedo imponerle algo si él cree que actúa correctamente». En su cabeza habita una especie de extraño batiburrillo de relativismo y nihilismo en el que no pude profundizar demasiado. En la discusión con la otra persona, esta negaba rotundamente el origen de una serie de términos para amoldarlos a sus gustos y adaptarlos a nuestros tiempos para hacer con ellos lo que le venga en gana. Sus argumentaciones no iban más allá de repeticiones de consignas que había aprendido y que apenas se sustentaban en algo, algo que debía ser muy pequeño como para no poder verlo. No es que sea yo un hueso duro de roer, todo lo contrario, para alguien tan torpe y simple como yo basta con mostrarme la verdad, o al menos señalarla, para convencerme.

    Nos enseñó Clive Staples Lewis que uno de los grandes problemas que sufre el hombre es esa falta de claridad, se trata de una difuminada tiniebla donde el hombre llega a confundir el bien y el mal e, incluso, las cosas en sí mismas. Pero la realidad hoy es que el hombre ya no confunde tanto bien o mal sino que, directamente, no se detiene para discernir uno del otro. En cuanto se presenta una ocasión donde debería librarse la batalla espiritual entre la luz y la oscuridad, el hombre moderno simplemente rehuye el confrontamiento, pues el fútil resplandor le basta y la oscuridad todavía no le deja a oscuras. No se trata de la verdad, sino del yo. El mandato de la voluntad autónoma prima sobre cualquier verdad, que será considerada un claro –aquí no hay confusión– obstáculo a eludir. Incluso algunas de estas personas, empantanadas en este mar de confusión, preferirían permanecer en una especie de limbo o sueño donde no hubiera placer ni dolor, como si el no-ser fuera una experiencia plausible.

    Cuando se presenta una ocasión donde debería librarse la batalla espiritual entre la luz y la oscuridad, el hombre moderno rehuye el confrontamiento

    Ante tanto vacío, uno se termina preguntando cómo es posible que no exista una mayor desesperación entre la población. Sin duda es milagroso. Porque quienes destruyen y desvirtúan la naturaleza humana sienten un enorme pesar en su corazón, aunque lo nieguen. Es lógica y humanamente imposible gozar de una vida bienaventurada si esta se encuentra cimentada sobre la finitud de las alegrías del mundo; las alegrías que perecen se vuelven con el tiempo insípidas y, por tanto, insatisfactorias. Tal vez se encuentre explicación en esa sufrida metamorfosis, personas convertidas en medio-ser, que deambulan por el mundo casi más muertos que vivos, sin pena ni gloria, y donde el único brillo perceptible en su rostro y en sus miradas proviene de la pantalla al final de sus extremidades, una prolongación moderna aclimatada a los dedos. 

    Cuando J. D. Salinger nos hablaba de su sueño, de aquello que le gustaría hacer y con lo que se sentiría realizado, imaginaba una vasta extensión de centeno de entre la cual salían incontables niños que se precipitaban sobre un abismo próximo. Su misión era ser el guardián, el guardián entre el centeno, y evitar que los niños cayeran por el barranco. Supongamos que alguno de esos niños ingenuos terminaba por despeñarse. No cabe duda que una parte de responsabilidad recaería sobre Salinger, vigilante de las criaturas.

    Pues algo parecido sucede –es necesario el hara-kiri– con la Iglesia –que es guardián de lo bueno, bello y verdadero– cuando los tiempos en los que vivimos han caído en esa realidad incolora, falta de verdad y desesperanza porque el centeno ha actuado como una espesa bruma. Es decir, que de este pesar es también víctima y culpable, a partes iguales, la Iglesia –o quienes con orgullo y gratitud formamos parte de ella– que se ha afanado por conservar sus privilegios pasados y en atesorar inmuebles de incalculable valor que a duras penas puede mantener. Esa fuerte preservación por lo mundano se transforma en pesadumbre espiritual –o, tal vez, sea más certero a la inversa–: la ausencia de vida interior y la lejanía con Dios nos impele a agarrarnos con furia a la miseria que nos queda.

    No es lo correcto conservar los templos y privilegios en la medida en que nos recuerdan que hubo grandes imperios, reyes o estilos arquitectónicos de belleza inusual en épocas pasadas. Es lo correcto en la medida en que nos recuerden que hubo tiempos en que Dios era el prisma con el que los ojos veían el mundo, y que era el mismo prisma porque era el centro de nuestras miradas. No fueron construidas para agradar al Cielo ni a los ángeles, tampoco para embellecer la ciudad o regodearse en los clérigos o en las habilidades del artista virtuoso. Fueron construidas con belleza porque albergaban Algo aún más bello en su interior, en el interior de los templos, pero con mayor razón en el interior de los hombres, templos del Espíritu Santo. Las prerrogativas históricas y los sueños alcanzados en su mayor parte por amor y justicia asentaron con el tiempo los dolores que hoy adolecemos: una Iglesia acomodada, incapaz de renunciar de su aburguesamiento e impedida de denunciar parte de las injusticias del mundo moderno –porque levantar demasiado la voz puede hacer que nos convirtamos en foco de acusaciones, miradas indiscretas, señalamientos inquisitoriales y odios– se arrastra hoy con una gran carga y deviene poco liviana.

