• Vivir contra

    “A menudo se queda uno asombrado al ver la extraña ceguera con que las clases elevadas del Antiguo Régimen contribuyeron a su propia ruina”, escribe Alexis de Tocqueville en El Antiguo Régimen y la Revolución. Contemplar la Revolución Francesa bajo el prisma que lo hace Tocqueville nos depara una imprescindible lección para el presente. En el ocaso de una época, todas las creaciones que constituyen su genio adquieren una dimensión peculiar a la luz de las fuerzas que las socavan. A partir de 1789, revolución tras revolución, revuelta tras revuelta, Occidente se alimenta de su propio hastío. El empeño en la crítica continuada a los fundamentos sobre los que se sostiene nuestro ámbito de convivencia han logrado lo impensable: que los habitantes del lugar más próspero y supuestamente libre del Planeta sientan una fascinación neurótica hacia todo aquello que lo destruye.

    Todo ha sido sometido a una crítica feroz, y en el origen de un cuestionamiento que desprecia el sacrificio de las generaciones anteriores, los frutos deslumbrantes de este ámbito civilizatorio único, no es descabellado situar a unas élites que, de manera análoga a lo sucedido en la Francia anterior a la Revolución, en algún momento decidieron traicionar sus responsabilidades y mirar únicamente por sus intereses inmediatos. Son, por ejemplo, las élites intelectuales que nutrieron el Mayo del 68 y han seguido luego estimulando el infantilismo sociológico que se perpetúa hasta hoy. Y también son esas otras élites mediáticas que, en su infatigable tarea de desmembramiento social, alientan un clima de discordia pública y azuzan el odio hacia lo propio como si se tratara de un signo incontrovertible de modernidad.

    Son unas élites financieras sin demasiados escrúpulos a la hora de compaginar su filantrópica adhesión a cada una de las causas del humanitarismo buenista con la defensa de una sociedad atomizada. Son, en definitiva, las élites políticas que han puesto el aparato del Estado al servicio de una fractura que culminará con la destrucción de la clase media y -como avisa Christophe Guilluy en su espléndido No society– dejará nuestro mundo escindido entre, por un lado, la casta de unos pocos elegidos aptos para explotar todos los recursos que la realidad ponga a su alcance y, por el otro, la masa de un pueblo víctima de la degradación del sistema educativo, la anomia cultural y la imbecilización televisiva.     

    Si toda esta labor de zapa ha cosechado lo que, al menos por ahora, cabe catalogar como un éxito incuestionable, quizá se deba, en primer término, a que se ha hecho en nombre de una idea que a partir de la Ilustración adquirió la categoría de mito central en cualquier iniciativa que aspirara a reclutar un número significativo de adeptos: el Progreso. Y en segundo lugar, porque la hegemonía del modo de pensamiento ideológico, con sus simplificaciones conceptuales, su manipulación del lenguaje y su sectarismo a ultranza, ha extirpado de las cada vez más amplias capas de población que acceden a estudios superiores algo que, por contra, un cierto porcentaje de las clases populares se resiste todavía a que le arrebaten: el sentido común.

    Ese permanente vivir contra los demás, del que la parte más ideologizada de la población occidental extrae la energía necesaria para proseguir su imparable avance hacia el abismo, ha mutado en un vivir contra sí mismos

    Se ha configurado así un entorno idóneo para que prospere, bajo el impulso y la supervisión de ese Estado “omnipotente, tutelar y benigno” que profetizara Tocqueville, una atmósfera de permanente malestar que mantiene a la sociedad no sólo dividida en razón de sus intereses de clase, sino enfrentada bajo el signo de una discordia mucho más profunda. La sustitución de la política -en tanto esfera prioritaria para la consecución del bien común- por un moralismo progre y fotogénico, trufado de gestos inanes y proclamas huecas, ha originado una escisión entre buenos y malos, víctimas y opresores, en el seno de la cual los argumentos que la inteligencia política o la mera constatación de la realidad intentan traer a colación son una y otra vez furibundamente desechados mediante la invocación del consabido exabruto: “fascista”. Es en esta desunión en la que el Poder afianza su imperio.

    Ahora hemos podido constatar cómo, a lo largo de las últimas semanas, el proceso de claudicación en curso asumía perfiles grotescos. Ese permanente vivir contra los demás, del que la parte más ideologizada de la población occidental extrae la energía necesaria para proseguir su imparable avance hacia el abismo, ha mutado en un vivir contra sí mismos que ha llenado las calles de imágenes patéticas. Dudo de que nunca antes se hubiera escenificado con tan extrema nitidez el ansia de rendición que a tantos de estos privilegiados individuos embarga. De nuevo, la demagogia del gesto se ha impuesto a la humilde aceptación de la realidad. Embriagados por el paroxismo circundante, cautivados por el poder de sojuzgamiento exhibido por unas “víctimas” que en ocasiones han llegado al extremo de ejercitarse en el vandalismo homicida, miles de sujetos han salido durante unos instantes de sus respectivas burbujas de confort y, en una parodia de ceremonial catárquico, no han dudado en arrodillarse para hacerse perdonar su pertenencia a una raza determinada. No para implorar un perdón concreto e individual -entiéndase bien el detalle-, sino para suplicar una absolución colectiva que los liberara de alguna difusa culpa que hasta ese instante de sus vidas les hubiera impedido contemplarse a sí mismos como seres enteramente humanos.         

    A la postre, la pantomima que se nos ha ofrecido no constituye sino un episodio más en el largo itinerario de autodemolición en que seguimos inmersos. El hecho de que Occidente haya salido de noches más oscuras que la actual figura como un dato alentador en el que algunos se inclinan a depositar los restos de una fe que desfallece. No obstante, la clave distintiva del presente fenómeno estriba en la magnitud y la naturaleza de las fuerzas que lo promueven: no elementos subversivos externos al sistema, sino oligarquías que prosperan cínicamente al amparo del resentimiento que expanden, ávidas siempre de nuevos instrumentos de dominio y coacción.  

    La única cuestión relevante, pues, es si incurriremos todos en la misma “extraña ceguera” a la que se refería Tocqueville al hablar de la revolución. Es decir, si la pasión por la servidumbre que el Poder trata de inocularnos, unida a la ponzoña relativista que se nos obliga a respirar a diario, y que tan característica resulta de las épocas vacías y decadentes, bastarán para disuadirnos de la lucha contra la que Dostoievski temía que fuera la última palabra con que una civilización exhausta decide suicidarse: nihilismo.   


    CARLOS MARÍN-BLÁZQUEZ ha sido columnista durante diez años en prensa regional (‘La Verdad’, Murcia). Es escritor y autor de ‘Fragmentos’ (Editorial Sinderesis, 2017)

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  • Ausencia de la muerte

    La inercia de este tiempo consiste en ignorar la muerte. Un componente sustancial de nuestra época estriba en el éxito con que se la había conseguido desplazar hacia espacios estratégicamente dispuestos para que su impacto apenas se acusara. Llegaba hasta allí sin grandes alborotos, envuelta en un halo de discreción que mitigaba su dramatismo. Poco a poco, el comprensible estupor que su irrupción siempre provoca iba asumiendo las trazas de un reflejo de incredulidad cada vez más breve. Prevalecía la determinación de salvaguardar la cálida ficción de unas existencias, las nuestras, nunca ensombrecidas por el reconocimiento de sus límites. A lo largo de las últimas décadas, la tendencia había adquirido rango de lugar común: en un Occidente abducido por el ansia de novedades tecnológicas y provisto de inagotables recursos con que distraer nuestra atención, ningún suceso aciago debía oscurecer la satinada superficie de los días.

    No resulta del todo extraño, pues, el modo en que el poder actuó cuando estalló la pandemia. Al cálculo político, al interés partidista de ocultar las consecuencias del desastre, es muy probable que se sumara la certeza gubernamental de estar asumiendo una táctica en consonancia plena con el espíritu del tiempo. Desde las terminales mediáticas, se procedió a componer un relato extrañamente periférico. Las palabras eran manejadas en todo momento con una muy medida equidistancia técnica. Las noticias daban cuenta de la evolución de la enfermedad, actualizaban a diario el cómputo exponencial de su incidencia, pero eludían el testimonio carnal de sus efectos. Las evidencias acerca del desbordamiento del sistema sanitario se sometían al dictado de la censura previa. Alguien, desde el inicio mismo de la hecatombre, se arrogó la potestad de establecer cierto umbral crítico más allá del cual los objetivos de las cámaras jamás debían aventurarse. Quién sabe si, de no haber existido esa determinación de esconder los hechos, hubiéramos tomado todos conciencia mucho antes del verdadero alcance de la devastación.

    Como es de sobra conocido, la extrema capacidad de propagación del virus indujo al aislamiento de quienes mostraban síntomas de haber desarrollado el mal. A los estragos de los padecimiento físicos, los enfermos debieron añadir el suplicio psicológico de tener que hacerles frente en una soledad que para muchos de ellos iba a convertirse en su horizonte último. La pandemia tuvo así el involuntario efecto de resaltar ese afán de desacralización de la muerte que a todas luces representa una de las señas de identidad del mundo hacia el que nos dirigimos. La muerte, como apuntó Houellebecq, se hizo entonces más discreta que nunca. Fue una muerte sin testigos, desencarnada, diariamente transcrita bajo la forma de un somero apunte estadístico que, a pesar del horror de su magnitud, la acabó reduciendo a la categoría de un suceso tan distante como abstracto.

    La lectura política de semejante modo de proceder debe contemplar la eventualidad de que detrás de todo ello alentara la voluntad de despojar a la muerte de su potencial subversivo: desactivar, por parte del poder, la tentación de que la estremecedora acumulación de fallecimientos se transformara en un acontecimiento susceptible de desencadenar una contestación social a gran escala.

    La pandemia tuvo el involuntario efecto de resaltar ese afán de desacralización de la muerte que a todas luces representa una de las señas de identidad del mundo hacia el que nos dirigimos

    Pero los hechos admiten asimismo una interpretación antropológica que acaso se perciba como mucho más relevante. Al referirme a ella, me declaro incapaz de ir más allá de lo que Fernando Muñoz expuso en un artículo memorable publicado el 14 de mayo en El Imparcial (La paz del Camposanto). Allí, su autor daba cuenta de la quiebra humana que se vislumbra tras algunas de las decisiones con que se ha elegido afrontar la crisis: el distanciamiento, la soledad de los afectados –paliada no obstante por la labor inconmensurable de los sanitarios-, la ausencia de cualquier manifestación de duelo, el tenaz escamoteo de las imágenes del sufrimiento… Se nos privaba así, en tanto miembros de una comunidad pretendidamente solidaria con los padecimientos de nuestros conciudadanos, de la posibilidad de honrar su memoria mediante la ubicación de su infortunio en el centro de una dimensión trascendente, y no sólo en un sentido religioso, sino también como indispensables artífices de nuestro presente, como eslabones venerables de esa continuidad generacional que Burke juzgaba constitutiva del ser de las naciones.

