Sobre la imitación

El rabino y el joven estudiante, Isidor Kaufmann (1853 1921)

El hombre se hace a medida que imita. En él se cumple esta paradoja: porque ignora quién es, busca en los otros una imagen de sí mismo y, una vez hallada, la hace suya y la dictamina original. La imitación no sólo apunta, además, a la raíz de nuestra evolución psicológica: constituye el resorte primordial del mecanismo que asegura la continuidad de una cultura. Crecemos impulsados por el deseo de parecernos a alguien, y es ésta la manera -a todas luces contradictoria- que tenemos de pensarnos únicos.

Es cierto que, a la vez que nuestra existencia avanza, los modelos cambian, las referencias fluctúan. Nuestra identidad conoce oscilaciones en el curso de las cuales, con una frecuencia que se revela ajena a las pretensiones de la voluntad, incluso aquello que dábamos por definitivo puede ser desestimado y sustituido por nuevos aportes de materia vital. Es así como el carácter monótono que conlleva la repetición se atenúa. A los patrones iniciales, el ser humano superpone un venero de creatividad que los modifica y enriquece. Pero debe admitirse, de todos modos, que ni el deseo ni la imaginación, por más que su fuerza simbólica nos induzca a pensar otra cosa, son capaces de operar desde la nada.  

Es lícito, pues, pensar en el hombre como en el ser que todo lo recibe. Su acontecer se inscribe en una cadena de transmisiones fuera de la cual no encuentra sino incertidumbre y extravío. Si bien la obra inconmensurable de René Girard ha indagado por extenso en los aspectos más conflictivos del deseo mimético, en los antagonismos que éste excita y en el consiguiente desencadenamiento de los sucesivos ciclos de venganza y sacrificio inscritos en la dinámica propia del discurrir de los pueblos, en modo alguno han supuesto las conclusiones de su ingente tarea investigadora un desmentido a aquella certeza básica. Casi desde el instante de nuestro nacimiento imitamos. Hacemos nuestro lo ajeno. Aprendemos porque aprehendemos, si se me permite la ramplonería del juego verbal. Y ello sucede no sólo en la esfera biográfica, en el espacio de las relaciones de parentesco donde empieza a configurarse nuestra identidad personal; también en el matriz de toda cultura alienta la propensión a mantener inalterable un eje de continuidad que garantiza su supervivencia a largo plazo.

Crecemos impulsados por el deseo de parecernos a alguien, y es ésta la manera que tenemos de pensarnos únicos.

Aun así, nuestra época se ha decantado por desprestigiar al que imita. “¿Por qué –se pregunta Emerson– esta veneración por el pasado? Mantente en ti mismo; nunca imites. Todo gran ser humano es una unicidad”. En la contundencia de estas aseveraciones encontramos, antes que el brillo inédito de una revolucionaria proclama intelectual, una mera prolongación del dogma moderno que, ya a partir de los siglos XIV y XV, establecía el rechazo de la tradición como divisa de una nueva era. Tal y como nos recuerda Sloterdijk, el mundo occidental es, a partir de los siglos mencionados, “la primera civilización que busca sistemáticamente la innovación”.      

Ingresamos en la Modernidad, y en aquello que constituye su núcleo, en el marco de la dialéctica de los distintos movimientos artísticos que, en un proceso de feroz y recíproca negación, característicamente antigenealógico, se suceden tras el declive de la Edad Media, la pasión por la novedad se adueña de los espíritus más brillantes. Con el Romanticismo, la expresión de la subjetividad es elevada a la categoría de piedra de toque mediante la que tasar el valor de cualquier actividad que se pretenda genuinamente creadora. Se consolida el mito del artista en tanto artífice genial: un dios que crea ex nihilo. A partir de este hiato –esencial para comprender en su verdadera magnitud el proyecto de desarraigo y descivilización consustancial a la Edad Moderna-, imitar se vuelve superfluo, incluso denigrante. La moda sustituye a la tradición. La originalidad  -o, por ser más preciso, la pretensión de devenir original- eclipsa la antaño prestigiada fidelidad a los arquetipos. Desentrañar las causas de un cambio tan profundo desborda el objetivo de estas líneas. Hay al fondo, como no podía ser de otra manera, una cuestión de hondo calado teológico: la entronización del hombre como nueva divinidad, una vez que, desde una perspectiva filosófica, la muerte de Dios ha sido decretada.