    Al hombre moderno el fútil resplandor le basta y la oscuridad todavía no le deja a oscuras, porque no se trata de la verdad, sino del yo

    Moldeados como tinajas de barro, en el barro debemos estar, sin dejar de mirar las estrellas; embarrados para los demás en sus necesidades y dificultades, en las injusticias que sufren y en la verdad que es acallada. Sin cañas de hisopo ni vinagre. Con ser sal nos basta. Paradójicamente, de esta y no de otra forma –embarrado, perseguido, ultrajado– el hombre se vuelve ligero, deja de ser esclavo del mal y denuncia el horror porque ya no tiene nada que perder. Porque hoy, más que nunca, un silencio de verdades yace bajo la putrefacta hojarasca del correccionismo sociopolítico, la ignorancia y el miedo a ser violentados por el mal aliento de los que renquean y vociferan errados. Es deber cristiano, es la virtud de la caridad, corregir con amor al hermano desencaminado y recuperar la sana intolerancia –corrigiendo el error porque amamos al errado– que otrora arraigó. Porque de igual modo hicieron con nosotros.


    TONI GALLEMÍ

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  • (Una) vida de Franco Battiato

    Silencio. Apenas un millar de sicilianos resisten en la pequeña localidad de Milo. Se trata de un conjunto de casitas humildes apiladas sobre las faldas del Etna, ese viejo gigante bajo el que todavía retumban las fraguas de Hefesto. No muy lejos, en una casa en la colina, ya anciano y con el gesto distraído que acompaña a los grandes maestros, un hombre de pelo canoso y nariz distinguida espera pacientemente la reencarnación en americana y zapatillas de deporte.

    En Villa Grazia —así bautizó a su hogar en honor a la mammamedita al menos dos veces al día y hace sonar con delicadez exquisita un elegante piano de cola. Opuesto pero cerca de un monje birmano, durante su juventud descartó la vida monacal porque se negaba a renunciar a los placeres de la carne (Las chicas en la casa o fuera en los balcones / Me regalaban hasta tímidas erecciones).

    Y, como Kavafis, por sus venas corre el mar Mediterráneo, donde se degustan carnes especiadas de Oriente y susurran los vinos, las rosas, la miel. A Battiato le gusta el pensamiento radical y dice venir recto de la alta cultura de los sumerios. Nada menos.

     

    Primeros pasos, alegrías y tristezas

    Francesco Battiato nace —aunque dice no haberlo hecho— en el extinto municipio de Jonia (hoy Riposto) el año en que sonó el último disparo de la Segunda Guerra Mundial.

    Sabes, cuanto más viejo te haces
    los recuerdos más distantes emergen
    como si fuera ayer
    me veo a veces en los brazos de mi madre
    y todavía oigo los tiernos comentarios de mi padre
    almuerzos, los domingos con los abuelos
    los antojos y las explosiones irracionales
    los primeros pasos, alegrías y tristezas

    Mesopotamia (Fisiognómica, 1988)

    Con diecinueve años, tras la muerte de su padre, se traslada a Roma para luego asentarse en Milán: «Llegué a Milán en diciembre del 64. Después de bajar del tren dejé la maleta en el suelo de la estación, había una niebla espesísima y me dije: esta es mi casa». Allí vibran sus primeros acordes de música siciliana ¿pseudobarocca y fintoetnica?, y allí abandona la facultad de Magisterio para cultivar la canción protesta, popular en la Italia de entonces.

    Entrados los setenta, la popularización de los sintetizadores y la influencia de la cultura anglosajona lo empujan a abandonar la canción y adentrarse en el novedoso universo de la música experimental y el rock progresivo. Battiato se deja crecer el pelo, apoya sobre su ilustre nariz gafas de sol cada vez más llamativas (por tener más carisma y sintomático misterio) y cuelga de su armario prendas excéntricas a lo Jimmy Hendrix. Fue su primer y último coqueteo con la cultura americana, de la que abjuraría años más tarde.

    Entonces nace Fetus (1972), un proyecto innovador, plagado de referencias científico-filosóficas y quizá concebido bajo los efectos del LSD que parece adelantarse a la corriente New Wave de los ochenta. Definido como «una especie de viaje interior de naturaleza psicodélica con saltos desde la célula microscópica hasta el infinito del espacio inspirado en la obra literaria Un Mundo Feliz de Aldous Huxley», varias tiendas de discos se negaron a exhibirlo en sus vitrinas.