    En su lugar, el enfoque político ha fagocitado cualquier otra consideración. “De todo se ha hecho política –escribía Fernando Muñoz-, quizá por eso no hemos visto las muchedumbres de cadáveres, los gestos del miedo y la ausencia, la larga extensión de los ataúdes sellados para siempre. Porque de todo se ha hecho política se ha hurtado la imagen, sello imprescindible de la realidad, que precisa nuestro conocimiento de las cosas”. Así ha sido exactamente. De nuevo, la política se ha impuesto como ámbito totalizador de la experiencia.

    ¿Y cómo podía ser de otra manera, por otra parte? Al hombre de la modernidad se le ha configurado no sólo para que abomine de los lazos que le anclan a su fondo más preciado, sino para que confunda el estado de servidumbre al que se le conduce con la apoteosis victoriosa de su propia liberación. En ese sentido, la política no hace sino llenar un espacio que ha sido vaciado con antelación por los agentes que urden el nuevo orden de cosas. Se nos ha inducido a creer, entre otros desatinos, que vivir de espaldas a la muerte era condición indispensable para alcanzar una dicha completa. Se nos ha vedado ese dato específico de nuestra humanidad y, a cambio, se nos ha ofrecido reemplazarlo por un muestrario de risueñas patrañas y fugaces ensoñaciones.

    Al hombre que se resiste a esta amputación no le queda sino la tentativa de reconquistar los dominios vitales que la barbarie ideológica ha usurpado. Nos queda, en medio del bullicio embrutecedor del mundo, bajo la creciente subordinación a un poder degradado y a una técnica tantas veces alienante, volver a pensar la vida desde nuestra condición finita y vulnerable. Y, en consecuencia, hacer presente la muerte. Pero no para rendirnos pasivamente a su imperio, sino para –tan alejados de la fría racionalización a la que pretende someterla el materialismo en auge, como de la inconsciencia lúdica con que esta época infantilizada opta por desentenderse de ella- proclamar que la muerte, precisamente por tratarse del hecho definitivo que, al margen de la edad o la circunstancia en que acontezca, frustra el empuje de una voluntad que nunca se contempla a sí misma colmada, nos sitúa en el único ángulo posible desde el que tasar el valor de los dones que nos han sido otorgados. Sólo así, tomando conciencia de hasta qué punto resulta absurdo el empeño deshumanizador en ignorar esta verdad que nos dignifica, podremos abrir un resquicio por el que, junto al dolor y al peso grave de la fatalidad, despunte la posibilidad de una luminosa esperanza


    CARLOS MARÍN-BLÁZQUEZ ha sido columnista durante diez años en prensa regional (‘La Verdad’, Murcia). Es escritor y autor de ‘Fragmentos’ (Editorial Sinderesis, 2017)

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  • A los ‘cayetanos’ por sus obras los conoceréis

    En estos tiempos inciertos previos a la neonormalidad, el más reciente divertimento ha sido el de porfiar ensañadamente contra un puñado de manifestantes antigubernamentales concentrados en una de las zonas pudientes de Madrid. A uno le sale como reacción automática el repudio, no es para menos. Quien mejor se ocupó de esta cuestión fue Antonio Lucas en El Mundo: «Los borjamaris de Núñez de Balboa -hasta la victoria siempre- y los capillitas del bailoteo malasañero -no nos mires, únete- pertenecen definitivamente al mismo grupo de riesgo: el de los mayumaná convencidos de acabar con esto alzando sartenes o cerveza en lata al cielo. Unos por saborear la rebeldía callejera a bordo del chaleco y otros por desacato infantil».

    Ha sido ya sobradamente señalada la incoherencia farisea de estos manifestantes, que en su día cargaron encarnizadamente contra la convocatoria de concentraciones feministas. Pero es aún más palmario el alarde de irresponsabilidad y ensimismamiento narcisista de esta pequeña multitud: protestan, en un gesto bastante inequívoco de la configuración «realmente existente» de nuestras derechas, en nombre de la «Libertad» -una libertad individual, claro, que se desgaja y abstrae de la dimensión social que es su condición de posibilidad y su garantía-. Atender a las demandas de movilidad de estos movilizados supondría, tamaña ceguera la suya, minar la libertad de la ciudadanía en su conjunto —no sorprende, llegados a este punto, la insolidaridad miope de los postulados de una libertad puramente negativa-. Por volver a Lucas, mucho más ducho en la expresión: «Después de miles de víctimas, dos meses de confinamiento y con las horas de aire libre racionadas (suficiente humillación), lo que delata a un ciudadano potable es saber mantenerse (iracundo o eufórico) a un par de metros de distancia».

    No puedo resistirme a añadir, en mi cruzada particular contra la atribución neoliberal al conservadurismo, que encuentro precisamente esta imagen de acomodado-indignado reticente a toda redistribución, una de las grandes lacras que arrastra nuestra derecha y que la previenen de devenir un movimiento más popular, como sucede en otros países. Señalaba un avezado tuitero que «La batalla cultural pasa por quitarnos la imagen de cayetanos de encima (que a su vez son los que dejaron las ideas de lado y ahora estamos como estamos)». Es importante, pues, incidir en la naturaleza realmente más amplia del abanico conservador, que no se sustenta electoralmente en exclusiva en el barrio de Salamanca.

    Ahora bien, es precisamente este último aspecto el que nos permite ir algo más allá y someter a crítica el retrato que está haciendo el progresismo mediático de la «revolución de los fachalecos». Al margen del carácter de «señuelo» de este pequeño conato, sobredimensionado en la atención periodística (y que, como señalaban por ahí, ni al mismísimo Iván Redondo podría habérsele ocurrido como una estrategia más propicia para apuntalar la incontestabilidad de los planes de gestión vírica monclovitas), cabe referirse también al aprovechamiento izquierdista de este evento para caricaturizar con gruesos brochazos toda disidencia gubernamental.

    Uno piensa que en el momento en que hemos asumido alegremente y empleamos con naturalidad términos provenientes del ámbito progresista como el de «cayetanos» o»fachalecos», de alguna forma ya nos han metido un «gol» discursivo. No hay que olvidar que el progresismo (y entiendo por tal el tipo de izquierda postmoderna de pensamiento débil e indefinido que hace de las cuestiones identitarias su principal objeto, fomentando por ende el puritanismo intelectual y el frentismo ideológico) es experto en descalificar puntos de vista en base a criterios de aspecto, crianza o procedencia —es, al fin y al cabo, un rebote emanado de la incomunicabilidad intersubjetiva de los posicionamientos sustentados en la
    pura subjetividad que promulgan. Insisto nuevamente en que son de todo punto deleznables los sucesos de Núñez de Balboa, pero no debemos caer en condenar estos hechos simplemente por ser quienes son los que los protagonizan.

    Lo argumenta mejor que yo Jorge Bustos en su última columna de El Mundo: «El resentimiento de clase que mueve el pequeño corazón de la izquierda cañí tiende a confundir la clase con la ideología, y por eso no repara en que hay pijos de derechas como pijos de izquierdas, ni en que estos segundos a menudo tienen más dinero y viven en mejores barrios que los primeros, cuando no en los mismos […] Quedarse en la superficie estética del mocasín y la rojigualda es propio de esa obtusa inmunidad de rebaño tuitero que señala sistemáticamente el dedo del estereotipo y nunca la luna del significado.»

    De este fragmento podemos servirnos para desgranar los varios problemas que entraña esta forma de clasismo invertido que tan desbocada campa estos días por la cancha tuitera. En primer lugar, el retrato basado en la renta oscurece una variedad ideológica en que los posicionamientos en la escala izquierda-derecha no se circunscriben estrictamente a una
    mayor o menor opulencia. En esta línea fue dirigido el dardo dialéctico del alcalde de Madrid a Pablo Echenique: el silogismo «Todos los moradores del barrio de Salamanca son ricos. Los ricos votan derecha. Luego todos los vecinos del barrio Salamanca votan a la derecha» se cae cuando descubrimos a destacadas personalidades políticas del ámbito socialista residiendo en barrios «de ricos».

    En segundo lugar, y derivado de lo anterior, la caracterización de las protestas como «de cayetanos» se viene abajo también cuando advertimos que estas caceroladas se han extendido también por zonas «populares» como Aluche o Alcorcón, evidenciándose así que el retrato de «fachalecos» no es sino una estrategia dialéctica dirigida a encubrir que el descontento es más generalizado de lo que les gustaría (lo cual, de nuevo, no significa que esté justificado).

    No son pocos los teóricos progresistas cuya procedencia privilegiada ha quedado al descubierto, al tiempo que cargaban de manera furibunda contra los ricachones

    Además, la conceptualización de las protestas bajo la óptica tribal de la lucha de clases (cuya existencia material uno no niega) se ve impotente también para considerar otras realidades incómodas: como se ha destacado, el barrio de la capital donde se ha impuesto un mayor número de sanciones por incumplir el estado de alarma es el de Vallecas, plaza histórica del imaginario obrerista.

    Por último, las acusaciones que emplean términos como «pijos» o «señoritos» (retórica que, ya hemos expuesto, se proyecta más allá del asunto Núñez de Balboa y pretende caricaturizar al conservadurismo en su conjunto) deriva en la ironía de que quienes profieren tales descalificaciones muchas veces engrosan ellos mismos las filas de los
    adinerados. Proliferan en las redes usuarios que se ocupan de desenmascarar minuciosamente a aquellos que se sirven del discurso proletario al tiempo que pertenecen a los deciles más altos de ingresos. No son pocos los teóricos progresistas cuya procedencia privilegiada ha quedado al descubierto, al tiempo que cargaban de manera furibunda contra los ricachones.

    Una de las lecciones más valiosas que nos legaron los Evangelios es que sólo Dios está en disposición de juzgar, en el sentido de condenar a una persona desde la potestad que confiere una superioridad en la coherencia de la conducta y la integridad. El mismo Jesús que aseveró que «es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el Reino de los Cielos» fue también quien sentenció: «No juzguéis, para no ser juzgados. Porque seréis juzgados con el juicio con que juzguéis, y seréis medidos con la medida con que midáis. ¿Cómo eres capaz de mirar la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu ojo?». Descubrimos, pues, que detrás de la pulcritud inmaculada de la vajilla de los círculos progresistas que se agrupan en torno al eje de poder PSOE/Podemos-Prisa, se oculta no pocas veces un ponzoñoso circuito endogámico que se retroalimenta entre onerosos cursos de universidades privadas, cargos privilegiados en instituciones públicas y el favor garantizado por la profesionalidad liberal.

