• Mitologías victimistas

    En el centro de los grandes discursos de poder de nuestra época hay una víctima. No una víctima concreta, encarnada, tangible, sino una idealización estilizada de la figura del sufriente, un ingenioso arquetipo que, rentabilizando la impronta compasiva que la víctima genera, la falsifica y la trasciende. Se trata de un fenómeno que dota a nuestro tiempo de un cariz insólito. La víctima como garantía de inmunidad. La víctima como soporte infalible de toda clase de pretensiones. Antes que ningún otro, René Girard lo expresó en términos inequívocos: “El papel de la víctima es ahora el más deseable”.

    En el camino que conduce hasta esta singularidad histórica rastreamos algunos hitos esenciales. Ninguno, sin embargo, equiparable al influjo de la potencia transformadora ejercida por el cristianismo. En un ensayo imprescindible para conocer la obra de Girard (René Girard, maestro cristiano de la sospecha), su autor, Domingo González, lo sintetiza de este modo: “Frente a la sacralización de la violencia, el cristianismo proclamará la inocencia de las víctimas (…). Se instaura así la legitimitad moral de la víctima de la que se nutre nuestro mundo moderno y contemporáneo, aunque sea para desviar dicha legitimidad al servicio de todo tipo de instrumentalizaciones ideológicas bastardas”. Ahora bien, ¿acaso no era la nuestra una época dominada por la implacabilidad de los fuertes? ¿Acaso la fervorosa acogida dispensada por la buena parte de nuestros contemporáneos a la crítica que acomete Nietzsche de la moral cristiana no había inducido un desprecio masivo hacia toda manifestación de debilidad que contradijera la tendencia moderna al aplastamiento de los otros? Sin duda. Y para atestiguarlo, no se precisa más que un somero vistazo a las consecuencias, históricamente inéditas, de las pulsiones aniquiladoras que conmocionaron el siglo XX.

    Si el siglo XX fue pues el siglo de las víctimas, el siglo XXI está siendo el siglo de la victimización. En el marco del desplazamiento que, de acuerdo a los intereses ideológicos del momento, experimentan ciertas categorías semánticas, el sentido fuerte, categórico, que la condición de víctima adquirió por derecho propio durante el siglo pasado ha sido fagocitado por los astutos artífices de la nueva hegemonía. Se ha producido, en unas cotas de eficiencia insuperables, esa instrumentalización bastarda a la que Domingo González hacía mención en su libro. Los resultados se hallan a la vista. “La víctima es el héroe de nuestro tiempo”, afirma, en Crítica de la víctima, Daniele Giglioni. “La mitología victimista -dictamina Adriano Erriguel en su reciente e impagable Pensar lo que más les duele– es hoy una palanca de poder, el primer disfraz de las razones de los fuertes”. Pero el peso de unas aseveraciones que refrendan el carácter distintivo del acontecimiento no acaba de clausurar el debate. Se vislumbra, más allá del obsceno aprovechamiento partidista, una cuestión de calado más hondo.

    Cuando ya no hay historias compartidas, ni principios estables, ni preocupación por el bien común, todo se reduce al despliegue de una ciega voluntad de poder que se sueña a sí misma

    Carl Schmitt nos hizo ver que, una vez la concepción teológica del poder- consustancial al orden medieval- devino inoperante, la historia política de la modernidad se ciscunscribe al relato de su lucha por arrogarse una fuente de legitimidad definitiva. Es en ese contexto donde la víctima adquiere ahora su entero valor. Cuando ya no hay historias compartidas, ni principios estables, ni preocupación por el bien común, todo se reduce al despliegue de una ciega voluntad de poder que se sueña a sí misma en el trance de alcanzar una posición inconquistable. En la plena ausencia de ejemplaridad, en el profundo vacío de un mundo sin héroes, es el poder quien sustrae la noción de víctima de la oscuridad en que languidece y la sitúa en el centro de esa realidad emotiva e inconsistente que los medios de control social se encargan de urdir a diario.

    Sin duda, el desconocimiento por parte de las masas de los antiguos referentes civilizatorios (religiosos, estéticos, filosóficos o de cualquier otra especie) facilita la maniobra. Ahora bien, si la víctima debe servir a los intereses de una oligarquía que permanece estratégicamente agazapada, no es prudente que cualquiera sea el designado. Quien desde la sombra otorga las potestades sabe bien el rédito que debe obtener de su elección: una coartada moral que, como escribe Domingo González, “le ayude a organizar las persecuciones”. Porque la condición de víctima implica, simétricamente, la necesaria concurrencia de un culpable. Y en la identificación de ese culpable, en el hostigamiento dialéctico al que se le somete y en el previsible desenlace en virtud del cual su muerte civil quedará más pronto que tarde decretada, se concentra el meollo de la política contemporánea.

    ¿Cuál será entonces el perfil idóneo de la víctima? ¿Cuáles los rasgos que ayudarán a identificarla como la depositaria del caudal de autoridad que el poder ansía explotar en beneficio propio? No hay forma de contestar a esas preguntas si no se acepta una consideración previa: que la exaltación de la víctima está ligada a la determinación, obsesiva, de establecer el fin de todos los conflictos sociales. Desde el inicio de su revolución, a lo que los ideólogos del Progreso aspiraron fue a la propagación o, más exactamente, a la instilación en la conciencia colectiva de una visión única del mundo. Es a eso, ni más ni menos, a lo que llamamos totalitarismo. A partir de ahí, los patrones culturales que definen la naturaleza de la víctima que mejor se ajusta a semejante intención deben responder a un propósito definido: la disgregación. Los poderosos eligen para la causa que anuncia la plenitud de los tiempos a aquellos colectivos, habitualmente minoritarios, que, al margen de la mayor o menor justicia de sus pretensiones, ayudan a socavar el sustrato de creencias y valores sobre las que se asienta la vida de la comunidad. Desde las instancias donde se juega a programar el devenir del mundo, se promocionan estereotipos imbuidos de una agresividad justiciera, arrebatados por una furiosa insania revanchista. Se les atribuye, como contrapartida a su beligerante labor de demolición, una escala de virtud cuya altura nadie osa cuestionar. Se les provee de un excedente de credibilidad. Se les adorna, en fin, con un superávit de decencia siempre apto para transferir las culpas a los otros, escamotear el peso de la propia carga y eludir las evidencias de la responsabilidad personal.

    Los poderosos eligen para la causa que anuncia la plenitud de los tiempos a aquellos colectivos que, al margen de la justicia de sus pretensiones, ayudan a socavar el sustrato de creencias y valores sobre las que se asienta la vida de la comunidad

    Los segregados, los apestados, los pobres de antaño apenas interesan ya. Carecen del aura fotogénica que luce esta ultimísima realidad de diseño. Es preferible arrinconarlos, desplazarlos del foco, no vaya a ser que a través de la contemplación doliente de sus llagas caigamos en la cuenta de la impostura que escenifican quienes ahora han sido privilegiados con el monopolio de la queja y el lucrativo usufructo de la indignación. Mejor, más atractivos, los custodios de la posmoderna llama identitaria. Mejor los vociferantes que los silenciosos, los que coaccionan que los apaciguados. Mejor los que, con el característico ardor que se les supone a quienes se comprometen en guerras que saben ganadas de antemano, atacan lo poco que sobrevive del orden previo y facilitan la transformación de los últimos restos de fraternidad comunitaria en convulsas manifestaciones de un individualismo feroz.