    Franco Battiato con un sintetizador en la década de los setenta|Imagen de archivo

     

    La era del jabalí blanco

    En L’era del cinghiale bianco (1975) Franco se reconcilia con la música comercial y se sumerge en el estudio de la lengua y la cultura árabes. A medida que sus melodías se acercan al pop, sus letras se vuelven más profundas; aparecen los lamas tibetanos, el esoterismo de René Guénon y la espiritualidad del místico armenio Gurdjieff: «El verdadero cambio en mi camino, el más grande, se lo debo al descubrimiento de Gurdjieff. Sólo con una experiencia autodidacta había descubierto lo que en Occidente se llama meditación trascendental».

    No muchos de sus fieles lo saben, pero tras este enigmático título se oculta una interesante referencia a la mitología comparada. Según rezaba la tradición celta, cazar un jabalí blanco asegura el paso al otro mundo, un asunto recurrente en la obra de Franco; el hinduismo sostiene que nuestro ciclo cósmico, el del Jabalí Blanco, está compuesto por catorce ciclos menores o Manvántaras, y que el actual habría comenzado hace unos 64.800 años. Por si esto fuera poco, el jabalí blanco fue también el símbolo de Ricardo III durante la Guerra de las Dos Rosas. La Era del Jabalí Blanco ansiada por Battiato es la era de la espiritualidad, de la familiaridad con lo trascendente, superada por la era del nihilismo y el cálculo racional.

     

    Perfumes indescriptibles
    en el aire de la tarde
    estudiantes de Damasco
    vestidos todos iguales
    la sombra de mi identidad
    mientras sentaba en el cine o en un bar

    L’era del cinghiale bianco, (L’era del cinghiale bianco, 1975)

      

    Franco Battiato fuma un cigarillo | Imagen de archivo

    Pasó un lustro hasta que en la Prospettiva Nevsky se encontró por azar a Igor Stravinski. En Patriots (1980) Battiato perfila el estilo poliédrico que lo consagrará como autor de culto. Un cóctel de nebulosas referencias (solo aparentemente) inconexas —desde Proust hasta Leopardi pasando por la gran pantalla de Eisenstein— cobran sentido misteriosamente: «Creo que, a diferencia de los que no han entendido nada de mis textos y los juzgan como un revoltijo de palabras libres, siempre hay algo detrás de ellos, algo más profundo».

    Y cuando la tormenta se precipita sobre el horizonte de un Irán todavía persa, Battiato arremete contra el perverso Jomeini y pontifica contra la revolución: «las barricadas —dice— se alzan por cuenta siempre de la burguesía, que crea falsos mitos de progreso». ¡Preparémonos para el éxodo, jóvenes del futuro!

     

    Un centro de gravedad permanente

    Comenzará a buscar su centro de gravedad permanente en La voce del padrone (1982), primer disco en acumular más de un millón de ventas en Italia. Sus letras son herméticas, contienen sutiles referencias literarias e intercalan de nuevo distintos idiomas, pero al mismo tiempo resultan accesibles al gran público. Esta universalidad es quizá el mayor mérito de Battiato y la clave de lo heterogéneo de su público. La línea entre la alta cultura, la del viejo Isaac de Nínive, concebido a orillas de Mesopotamia, y la cultura de masas, se disipa cuando Dylan y Sinatra comparten mesa con Adorno, Homero y Euclides.

    Pero su estilo también es viejo, como la casa de Tiziano, que abre sus puertas en L’arca ni noe (1982), donde Battiato y el místico francés Henri Thomasson, rodeados por bailarines búlgaros y valses vieneses, arremeten contra la invasión de Afganistán e inmortalizan la belleza de un domingo de Pascua en el pequeño pueblo de Grado. Su pensamiento religioso es complejo y prefiere evitar la cuestión aclarando que practica una «ensalada de religiones».

    Sería más fácil decir que Battiato es ecuménico, no sólo por su pretensión de abarcar lo Absoluto, ni por reflejar en su obra la lucha implacable entre la carne y el espíritu, lo es también porque en sus letras cobra sentido aquel aforismo de Chéjov: «Si quieres ser universal, habla de tu pueblo, de tu aldea».

    El aire cargado de incienso
    en las paredes, las estaciones del calvario
    la gente falsamente abstraída
    esperando la redención de los pecados

    Scalo a Grado (L’arca di noe, 1982)

     

    Un derviche en el Vaticano

    A mediados de los ochenta, la presencia del mundo árabe-musulmán es ya inobjetable en la obra de Franco. Es entonces cuando aparece junto a Alice en Eurovisión al son de Il treni di Tozeur, logrando una quinta posición que es doblemente meritoria si analizamos su indumentaria. El espejismo de una línea ferroviaria tunecina despierta en el italiano la necesidad de vivir a un’altra velocità.

    A lo largo de este año —el mismo en que publica la famosa y enigmática Nomadi, con letra de su colega Juri Camisasca—, inicia los preparativos de una ópera, Genesi (1987), a partir de textos en sánscrito, persa, griego y turco, con el sufismo como tema central. Esta corriente mística del Islam ejercerá una poderosa influencia en su vida y obra, y dará título al primer disco cantado enteramente en español: Ecos de danzas sufí (1985).