    Así pues, podemos concluir recomendando a los beligerantes progresistas mediáticos que no es por quién se es que uno se salva o se condena, sino por sus acciones: «Por sus frutos los conoceréis». En tono sardónico, es posible resumir la polémica de los «cayetanos» y los «fachalecos» diciendo que «Aquel que esté libre de pijotismo, que arroje la primera piedra».


    VÍCTOR NÚÑEZ DÍAZ

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  • Un simple no

    Los nuevos señores del mundo tienden a pensar que la realidad no es más que un artefacto lingüístico. Niegan que las cosas posean una entidad propia, que de los hechos se deriven, de un modo natural, consecuencias buenas o malas. El resultado de fundar su acción sobre semejantes premisas es la militancia en un relativismo utilitarista que reduce toda cuestión problemática a los términos de una transacción. Las palabras sirven para adquirir poder. Los significados se adulteran en función de los intereses del momento. A la verdad se le sobrepone un conglomerado de vaguedades, mentiras y delirios que, martilleados con una regularidad extenuante, suscitan en las conciencias un prolongado efecto de sedación.

    La idea está en Orwell: en el tiempo de los aprendices de brujo, la finalidad del lenguaje es corromper el pensamiento. Y más que corromperlo, imposibilitarlo. Tal fin es, por lo demás, y como no podía ser de otra manera, un fin político. La perversión extrema de esta disposición a manipular las palabras se alcanza cuando el poder recae sobre aquellos que, tras vaciar de sustancia el pasado y sumir el presente en una discordia perenne, maniobran para imponernos un orden nuevo. Es en esa tesitura en la que nos hallamos hoy. La máxima anomalía se conjura con el grado máximo de politización. De ahí que, a una indicación de sus amos, los hacedores de consignas se hayan apresurado a hinchar el idioma con expresiones grandilocuentes: nueva normalidad, desescalada, distanciamiento social… La idea es que sucumbamos entre conceptos de una ampulosidad sublime. La intención es que, al precipitarnos al vacío, lo hagamos consolados por la taumaturgia falsamente terapéutica de unos términos que, no obstante su artificiosidad y su inconfundible sesgo propagandístico, han acreditado, en el escaso tiempo que llevan entre nosotros, una deslumbrante capacidad de penetración.

    A la verdad se le sobrepone un conglomerado de vaguedades, mentiras y delirios que, martilleados con una regularidad extenuante, suscitan en las conciencias un prolongado efecto de sedación.

    Se configura, pues, un orden en el que los poderosos, parapetados esta vez tras criterios de escrupulosa asepsia científica, acometerán el enésimo intento de lo que Hannah Arendt llamó “la planificación moderna del paraíso terrestre”. Marchamos hacia un despotismo higiénico. En el horizonte despunta una modalidad de servidumbre articulada en torno al carácter incontrovertible de los dictámenes emanados desde un inaccesible oráculo de expertos. Gustosamente, les cederemos la iniciativa de nuestras vidas. Mediante el uso de las técnicas adecuadas, ellos nos indicarán qué pensar, qué hacer, qué sentir. No es descartable que, inmersos todos en un paisaje en el que cada repunte estadístico va a resonar con el clamor de una trompeta que anunciara el desencadenamiento del apocalipsis, cierta incipiente disposición a la colectivización de nuestros hábitos encuentre la excusa idónea para desbocarse. Sin duda, el ya muy cuarteado tejido comunitario sufrirá un deterioro adicional. El espíritu revolucionario del que, según Donoso Cortés, están impregnadas las sociedades modernas pasará a ser gestionado al compás de la pauta que más convenga al Estado. Quizá a la idea de Progreso algunos tengan que empezar a superponerle la de Duración. Quizá los retazos de la utopía liberadora y de la fantasía de la Historia como ámbito total de redención hayan de ser reemplazados por una retórica más modesta y una temporalidad más circunscrita, aunque probablemente igual de falaces.

    Durante un período de tiempo que de momento nadie ha tenido la osadía de fijar, deambularemos por el mundo como sombras que se debaten bajo el peso mudo de sus terrores. En todas partes acechará la fatalidad, sólo en la distancia nos sentiremos a salvo. Acabaremos agradeciendo a cualquiera de esas campañas con que la autoridad sanitaria insiste en recordarnos lo precario de nuestra condición la costumbre de mirar a nuestro semejantes como a eventuales portadores de una carga letal, y disculparemos la certeza de la reciprocidad de sus miradas. No será, después de todo, una situación tan insólita. Con la desalentada lucidez que le caracteriza, Michel Houellebecq ha apuntado que lo único que hace la pandemia es abundar en una tendencia que en Occidente ya se hallaba en proceso de cronificación: la obsolescencia de las relaciones humanas. El miedo al contagio, esta vez, nos proveerá de una coartada exculpatoria. A diferencia de episodios de análoga naturaleza a los que se haya enfrentado nuestra civilización, ahora no recurriremos al auxilio de ninguna presencia fraterna, sino que todo lo fiaremos al amparo de un Estado plenipotenciario al que, como contrapartida a los desvelos de su presunto humanitarismo benefactor, estaremos obligados a entregar –pero me temo que muchos lo harán encantados- parcelas completas de nuestra intimidad y nuestra conciencia.

    En el horizonte despunta una modalidad de servidumbre articulada en torno al carácter incontrovertible de los dictámenes emanados desde un inaccesible oráculo de expertos

    Hasta aquí la síntesis de la nueva normalidad que el lenguaje del poder ha comenzado a delinear en sus trazos más gruesos. Con el paso del tiempo, puede que lleguemos a ser conscientes de que cierta dimensión de nuestras vidas ha sufrido una merma trágica. Juzgaremos temeraria la insistencia en las antiguas rutinas de las que solía desprenderse esa afinidad que surge en la proximidad de los seres y las cosas. A la realidad exterior, en tanto ámbito de las sencillas epifanías en que revierte nuestro fervor hacia el mundo, nos asomaremos desde una perspectiva cada vez más cauta. Una semilla de desconfianza habrá quedado incrustada en nuestro interior. El recuerdo de los días aciagos en que el virus diseminaba a sus anchas la muerte servirá para que cualquier amago de rebeldía, cualquier atisbo de cuestionamiento a los dictados de una autoridad a la que la propaganda habrá conseguido que pronto percibamos como omnisciente, queden desactivados al instante.

    La enfermedad como sobrevenida palanca del poder, el pánico a la muerte como vía para establecer una disciplina masiva de pensamiento y acción. Así es como se manifiesta el rodillo de una lógica instrumental que no conoce fisuras. En el ocaso de esta civilización, las fuerzas que se reparten sus despojos modelan a un hombre aislado, dependiente, asustadizo: el arquetipo soñado por el totalitarismo de matriz tecnológica que se venía gestando desde hace un tiempo, y al que la pandemia otorga ahora la última dispensa que necesitaba para permitirle actuar sin trabas. Sin duda, podrá considerarse afortunado quien, en mitad del repliegue al que buscan someternos, descubra algún reducto sagrado que valga la pena custodiar. Atrincherado allí, en el absoluto de una conciencia que lucha por preservarse intacta, quizá alcance a comprender el sentido profundo de aquello que Camus nos revelara un día: que en el gesto de articular un simple “no” está contenida, a veces, toda la fuerza necesaria para resistir al Leviatán.


    CARLOS MARÍN-BLÁZQUEZ ha sido columnista durante diez años en prensa regional (‘La Verdad’, Murcia). Es escritor y autor de ‘Fragmentos’ (Editorial Sinderesis, 2017)

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  • El ‘beef’ de Chesterton a Churchill

    G. K. Chesterton fue un historiador, periodista y novelista de fama internacional por todos conocido —especialmente por nuestros lectores habituales—.

    Pero además, el viejo Gilbert era un hombre gordo, enormemente gordo, aficionado al comer y el beber y dado a sentarse solo en su club de Londres, sin alentar a ningún otro a acercarse. (Algunos han interpretado la circunferencia chestertoniana como una insignia de vigor antiprotestante, una especie de crítica adiposa al puritanismo).

    Sin embargo, dicen que una tarde un joven miembro se atrevió a tomar una silla cómoda junto al gran escritor. Era el incontenible Winston Churchill, narrador, corresponsal de guerra, parlamentario y futuro gerente del esfuerzo de guerra británico en la Segunda Guerra Mundial. Winston, a quién también admiramos, tomó asiento y observó al señor Chesterton de cerca. Su interlocutor le devolvió la mirada y tomó su copa de brandy.
    Winston dijo de repente: «G.K., ¡creo que estás embarazada!» Chesterton miró hacia abajo a su vasta barriga y respondió reflexivamente: «Probablemente tengas razón».

    Decidido a continuar la broma, Winston preguntó, «¿y cómo lo llamarás; al bebé, quiero decir?». De nuevo, Chesterton miró a Churchill con una expresión inescrutable. Hizo una pausa y luego dijo: «Si es un niño, lo llamaré Gerald; si es niña, la llamaré Katharine, por Katharine Parr, a quien admiro; y si sólo son gases y meados, como sospecho, lo llamaré Winston».


    LA CONTROVERSIA

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  • El mundo desde una perspectiva china

    Durante muchos años la mayoría de los miembros de la generación X[1] hemos imaginado a China como un país en desarrollo, sometido al poder de una hermética dictadura comunista, fabricante de productos de muy mala calidad y responsable del famosísimo programa Humor Amarillo, donde el ‘chino cudeiro’ hacía de las suyas ataviado con disfraces imposibles.

    Quizá fuese parcialmente cierto, pero la historia, «émula del tiempo, depósito de las acciones, testigo de lo pasado, ejemplo y aviso de lo presente, advertencia de lo por venir» en palabras de Don Quijote[2], nos indica algo más, y es que el Regreso al Futuro estaba ya en camino.

    «Oculta tu fuerza, espera el momento»

    Con este aforismo el gran protagonista de la apertura económica china, Deng Xiaoping, expresaba su intención de mantener a China en un segundo plano que permitiese el desarrollo económico del país y la superación de los diez años de Revolución Cultural de Mao.

    Tras conquistar el podio como segunda potencia económica mundial, esos tiempos pertenecen ya al pasado: «nunca el mundo ha tenido tanto interés en China y nunca la ha necesitado tanto»[3]. En el XIX Congreso Nacional del Partido Comunista, Xi Jinping manifestó su firme determinación de posicionar a China como «líder mundial en términos de fuerza nacional e influencia internacional» con el claro objetivo de «hacer grande a China de nuevo»[4] antes del año 2050.

    Los movimientos de esta superpotencia en el plano internacional no son generalmente bien entendidos, pero si observamos el mundo desde una perspectiva china comprenderemos por qué actúa tal y como lo hace. De las enseñanzas de Confucio al socialismo con características chinas, de la Ruta de la Seda a la Belt and Road Initiative o del primer emperador Qin Shi Huang al actual Xi Jinping ¿ha cambiado tanto la República Popular China o, por el contrario, sigue siendo la misma en esencia?