    Se instituye así una ardorosa casta de insurgentes paradójicamente sostenidos con el estímulo del poder. El inconformismo se domestica, la rebeldía se remunera. Como no podía ser de otro modo, en paralelo al encumbramiento de la víctima subvencionada se produce la devaluación de la víctima real. Y algo más grave que su devaluación: su ocultamiento. Culmina de ese modo la jugada maestra del poder. Se cumple su designio de desmantelar el ethos común y eximirse del deber sagrado hacia quienes más precisan de su auxilio. Los enemigos contra los que estas nuevas víctimas arremeten no son, por lo demás, sino gigantes imaginarios, entelequias infladas por la propaganda, fantasmagorías que, con eficacia rotunda, actúan como banderín de enganche de unas masas entusiamadas con el hallazgo de un enemigo en cuya unánime execración encuentran ellas un elemento de convergencia precaria y un sobrevenido remedo de identidad. Es el triunfo de la abstracción que caracteriza a una época deshumanizada. Es el penúltimo estadio de autodisolución al que nos ha sido dado asistir en este trágico desvanecimiento del mundo.


    CARLOS MARÍN-BLÁZQUEZ ha sido columnista durante diez años en prensa regional (‘La Verdad’, Murcia). Es escritor y autor de ‘Fragmentos’ (Editorial Sinderesis, 2017)

  • Mamá tradicional

    Mi madre tiene un poder imperturbable. Quiero decir que ella ya mandaba antes de que dijeran que las mujeres tenían que mandar. Su jurisdicción es extensa, tanto que incluso hoy me sigue diciendo dónde están las cosas en mi casa. Llevo años viviendo lejos del techo de mis padres, en una ciudad distinta, pero el poder es el poder.

    Sorprende que la crítica feminista se haya centrado en el concepto de ‘patriarcado’, porque su significado estriba en la paternidad. Es decir, que no consiste en la dominación de un sexo sobre el otro, sino de la dominación de una generación sobre la siguiente. Sería dominación de eso que llama Hadjadj “la diferencia generacional”, y no la “diferencia sexual”. Desde Abraham hasta Vito Corleone, todos los grandes patriarcados de la humanidad han señalado la relación de poder en la relación padre-hijo, no en la de esposo-esposa en la que la dominación sería eventual, bidireccional y, en muchísimos casos, ficticia. El del padre con el hijo es el único conflicto estrella. Díganselo a Isaac, o a Esaú; a las hijas de Lot, si nos ponemos sexistas; o al mismo Michael Corleone.

    Y lo mismo sucede con los matriarcados, no es la hembra sobre el macho, sino sobre sus hijos, ¡e hijas! El matriarcado más carismático es el que estableció el cristianismo, dejando el trono a una mujer, pero no a cualquier mujer como se ve en otras religiones, sino a una madre que sacó adelante a su hijo, soportó la opresión de los romanos y no fue dominada por varón alguno. Y aún tenía el arrojo de orquestar milagros cuando escaseaba el vino. De nuevo, el quid de la cuestión está en su maternidad, no tanto en que San José o el Espíritu Santo se quedasen en casa a fregar los platos. Bien expresa Dante esa razón de su poder: “virgen y madre, hija de tu hijo.”

    Aun así, el oleaje feminista arremetió contra la familia tradicional y la institución del matrimonio, por si abundasen patriarcados. Demoliendo toda familia por igual, demolieron también los matriarcados que habían proliferado prósperos en muchas familias conservadoras: tanto monta, monta tanto.

    Los éxitos de esta guerra contra familia y matrimonio se alejan bastante de ser victoria femenina, son los machos los alegres. Los Rolling, que no son féminas, en la fabulosa Sittin’ on a fence dicen eso de “all of my friends at school grew up and setteled down/ and the mortgaged up their lives”, ya en 1966. Como si fuera el hombre biológicamente más egoísta y necesitara de una liberación del yugo matrimonial. El carismático personaje de Ryan Gosling en Crazy stupid love lo deja más claro todavía: “la guerra de sexos ha terminado y la hemos ganado los hombres; ganamos cuando ellas decidieron hacer ejercicio con la barra americana”.

    El concepto de ‘madre’, como el de ‘padre’, es una forma de describir al ser humano como generoso. Hay otras, pero esta es una de las grandes. Si nos la quitan, se termina la única estructura de poder honrada que conozco.



    JAIME Á. PÉREZ LAPORTA

  • Notas sobre la dignidad humana, la meditación y el divertimento

    El cinismo suspicaz de la mentalidad tardomoderna ha erosionado la posibilidad de pensar en términos de absolutos y universales. No obstante, releo el magnífico Discurso sobre la dignidad del hombre, de Giovanni Pico della Mirandola, escrito en 1486, y encuentro verdad. Dice Pico que la seña distintiva de lo humano reside en su capacidad para desvincularse de la reacción instintiva animal y darse forma por medio de la libre acción. Advierte, claro, que este forjarse soberanamente su propia naturaleza acarrea para el hombre una doble posibilidad: o bien «degenerar en los seres inferiores que son las bestias, o bien regenerarse en las realidades superiores que son divinas». Nos emplaza Pico, pues, a «no saciarnos con las cosas mediocres», sino a «anhelar las más altas». Dos son los caminos para participar de la dimensión sobrenatural que yace en el alma del hombre: «refrenar con la ciencia moral el ímpetu de las pasiones y disipar la oscuridad mental con la dialéctica».

    Este doble camino, epistemológico y ético, de purificación, con objeto de participar de las cosas divinas, bien podría en nuestros días encontrar criticismo por parte de un paradigma posestructuralista/deconstruccionista/nietzscheano: no hay posibilidad de volar a la «sede ultramundana»: toda nuestra capacidad de conocimiento y acción se encuentra socialmente encarnada, históricamente configurada. El desdén por las cosas terrenas no constituye una vía definitiva, ningún descubrimiento atemporal; tan solo refleja y participa de una determinada concepción de lo social espaciotemporalmente localizada.

    El instrumental analítico -lingüístico- posmoderno es sugerente, qué duda cabe, pero difícil de asumir en su totalidad. ¿Por qué no defender el ideal grecocristiano de la ascesis como un feliz hallazgo universalmente válido? Bien comprendieron los antiguos que a menos que se sofocasen las inclinaciones más apremiantes no podría considerarse emancipado a un hombre. ¡Triste tiranía es la de las apetencias vinculantes, hoy tan en boga y activamente promovida! Propugnar la contención y el autocontrol y la aspiración a lo que no es pasajero en nuestras vidas suena hoy como algo por entero desfasado y vetusto. Y es ahí, empero, donde radica la actitud conservadora: ver en lo pasado no algo superado, tampoco motivo de atadura castrante, sino frescas admoniciones resultantes de la sabiduría sedimentada de los siglos. Como nos enseñó Chesterton, es erróneo deducir del hecho de que una cosa haya salido derrotada que haya sido también descalificada.

    Pues, ¿cómo podría decirse de un hombre que es libre si se pliega ante los ardores más nimios? Lo comprendió bien Filón de Alejandría: «Si el alma es empujada por la concupiscencia o seducida por el placer o descarriada por el miedo o abatida por el dolor o estrangulada por la ira, se esclaviza a sí misma y torna a quien la posee esclavo de infinitos amos». Se pronunció también a este respecto Cicerón: «Cuando el alma se haya apartado del obsequio e indulgencia para con el cuerpo y haya destruido a la voluptuosidad […] y agudizado la viveza de ingenio para elegir las cosas buenas y rechazar las contrarias […], ¿qué podrá decirse o pensarse más dichoso que ella?».

    Estos y tantos otros pensadores de oficio llamaron a hacernos cargo de nuestra dimensión verdaderamente distintiva: tenemos la capacidad, el don, de refrenar nuestra parte más irracional: es eso lo que nos singulariza, capacidad y vocación de trascendencia. El hilo de las tesis humanistas llega hasta nuestros días: George Steiner entiende que la vida examinada, dedicada a la labor intelectual y artística, es la más –la única– digna de ser vivida, pues es el desarrollo de las potencialidades creativas y reflexivas lo que caracteriza y distingue al ser humano. El ennoblecimiento del espíritu, el alumbramiento de ideas intemporales.

    En el marco de la «vida desnuda», despojada de todo sentido de trascendencia, nuestra atención se agota en lo efímero.