    Ya comido, se iba descansar
    mecido por las mosquiteras y por el ruido en la cocina,
    por las ventanas entreabiertas, reflejos en la pared,
    y alguna cosa abstracta se adueñaba de mi

    Mal d’Africa (Orizzonte perduti, 1983)

     

    Franco Battiato frente a uno de sus cuadros |Federica Molè

    El sufismo será también el catalizador de otra de sus grandes aficiones: la pintura. Hombres barbudos en actitud orante, derviches giróvagos de miradas amables y delicados motivos florales componen escenas oníricas de una gran carga espiritual firmadas bajo el pseudónimo de Süphan Barzani. 

    «Es imprescindible señalar que la operatividad y la singularidad de tales influencias [árabes e islámicas] es inseparable de otras: las raíces cristianas, especialmente el cristianismo místico (los Padres del desierto, Francesco, Juan de la Cruz), pero también los mitos y ritos del catolicismo popular vividos en su infancia siciliana, el canto gregoriano o la rica tradición musical clásica inspirada por el cristianismo; la aproximación a la espiritualidad oriental (budismo, hinduismo), cuyas técnicas de meditación como autodescubrimiento de sí mismo y apertura a la verdadera realidad incorporará a su vida y a su obra. Y, como catalizador de todo ello, una peculiar lectura de Gurdjieff, especialmente a partir de Ouspensky, así como de otras tradiciones esotéricas, místicas y simbólicas».

    Manuel Ángel Vázquez Medel, La influencia de la cultura árabe, el islam y el sufismo en Franco Battiato

    Fisiognómica (1988) es quizá el disco más personal e introspectivo de Franco. En Mesopotamia  —Qué cosa quedará de mí, del tránsito terrestre —, recuerda, flemático, hasta su primera paja: La primera gota blanca, qué impresión / y qué placer extraño.

    No fueron estos sino los versos de dos de sus obras más sublimes, E ti vengo a cercare y L’oceano di silenzio, los que resonaron en el aula Pablo VI del Vaticano ante la atenta mirada del Papa, ahora santo, Juan Pablo II.

    En el Irak de Saddam

    Tras retirarse a Oriente para meditar y profundizar en la doctrina sufí, se le propuso actuar en un Bagdad que todavía lloraba las heridas de la Operación Tormenta del Desierto. El Concierto de Bagdad (1992) resultó uno de los momentos cumbre de la obra del italiano.

    Con la barba propia de un eremita ortodoxo, sentado sobre una alfombra turca que, según dicen algunos, ocultaba un ataúd sin cadáver, Battiato canta, como sumido en un poderoso trance, junto a la Orquesta Sinfónica Nacional de Irak, acompañando su voz con los movimientos armónicos e impredecibles de sus manos.

    Abre el concierto la versión árabe de L’ombra della luce, una obra que llevó a varias mujeres a ingresar en órdenes religiosas de clausura en la década de los noventa: «las madres me llamaban para darme las gracias», dijo en cierta ocasión. Y cierra con Fogh in Nakhal, una canción popular iraquí incluida en el álbum Caffè de la Paix (1993) 

     

    Sgalambro y los últimos años

    Entonces, a través de un amigo común, conoce a Manlio Sgalambro, poeta y filósofo de orientación nihilista que revolucionará su obra: «Ni siquiera nos conocíamos hace un año. Desde entonces no hemos hecho más que trabajar juntos. También será un filósofo, pero para mí es un talento que me estimula y enriquece. Me parece imposible, hoy, volver a escribir textos de mis cosas».

    Franco Battiato y el filósofo Manlio Sgalambro | Imagen de archivo

    Manlio es el responsable de letras como Strani Giorni, la impúdica Ecco com’e che va il mondo, o la famosísima La Cura, una de las canciones de amor más bellas jamás escrita, contenidas en el álbum L’imboscata (1996)

    Te traeré sobre todo el silencio y la paciencia
    Caminaremos juntos los caminos que conducen a la esencia
    Los perfumes del amor embriagarán nuestros cuerpos
    La calma de agosto no calmará nuestros sentidos

    La Cura (L’imboscata, 1996)

    También en Ferro battuto (2001) —Hierro forjado, en su versión española—, la influencia de Sgalambro es indiscutible. Sarcofagia es una apología del vegetarianismo —«soy vegetariano y sólo me traicioné porque mi madre se empeñó en que comiera algo de carne, con sabor a limón»— inspirada en el tratado Sobre el consumo de carne de Plutarco.

     

    Los aborígenes de Australia se sientan sobre la tierra,
    con un rito de fertilidad, dejan caer su esperma.

    Il Ballo del Potere (Gommalacca, 1889)

     

    Running against the grain o Personalitá empírica pertenecen también a este proyecto, de nuevo marcadamente electrónico, aunque su vuelta a la música experimental llegó más tarde, en 2014, con su último álbum de estudio: Joe Patti’s experimental group.