    Confucio (551 – 479 a.C), la raíz de la ‘cosmovisión’ china del mundo

    Una perspectiva del mundo: del Todo bajo el Cielo de Quin Shi Huang al ‘One World, One Dream‘ de Xi Jinping

    China es una de las civilizaciones más antiguas y únicas del mundo. Los chinos llaman a su país «Zhōngguó»[5], el orgulloso «Imperio del Medio» situado en el centro del mundo y sobre el que, como satélites, giran el resto de países[6].

    Su secular aislamiento geográfico[7], además de proporcionarle defensa del exterior, ha llevado a China a ver el mundo desde un punto de vista único y particular. Entre estas particularidades, dos de ellas merecen ser detalladas:

    En primer lugar su sistema de gobierno. Aunar a la enorme población de un territorio tan vasto en un proyecto común no fue posible sin la existencia de un poder central y autoritario que propició, en el año 221 a.C., la llegada del primer emperador, Quin Shi Huang, que resumió su concepción del imperio con la frase «Todo bajo el Cielo». Veintidós siglos después, este sistema de gobierno autocrático ha sido interiorizado de tal manera que forma ya parte del ADN chino[8].

    En segundo lugar, una visión realista del sistema internacional bajo cuyo prisma China sigue considerándose una potencia imperial que, a diferencia del pasado, ya no puede confiar su seguridad en fronteras naturales.

    Esta visión imperial es sintetizada por el presidente Xi Jinping[9]  en su conocido eslogan «Un mundo, un sueño»[10], reflejando una vez más la concepción china de gobernanza bajo la única autoridad de una persona o gobierno. Este Sueño Chino es, en palabras de Jinping, «el gran rejuvenecimiento de la Nación China», un sueño que «no sólo enriquece al pueblo chino, sino que también beneficia a los pueblos del mundo», lo que revela la intención final de China de restablecerse como el gran hegemón asiático, primero, y consolidarse como una potencia mundial después.

    Quin Shi Huang, primer emperador de China (259 – 210 a. C)

    Una perspectiva de la sociedad y el gobierno: del Confucionismo tradicional al socialismo con características chinas.

    Uno de los elementos más inmutables de la civilización China ha sido su concepción de la sociedad. Mientras que la sociedad occidental reconoce sus raíces en la tradición grecolatina y cristiana, la sociedad china lo hace fundamentalmente en torno a los principios del Confucionismo[11] cuya asunción, durante milenios, constituye la lente a través del cual el chino observa la realidad.

    Su fundador, Confucio[12], vivió en el siglo VI antes de Cristo, y ha sido sin duda el filósofo más influyente de la historia de China. Su doctrina trata, entre otras cosas, las relaciones y los roles de las personas en el seno de la sociedad: para Confucio cada individuo tenía un rol específico[13] debiendo de actuar éticamente de acuerdo al mismo. Desde esta perspectiva, la sociedad debía organizarse jerárquicamente y en torno a un gobierno central fuerte y moralmente superior. Esta concepción de la sociedad permitió a los emperadores alcanzar grados de gobernanza nunca vistos antes y constituyó la argamasa que acabaría fundiendo los distintos reinos del imperio.

    A pesar de su relevancia, esta filosofía fue despreciada por la Revolución Cultural de Mao que la acusó de ser una «religión feudal que favorecía la opresión de las masas» y su exclusión  dejó a la sociedad china con un vacío moral y social difícil de llenar. El error de Mao fue quizás mayor, pues si analizamos los valores predicados por esta corriente veremos en ellos el fertilizante que permitió que la revolución comunista enraizase en China como lo hizo. Los valores sociales de ambos pensamientos son tan similares que podríamos llegar a la conclusión de que, quizá, China fuese de algún modo comunista antes incluso de que el propio comunismo existiese, gracias a Confucio.

    La recuperación del confucianismo como filosofía nacional comenzó en la década de 1980. En 2014, Xi Jinping conmemoró personalmente el cumpleaños de Confucio en Pekín[14] defendiendo sus enseñanzas como un nuevo paradigma de la China moderna: «el comunismo predica que hay que servir al pueblo, Confucio dice que debemos contribuir a la sociedad y olvidarnos de los intereses propios».

    El orden, la jerarquía, la asunción del rol asignado  y el reconocimiento de una autoridad central moralmente superior, constituyen hoy, como siempre, la perspectiva china de la sociedad y el gobierno. Queda sólo preguntarnos si el mencionado sueño mundial[15] de Jinping pretenderá la sustitución de nuestros jóvenes valores occidentales por un modelo que ha superado con creces la prueba del tiempo.

    Ceremonia de conmemoración del 2569 aniversario de Confucio, en la provincia de Shandong (2018) | Xinhua / Wang Nan

    Una perspectiva de la economía global: de la Ruta de la Seda a la Belt and Road Initiative

    A salvo en sus fronteras naturales, la economía china siempre dirigió su mirada hacia el interior, esencialmente en torno al cultivo de enormes extensiones agrarias en un régimen feudal. El comercio de la seda y los productos manufacturados, principalmente herramientas, ha estado también siempre presente en su economía.

    Para responder a la demanda de estos productos, China utilizó las rutas comerciales que, desde el siglo I a.C., conformaron la conocida Ruta de la Seda. Esta ruta comercial permitió la interacción económica y cultural del aislado Imperio Medio con las civilizaciones circundantes, especialmente con Occidente, y constituyó una extraordinaria fuente de riqueza para el país[16] de tal manera que, por riqueza, población y economía, China se convirtió en la mayor potencia económica a finales del siglo XIX.

    La economía China retorna a sus orígenes. % del PIB mundial desde el año 1700 al 2008| The Maddison Project, University of Groningen, The Netherlands

    Esta floreciente situación económica se vio truncada con la llegada de la Revolución Industrial, rechazada en China en virtud del ya mencionado sinocentrismo económico, y que acabó trasladando el eje geopolítico del mundo hacia Occidente: serían las potencias colonizadoras europeas las que habrían de dictar los deberes del mundo a partir de entonces.

    El Siglo de la Humillación reveló que esa visión geopolítica aislacionista, aunque había funcionado durante siglos, ya no era una opción válida. A pesar de esto, cuando Mao Zedong llegó al poder en 1949, las políticas de aislamiento internacional tuvieron una nueva oportunidad. Su Gran Salto Adelante no mostró resultados causando, por el contrario, hambrunas y millones de muertes. Una vez más se demostró que la apertura al mundo era necesaria.

    Consciente de ello y bajo el paraguas del socialismo con características chinas, Deng Xiaoping promovió en 1978 una serie de reformas económicas basadas en la liberalización del sector privado, la modernización de la industria y la agricultura y la apertura al comercio exterior. En palabras del propio Xiaoping, «No importa que el gato sea blanco o negro; mientras cace ratones, es un buen gato». Desde la introducción de estas reformas, el producto interno bruto (PIB) de China ha crecido un promedio del 10% anual.

    La continuación de este proyecto viene de la mano de Xi Jinping con su «Iniciativa de Cinturón y Carretera», más conocida por su acrónimo en lengua inglesa “BRI” (Belt and Road Initiative), un cinturón económico (comercial y financiero) que reconstruye la antigua Ruta de la Seda y la potencia con una ruta marítima paralela de alcance mundial. Los resultados de este proyecto son, a grandes rasgos, la construcción y financiación por parte de China de aquellas infraestructuras que necesita un segundo país a cambio de su usufructo. La BRI tiene algunos aspectos controvertidos:

    En primer lugar, muchos analistas observan que las fuertes inversiones chinas, en el marco de esta iniciativa en los países en desarrollo, son un nuevo Plan Marshall utilizado por China para inclinar el equilibrio geopolítico a su favor ejerciendo así una especie de «poder blando» mundial. Las donaciones chinas de material sanitario durante la crisis del COVID-19 podrían apuntar en este sentido.

    En segundo lugar y a más largo plazo, esta iniciativa podría constituir una suerte de «Caballo de Troya Chino» en cuyo interior podría encontrase la intención de subvertir el orden liberal occidental, basado en el Estado de Derecho y el libre comercio, por un sistema de fuerte intervención estatal.

    Por último, la ruta marítima del proyecto que pretende conectar el Oriente Medio con África, Europa y América Latina lo haría a través de instalaciones portuarias controladas y bases militares que reforzarían la capacidad de proyección del poder chino a lo largo del mundo, en el que China ejercería toda su capacidad de influencia al poseer o haber construido la mayor parte de la infraestructuras.

    El aspecto más polémico a este respecto es la reivindicación de la línea de aguas territoriales del antiguo gobierno nacionalista chino y que trata de convertir de facto el Mar de la China Meridional en aguas territoriales chinas. La creación de islas artificiales con asentamientos militares, la puesta en marcha de un programa para la construcción de una marina moderna con capacidad de proyección[17] y la posterior aplicación de doctrinas «antiacceso/negación de permanencia» son las medidas más agresivas a este respecto.

    La Belt and Road Initiative china | Mercator Institute for China Studies

    De los Cien Años de Humillación a una Superpotencia Militar

    Se conoce como Siglo de la Humillación al periodo de intervención capitalista comprendido entre el comienzo la Guerra del Opio de 1839 y el final de la Guerra de Corea en 1950 y el triunfo de la revolución comunista. Durante este período, China perdió un tercio de su territorio y las potencias coloniales se hicieron con el control de todos los puertos asiáticos, desde Corea hasta Vietnam. La quema del Palacio de Verano es descrita por algunos como la Zona Cero de China.

    El mencionado retraso industrial y un Ejército Imperial anticuado, propiciaron la reducción del país a la más absoluta irrelevancia en el teatro geopolítico mundial y regional y constituyó una ofensa inaceptable para el orgulloso pueblo chino. Las profundas cicatrices dejadas en el imaginario colectivo, especialmente en el Partido Comunista Chino, están marcando todavía las líneas de acción de Xi Jinping: en el XIX Congreso Nacional del Partido Comunista de China, Jinping mostró su intención de modernizar la defensa nacional y las Fuerzas Armadas con el fin de realizar el «sueño chino»[18].

    El crecimiento sostenido de dos dígitos a lo largo de las dos últimas décadas ha proporcionado a China los recursos económicos necesarios conseguirlo desarrollando un potente programa de modernización militar que convierta al Ejército Popular de Liberación (EPL) en uno de «clase mundial» para 2049.

    Este EPL no representará una amenaza mundial inmediata y no podrá compararse con las Fuerzas Armada de los Estados Unidos o la OTAN pero le permitirá salvaguardar sus intereses en el extranjero y apoyar el desarrollo sostenible del país. En contraste con su pasado imperial, China no basará su defensa en un supuesto aislamiento geográfico, irrelevante hoy en día por otro lado.