    En los últimos tiempos se ha puesto de moda la meditación, y es cosa de agradecer, pues la gente necesitaba un respiro. En cualquier caso, se sigue dando en el fomento de las prácticas de relajación un cierto espíritu orientalizante y papanatas que desprecia lo propio y se maravilla ante lo ajeno. ¿Acaso es la meditación, hoy profana y laica, otra cosa que el «liberarse de la acción, y absorbernos en el ocio de la contemplación meditando en la obra al Hacedor» que decía Pico? Se le puede llamar «filosofía contemplativa», zen o «higiene mental» (Pablo D’Ors); pero lo fundamental es que, tal vez, ahora la purificación del intelecto ya no se nos aparezca tan ridícula y arcaica. Lo resume Pico con notable agudeza: «Tener claramente ante los ojos en qué consiste nuestra vida, cuáles son sus acciones, cuáles sus obras».

    Medita el filósofo Byung Chul-Han sobre la meditación. Lamenta la pérdida del sosiego y de la capacidad de detenerse en un mundo vertiginoso regido por el principio de la productividad creciente. «Los logros culturales de la humanidad, a los que pertenece la filosofía, se deben a una atención profunda y contemplativa. La cultura requiere un entorno en el que sea posible una atención profunda». La recuperación de la vida contemplativa (o al menos de una porción de ella) se vuelve inexcusable: retornar a la «experiencia del Ser», de lo invariable y lo imperecedero que «se sustraen de todo acceso humano».

    Y se acaba volviendo así a los viejos temas del mundanal ruido, del jaleo de la multitud en el foro a la sociedad de la agitación, una que ha perdido el “don de la escucha”: en una coyuntura en la que todo cuanto rebose un tuit o una story de 24h de duración no merece consideración alguna, «el ego hiperactivo» ya no posee la potestad de una «profunda y contemplativa atención».

    En el marco de la «vida desnuda», despojada de todo sentido de trascendencia, nuestra atención se agota en lo efímero. La hiperactividad no deja lugar para la meditación de lo que no es fugaz en nosotros. Tapamos nuestros interrogantes sobre el sentido de nuestra infinitamente digna indignidad por medio del bullicio ensordecedor: bailamos frenéticamente mientras todo se descompone. Es comprensible: el silencio es aterrador. Enormemente sintomático es ese gesto en que nos revolvemos inquietos cuando se produce un “silencio incómodo”. Juan Manuel de Prada se ocupa de este asunto con particular pericia: «Dicen que la locuacidad es el mejor antídoto contra el acecho de la zozobra, porque mantiene nuestro pensamiento alejado de mortificantes cavilaciones».

    En efecto, son estos «hábitos tarambanas», «espejismos que nos deslumbran por medio de la dispersión mundana», aquellos con los que urdimos «estrategias para anestesiar el hastío, para espantar el acoso de una insatisfacción que nos corroe por dentro». Toda esta cuestión remite en último término a aquello que Pascal se refería por «divertimentos», ocupaciones y agitaciones vanas que nos distraen de meditar nuestras miserias, para tapar el funesto crepitar de la desgracia consustancial al hombre.

    Le hace la coda don Miguel de Unamuno en sus Diarios, quien como el francés entendió que la dignidad del hombre yace precisamente en rumiar gallardamente esas miserias, en afrontarlas: «Ocurre con frecuencia en las conversaciones que se llegan a tratar de lo que las gentes llaman la brevedad de la vida, de la vanidad del todo. Y entonces casi siempre se dice: lo mejor es no pensar en eso, porque no se podría vivir. Y, sin embargo, lo mejor es pensar en ello, porque solo así se puede llegar a vivir despierto, no en el sueño de la vida».

    En consonancia con la dinámica desplegada en estas líneas, cedo la palabra para terminar el presente escrito a los muertos del pasado que ya recorrieron estos caminos trillados que hoy nosotros seguimos afanosamente hollando. «Hay muchos suicidas morales, que se esfuerzan por ahogar su alma en el bullicio y la disipación como esos desgraciados que beben y se emborrachan para entorpecer su conocimiento y abotargarse. ¡Infelices almas que viven huyéndose! ¿Dónde encontrarán reposo?«. Díganme si estas especulaciones, tan sagaces y clarividentes, y aun con la inevitable mediación constriñente que impone el lenguaje humano, no son capaces de trascender el tiempo y el espacio para ofrecérsenos como savia nueva y eterna.


    VÍCTOR NÚÑEZ DÍAZ

  • Culturismo, no cultura

    El cine español necesitaba millones, pero no de espectadores, por lo visto, sino de euros del erario público. Ya lo dijo Eduardo Casanova en la última gala de los Goya y ahora, en tiempos de confinamiento, la urgencia atraganta. La cancelación de bolos, conciertos o rodajes, ha ido mermando los ingresos del sector de las artes y esto es una objetiva desgracia.

    Desde las atalayas de los grandes cómicos, cineastas y cantantes, parece que se ha reformulado el mensaje. Broncano y Dani Martín lo decían a coro en una Resistencia de hace unos días, y gran parte de medios de la izquierda ha declarado lo mismo en el último mes: la cultura es muy importante y el Estado tiene el deber de proteger la cultura. Páguese.

    Es algo preocupante eso de “la importancia”; el gremio se sabe muy relevante y necesitado cuando hay otros sin mascarillas. Por otro lado, su desesperación es comprensible. A ningún español le hará gracia que se estén arruinando artistas, demás cabareteros y, sobre todo, los técnicos y trabajadores invisibles de su industria, pero también lamentamos la ruina del resto de autónomos, empresas y del bar de abajo.

    Preocupa porque en el fondo quieren dejar clara su esencialidad para organizar la cola de las subvenciones. Es cierto que la cultura va más allá de las funciones vitales y nos eleva el espíritu, pero tampoco hay que refocilarse: sin supervivencia, no hay vivencia. A ver cómo vamos a cantar o a reír si ganan la muerte y la ruina.

    En realidad, lo más preocupante es lo específico de estas demandas: las ayudas deben ser del Estado, tal y como matizó Casanova en enero y lo hace ahora la comiquería. No se trata de salir de pobre, se trata de una visión ideológica concretísima. Estos no hacen por vivir, sino por vivir del Estado. Si la cultura es tan importante en estos calamitosos momentos ¿qué más dará que la ayuda venga del Estado, o de Amancio, o de un espontáneo crowdfunding?

    El mecenazgo es una actividad antigua como su mismo nombre indica y desde la antigüedad ha precedido a la fecundidad artística: desde Virgilio hasta Picasso, pasando por el arte del Barroco; siempre hubo mecenas detrás y con ellos, sus intereses políticos. Si el mecenas es el Estado, los intereses serán de quien gobierne. Creer que el mecenazgo sólo debe ser público porque así será neutro es tan infantil como narcisista.

    Los políticos se sienten satisfechos financiando la cultura y los subvencionados lo celebran como quien observa la inauguración de un hospital. Y, en realidad, sólo financian su cultura. Autofelación, al fin y al cabo, porque unos aumentan el músculo de sus consignas políticas amamantando a los otros, sus juglares, para que éstos presuman luego en el público espejo de sus televisiones. Pedid, pajaritos, pero no es necesaria esa solemnidad kitsch de Rambo.


    JAIME Á. PÉREZ LAPORTA

  • ‘The discovery’, la filosofía y el amor

    ¿Qué sentido tiene la vida? Es probablemente uno de los mayores debates filosóficos que los grandes pensadores se han hecho. En contraposición a esto, ¿alguna vez nos hemos preguntado qué sentido tiene la muerte? Si vivimos con un propósito, ¿morimos también con un propósito?

    Estas preguntas, entre otras, son las que han estado pululando en mi cabeza después de ver la película «The Discovery». Tras la ficticia historia que se narra se esconde un gran trasfondo filosófico que, me atrevo a decir, abarca términos platónicos como la transmigración de las almas y la teoría de la reminiscencia.