    Sgalambro es responsable también de Invito al viaggio (Fleurs, 1999), una obra terriblemente bella inspirada en Les Fleurs du mal de Baudelaire.

    Battiato publica librosNiente è come sembra (2007), Il silenzio e l’ascolto: Conversazioni con Panikkar, Jodorowsky, Mandel e Rocchi (2014)… —, películasPerduto amor (2003), Temporary Road (2013)… — e incluso tantea el mundo de la política como Consejero de Turismo y Cultura de la Junta de Sicilia, a condición de no obtener remuneración alguna a cambio. Su incursión fue, sin embargo, breve. A los pocos meses fue cesado por sus palabras «sexistas» en el Parlamento Europeo: «Esas putas que se encuentran en el parlamento serían capaces de cualquier cosa […] Los políticos italianos harían mejor abriendo un prostíbulo».

    No en vano, años atrás había dedicado a Berlusconi Inneres Auge, una obra en la que se preguntaba irónicamente «¿qué hay de malo en organizar fiestas privadas con bellas chicas para alegrar a primarios y servidores del Estado?»

     

    ¿Despedida?

    Sobre Apriti Sesamo (2012), también versionado al español, recaía el presagio de ser su último gran trabajo. En él, consciente quizá de que se acercaba el momento de atravesar el Bardo, redactó su Testamento: Y me gustaba todo / de mi vida mortal / hasta el olor que le daban / los espárragos a la orina.

    En Passacaglia reinterpreta a Stefano Landi: ¡Ah! Qué gran engaño / pensar que los años / jamás se terminan y su «we never die, we were never born» parece invocar al Tratado de la Unidad del andalusí Ibn Arabí:

    «Decir que una cosa ha dejado de existir, que no existe ya, equivale a afirmar que ha existido, pero si conoces el ti-mismo, es decir, si puedes concebir que no existes y que, por tanto, no puedes extinguirte jamás, entonces conoces a Alá. En otro caso, no».

    Ibn Arabí, Tratado de la Unidad

    Pero todavía no había dicho sus últimas palabras. Su último trabajo, Torneremo Ancora (2019), es un disco compuesto por un tema inédito y catorce versiones sinfónicas de sus grandes obras recopiladas bajo un título sugerente. ¿Es la última despedida? No lo sabemos, y es mejor así.

    Lejos de los focos, a las faldas del Etna, ese hombre de pelo canoso y nariz distinguida espera el final de una vida entregada a la belleza.

    ¿Volveremos a vernos? Tampoco lo sabemos. Y quizá en ese no saberlo estén todas las respuestas.

    Gentil es el espejo
    Miro y veo que mi alma tiene un rostro
    Te saludo, divinidad de mi tierra
    El reclamo me invita


    DIEGO MARTÍNEZ GÓMEZ

     

  • Liturgias de la frustración

    El propósito de la política ideológica que domina nuestro tiempo consiste en moldear un hombre apaciguado, no problemático, sumiso al Poder y reconciliado consigo mismo. Un ser que haga del conformismo su divisa y tase el valor del sistema bajo el que discurre su existencia en razón del bienestar material que le proporciona, y no de la libertad personal que le garantiza. Un hombre en el que la pasión igualitaria asfixie el ansia de excelencia individual. Un hombre que consienta en su propia anulación como persona, enajenado de la comunidad de la que debería haber formado parte y en cuya vida resulte cada vez más difícil encontrar aspectos –incluso los más íntimos- que no hayan sido entregados a la gestión interesada del Estado o a la acción manipuladora de los grandes medios de comunicación.

    Un hombre así, vaciado del sentido de la realidad, interiormente configurado por la propaganda y la presión coactiva de las leyes, es el arquetipo llamado a habitar el paraíso prometido por las ideologías herederas del utopismo revolucionario. En el tiempo de la increencia religiosa y el escepticismo filosófico, prospera este sucedáneo de una fe diseñada para llenar el vacío espiritual de un mundo desprovisto de horizontes. Sin embargo, a medida que el cumplimiento de la promesa se pospone y la penuria de la realidad se agrava, la paciencia de este hombre se resiente. Frenético, colmado de una ciega credulidad en los ídolos que adora, desposeído de las sujeciones que procuraban estabilidad y sentido a los habitantes de épocas menos relativistas que la nuestra, necesita alguna vía por la que desahogar su frustración. No en vano, le han hecho creer en la inminencia de un mundo perfecto, un edén que acabará materializándose no en virtud de la gracia de los poderosos, sino como el producto mancomunado de la voluntad de quienes han sido convocados a su realización. No es extraño entonces que se vea a sí mismo a la vanguardia de la Historia, embriagado por la certeza de que su vida avanza en la senda que recorren los que han sido escogidos para un destino superior, de modo que cada vez que intuye que el proceso se ralentiza, en cada ocasión en que algún obstáculo retrasa el advenimiento de la Nueva Era de igualdad y emancipación, su ira se desata.