    China define su estrategia militar como de «defensa activa», una especie de oxímoron que se conceptúa como estratégicamente defensiva pero operacionalmente ofensiva. Aunque la historia ha dado a la Estrategia militar china un carácter distintivo de mínima violencia, la humillación no es ya una opción posible.

    Conclusiones y algunas consideraciones finales

    La forma en la que China concibe el mundo y su papel en él es, en muchos aspectos, el mismo que ha mantenido en el pasado: su lugar vuelve a ser el que fue, si bien, su capacidad de influir sobre los distintos actores globales (naciones e instituciones) se ha incrementado de manera nunca antes vista.

    La forma en la que China persigue sus objetivos está, sin embargo, tan profundamente arraigada en su historia que su conocimiento es clave en la evaluación de cualquier crisis con este país.

    Desde un punto de vista social y político, los milenarios valores del confucianismo siguen presentes hoy en día. Desde una perspectiva occidental, la democracia y los derechos humanos son un valor esencial; no ocurre lo mismo en China que, simplemente, no cree en ellos, al menos no de la manera en que lo hacemos nosotros. Una buena muestra de la particular visión china de los derechos humanos son los horarios de apertura de los negocios chinos en España. Considerados como «inhumanos» para muchos de nosotros, estos comercios, familiares en muchos casos y colmados de herramientas como en la Edad Media, permanecen abiertos casi las veinticuatro horas del día a pesar de que, a más de 9000 km de Pekín difícilmente puedan sus propietarios sentir presiones del régimen.

    Muchos analistas creían que, a medida que la economía china avanzara y su clase media creciera, se haría más democrática; la verdad, sin embargo, es que Jinping acumula más poder que nunca, sin que se observen síntomas de preocupación por el régimen en la sociedad china.

    Económicamente, China está a punto de recuperar el liderazgo indiscutible que tenía antes del periodo colonial. Para afianzarse como primera potencia económica mundial está construyendo la mayor red clientelar de la historia del comercio; una prueba de esto ha sido la dependencia del material sanitario chino que ha mostrado tener occidente y la propia España durante la crisis del COVID-19 y que ha permitido a China mantenerse como la potencia de mayor crecimiento económico.

    Desde el punto de vista militar, sin embargo, se evidencian algunas diferencias con el pasado histórico del imperio inventor de la pólvora: en esta ocasión el desarrollo del Ejército Popular de Liberación chino no sólo garantizará la defensa de sus intereses estratégicos sino que no permitirá que los Cien años de Humillación puedan volver a ocurrir.

    Queda sin embargo una pregunta sin respuesta: ¿Pretende China librar la «Guerra de las Ideas»[19]? El actual orden existente ha sido utilizado por China para crecer como lo ha hecho hasta ahora pero ¿podría su actual o futuro estatus geopolítico tentar a China a tratar de cambiar este orden?

    Países con mayor deuda externa con China en porcentaje del PIB, 2017 | Statista

    En primer lugar, aprovechando la dependencia comercial y financiera de China por parte de los países en desarrollo para exportar su modelo socialista. El sistema chino constituye, sin duda, una magnífica opción ‘de progreso’ para los gobiernos de aquellos países africanos o americanos en los que el sistema occidental no ha funcionado y a los que ofrece además la ventaja de no implicar indeseados abrazos democráticos. 

    En segundo lugar, al tratar de imponer un nuevo orden comercial y económico al mundo, mucho más autocrático y menos libre, cuestionando el Sistema de Bretton Woods que lo rige desde la gran depresión del siglo pasado.

    Librar la «Guerra de las Ideas» es siempre un juego arriesgado pues éstas, las ideas, crecen en el mismo suelo en el que hunden sus raíces los sentimientos. Aunque no sean siempre compartidos, los valores occidentales son tan incuestionables hoy en día que cualquier intento serio de modificarlos provocaría una respuesta única y clara de un Occidente todavía dividido e indeciso sobre cómo abordar la ‘cuestión china’. Abrir esa caja de Pandora tendría, en cualquier caso, consecuencias impredecibles y negativas para China.

    Si China centra su estrategia en lo material e ignora estos conflictos ideológicos intentando alcanzar consensos con el resto del mundo que permitan, quizá, incorporar valores diferentes, entonces se consolidará no sólo como lo que siempre fue, el gran Imperio Medio, sino esta vez…

    …como un Imperio Global.

    VALENTÍN MARTÍNEZ BAZÁN es Capitán de Fragata de la Armada Española, Diplomado de Estado Mayor de las FAS y por la NATO Defense College (Senior Course) y posee el Máster de “Política de Defensa y Seguridad Internacional” por la Universidad Complutense de Madrid.


    [1] Leer “La Diversidad Generacional en la Armada” del CN Enrique Cubeiro Cabello (Revista General de Marina, mayo 2018)

    [2] Tras la estupenda batalla que el gallardo vizcaíno Don Sancho de Azpeitia y el valiente manchego sostuvieron (“El Quijote”, capítulo IX).

    [3] People´s Daily, periódico oficial del Partido Comunista Chino, con tirada internacional.

    [4] “To make China great again”.

    [5] La denominación «China» se estableció en el siglo XIX a partir de la denominación persa del estado de «Quin», posteriormente traducida como «China» por los portugueses en el siglo XVI (Ancient History Enciclopedia, http://www.ancient.eu.)

    [6] Fuente de Cobo, Ignacio, “¿Se convertirá China en una Potencia Agresiva?”. Instituto Español de Estudios Estratégicos  (IEES), Documento de Análisis 15/2017 (March 2017)

    [7] Manchuria y Mongolia al Norte, Si Kiang al Este y el Tibet al Sur.

    [8] En este sentido es interesante analizar la justificación del socialismo y la crítica a las “imperfectas” democracias occidentales que haría Jian Quing (cuarta mujer de Mao y figura clave de la Revolución Cultural) Para ‘Madame Mao’ las democrarcias se basan en el voto de personas con deseos “interesados”. Las decisiones tomadas con este sistema pueden servir a los intereses de mayorías particulares pero no tendrían necesariamente en cuenta las implicaciones morales de las mismas, lo que considera inaceptable.

    [9] Tras ser nombrado Secretario General del Partido Comunista Chino (CCP) en 2012 y Presidente del país el año siguiente, Xi Jinping se ha consolidado en la cúspide de todas las estructuras de poder de la nación convirtiéndose en mayor líder político desde Mao Zedong, un verdadero “emperador” moderno.

    [10] “One world, one dream”.

    [11] Delios, Andrew y otros, “Understanding the Chinese”, Junio 2014, http://www.informit.com/articles.

    [12] Confucio vivió como alto funcionario en el siglo VI antes de Cristo, durante la dinastía Zhou,  en un tiempo marcado por el caos y las guerras entre los distintos señores feudales. Por ello dedicó su vida a desarollar un código moral basado en el respeto a los mayors y a los ancestros y en la tolerancia, amabilidad y amor al prójimo.

    [13] “Que el gobernante sea un gobernante, el sujeto un sujeto, un padre un padre y un hijo un hijo «. (Analectas, 12.11)

    [14] Hoy en día,  en las proximidades del templo de Qufu, se encuentran a la venta ejemplares del “Libro Rojo” de Mao junto con las “Analectas” de Confucio así como figurillas de ambos autores.  Asimismo y desde 2011, una estatua de Confucio se alza frente a la de Mao en la “sagrada” plaza de Tiananmen.

    [15] “One world, one dream”

    [16] Aquel floreciente imperio quedó descrito con gran frescura y algo de exageración, por un fascinado Marco Polo en su conocido “Libro de las Maravillas”

    [17] Por primera vez la Marina China cuenta con portaviones (2) entre sus unidades.

    [18] “One World, One Dream”

    [19]   Antulio J. Echevarria,  “Wars of Ideas and the War of Ideas”, Strategic Studies Institute of US Army War, June 1 2008. 2010). Se conoce como Guerra de ideas como la lucha o desacuerdo entre ideales, ideologías o conceptos por la que las naciones u organizaciones  tratan de influir estratégicamente  en favor de sus intereses globales.

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  • Vuelven los poetas

    Políticos, vuestro saber es práctico. Un instinto felino se ha tenido que forjar en el fango del día a día. Sabéis bien que la autoridad no se aprende, se desprende, como el aroma del cabello femenino en una tarde primaveral. Pero un buen político debe saber cuándo soltarse el pelo y eso lo aprende saliendo de casa y distinguiendo entre invierno y primavera. En confinamiento o en libertad, leer siempre ha sido un salir al mundo, la perfecta simulación de las cosas: estaciones meteorológicas o relaciones humanas.

    Jóvenes ambiciosos, preocupaos por vuestro futuro: la programación no es más importante que la literatura. Se terminó el papel secundario de las ‘letras’ en los colegios. En su libro Nosotros los modernos, dice Finkielkraut que “el lenguaje abre al hombre a otra verdad distinta de sí mismo. El ser es lo que exige poetas para que tengamos la experiencia del mismo”.

    La literatura se hace con nuestro mismo barro, aunque trate de mundos y personas ajenas. Es el único anticipo posible de aquello a lo que debemos enfrentamos los mortales. Única imagen de este valle de lágrimas y el único anticipo de la práctica. Por eso será la principal asignatura para los que quieran aprender a vivir, pero también para los que quieran empezar a mandar. De hecho, la vida no se vive; se agarra y se domina con confianza y sin garantías. Construimos nuestro futuro con la misma incierta vehemencia con la que King o Rowling escribían sus primeras líneas sobornados por la pobreza y la desesperación.

    Exponer un relato no significa ser relativista, y quizá haya llegado el momento de ponerse a componer mejores historias que las del progresismo

    Iván Redondo y Pablo Iglesias confiesan haber aprendido de grandes series de televisión. La ficción en pantalla, el mejor reflejo de su política. De hecho, antes de vivir este catastrófico guion escrito con nombres de difuntos y parados, “la batalla del relato” ya se había puesto de moda en la política nacional.

    Exponer un relato no significa ser relativista, y quizá haya llegado el momento de ponerse a componer mejores historias que las del progresismo. No porque la verdad carezca de fuerza, sino porque la verdad se propone y toda propuesta depende de las formas. La literatura es una forma de verdad también, ya la recomendaba Chesterton para aprender a matar dragones. Si toda política exige algo de relato, de ficción, de adorno y de escena, hay que aprender a hacer todo eso mucho mejor. Hay que crear a un San Jorge que mate de forma veraz, pero también verosímil, a los dragones del adversario.

    Si Auerbach descubrió, en la Odisea y la Biblia, dos formas de vivir en el mundo, de apreciarlo, de relatarlo; nosotros estamos tardando en aportar nuestra impresión, aquello que apreciamos necesita un reflejo; unos escriban, otros actúen.