    Dejad, en primer lugar, que os cuente la sinopsis: «Un científico que demostró la existencia del más allá continúa investigando, a pesar de la ola de suicidios que causó, mientras su hijo cae en brazos de una mujer que tiene un pasado traumático». Leyendo esto nos podemos quedar algo indiferentes, pero ahora entraré en más detalle. He de alertar de SPOILER.

    Vamos a ir analizando poco a poco la película. Al principio Thomas Harbor, científico que consigue demostrar que hay vida después de la muerte, está siendo entrevistado. La entrevistadora le pregunta si se siente culpable de las muertes que este descubrimiento ha ocasionado, ya que el índice de suicidio es más alto que nunca al saber que tras la vida les espera «algo». Él responde con un rotundo NO. Uno de los trabajadores que televisaba la entrevista se levanta, agarra una pistola y, dándole las gracias a Thomas, apunta a su sien y dispara en plena grabación; los ojos del científico miran al horizonte, vacíos. Tal vez, sí llegara a sentir, en el fondo, ciertos remordimientos. Aquí nos podemos plantear el primer debate de la película: el suicidio.

    Si tuviéramos la certeza de que existe vida después de la muerte la elección del suicidio nos parecería tan descabellada. Para ciertas religiones, que tienen sus propias teorías sobre el más allá, el suicido siempre queda descartado, pues Dios es dador de vida y el único que debería quitarla ―esta es la razón por la que el suicidio se convierte en algo pecaminoso. En torno a la filosofía, lo abarcaba de pleno Albert Camus en El mito de Sísifo y atendiendo a que el suicidio no es la solución por más que creamos que esta vida es, como lo llamaba él, absurda y parafraseándole en el final de esta obra: «Hay que imaginarse a Sísifo feliz». También Schopenhauer, así como muchos otros, abarcó en su obra el tema del suicidio.

    Bien, nos han inculcado desde siempre que es pecaminoso y hay que evitar caer en esta tentación por más que nuestra vida nos pueda parecer agotadora y absurda. Esto, sobre papel y hace siglos, es fácil de decir e in-cluso de aplicar, pero a día de hoy, o en el futuro que se plantea ¿si real-mente tuviéramos esa certeza de vida? ¿Si tuviéramos otra oportunidad para vivir, lo haríamos? Está demostrado que hay existencia pero ¿dónde?

    Siempre he dicho que una de las cosas que dan sentido a la vida es la muerte, pues sin esta no tendríamos prisa por vivir, pero aquí se cuestiona la moralidad propia de la vida y de la muerte y la posibilidad de ir a un lugar mejor, o eso se espera, pues hasta el final de la película no se ofrecen datos exactos del lugar concreto a dónde van las almas.

    Will es neurólogo. Cuando era niño estuvo a punto de morir y le contó a su padre que vio una luz, una especie de señal del más allá. Esto impulsó a su padre a trabajar en dicho experimento, hasta el punto en que su trabajo se convirtió en su única preocupación, descuidando incluso su vida matri-monial. Su mujer, en la noche de aniversario, se quitó la vida; quizás por esta razón trabajó con tanto ahínco, para saber si su mujer le esperaba en otro lugar.

    Nos encontramos a Will en un ferry. Ahí conoce a Isla, una atractiva chica de la que acaba enamorado ―pese a la tipicidad de las historias de amor peliculeras y su contexto romántico y dramático, esta, en cuestión, no me ha desagradado. En el barco mantienen una conversación muy interesante sobre la vida y la muerte. Will le explica que una vez diagnosticaron a una paciente muy joven un tumor cerebral, para él una lástima; para ella, una nueva oportunidad, y todo esto porque el descubrimiento lo hace creer así. Isla responde diciendo que «solíamos creer que la muerte era algo espantoso y ahora sabemos que es una forma de escapar del dolor». El debate gira en torno a la realidad y la fantasía que, según Will, son excluyentes y no existen en el mismo espacio por lo que, bajo ningún concepto, aprueba el suicidio como solución a los problemas.

    Una vez bajan del ferry se reúne con su hermano, quien le lleva a una mansión en la que se encuentra su padre junto a un grupo de personas a las que, en cierta forma, ayudó a salvar del suicidio. Empiezan a vislumbrarse comportamientos un tanto extraños, como saber en qué habitación iba a dormir sin haber estado nunca ahí (lo veremos más adelante).

    Un día se encuentra en una playa, mirando al horizonte, cuando ve a Isla dirigirse al agua con una mochila llena de piedras para suicidarse. Este corre en su ayuda. La rescata y la lleva con él a la casa. Empieza a forjarse la historia romántica que tanto ha sido criticada, a mi parecer una bonita historia.

    Thomas y su equipo, en los que estaban presentes ambos hermanos e Isla, experimentan con un cadáver intentando monitorizar actividad cerebral. Will, previamente, había desconectado la máquina saboteando el proyecto y haciéndoles creer que no había funcionado, pero al enchufarla de nuevo puede ver unas imágenes de un hospital. Empieza con sus pesquisas pensando que eran los recuerdos del difunto pero con la ayuda de Isla con-sigue ver que en realidad es otro plano de existencia paralelo a la nuestra en el que el individuo consigue enmendar los errores del pasado. Como una vuelta a la vida. Esto cambia todo pues en el descubrimiento se demostraba la vida después de la muerte pero no dónde. Cuando lo comparte con su padre deciden destruir la máquina. El hombre y la necesidad imperativa de querer enmendar sus errores le haría sucumbir más aún en el suicidio.

    Sin entrar en muchos detalles, uno de los individuos de la casa dispara a Isla hiriéndola de muerte. Will, perplejo ante lo ocurrido, decide ir a la máquina antes de destruirla por completo y provoca su propia muerte. En un estado aún no yacente vuelve al ferry, recordando todo y reencontrándose con Isla. Ella le dice que es el recuerdo de su subconsciente; mientras, él escucha la voz de su padre y su hermano intentando reanimarlo. Isla le explica que estaba muerto. Ha vivido diversas vidas en planos existenciales para salvarla del suicidio, siempre volviendo al ferry en una especie de bucle, pero nunca lo ha conseguido salvo esta vez, que pese a haber muerto, no ha sido motu proprio. Él, al principio, no consigue recordar sus vidas anteriores e Isla le dice: «nadie puede recordarlas, pero a veces conseguimos que algunos recuerdos salgan a la luz». Le pasa un fárrago de imágenes pasadas a la cabeza ―de una forma que rebobina lo ocurrido en la película y quiere saber qué tiene que cambiar para salvarla, a lo que Isla manifiesta que hay muchas formas de salvar a alguien. En este momento Will muere e Isla se despide de él. Will e Isla tomarán caminos diferentes. Entona, antes de morir, una frase: «Cuando llegue allí, me voy a acordar de ti» y acaba la película estando él en la playa y salvando al hijo de Isla que habría muerto de no ser por su ayuda. Se miran a los ojos y cuando se van, Will torna la mirada. De este modo hace creer al espectador que, en efecto, ha recordado su vida anterior y la relación que mantuvieron. Un final algo abierto pero entendible.

    Ahora bien, ¿a qué me refería al principio de la reseña con que abarca términos platónicos? Podemos ver a lo largo de la película cómo Will ―en el caso de la habitación, por mencionar uno― recuerda ciertas cosas sin saber por qué. Un déjà vu para que nos entendamos, o en términos filosófi-cos la teoría de la reminiscencia en la que Platón explicaba la dualidad del cuerpo y el alma, y que adquirir conocimiento es recordar lo que el alma sabía antes de caer, otra vez, al mundo sensible para quedar aprisionada en el cuerpo, que para Platón es la cárcel del alma.

    En cuanto a la trama romántica que engloba la película no tengo absolutamente nada que objetar ―pese a haber leído críticas muy destructivas acerca de esto― me parece una forma de mostrar al espectador el sentimiento tan importante que es el amor en nuestra vida y lo que seríamos ca-paces de hacer por la persona que amamos.