    En el tiempo de la increencia religiosa y el escepticismo filosófico, prospera este sucedáneo de una fe diseñada para llenar el vacío espiritual de un mundo desprovisto de horizontes

    A decir verdad, la imagen que este individuo se hace de sí mismo se halla tan alejada de la realidad como de esta última lo están los paraísos terrenales que urde su fantasía. Explicar cómo han llegado a fraguarse unas mentalidades tan ajenas a los apremios de lo inmediato, tan despegadas del orden necesario para sobrellevar una vida que no se reduzca a la elaboración de un constructo psicológico meramente negativo (el pensamiento “anti-“) no es una labor sencilla. Baste apuntar que, tal como lo define Jerónimo Molina -uno de los más lúcidos pensadores políticos de nuestro tiempo-, se trata de un producto típico del monopolio pedagógico estatal: “individuo ahistórico, insociable y, con relativa frecuencia, violento, próximo, en cierto modo, al paradigma orteguiano del hombre masa”. Un vástago, pues, no ya sólo del clima sociológico consustancial a la posmodernidad, sino de la ortodoxia política vigente.

    Lo que interesa resaltar, en todo caso, es el aprovechamiento que de esta figura sabe extraer el Poder. Interrogado acerca de los recientes disturbios en los Estados Unidos y la escasa actuación policial con que las autoridades habían decidido enfrentarlos, el pensador Alain Finkielkraut se refería a la debilidad de unos aparatos de poder que no se sienten cómodos en el papel que tienen asignado. La hipótesis del filósofo francés en modo alguno resulta descartable toda vez que, en nuestro Occidente en declive, llevamos tiempo familizarizados con el complejo de unos dirigentes que han dejado de creer en las leyes cuyo cumplimiento tienen la obligación de garantizar. Salvo la imposición de una fiscalidad opresiva –fundamento real de su dominio-, cualquier otra actuación que o bien juzguen impopular, o bien les estorbe la autoaplicación de una pátina de progresismo de la que siempre están seguros de extraer algún rédito electoral, tenderán a desecharla. Lo que unido a la crisis de autoridad que estos mismos gobiernos llevan décadas alentando a través de la aprobación de unas leyes educativas tan demagógicas como disolventes, ha garantizado el éxito de las algaradas.    

    Sin embargo, cabe la posibilidad de que la tibieza represora frente a la barbarie que se adueñó de las calles obedezca no tanto a una crisis de las propias convicciones del Estado como al fruto de un cálculo estratégico con vistas a acrecentar su poder. De lo que se trataría entonces sería de encauzar las protestas hacia la preservación de los intereses de quienes en teoría ostentan la responsabilidad de combatirlas. Se trataría, en suma, de domesticar al sujeto revolucionario que cierta clase política lleva lustros ayudando a crear. Darle la razón en su descontento. Adularlo. Afearle tímidamente la expresión violenta de su malestar, pero mostrarse al mismo tiempo de acuerdo con el fondo de sus exigencias. Y más tarde, una vez que, por puro agotamiento, los tumultos hayan remitido y la llama de la indignación se haya consumido casi en su totalidad, ¿quién recogerá los rescoldos de esos ideales momentáneamente defraudados y se beneficiará de la promesa de materializarlos en un futuro inmediato? El Estado.

    El hombre de nuestra época es, en esencia, un individuo dominado por la nostalgia de algo que nunca conocerá

    Y a través del Estado, las oligarquías que lo controlan y que se expanden mediante la descomposición de una sociedad a la que, cada vez con menos disimulo, se jactan de manejar a su antojo. En esto se sintetiza el golpe de genio con que el Poder se asegura la persistencia de su imperio: en su astucia para situarse, de manera simultánea, del lado de los que custodian el orden y del lado de los que lo intentan subvertir. De ese modo alcanza a justificarse en todos los ámbitos sobre los que se extiende su influencia y evita que, pese a la retórica igualitaria a partir de la cual legitima su dominio, nadie ose cuestionar su estatus. Es entonces cuando la sociedad ya está preparada para asistir sin sonrojo a la escandalosa contradicción que supone, por ejemplo, que sean con frecuencia los más ricos quienes se erijan en estandartes de las más hirientes injusticias sociales, y que de la exhibición de esa filantrópica impostura obtengan un capital de simpatía lo suficientemente amplio como para hacerse inmunes a la crítica.       