    Ahora bien, la única condición para conservar la cordura, cuando todos los relatos se contradigan, consiste en leerlos todos y conocer sus flaquezas. Por eso la Literatura ha vuelto para quedarse, no le quitéis espacio en el colegio, pues lo está ocupando en el Congreso.


    JAIME Á. PÉREZ LAPORTA

  • Volver a nacer

    Han sido muchas las críticas que han caído sobre esa «nueva normalidad» que nos promete el presidente del Gobierno, y esas mismas críticas han reclamado un deseo de volver a la antigua normalidad. Pero querer volver a la antigua normalidad supone reconocer, en cierto modo, que entonces estaba todo bien y nada debía ser cambiado.

    Hace relativamente poco, un parlamentario dijo que el verbo que debemos conjugar entre todos es «construir», que viene a ser lo mismo que decir que entre todos debemos caminar. Pues si bien en este sentido construir implica «ir hacia arriba», bien podemos perdernos en el abismo del universo; y, si bien caminar significa seguir «hacia delante», a duras penas podremos evitar caer por el despeñadero. Eso sí, todos juntos. Desde aquí reivindicamos volver sobre nuestros propios pasos, regresar y no marchar; excavar más que construir, si es necesario, hasta encontrar la cueva de la Natividad. Pero la modernidad, sin embargo, rechaza la Natividad porque rechaza el Nacimiento. Y para no encontrarlo en las profundidades, al hombre moderno no le ha quedado otra que erigir y cimentar piedra sobre piedra sobre esa pequeña cueva de Belén; no le ha quedado otra que dificultarnos el camino de regreso a casa y llamar a eso normalidad.

    La construcción, como la fabricación, es la defectuosa respuesta que el mundo moderno da a la búsqueda de lo puro e inmaculado, sin encontrarlo, porque lo ha escondido, sin escucharlo, porque lo ha acallado. Y es ante este descalabro donde el hombre sano debe optar por la deconstrucción. Y para deconstruir es menester volver a los orígenes o, al menos, volvernos hasta reencontrar el camino verdadero. La deconstrucción no es una demolición; es, en todo caso, la mayéutica socrática aplicada, si se quiere, de forma inversa. Es el proceso por el cual vamos a cuestionar todos y cada uno de los dogmas que ha impuesto nuestro tiempo. El escritor Carlos Marín-Blázquez lo describe de esta forma en su aforística obra Fragmentos: «Hoy el hombre solo siente que progresa si el mundo hacia el que va es negación del mundo de donde procede». Desde el punto de vista antropológico, el hombre no ha encontrado en el progreso más que impedimentos, tan solo productos deficientes para satisfacer placeres pasajeros, en los que se ha complacido con orgullo produciéndole un aterrador vacío que trata de acallar con más y mayor progreso.

    Para deconstruir es menester volver a los orígenes o, al menos, volvernos hasta reencontrar el camino verdadero.

    Recordé algo que recientemente leí de Fabrice Hadjadj acerca de la construcción y el nacimiento. El filósofo francés expone de forma brillante una reflexión a tener en cuenta: «Un niño trisómico puede nacer, pero no podría ser fabricado». El significado de estas palabras es claro: en los preceptos de la fabricación, como en la construcción, el hombre exige perfección. Pues, ¿qué clase de carpintero elaboraría una mesa coja? ¿qué tipo de arquitecto diseñaría una casa de cimientos inconsistentes? Y el hombre moderno, en su eterna miopía, se termina preguntando, ¿qué clase de padres planificarían el nacimiento de un hijo defectuoso? Si bien en las dos primeras cuestiones lo lógico se corresponde con la naturalidad humana, en esta última lo antinatural se sobrepone y rechaza a lo sobrenatural. Esto es así porque se rechaza el oscuro (porque es un misterio) fruto del abrazo cálido de los esposos y se acepta la «transparencia de la probeta de cristal». Ahora los padres podrán tener hijos de laboratorio personalizados a su gusto: han rechazado la imperfección del nacimiento por la perfección de la fabricación bajo la consigna del progreso.

    De este modo, el hombre moderno se afana en producir cosas perfectas que desvíen la atención al hombre común, lo ceban como a un cerdo para que, llegado el momento, rechace e incluso devuelva el Pan de la Vida, lugar de donde viene y al que debe regresar. Porque cuando el hombre exige perfección en el terreno de lo artificial el peligro que corre es doble: por un lado, puede caer en el error de rechazar lo imperfecto –tanto como lo verdadero y naturalmente perfecto–; y, por otro lado, tomar como perfecto, gracias a esa miopía artificial, una construcción imperfecta.

    No negaré lo confuso de las afirmaciones anteriores, porque en esto consiste precisamente la construcción: en confusión. Tomemos como ejemplo a los descendientes de Noé y en lo que sucedió tras el diluvio. Su alma, separada de Dios, y su corazón, anegado de agua y repudio, transformó la desgracia espiritual en desgracia material construyendo la Torre de Babel. A esa construcción respondió Dios con confusión: «Bajemos, pues, y confundamos allí su lengua, de modo que ninguno entienda la lengua del prójimo. (…) Por eso se llama Babel, porque allí confundió el Señor la lengua de toda la tierra», (Gn, 11:7). El hombre sano es consciente de que la lengua bífida, siendo una, es dos; y aun cuando dice la verdad, miente: pues es el príncipe de la mentira. Por ese motivo, aun hablando todos la misma lengua en Babilonia, no eran unidad, porque se alejaron del Padre; o como cuando Jesús preguntó el nombre del endemoniado de Gerasa: «Me llamo Legión, porque somos muchos» (Mc 5:9).

    La deconstrucción nos permite corregir, reunificar lo que había sido diseminado, encontrar lo que había sido perdido. Y hoy más que nunca, el ethos católico nos exige que volvamos a esos orígenes. Si queremos (ver) al Hijo es preciso corregir a la madre que, en su vientre, quiere deshacerse de él. Si queremos (ver) al Padre debemos oponernos a todo aquello que promueva, como la eutanasia, su muerte prematura. Si queremos (ver) a la Madre Inmaculada debemos abolir todo aquello que la desnaturalice o la prostituya. Si queremos (ver) Justicia debemos acoger al sufriente, porque algo mucho peor que permanecer confinado en casa es vernos obligados a abandonarla; «toma al niño y a su madre y huye a Egipto» (Mt 2:13). El amor, como lo heroico, no es calculador y los tiempos nos piden a gritos un poco de épica. Volver al origen y fundamento de las cosas no nos convertirá en retrógrados o carcas sino en todo lo contrario, estaremos perfeccionando, aun con nuestras debilidades, nuestra naturaleza. Más que ir, debemos regresar; más que mirar hacia fuera, debemos mirar hacia dentro y encontrar lo sustancial de la creación.

    Si construir, como Babel, nos lleva al abismo del universo; si reivindicar con orgullo placeres mundanos nos conduce a los agujeros negros (o agujeros de gusano) en los que nos arrastramos y desintegramos, entonces, más idóneo será atarse una rueda de molino al cuello para contrarrestar la ingravidez de lo moderno. Al fin y al cabo, el niño trisómico también está hecho de polvo de estrellas, como usted lector, y como yo, y eso le hace infinitamente más perfecto que cualquier ordenador o cualquier edificación que lleve al hombre a la luna.

    Prosigamos, pues, sin miedo, con fe y esperanza, a la divina deconstrucción que comenzó Notre Dame, Nuestra Bellísima Dama de París, en su largo viaje hacia las estrellas.


    TONI GALLEMÍ

  • El apocalipsis según León Bloy

    En 1846, la Santísima Virgen se apareció a dos jóvenes pastores en una montaña cercana al pueblo alpino de La Salette, Francia. Los niños hablaron de una «bella dama» que se materializó en el interior de una luz resplandeciente, más brillante que el sol, que emanaba de un gran crucifijo que llevaba sobre su pecho. Durante unos minutos, la Virgen permaneció sentada, llorando amargamente entre las rosas que cubrían su cabeza. Después, se levantó y les explicó a los pastores que horribles castigos acechaban a la humanidad si ésta no dejaba de blasfemar y desobedecer los mandamientos: la Virgen pronunció treinta y tres aterradoras profecías que precederían a la llegada del Anticristo, que describió así:

    «Habrá una especie de falsa paz en el mundo; no se pensará más que en la diversión; los malvados se entregarán a toda clase de pecados y la tierra será castigada con la peste, el hambre y todo género de plagas y enfermedades contagiosas. Habrá guerras sangrientas, hasta la última que harán los diez reyes del Anticristo. El Anticristo nacerá de una religiosa hebrea, una falsa virgen que tendrá comunicación con la vieja serpiente, el maestro de la impureza; su padre será obispo. Al nacer, vomitará blasfemias, tendrá dientes, proferirá gritos espantosos, hará prodigios y no se alimentará más que de impurezas».

    Para frenar la llegada del Diablo encarnado, la Virgen les pidió a los niños que rezaran, hicieran penitencia y difundieran su mensaje: «Discípulos de Dios, ya es hora de salir e iluminar la tierra. Pelead, hijos de la luz, vosotros, pequeño número, pues he ahí el tiempo de los tiempos, el fin de los fines». Acto seguido, la Bella Dama ascendió por una gran pendiente y desapareció en un haz de luz.

    Revelación

    Una de las mayores obsesiones de Léon Bloy (nacido en Périgueux, Francia, en 1846, el mismo año en que se produjo la aparición de La Salette) fueron las espeluznantes profecías de la Virgen: no en vano, pasó su vida peregrinando a La Salette, como parte de esa élite de «hijos de la luz» llamados a aplacar las fuerzas de la oscuridad. Toda la existencia de Bloy estuvo marcada por esta lucha; su desesperada furia contra el mundo es propia de un hombre convencido de que el juicio final está a la vuelta de la esquina: «Estamos en el umbral del Apocalipsis y no son tiempos para juegos del pensamiento», solía decir. En parte como señal de desprecio a la prensa y en parte como declaración de principios, Bloy afirmaba que «cuando quiero leer las últimas noticias, leo a San Pablo»: un apóstol, éste, que en su Apocalipsis describe a un gran ángel que enarbola en su mano una vara de hierro tan recia como la pluma de Bloy, un autor que escribía a golpe y porrazo: «Ser profeta es fácil hoy, si se cree que el Demonio está realmente suelto, y que, en consecuencia, todo lo que se hace es contra Dios».

    Como nos encontramos en plena pandemia, consagramos este artículo al Bloy más salvaje y apocalíptico. A ver si, de esta forma, comprendemos que el Fin de los Tiempos, y también el fin de nuestro propio tiempo, se aproxima, y debemos actuar ya. El propio Bloy nos da instrucciones: «Esperad echados en tierra, como el polvo que espera a la tempestad, orar con todo el corazón y prepararse para el martirio; he ahí lo que Dios pide a sus amigos. El resto no es nada».