    ISMAEL MATEO

  • La tercera vía: el distributismo

    ¿No es cierto que llevamos dos o tres crisis económicas en un periodo aproximado de veinte o treinta años? No cabe duda de que es un sistema que continuamente intenta equilibrarse en un eterno desequilibrio. A estas alturas uno se cuestiona si, lo que por antonomasia ha sido llamado el estado del bienestar, realmente permite estar bien. Y aunque ahora muchos me alienten a comparar cómo vivimos hoy a cómo lo hacían años atrás, la verdad es que la gente no es más feliz ahora que antes. Porque ese fue, y sigue siendo, uno de los grandes errores cometidos por los ideólogos de la economía capitalista: que esta comenzó a mirar por el dinero en lugar de mirar por la persona.

    Lo menos que podemos exigir de un sistema económico no es que imite nuestros defectos y tropiece constantemente como lo hace un hombre corriente, sino que encarne nuestras virtudes y nos permita ver y apreciar la vida como lo hace un niño corriente. Esta alusión generacional del hombre y el niño no es gratuita: en cuanto exponga la dirección a la que deberíamos dirigirnos no faltará quien critique esa idea como algo antiguo y de otros tiempos, pero la verdad es que el distributismo es más joven que el socialismo y el capitalismo. Y eso, precisamente, se convertiría en una bella ironía en unos tiempos donde los ancianos son apartados con relativa facilidad y una niña de quince años nos increpa con impecables arengas sobre cómo debemos comportarnos con el medio ambiente. En Últimas noticias del hombre (y de la mujer), de la editorial Homo Legens, el filósofo francés Fabrice Hadjadj expone con clarividencia: «En la generación de los productos tecnológicos, lo más reciente deja obsoleto a lo precedente: lo viejo es siempre un desecho», porque la innovación tiene fecha de caducidad, es un proceso de obsolescencia.

    Sin embargo, aunque el distributismo tenga un planteamiento teórico posterior a las otras dos corrientes mencionadas, en la práctica fue primero. Y aun siendo posterior en la teoría y anterior en la práctica, está basada en una idea milenaria: el distributismo actúa con plena armonía y coherencia con la doctrina social de la Iglesia católica. Fue el Papa León XIII, en la encíclica Rerum Novarum, quien planteó los primeros pasos hacia esta tercera vía que se encuentra entre el capitalismo y el socialismo.

    El distributismo es la alternativa verdadera porque se fundamenta en tres aspectos clave de la vida del hombre: por un lado, parte de la lógica consideración de que la familia no solo es primigenia en la sociedad y, por tanto, fundamento de la misma, sino que, además, es «la prueba de libertad, porque la familia es lo único que el hombre libre hace por sí mismo». Es decir, familia y libertad forman un lógico binomio, aunque incompleto. Porque la libertad debe ser también extensible a todo lo demás y el lugar para hacerlo es el hogar. Por tanto, creemos que cada hombre, cada familia, debe ser propietario (si me permiten la redundancia) de su propiedad (que será, claro, privada). Porque igual que todo hombre normal desea una familia, con mayor razón deseara una casa propia donde meterla.

    Familia, libertad y propiedad privada conforman, pues, un perfecto triángulo aun habiendo catetos de por medio. Así que, si el hombre quiere una casa propia, el socialismo no tiene cabida dentro de la casa pero tampoco fuera, porque ha sido expropiada. Y si el hombre ha formado libremente una familia lo último que quiere es que esta se disperse, como sucede con el capitalismo. Señala Hadjadj: «A partir del momento en que la economía consiste en la dispersión de la familia y su sumisión al trabajo de oficina (…) y la dicha del supermercado (…) se puede comprender que a los jóvenes les parezca una caída la necesidad de establecerse. La cuestión económica se reduce para ellos a la cuestión financiera. Ya no se trata de obras comunes, sino de ir a ganar dinero cada uno por su lado». Pero el filósofo francés no se detiene ahí y nos dice más. Economía proviene del griego oikonomía, y «oikos quiere decir “familia” o, más precisamente, “los de casa” (…) En la economía, la producción de riqueza es, en primer lugar, agrícola –y no financiera– y está ordenada a “los de casa” –y no al Estado ni a las multinacionales». La economía debe estar al servicio del hombre, de las familias, y no el hombre al servicio de la economía.

    Habiendo comprendido los cimientos básicos, el siguiente paso será defender y hacer comprender que los medios de producción no deben ser del Estado (socialismo), ni estar en manos de unos pocos («mucho capitalismo significa muy pocos capitalistas»). Si no están en manos de nadie, ni en manos de unos pocos, solo nos queda que estén en manos de muchos, como desea el distributismo. Esto es, que las familias sean las dueñas de los medios de producción y estos les permitan autoabastecerse con lo que producen. Entonces el hombre se reencontrará con la tierra, reconocerá los frutos de su trabajo y dará gracias por ellos. Las familias formarán pequeñas comunidades con un fuerte y sincero impulso de cooperación y solidaridad (como lo hicieron antaño artesanos y labradores en sus distintos gremios; queda patente que no se trata de un sistema utópico). Porque lo realmente importante de todo esto es que seamos capaces de valorar el fin de nuestras actividades y no los medios. De lo contrario, caminaremos hacia fines que resultan irrelevantes, incluso tediosos, por el mero hecho de que el medio nos complace por su comodidad. Entonces seremos, como ahora, los infelices del bienestar; y lo que pretendemos es ser, verdaderamente, los felices del bienser.

    Hilaire Belloc también trató el distributismo en su obra El Estado servil, en el que atraviesa desde la desaparición de la esclavitud, pasando por las primeras pinceladas de un Estado distributista (que el mismo Belloc reconoce nunca llegó a consumarse en su totalidad) hasta la aparición y desarrollo del capitalismo y del socialismo. Es posible que llegados a este punto alguien se esté preguntando de nuevo cómo se supone que va a ser el distributismo un sistema que genere más riqueza que el sistema actual y cómo va a hacer para que vivamos mejor. Al principio respondíamos a esa cuestión y de nuevo lo hacemos remitiéndonos a otro autor: «Si podemos hacer más felices a los hombres, no importa que los empobrezcamos, no importa que los hagamos producir menos, no importa que los convirtamos en seres menos progresistas, en el sentido de cambiarles simplemente la vida sin acrecentar su gusto por ella» arguyó Chesterton en Los límites de la cordura. En definitiva, no se trata tanto de llenar los bolsillos como de llenar los corazones.

    La economía se tambalea hoy, y tal inestabilidad no es consecuencia de que hayamos dejado de comprar, sino de que hayamos dejado de comprar todo aquello de lo que podemos prescindir con relativa facilidad. La economía cae porque el consumismo ha desaparecido. Ernst F. Schumacher hace esta crítica en Lo pequeño es hermoso: «La economía moderna (…) tiene al consumo como el único fin y propósito de toda actividad económica, considerando los factores de producción –tierra, trabajo y capital– como los medios». Sin embargo, no nos falta el alimento. Diría que es esta la única necesidad básica, pero muchos reprocharán que otros tantos lograrán con grandes dificultades pagar el alquiler. Claro que no. Si a duras penas lo pagaban con el salario de su bolsillo como iban a hacerlo ahora. Resulta que el hombre moderno ha sido despojado de la tierra, no tiene un hogar propio y tampoco puede formar una familia. ¿Qué le queda al hombre sino trabajar a cambio de un salario?

    En definitiva, por si quedan dudas al respecto, Juan Manuel de Prada aclara: «El distributismo se funda en las instituciones de la familia y la propiedad, pilares básicos de un recto orden de la sociedad humana; no cualquier familia, desde luego, sino la familia católica comprometida en la procreación y fortalecida por vínculos solidarios indestructibles. Tampoco cualquier propiedad, y mucho menos la propiedad concentrada del capitalismo, sino una propiedad equitativamente distribuida que permita a cada familia ser dueña de su hogar y de sus medios de producción. El trabajo, de este modo, deja de ser alienante y se convierte en un fin en sí mismo; y el trabajador, al ser también propietario, recupera el amor por la obra bien hecha, y vuelve a mirar a Dios, al principio de cada jornada, con gratitud y sentido de lo sagrado».