    El hombre de nuestra época es, en esencia, un individuo dominado por la nostalgia de algo que nunca conocerá. Prófugo de todo ideal trascendente,  su sed de absoluto se vuelca sobre aquello que el dogmatismo ideológico propio de los tiempos que corren le ha invitado a venerar: el progreso inexorable de la Historia. Pero la Historia, por definición, es el lugar de las contradicciones insolubles, las insuficiencias patentes, los aplazamientos eternos, las agrias discordias inacabables. El paisaje, en fin, de una constante decepción. Y esa decepción genera un resentimiento crónico que cada cierto tiempo precisa liberarse. Pues bien, el Poder ha hallado el cauce para que tal liberación se produzca sin que ello afecte a la consecución de sus objetivos. De acuerdo a esta lógica de control social, las protestas que de manera recurrente sacuden nuestro entorno no serían sino rituales para conjurar la frustración de unas masas que, al contrario de lo que su narcisismo les induce a creer, se han acostumbrado a esperar que la culminación de sus aspiraciones provenga siempre de alguna instancia exterior.

    Y de ahí que cuanto más contestatarias se exhiban más integradas estén en el sistema.


    CARLOS MARÍN-BLÁZQUEZ ha sido columnista durante diez años en prensa regional (‘La Verdad’, Murcia). Es escritor y autor de ‘Fragmentos’ (Editorial Sinderesis, 2017)

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  • La fuerza de la desesperación

    “En estos veinticinco años he perdido una por una todas mis esperanzas, y ahora que me parece haber llegado al final de mi viaje estoy asombrado por el inmenso derroche de energía que he dedicado a esperanzas totalmente vacuas y vulgares. Si hubiese concentrado la misma energía en desesperar, tal vez habría obtenido algo más.”

    Yukio Mishima , Lecciones Espirituales para los Jóvenes Samuráis.

    El japonés Yukio Mishima es sin duda uno de los mejores escritores de todos los tiempos. Mediante novelas, ensayos, poemas, películas y obras de teatro supo revelarse contra un Japón de posguerra culturalmente en proceso de occidentalización al terminar la Segunda Guerra Mundial, proceso que venía gestándose lentamente desde la apertura de Japón al mundo.

    En consecuencia, con el Imperio disuelto y luego de siete años de ocupación, creyó haber visto en la debacle de los valores aristocráticos el ocaso de todas las milenarias tradiciones y con ello el fin del espíritu nipón. Por eso es palpable en sus escritos una constante temática de un mundo en transición, el de antaño que despertaban los más altos sentimientos de heroicidad y nobleza, y el moderno caracterizado por la perdida de los valores que enorgullecían a sus antepasados. 

    Más allá de las particulares razones por las cuales Mishima se llegó a plantear este manifiesto en los últimos pasos de su vida, antes de cometer un intento de golpe de estado seguido del seppuku (suicidio ritual), podremos nosotros aprovechar su modelo de vida para preguntarnos: ¿Qué más importante que aprender a desesperar?

    La desesperación que enmarca Mishima no refiere a la imagen de un hombre cometiendo acciones incoherentes, desordenadas e intranquilas por la irreparabilidad de un mal que lo somete sino que ha concluido que el derroche y la variación de sus impulsos lo ha alejado de la meta que le daba sentido a su vida.

    Es a través de la percepción positiva de la desesperación por la cual habría podido ordenarse, aprovechar el tiempo y llevar a cabo su cometido con mayor precisión.

    La inconexa modernidad nos habitúa a regocijarnos con una gota de placer en un mar de absurdos.  A contentarnos con la ilusión de saltar, por placer, de un lugar a otro y ocultarnos de nuestros más profundos objetivos olvidando quienes somos.

    En cambio, nuestro arquetipado “desesperado” solo tiene una tarea verdadera y él es uno con su verdad. Irrefrenablemente concentra sus energías en esta y en él, no hay lugar para otra cosa, no hay movimiento, ni dirección, ni fuerza que lo haga desviarse de su objetivo.
    Si descansa es solo para recobrar la potencialidad en su meta. No duerme. No hay cosa más importante. En su estado altruista, su búsqueda está más allá de su individualidad y de la finitud; su meta es su mayor justificante.

    El desesperado no sólo entendió que no hay nada que esperar, sino que el esperar es una ambigüedad de su existencia, una forma de desencontrarse y ocultar su destino.

    Mishima perdió las esperanzas, pero encontró en la desesperación lo que significó, aunque quizá demasiado tarde, el enfrentarse con su labrada y templada actitud guerrera. Su propia meta de acción: encauzar la tarea de revitalización aristocrática de su pueblo y para ello dispuso el sacrificio de cuerpo y espíritu.


    ALEJANDRO LINCONAO

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  • Nuestros símbolos no les representan

    Churchill como artista y como ser humano me importa un monocromático pimiento de bodegón, ya está, ya he dicho lo que muchos estábamos pensando. No me malinterpreten, no es que esté pidiendo que quemen su estatua. Su efigie no. Su imagen sí que me importa, mucho más que él. Su escultura representa Occidente y nuestro mundo está en llamas. Colón decapitado, Churchill mancillado ¿Quién será el siguiente? El Cantar de Mio Cid no lo toquen porque iremos a la guerra. Charlton Heston resucitado en Peñíscola con la espada del Señor de la guerra y montado en una cuadriga de Babiecas. Recuerden que Cuando ruja la marabunta habrá que recurrir a La ley de los fuertes y a Los indomables para evitar acabar como Gordon en Kartum.