    Rebelión

    En las antípodas del místico que ve a Cristo en el rostro de todos los  peregrinos, Bloy ve al Anticristo en todos sus vecinos… y sólo ve a Cristo en la cruz: «No llego a sentir el gozo de la Resurrección, porque la Resurrección, para mí, nunca llega. Veo siempre a Jesús en agonía, a Jesús crucificado y no sé verlo de otro modo». En la particular teología bloyana, Dios está solo, en perpetuo combate contra el mundo.

    También Bloy estaba contra el mundo, solo y crucificado en su escritorio, con el exabrupto anti todo como arma y regla de estilo: «Rezumo odio. Aborrezco las cosas, las instituciones, las leyes del mundo. He odiado infinitamente el mundo y las experiencias de mi vida no sirvieron más que para exacerbar esa pasión. ¿Quién, pues, incluso entre los cristianos, podría comprender esto?».

    Pues, precisamente, no los cristianos, que a juicio de Bloy son aún peores que los paganos: «Los condenados no tienen otro alivio, en el abismo de sus tormentos, que la visión de los horripilantes rostros de los demonios. Los amigos de Jesús ven a su alrededor a los cristianos modernos, y así pueden concebir el infierno». Antimateria del católico almibarado, ñoño y bisbiseante, Bloy es corrosivo, deslenguado, casi blasfemo. Escribe bien porque escribe de mala leche. Y es tan papista que aborrece al papa. Bloy no pone la otra mejilla: pega un puñetazo en la mesa. Bloy odia al mundo como a sí mismo. Bloy echa espuma por la boca y nos reconcilia con un tipo de católico en vías de extinción: árido, explosivo, cabreado y políticamente incorrecto, pero mística y literariamente deslumbrante. Entre el diamante y el excremento, Bloy tiene un único credo: la santa barbarie.

    Religión

    Aunque comulgaba a diario, Bloy fue un enemigo irreconciliable de la Iglesia de su tiempo. Afirmaba con rotundidad que «el mundo católico moderno es un mundo réprobo e infame del que Jesús está completamente harto, un espejo de ignominia en el que uno no puede mirarse sin tener miedo, como en Getsemaní». El escritor no creía que las almas excelsas, queridas por Dios y deseosas de su gloria, fueran suficientes para salvar Sodoma. Esta coyuntura provocaría una aceleración hacia el fin de los tiempos: «Cuando llueva sangre, lo que no está muy lejos, esta cosecha de malas columnas será de una abundancia extraordinaria. Pero entonces no habrá ya Iglesia y las almas agonizarán de desesperación en la selva roja de Caín».

    Las críticas de Bloy al clero eran tan hiperbólicas que parecían trompetas del Apocalipsis, tal vez porque sabía que el Anticristo sería engendrado por un obispo, y que Cristo moriría por segunda vez «pero no en la Cruz, sino en el umbral de su Iglesia, asfixiado por el asco». Sobre los sacerdotes, escribió que «son letrinas, están ahí para que la humanidad derrame su inmundicia» y que «no hacen casi nunca uso de su poder de exorcizar, porque tienen miedo de contrariar al Diablo». Al escritor católico Joris-Karl Huysmans, que un día fue su mejor amigo, lo tachó de «apóstol del satanismo». Y del papa Léon XII y sus acólitos decía que «son imbéciles. Es imposible hacer entrar una idea superior en tales cerebros». Bloy acusaba a la Iglesia de mil y una maldades, pero también veía en ella la única posibilidad de salvación: «Hasta los niños escribirán, sobre los muros derruidos de Sodoma, estas sencillas palabras: ¡EL CATOLICISMO O LA DINAMITA!».

    Como dijo su mentor Jules Barbey d’Aurevilly —el escritor que arrancó a Bloy del más ciego ateísmo y lo transmutó en creyente— «Léon es una gárgola de catedral que vomita el agua del cielo sobre los buenos y sobre los malos». Sólo Dios sabe los sapos y culebras que habría escupido de haber conocido la Iglesia postconciliar.

    Comunión

    Tenía claro Bloy que una buena esposa debía ser, ante todo, religiosa, pues «toda mujer que no da entrada a lo Sobrenatural en su vida es una prostituida, virtual o efectivamente». Pero la primera mujer de la que se enamoró fue, paradójicamente, la prostituta Anne-Marie Roulé: Bloy la sacó de la calle y la convirtió al catolicismo, pero ella no tardó en sufrir pavorosas visiones del Apocalipsis, que provocaron su reclusión en un manicomio. Su segunda esposa, Berthe, ex protestante a la que también convirtió, murió corroída por el tétanos. Y la tercera, Jeanne, fue la vencida: una devota cristiana apasionada por su marido, que lo amaba porque «me horroriza la mediocridad y amo a los que se atreven a ir hasta el fin».

    Jeanne y Léon tuvieron cuatro hijos. Dos de ellos murieron muy pequeños, por problemas derivados de su exigua alimentación. A los supervivientes, los educaron en la más ortodoxa fe católica. Juntos formaban una célula aislada, que se apartaba de otras familias para no contagiarse del virus de la modernidad. Preferían alternar con los muertos: «Queremos que nuestros hijos se acostumbren a tener muy presente el pensamiento de la muerte y a que la proximidad de los muertos les sea familiar. Conviene a gentes como nosotros ir contra el prejuicio impío que pretende que la muerte y sus imágenes son desoladoras».

    Disolución

    Apestosos, miserables, idiotas e imbéciles. Estos son sólo tres de los epítetos que Bloy regaló a los burgueses, pintando un retrato más grotesco pero igualmente atinado que el del sociólogo y economista Werner Sombart en El burgués (1913). La peor encarnación de la burguesía era, para Bloy, el comerciante, pues «la usura es el fondo del comercio como la avaricia lo es de la prudencia». Y en el tendero, vio una de las caras del Anticristo: «Asombrosa la bobería de los ocultistas que sienten necesidad de ritos y logogrifos para notar la presencia del Demonio, y que no sospechan el satanismo —que salta a la vista— del tendero de ultramarinos».

    A Bloy le sangraban los oídos cuando oía hablar a los burgueses, cuyo verbo satirizó en una de sus obras más divertidas, Exégesis de los lugares comunes. En ella despedaza con negrísimo sentido del humor frases tan manidas ya en el siglo XIX como «nadie es perfecto», «Dios aprieta pero no ahoga», «no todo el mundo puede ser rico», «no hay nada eterno», «tener esperanzas» o «matar el tiempo».  Así, mofándose de su cacareo, Bloy pinta al burgués como un gallina: una antítesis del héroe, del soldado, del pobre, del buen cristiano. Un cerdo que «quisiera morir de viejo» y al que se espanta como a los vampiros: poniendo los brazos en cruz.

    Inanición

    Para Léon Bloy, la pobreza era una especie de koan, pues consideraba que debía ser tan amada como sufrida: «La pobreza voluntaria es, en cierto modo, un lujo y, por ello, cosa distinta de la verdadera pobreza». Es de sobras conocida la insistencia de la doctrina cristiana —y de todas las vías espirituales— en el asunto de la pobreza, pues, de alguna manera, mientras que la sobreabundancia aleja al hombre de Dios, la escasez lo empuja a lo sagrado. Bloy y su familia pasaban hambre, y hasta se vieron obligados a destrozar a hachazos los muebles de su casa para alimentar su chimenea. Y a mucha honra: «Me enorgullezco de mi pobreza por haberla preferido al emputecimiento fructífero de mis enemigos literarios».

    Títulos como Cuentos descorteses, La sangre del pobre o En las tinieblas nunca cuajaron, ni entre la crítica ni entre el público, sepultando a su autor en el panteón de los malditos. Bloy sufría con sus fracasos; pero, al mismo tiempo, rehuía los pesebres literarios y despreciaba el éxito comercial, considerando que su lector potencial era aquel que había renunciado a toda esperanza humana y sólo rezaba por el Apocalipsis: «Siempre he creído que lo que se llama éxito otorga un diploma de mediocridad o es un certificado de ignominia, y he escrito mis libros ilegibles para la multitud, sin otra esperanza que llegar hasta algunas almas ignoradas por mí, pero emparentadas misteriosamente con la mía».

    Tradición

    Ernst Jünger definió a Léon Bloy como un espíritu de extrema lucidez que ha vislumbrado el abismo al que conduce el progreso, como «un augur de las profundidades del Maelström al que hemos descendido». Y, ciertamente, Bloy supo describir con descarnada crudeza esa Atlántida sumergida en desperdicios que llamamos mundo moderno. Y, como buen reaccionario, se rebeló contra ella.

    Para empezar, echaba pestes del sufragio universal, al que tachaba de «elección del padre de familia por los hijos». Frente al fofo totalitarismo democrático, prefería Bloy un sistema autoritario, pues «hasta la venida que renovará la faz de la Tierra, los hombres deben ser gobernados con palo, sea éste un garrote de jefe de bandoleros o una cruz episcopal». Puestos a elegir, el escritor se inclinaba por una Teocracia, un orden jerárquico en el que «la Iglesia tenga en sus manos las dos Espadas, la Espiritual y la Temporal». En cuanto a la fascinación de Bloy por Napoleón,  a quien consideraba un rostro de Dios en las tinieblas, se debía sólo a la creencia de que acabaría desencadenando el Advenimiento. Consciente de que en la modernidad es imposible que se manifieste un hombre superior, Bloy únicamente confiaba en la parusía: «Ya sólo espero a los cosacos y al Espíritu Santo, todo lo demás es basura».

    Dado que en el mundo moderno Quantum es el único dios, adorado tanto por ateos como por devotos, Bloy añora la Edad Media, «una época en la que los hombres descuidaron la Cantidad para dirigirse exclusivamente a la Calidad». Por el contrario, la sociedad industrial le pone los pelos de punta: «La época moderna alarga en sentido horizontal sus talleres, sus fábricas, sus túneles, sus ferrocarriles. El esfuerzo del hombre repta por la superficie del planeta. Ninguna de sus obras alcanza valor. El orden, la proporción, lo que daba calidad a la obra, no existe». Y entre todos los inventos, el peor de todos es el automóvil, porque «hay en él vileza y fealdad, como en todas las cosas modernas. No se ignora el abuso atroz de esta máquina odiosa y homicida, que lo mismo destruye inteligencias que cuerpos y que convierte nuestras carreteras en avenidas del infierno». Odiaba Bloy tanto el progreso que celebró con alegría el hundimiento del Titanic, así como el incendio en unos grandes almacenes que se saldó con numerosas víctimas mortales.