    TONI GALLEMÍ

  • Apoteosis de la vulgaridad

    Cada época ostenta un aire característico. Desde su núcleo se difunde una emanación propia que, al envolverla, acota sus límites y establece su peculiaridad. Lo más expresivo de su nervio aflora en la amalgama de manifestaciones con que se va conformando eso que llamamos la esfera pública. ¿Y qué encontramos ahí, precisamente, en los estratos donde fraguan los modelos en que una sociedad busca inspirarse? Desde hace años, la propensión a un envilecimiento que todo lo tiñe.

    Aislar las causas que han conducido a esta caída exige tomar en consideración los elementos que vertebran una sociedad de masas. Ortega y Gasset fue uno de los primeros en hacerlo. En La rebelión de las masas se ocupó de diseccionar por extenso el perfil psicológico del hombre-masa actual, su tendencia a la barbarie y la disociación, su ingratitud y su egoísmo congénitos. En suma, su carácter de niño mimado. Apuntaba ya por entonces hacia una dirección que el tiempo no ha hecho sino confirmar, pero en una intensidad agravada por la evidencia de que, a partir de cierto instante, fueron las supuestas élites occidentales –o, al menos, una parte significativa de las mismas- quienes optaron por abanderar la causa de la disolución.

    Había, detrás de esta ruptura, sagaces motivaciones estratégicas. En un mundo que tiende al igualitarismo, los miembros de los estamentos más favorecidos debían aprender a vulgarizarse. Casi de un día para otro, el aristocratismo adquirió un carácter autoinculpatorio que lo volvió detestable y lo condenó a la marginación. Se decretó una legitimidad sumaria a la hora de cortar las cabezas que sobresalieran. Para ser tolerado, el hombre bendecido con alguna clase de privilegio tuvo que acceder a cubrirse con una pátina grisácea que mitigara su excepcionalidad. Sólo así, quizá, la marea democrática que profetizara Tocqueville se abstendría de llevárselo por delante. El resultado ha sido la materialización de un orden que en esencia se adivina tan férreamente piramidal como el antiguo, si bien en su forma se nos antoje más homogéneo y equitativo que aquél al que venía a sustituir.

    Por lo demás, se trata de un juego sumamente aleccionador acerca de la proteica capacidad del poder para metamorfosearse. Un juego en el que, por descontado, la política no podía permanecer al margen. En consonancia con este espíritu de subversión, tan característicamente moderno, los nuevos agentes de la ruptura ya no se reclutarán entre las capas más humildes de la sociedad, sino que los veremos surgir de entre las filas, cada vez más variopintas, de los estamentos influyentes. Ahora el proceso se invierte: las fuerzas que operan lo hacen de arriba hacia abajo. Si la época ha escogido como norma la mediocridad, el enrasamiento de las conciencias, la uniformización de los apetitos vitales, he aquí que el poder, amparado en la inmensidad de unos recursos siempre crecientes, se va a encargar de institucionalizar la pauta.

    El destino del individuo delineado con el troquel que impone la ortodoxia vigente es el extrañamiento de sí mismo y de la comunidad de la que hubiera debido formar parte.

    Como surgidos de alguna región subterránea, intervienen entonces los demiurgos. Su cometido es hechizar las voluntades, preparar el terreno para la rapiña. Salen al escenario sin otro bagaje que una destreza luciferina en el manejo de la propaganda. Expanden con eficacia su veneno. Desprovistos de méritos más acrisolados, se presentan a sí mismos como los audaces saboteadores de un orden que declaran caduco. “¿Lo veis? –nos dicen-. Somos como vosotros. Detestamos los rangos. Preferimos revolcarnos a ascender. Dejadnos liderar vuestra revuelta”.

    En lo sucesivo, serán ellos los portadores de la sagrada llama de la irreverencia, la combativa vanguardia de una paradójica forma de transgresión consistente en, desde la cúspide del sistema, incitar a desmantelarlo. Estridentes, narcisistas, cínicos, engreídos, amorales, asedian con su sectarismo chabacano los últimos bastiones de la fortaleza de las buenas maneras. Le gritan a un mundo al que, tras años de existosos proyectos de transformación social, han convertido en el depositario idóneo de sus simplificaciones. Ignoran los matices, desprecian el terco sesgo de la realidad. Su hábitat es un universo trufado de conceptos absolutos y ficciones autoindulgentes que halagan los oídos de una audiencia infantilizada.

    Para quienes han sido instruidos en el hábito de situar la excelencia bajo el signo de la provocación, esta legión de agitadores anuncia un tiempo luminoso. Encarna la evidencia de que el cultivo de un resentimiento patológico puede muy bien servir de legítimo contrapeso a una multitud de penurias morales. Hay, reconozcámoslo, una masa sensible a esta propuesta. Hay un populoso sector de la sociedades del Occidente más desarrollado dispuesto a comulgar con toda una tramoya de mentiras obsoletas y despropósitos de nuevo cuño sólo por satisfacer el capricho de exhibir un delirante blasón de pureza ideológica. Pensando muy probablemente en ellos, Peter Sloterdijk lanzó la pregunta decisiva: “Si hubiera nobleza, ¿quién soportaría no ser noble?” De modo que no puede haber nobleza. El cariz de los tiempos la proscribe. Queda así el hombre confinado en el reducido espacio donde se dirimen las condiciones de mejora de sus ambiciones materiales. Ninguna motivación encuentra más elevada que la de colmar las necesidades que se le inducen. El resto de sus expectativas ha de desecharlas. ¿Sólo desecharlas? No, es necesario que también las aborrezca. ¿Cómo si no transformar el impulso de acceso al imposible paraíso igualitario en la savia con que reverdece el espectro de una utopía que ya nos parecía exangüe?

    Y es aquí, creo, donde rozamos el núcleo del asunto. El destino del individuo delineado con el troquel que impone la ortodoxia vigente es el extrañamiento de sí mismo y de la comunidad de la que hubiera debido formar parte. El desarraigo. Se le condena a carecer de un mundo auténtico. Su tesoro más íntimo permanecerá para siempre fuera de su alcance. Rotos sus vínculos, despojado del sentido de la realidad, sucumbe una y otra vez a las falacias de los manipuladores y a los espejismos incesantes de la mercadotecnia. Se inicia así un proceso de reducción de la persona. La pretendida emancipación culmina en modalidades inéditas de servidumbre voluntaria. La resaca del pensamiento hegemónico se traduce en unos cada vez más frecuentes accesos de inmadurez, angustia, debilidad y egocentrismo. Y mientras, sin acaso percatarse del todo, el sentido de su existencia se difumina y su días van adquiriendo una peculiar textura desesperanzada. Ninguna parodia de pertenencia tribal alcanzará a suavizar el rigor de la soledad que le aguarda.


    CARLOS MARÍN-BLÁZQUEZ ha sido columnista durante diez años en prensa regional (‘La Verdad’, Murcia). Es escritor y autor de ‘Fragmentos’ (Editorial Sinderesis, 2017)

  • Tradición de amor y dolor

    La vida es dolor, princesa, quienquiera que os diga lo contrario pretende engañaros”, dice el Pirata Roberts en La princesa prometida (Rob Reiner, 1987). Lo llevamos inscrito en nuestra tradición cristiana y también en nuestro cine. El conflicto llega cuando estas disquisiciones dejan de ser teóricas y el sabor del dolor ya no proviene, tenue, de un rito o una película, sino de nuestro sangrante día a día.