    Churchill fue muy valiente y culto, pero también vengativo. No siempre fue fiel pero desdichado como prometía su escudo de armas. En ocasiones, era un hombre que no cumplía su palabra. Se fugó con 25 años de un campo de prisioneros sudafricano donde le tenían los bóers encerrado bajo palabra de caballero de no fugarse. Tras incumplir su promesa vendió aquella fuga como una heroicidad que le trajo fama y prestigio. Fue recibido en Durban como un nuevo Ulises tras una Odisea heroica. En aquella época era delgado y podía escalar muros y estar varios días sin beber. Le echó cojones, en esa y en muchas otras ocasiones. No siempre fue un obeso pegado a un puro que mandaba asesinar a civiles desprotegidos.

    Churchill se mostró a favor de bombardear a los manifestantes irlandeses desde el aire, sugiriendo el uso de “bombas ametralladoras” a principios de los felices años veinte.  Dos décadas después dio la orden de bombardear Dresde en el último capítulo de la Segunda Guerra Mundial (febrero de 1945) asesinando a 25.000 personas (así en número para que se vea bien). La mayoría mujeres, viejos y niños ¿No lo sabían? Vaya, pues entérense porque White Lives Matter Too aunque fuesen alemanes.

    Eran mujeres, viejos y niños, no eran nazis, eran civiles refugiados, hambrientos y hundidos. Churchill dictó la orden a sabiendas de que lo hacía para desmoralizar al enemigo, para arrancarle su pasado, su futuro, su solaz de guerrero vencido y de paso, ya puestos, quebrarles sus símbolos y su moral. Una joya reducida a cenizas. La Florencia del Elba convertida en un cráter vacío. ¿Por quién tañían las campanas de la iglesia de Santa Sofía? Quizás por el alma de Wagner. En Dresde había estrenado un siglo antes de la masacre El Holandés Errante y Tannhauser. Casi nada.

    Winston era un clasista, alcohólico, más interesado en Estados Unidos (de donde era su libertina madre que tenía sangre iroquesa) que en Europa, si bien es cierto que salvó a Grecia del estalinismo porque había leído a Lord Byron, pero a cambió no movió un dedo por la otra mitad de Europa, que cayó bajo las zarpas soviéticas. Quizás por eso hoy pintarrajean su estatua en Praga los amigos de los africanos.

    De rodillas nos quieren poner para decapitarnos y filmarlo con sus teléfonos móviles, pero primero decapitarán nuestras estatuas

    Sin embargo, a pesar de todo, Churchill es Occidente. Representa milenios de civilización. Simboliza el Arte al que era tan aficionado, encarna la Cultura y la Historia con mayúsculas. Nuestra narrativa común y sus símbolos. Su estatua tiene el valor simbólico de jugar en casa. Es el amuleto del clan, por eso tiene valía e importancia y por eso los violentos no europeos la quieren romper. No les importa lo que pensase sobre los pastunes o sobre los sudaneses, lo que les importa es quebrar Occidente, arrancarnos los símbolos, rasgar nuestra identidad, robarnos el pendón, la Historia y la bandera y por ahí no paso.

    Occidente no se rinde. De rodillas nos quieren poner para decapitarnos y filmarlo con sus teléfonos móviles, pero primero decapitarán nuestras estatuas para dejarnos sin referentes, sin narrativa, sin hoja de ruta. Cada estatua caída es una brújula rota para nuestro pueblo. Estoy hablando de Europa, no de Estados Unidos. En Europa los no autóctonos vinieron voluntariamente. Nadie les trajo en barcos de esclavos.

    Anómicos, perdidos, desorientados, sin capitán ni estandarte quieren que claudiquemos, sin lucha. El ocaso de las tribus europeas y sus respectivos clanes. Vamos siendo sustituidas por una tribu rival no autóctona que trae sus propios símbolos de recambio, sus chamanes, sus colores diferentes y por eso no se reconocen ni en el espejo de Churchill ni en la estatua de Colón ni en ningún otro. La gran sustitución que anticipó Renaud Camus está siendo un éxito demográfico pero requiere también la sustitución simbólica para ser un triunfo completo.

    Nuestros símbolos les molestan, Bajo el falaz manto del anti racismo se esconde la imposición de lo suyo. Eso es lo que buscan realmente. Muchos  (no todos) no desean integrarse. Ahondando en ello, hace un par de días el Daily Mail preguntaba a dos muchachos no blancos  ¿Por qué querían que se quitase una celebre estatua de su ciudad? A lo que respondían “que no sabían quién era el hombre de la estatua, pero que había que quitarla”. Si no es de ellos no les vale. The Whiteman is guilty, el blanco es culpable.


    DALMIRO SEGUNDO