    Para buscar la paz, Bloy se refugiaba en monasterios medievales donde no llegaba el ruido moderno y podía disfrutar de una práctica religiosa tradicional: «Maldigo toda música que no tenga como objeto alabar a Dios. La música más bella, incluso de iglesia, sólo parece bella porque da ocasión de presentir la verdadera música, la armonía divina que está en el fondo del Silencio Perfecto».

    Transmutación

    Cuando Bloy alcanzó la vejez y empezó a ser devastado por los achaques, se manifestó un fuerte cambio en su espíritu: dejó de fijarse tanto en las faltas ajenas y comenzó a preocuparse por las propias. Su gran duda era si su orondo ego cabría por la Puerta de los Humildes: «Es la puerta misma del Apocalipsis, y es tan estrecha y con tantos candados que no sé cómo podré franquearla». Entre las tres concupiscencias de las que habla San Juan, la de la carne —se peca como un animal—, la de los ojos —se peca como un hombre— y la de la soberbia —se peca como un Dios—, Bloy cayó sobre todo en ésta última. Y así, sometiéndose a exámenes de conciencia, en sus últimos años se fue rindiendo. El odio es útil durante cierta etapa del camino espiritual, pero, como dice el maestro sufí Bhai Sahib «una vez que amas a Dios, amas su Creación, y entonces ya no odias más».

    Según la tradición católica, los instantes anteriores a la muerte son cruciales: en la extremaunción, la confesión final, se pone en juego la mismísima vida eterna: Bloy lo sabía y así lo sufrió: «¡Hayas sido un asesino, un traidor innoble, un envenenador de multitudes, un esclavo del más fétido populacho, un periodista!… todo reside en el minuto precioso que puede conferirte la Resurrección y La Luz. Sólo di, como San Pablo: ‘Señor, ¿qué quieres que haga?’».

    Léon Bloy murió en el municipio de Bourg-la-Reine, en 1917, y lo que le ocurrió en el más allá, no lo sabemos. No sabemos si, en su Juicio, pesaron más sus sacrilegios o sus sacrificios, sus traiciones o sus oraciones, sus veinte libros o sus cuatro hijos, el amor por sus mujeres o el odio por sus enemigos. Él tampoco las tenía todas consigo, pues sabía que no existe un estado más amable, más envidiable, más exquisito, más espiritual, más divino, más espantoso que el estado de un muerto a quien se mete bajo tierra y que se ha presentado ante Dios para ser juzgado. Mas estas no son más que cábalas humanas —demasiado humanas— que se extinguen con el cuerpo. Pues, como dijo propio Bloy en un momento de suprema lucidez, «en el instante de la muerte penetramos en la sustancia de la historia». Y es en esa sustancia donde descansa al fin nuestra esencia.


    Luis Landeira Caro (@LuisLandeira)

    Ser vivo. Rara avis. Cruzado de las letras. Descendiente de guerreros y de creyentes. Pagano que reza a Cristo y practica zazen. Ordenado bodhisattva en el linaje del maestro Taisen Deshimaru. Murió en el centro de Madrid y renació en el último rincón de Galicia. Gatsu-sho

  • El mundo después de la pandemia según Michel Houellebecq

    «Igual, o un poco peor». Así será el mundo después de la pandemia según Michel Houellebecq (Isla de Reunión, 1956). El escritor francés se ha desahogado en una carta en la que rechaza la idea del advenimiento de un nuevo mundo después de la crisis del coronavirus y cuya traducción reproducimos aquí de forma íntegra. Abrimos comillas.


    «Admitámoslo: la mayor parte de los correos electrónicos intercambiados en las últimas semanas tenían el objetivo de verificar que el interlocutor no estuviese muerto, o al borde de la muerte. Realizada esa comprobación, buscábamos decir cosas interesantes, algo difícil porque esta epidemia ha conseguido ser angustiante y aburrida al mismo tiempo. Se trata de un virus banal, pariente de los poco prestigiosos virus de la gripe, con condiciones de supervivencia difusas, a veces benigno, a veces mortal, ni siquiera transmisible sexualmente, en fin, un virus sin cualidades. Esta epidemia es capaz de causar miles de muertos al día en el mundo aunque provoca la curiosa impresión de ser un no-evento. Por lo demás, mis colegas más reputados (algunos lo son siempre) no hablaron demasiado al respecto, preferían afrontar la cuestión del confinamiento. Quisiera añadir aquí mi contribución a sus observaciones.

    Frédéric Beigbeder (de Guetaria). Un escritor no ve a demasiada gente, vive como un eremita junto a sus libros, el confinamiento no ha cambiado demasiado las cosas. Estoy de acuerdo, Frédéric, respecto a la vida social apenas ha cambiado nada. Hay un punto que has olvidado (sin duda porque, viviendo en el campo, te afectan menos las prohibiciones): un escritor tiene la necesidad de caminar.

    Esta cuarentena es la ocasión ideal para cerrar una antigua discusión entre Flaubert Nietzsche. En algún lugar, no recuerdo donde, Flaubert afirma que no piensa ni escribe bien si no se sienta. Nietzsche protesta con ironía (tampoco recuerdo donde) e introduce el nihilismo en su respuesta a Flaubert (estamos en una época en la que Nietzsche ya había comenzado a usar el término en vano): él mismo ha concebido toda su obra caminando, lo que no concibió caminando no tiene valor, después de todo ha sido siempre un bailarín dionisíaco, etcétera. Poco sospechoso de sentir alguna simpatía por Nietzsche, reconozco que en este caso tiene razón. Escribir, si durante todo el día no se pueden dedicar algunas horas de marcha a buen ritmo, es desaconsejable: la tensión nerviosa acumulada no llega a soltarse, los pensamientos y las imágenes siguen rondando dolorosamente la cabeza del pobre autor, que se convierte en alguien irritable o un loco.

    Lo que cuenta realmente es el ritmo mecánico de la marcha, que no tiene necesariamente que provocar nuevas ideas (ocurre más tarde, en un segundo tiempo), sino que sirve para calmar los conflictos que surgen del choque de ideas que nacen en la mesa de trabajo (y es aquí donde Flaubert no está del todo equivocado); cuando habla de los conceptos elaborados en las laderas rocosas del interior de Niza, en los prados de Engadina, etcétera, Nietzsche divaga un poco: si no se escribe una guía turística, los paisajes que se atraviesan tienen menos importancia que el paisaje interior.

    Catherine Millet (normalmente parisina, aunque afortunadamente se encontraba en Estagel cuando llegó la orden de no moverse). La situación actual le recuerda dolorosamente a uno de mis libros, La posibilidad de una isla.

    Entonces pensé que era bueno, de todos modos, tener lectores. Porque no había caído antes en la conexión, si bien es absolutamente clara. Si vuelvo a pensarlo, es justo lo que tenía en mente durante aquella época, observo la extinción de la humanidad. No es como esas películas espectaculares. Al revés, es lo suficientemente melancólico. Individuos que viven aislados en su celdas, sin contacto físico con sus semejantes más allá de algunos intercambios a través del ordenador, cada vez menos frecuentes.

     El coronavirus acelera algunas mutaciones que ya estaban en proceso. Una cierta obsolescencia parece golpear las relaciones humanas.

    Emmanuel Carrère (París-Royan. Parece haber encontrado un motivo válido para mudarse). ¿Nacerán libros interesantes, inspirados en este periodo?, se pregunta.

    También yo me lo pregunto. Realmente me hice esa pregunta, pero básicamente no lo creo. Sobre la peste hemos tenido muchas cosas, en el transcurso de los siglos la peste ha interesado a muchos escritores. En nuestro caso, por el contrario, tengo dudas. De todas formas no creo ni medio segundo en las declaraciones del tipo «nada será como antes». Todo se mantendrá exactamente igual. El desarrollo de la epidemia es notablemente normal. Occidente no es eternamente, por derecho divino, la zona más rica y desarrollada del mundo. Se acabó, esto es así desde hace ya algún tiempo, ciertamente no es una primicia. Si observamos al detalle lo ocurrido, Francia ha manejado la situación un poco mejor que España o Italia, pero menos bien que Alemania. Tampoco en esto hay una gran sorpresa. 

    El coronavirus, por el contrario, sólo acelera algunas mutaciones que ya estaban en proceso. Desde hace algunos años, el conjunto de la evolución tecnológica, ya sea menor (video on demand, pagar sin contacto físico) o mayor (el teletrabajo, las conquistas sobre internet, las redes sociales) han tenido como consecuencia principal disminuir el contacto material y sobre todo el humano.

    Después de la pandemia todo se mantendrá exactamente igual. Occidente no es eternamente, por derecho divino, la zona más rica y desarrollada del mundo. Esto es así desde hace ya algún tiempo.

    La epidemia del coronavirus ofrece una magnífica razón de ser a esta tendencia de fondo: una cierta obsolescencia parece golpear las relaciones humanas. Me hace pensar en una comparación brillante que he encontrado en un texto contra la fecundación asistida, escrito por un grupo de activistas llamado Los chimpancés del futuro (lo he descubierto en Internet; jamás he dicho que Internet presentara sólo inconvenientes). Ahí va la cita: «Pronto, tener hijos por tu cuenta, gratis y dejando espacio al azar parecerá impensable, tanto como hacer autostop sin utilizar una aplicación web». Los coches compartidos, las casas: tenemos las utopías que merecemos, pero olvidemos eso ahora. Sería falso afirmar que hemos redescubierto lo trágico, la muerte, la finitud, etcétera. La tendencia desde hace más de medio siglo, bien descrita por Philippe Airès, es disimular la muerte. Y claro, jamás la muerte ha sido tan discreta como en estas semanas. La gente muere en soledad, en las habitaciones de hospital, en las residencias, se entierra rápidamente (¿o se la incinera? La cremación está más cercana al espíritu de este tiempo), sin invitar a nadie, en secreto.

    La tendencia desde hace más de medio siglo es disimular la muerte. Pero nunca, en ningún caso, se había expresado con una inmodestia tan tranquila que la vida de todos no tiene el mismo valor

    Con la muerte sin testigos, las víctimas se reducen a un número en la estadística de los muertos diarios, y la angustia que se extiende entre la población a medida que aumentan los fallecidos tiene algo extrañamente abstracto. Otra cifra que ha adquirido importancia en las últimas semanas es la edad de los enfermos. ¿Con cuántos años hay que tratar de recuperar o curar a alguien? Depende, aparentemente, de la región del mundo donde vivimos; pero nunca, en ningún caso, se había expresado con una inmodestia tan tranquila que la vida de todos no tiene el mismo valor; que desde cierta edad (¿70, 75, 80?) es un poco como si ya estuvieras muerto. Estas tendencias, lo he dicho, ya existían antes del coronavirus; sólo se han vuelto a manifestar con nuevas evidencias. No despertaremos, después del confinamiento, en un mundo nuevo. Será igual, o un poco peor»

    Michel HOUELLEBECQ