    La imagen de los féretros alineados y anónimos ha ido apareciendo en diversos periódicos y uno no deja de plantearse por qué seguimos doliéndonos tanto, sin encontrar todavía un sentido. Nuestro Getsemaní particular dura más de lo deseado: llevamos meses preguntándonos por qué mueren tantos seres queridos, y por qué solos, y por qué, si podía haberse evitado. Y los porqués de los despidos y del desastre económico también aguardan en un segundo plano.

    Cuando Vittorio Messori le preguntó a Juan Pablo II en aquella larguísima entrevista, Cruzando el umbral de la esperanza, por qué hay tanto mal en el mundo si Dios es amor, el Santo Padre contestó: “sin la Cruz, la verdad de que Dios es amor estaría todavía por demostrar”. Porque cuando el mundo sufre, Dios se justifica sufriendo a su lado. Y, leyendo entre líneas al papa polaco, creo que se refería a las cruces de todos, no solamente a la del Cristo.

    Sin embargo, preferimos con Antonio Machado no al Jesús del madero, sino al que anduvo en la mar. Es más alegre, más fácil. Y hasta ese mismo Jesús del madero prefirió, horas antes, que pasara de sí ese cáliz y también gritaría a Dios, justo después, que por qué lo había abandonado. Otra muestra divina de empatía, según Juan Pablo II. Ya que estamos con poesía, recordemos ese soneto anónimo que confirma la tesis pontificia: “Tú me mueves, Señor; muéveme el verte/ clavado en la cruz y escarnecido”. El dolor como prueba y motor del amor, que perdura en el tiempo, que vamos marcando como un ritmo de tambores cada año en la Semana Santa y que va palpitando en nuestras vidas; más hoy, en esta catástrofe.

    Hace unos días, el sacerdote Carlos Pérez publicaba ‘El adiós dolorido’, en Alfa y Omega, en el que decía que “la memoria no rebusca en el pasado; espera y pretende el encuentro”. Tal vez nuestra tradición tenga algo de dulce, a pesar de lo amargo. Todas estas derrotas de hoy, esperan un consuelo mañana.

    Dice Toni Gallemí en su reciente ‘Los débiles cimientos de Roma’ en La Controversia: “el tierno y consolador abrazo de Dios en uno es en todos, y ese abrazo en la intimidad se extiende ineluctablemente a la humanidad, a través de la columnata de Bernini”. Hágase pues como hicieron nuestros padres, y los padres de sus padres, conservando un anhelo en estos gestos, en el arte, en las tradiciones memorables que perduran y preservan la esperanza. Siempre me llenó de orgullo/, en este dolor,/ ser conservador/ de tan misterioso arrullo.


    JAIME Á. PÉREZ LAPORTA

  • Los débiles cimientos de Roma

    Si saldremos reforzados o debilitados de esta crisis vírica y económica no lo sabemos. Pero desde Roma, a través de uno de los milenarios caminos que nos llevan a ella, se nos ofreció una solución para no desfallecer. O, al menos, es lo que tratamos de mostrar aquí.

    El Santo Padre Francisco dejó para el recuerdo imágenes imperecederas en su bendición Urbi et Orbi. La plaza de San Pedro, avezada a las concentraciones multitudinarias, persistía vacía e implacable ante el mal tiempo. Ni el virus, ni la lluvia, ni la vejez, fueron impedimento para consagrar el mundo entero: más que una serie de estorbos fueron una serie de oportunidades, pues sin ellos quién sabe si se hubiera producido ya no la bendición, sino esa vigorosa alegoría para el recuerdo. En este inusual acontecimiento diríamos que el Papa Francisco caminaba algo afligido sobre el epicentro de la obra de Bernini, y es razonable esa actitud ante la crisis que vive el mundo y la Iglesia; tal vez porque si la Iglesia tiembla, también lo haga el mundo. Sin embargo, en esa aparente fragilidad, en ese caminar atribulado, se erguían unos brazos cansados que sostuvieron con fuerza la fuerza que sostiene al mundo. Desde Roma se imploró el perdón del mundo y suplicó por su salvación; una voz férrea exhortó: «No tengáis miedo». Pero la aflicción es también razonable porque nos permite ver la realidad del hombre, la humanidad de un anciano sensible que tiembla y llora y sufre en sí las consternaciones de sus hijos.

    Recordemos que Cristo fundó su Iglesia en la debilidad de Pedro, un hombre cobarde y obtuso, precisamente, para no ser derrotada. Cierto escritor británico no solo lo dijo antes, sino que lo formuló mucho mejor en Herejes (1905): «Todos los imperios y los reinos han fracasado debido a esa debilidad inherente y continua: que fueron fundados por hombres fuertes y se basaban en hombres fuertes. Pero solo esa cosa, la histórica Iglesia cristiana, fue fundada sobre un hombre débil, y por esa razón es indestructible. Porque ninguna cadena es más fuerte que el más débil de sus eslabones». Paradójicamente, reconocer nuestras flaquezas nos fortalece como a San Pedro. La cobardía se convirtió en valentía y el suicidio en martirio a través de la redención. Getsemaní albergó esa profética y extraña ironía: que la Iglesia no iba a cimentarse en la contundencia de un beso voluptuoso sino sobre la vulnerabilidad de un hombre arrepentido.

    La bendición Urbi et Orbi nos ofreció una escena profundamente bíblica: tuvo mucho de histórico, tanto de poético y, por qué negarlo, demasiado de profético. Este fenómeno quedará para la posteridad: el cielo lóbrego pero azulado es contrastado por un pequeño y circular foco albar. El cielo como universo y la Sagrada Forma como Creador, enaltecido y llamado por un hombre, entre oropeles, imperfecto, frágil y apesadumbrado, ante una plaza desierta, pero llena de Su presencia. Una plaza que no cesa de implorar su nombre y cuyas columnas y estatuas centenarias hablan y no cesan de alabar, de gritar a los cuatro vientos y a la lluvia aguerrida, su Santo Nombre. Apenas se atisban diferencias entre la bendición del Santo Padre y la postración humilde y humillada de la criatura débil, en soledad, en la intimidad de su habitación. El tierno y consolador abrazo de Dios en uno es en todos, y ese abrazo en la intimidad se extiende ineluctablemente a la humanidad, a través de la columnata de Bernini, de Roma al mundo, Urbi et Orbi.


    TONI GALLEMÍ

  • Sobre la imitación

    El hombre se hace a medida que imita. En él se cumple esta paradoja: porque ignora quién es, busca en los otros una imagen de sí mismo y, una vez hallada, la hace suya y la dictamina original. La imitación no sólo apunta, además, a la raíz de nuestra evolución psicológica: constituye el resorte primordial del mecanismo que asegura la continuidad de una cultura. Crecemos impulsados por el deseo de parecernos a alguien, y es ésta la manera -a todas luces contradictoria- que tenemos de pensarnos únicos.

    Es cierto que, a la vez que nuestra existencia avanza, los modelos cambian, las referencias fluctúan. Nuestra identidad conoce oscilaciones en el curso de las cuales, con una frecuencia que se revela ajena a las pretensiones de la voluntad, incluso aquello que dábamos por definitivo puede ser desestimado y sustituido por nuevos aportes de materia vital. Es así como el carácter monótono que conlleva la repetición se atenúa. A los patrones iniciales, el ser humano superpone un venero de creatividad que los modifica y enriquece. Pero debe admitirse, de todos modos, que ni el deseo ni la imaginación, por más que su fuerza simbólica nos induzca a pensar otra cosa, son capaces de operar desde la nada.  

    Es lícito, pues, pensar en el hombre como en el ser que todo lo recibe. Su acontecer se inscribe en una cadena de transmisiones fuera de la cual no encuentra sino incertidumbre y extravío. Si bien la obra inconmensurable de René Girard ha indagado por extenso en los aspectos más conflictivos del deseo mimético, en los antagonismos que éste excita y en el consiguiente desencadenamiento de los sucesivos ciclos de venganza y sacrificio inscritos en la dinámica propia del discurrir de los pueblos, en modo alguno han supuesto las conclusiones de su ingente tarea investigadora un desmentido a aquella certeza básica. Casi desde el instante de nuestro nacimiento imitamos. Hacemos nuestro lo ajeno. Aprendemos porque aprehendemos, si se me permite la ramplonería del juego verbal. Y ello sucede no sólo en la esfera biográfica, en el espacio de las relaciones de parentesco donde empieza a configurarse nuestra identidad personal; también en el matriz de toda cultura alienta la propensión a mantener inalterable un eje de continuidad que garantiza su supervivencia a largo plazo.

    Crecemos impulsados por el deseo de parecernos a alguien, y es ésta la manera que tenemos de pensarnos únicos.

    Aun así, nuestra época se ha decantado por desprestigiar al que imita. “¿Por qué –se pregunta Emerson– esta veneración por el pasado? Mantente en ti mismo; nunca imites. Todo gran ser humano es una unicidad”. En la contundencia de estas aseveraciones encontramos, antes que el brillo inédito de una revolucionaria proclama intelectual, una mera prolongación del dogma moderno que, ya a partir de los siglos XIV y XV, establecía el rechazo de la tradición como divisa de una nueva era. Tal y como nos recuerda Sloterdijk, el mundo occidental es, a partir de los siglos mencionados, “la primera civilización que busca sistemáticamente la innovación”.      

    Ingresamos en la Modernidad, y en aquello que constituye su núcleo, en el marco de la dialéctica de los distintos movimientos artísticos que, en un proceso de feroz y recíproca negación, característicamente antigenealógico, se suceden tras el declive de la Edad Media, la pasión por la novedad se adueña de los espíritus más brillantes. Con el Romanticismo, la expresión de la subjetividad es elevada a la categoría de piedra de toque mediante la que tasar el valor de cualquier actividad que se pretenda genuinamente creadora. Se consolida el mito del artista en tanto artífice genial: un dios que crea ex nihilo. A partir de este hiato –esencial para comprender en su verdadera magnitud el proyecto de desarraigo y descivilización consustancial a la Edad Moderna-, imitar se vuelve superfluo, incluso denigrante. La moda sustituye a la tradición. La originalidad  -o, por ser más preciso, la pretensión de devenir original- eclipsa la antaño prestigiada fidelidad a los arquetipos. Desentrañar las causas de un cambio tan profundo desborda el objetivo de estas líneas. Hay al fondo, como no podía ser de otra manera, una cuestión de hondo calado teológico: la entronización del hombre como nueva divinidad, una vez que, desde una perspectiva filosófica, la muerte de Dios ha sido decretada.

    Pero concurren asimismo otros aspectos que le confieren al fenómeno una coloración peculiar. Así, no estará de más recordar en este punto que el concepto de imitación remite al de magisterio. Imitar presupone el reconocimiento de una autoridad que instruye y a la que, de algún modo, se venera. El discípulo anhela emular al maestro, y, más aún, superarlo, pero siempre desde la asunción de un orden cerrado y jerárquico, desde una posición de partida en la que cada cual asume los límites de su propia responsabilidad. Y bien: ¿qué otra cosa podría despertar hoy día esta actitud, después de todo, más que una sintomática aversión entre las nutridas filas de adeptos a la ideología igualitaria que saturan nuestra época? La imitación evoca, por otra parte, un acervo de convenciones que hacen bostezar al moderno. No en vano, la psicología del individuo actual se inclina más bien hacia la improvisación, la espontaneidad, la libre expresión de sus pulsiones creativas. Imitar, por el contrario, entraña el compromiso con un esfuerzo que reclama la concurrencia de severas virtudes ascéticas: humildad, rigor, perseverancia, disciplina, subordinación a un canon. Para confirmar esta tendencia, nos bastaría observar cómo las nuevas pedagogías surgidas en la estela de los desvaríos rousseaunianos, en la misma medida que optan por relegar la transmisión de conocimientos a un papel cada vez más subsidiario, promocionan ultranovedosas metodologías de aprendizajes autónomos –“aprender a aprender” lo llaman- que, con festiva ecuanimidad, han venido sembrando la estulticia en generaciones enteras.           

    Imitar presupone el reconocimiento de una autoridad que instruye y a la que, de algún modo, se venera.

    La imitación, por último, es indisociable del ejemplo. Se nos antoja ejemplar aquello que nos parece digno de ser emulado. Entramos aquí, más allá de la estética, o quizá en un ámbito concomitante con ella, en el terreno de la moral. Ahora bien, la moral moderna, socavada desde ya antes de la Revolución francesa por los cantos de sirena de las ideologías falsamente emancipadoras, hace tiempo que degeneró en una moral de circunstancias. Con ella casan mal los preceptos diáfanos. No gusta de las, en ocasiones, ariscas rigideces que modulan un temperamento insobornable. A lo que el moderno se adhiere mejor es a un relativismo autónomo, caracterizado por una flexibilidad casi jovial a la hora de sortear los grandes dilemas. Con tales mimbres, resultaba improbable que la moral colectiva no acabara corrompiéndose. Fue posible entonces hacer del impulso mimético una escuela de depravaciones. De ese modo, constatamos que mucho más que el afán narcisista de originalidad y el consiguiente abandono de las rutinas miméticas –algo por otra parte ilusorio, pues, como he tratado de argumentar, contradice una conducta propia de nuestra condición de personas-, lo que amenaza la pervivencia de una civilización es la subversión de aquellos modelos que, patrocinados por unas élites corruptas, esa misma civilización ensalza.       

    En semejante tesitura, eso que suele invocarse como Espíritu del Tiempo se revela, en definitiva, como una disposición colectiva abierta por igual a todas las opciones. Los valores se equiparan, se dislocan los rangos. A un paso tan sólo del nihilismo, hasta los posicionamientos más dramáticos adquieren un cariz lúdico. Si todos los modelos son en la misma medida plausibles, entonces no hay belleza ni bien a los que aspirar. No hay verdad. La multiplicidad de centros desestructura el mundo. La realidad se hace trizas y de ella sólo nos es dado rescatar fragmentos inconexos, mínimos testimonios de la primigenia unidad perdida. Tal es, seguramente, la situación en que ahora nos encontramos. Cunde la impresión de que el hombre ya no avanza en un sentido definido, de que se limita a girar sobre sí. Carecemos de un proyecto que nos aúne. La búsqueda del bien común ha sido sustituida en la vida pública -y no sólo en la vida pública- por el oportunismo, la mezquindad y la defensa sectaria de las conveniencias particulares. Y la pregunta ineludible es si un mundo así resulta habitable. Un mundo en el que el sentido mismo de pertenencia a una comunidad, a una familia incluso, está, si no ya por completo extinguido, a punto de desvanecerse.

    El Espíritu del Tiempo se revela, en definitiva, como una disposición colectiva abierta por igual a todas las opciones.

    ¿Qué queda entonces por proponer? No grandes gestas, desde luego. Recordar que somos parte de una tradición, a la que todo se lo debemos. Desenmascarar, uno tras otro, a los ídolos que nos ciegan. Perseverar en el empeño de trasmitir nuestro legado. Custodiar, para ofrendarla a los demás, toda esa íntima riqueza de la que nadie puede despojarnos. Celebrar la belleza. Fortalecer los lazos que nos vinculan con aquellos a quienes reconocemos como miembros de una misma estirpe espiritual. Hacer explícita nuestra gratitud, nuestra admiración; eso siempre. E imitar. Imitar todo cuanto reconozcamos ornado aunque sea por un simple destello de nobleza.

    No es escasa tarea para estos tiempos crepusculares.     


    CARLOS MARÍN-BLÁZQUEZ ha sido columnista durante diez años en prensa regional (‘La Verdad’, Murcia). Es escritor y autor de ‘Fragmentos’ (Editorial Sinderesis, 2017)