Pero concurren asimismo otros aspectos que le confieren al fenómeno una coloración peculiar. Así, no estará de más recordar en este punto que el concepto de imitación remite al de magisterio. Imitar presupone el reconocimiento de una autoridad que instruye y a la que, de algún modo, se venera. El discípulo anhela emular al maestro, y, más aún, superarlo, pero siempre desde la asunción de un orden cerrado y jerárquico, desde una posición de partida en la que cada cual asume los límites de su propia responsabilidad. Y bien: ¿qué otra cosa podría despertar hoy día esta actitud, después de todo, más que una sintomática aversión entre las nutridas filas de adeptos a la ideología igualitaria que saturan nuestra época? La imitación evoca, por otra parte, un acervo de convenciones que hacen bostezar al moderno. No en vano, la psicología del individuo actual se inclina más bien hacia la improvisación, la espontaneidad, la libre expresión de sus pulsiones creativas. Imitar, por el contrario, entraña el compromiso con un esfuerzo que reclama la concurrencia de severas virtudes ascéticas: humildad, rigor, perseverancia, disciplina, subordinación a un canon. Para confirmar esta tendencia, nos bastaría observar cómo las nuevas pedagogías surgidas en la estela de los desvaríos rousseaunianos, en la misma medida que optan por relegar la transmisión de conocimientos a un papel cada vez más subsidiario, promocionan ultranovedosas metodologías de aprendizajes autónomos –“aprender a aprender” lo llaman- que, con festiva ecuanimidad, han venido sembrando la estulticia en generaciones enteras.           

Imitar presupone el reconocimiento de una autoridad que instruye y a la que, de algún modo, se venera.

La imitación, por último, es indisociable del ejemplo. Se nos antoja ejemplar aquello que nos parece digno de ser emulado. Entramos aquí, más allá de la estética, o quizá en un ámbito concomitante con ella, en el terreno de la moral. Ahora bien, la moral moderna, socavada desde ya antes de la Revolución francesa por los cantos de sirena de las ideologías falsamente emancipadoras, hace tiempo que degeneró en una moral de circunstancias. Con ella casan mal los preceptos diáfanos. No gusta de las, en ocasiones, ariscas rigideces que modulan un temperamento insobornable. A lo que el moderno se adhiere mejor es a un relativismo autónomo, caracterizado por una flexibilidad casi jovial a la hora de sortear los grandes dilemas. Con tales mimbres, resultaba improbable que la moral colectiva no acabara corrompiéndose. Fue posible entonces hacer del impulso mimético una escuela de depravaciones. De ese modo, constatamos que mucho más que el afán narcisista de originalidad y el consiguiente abandono de las rutinas miméticas –algo por otra parte ilusorio, pues, como he tratado de argumentar, contradice una conducta propia de nuestra condición de personas-, lo que amenaza la pervivencia de una civilización es la subversión de aquellos modelos que, patrocinados por unas élites corruptas, esa misma civilización ensalza.       

En semejante tesitura, eso que suele invocarse como Espíritu del Tiempo se revela, en definitiva, como una disposición colectiva abierta por igual a todas las opciones. Los valores se equiparan, se dislocan los rangos. A un paso tan sólo del nihilismo, hasta los posicionamientos más dramáticos adquieren un cariz lúdico. Si todos los modelos son en la misma medida plausibles, entonces no hay belleza ni bien a los que aspirar. No hay verdad. La multiplicidad de centros desestructura el mundo. La realidad se hace trizas y de ella sólo nos es dado rescatar fragmentos inconexos, mínimos testimonios de la primigenia unidad perdida. Tal es, seguramente, la situación en que ahora nos encontramos. Cunde la impresión de que el hombre ya no avanza en un sentido definido, de que se limita a girar sobre sí. Carecemos de un proyecto que nos aúne. La búsqueda del bien común ha sido sustituida en la vida pública -y no sólo en la vida pública- por el oportunismo, la mezquindad y la defensa sectaria de las conveniencias particulares. Y la pregunta ineludible es si un mundo así resulta habitable. Un mundo en el que el sentido mismo de pertenencia a una comunidad, a una familia incluso, está, si no ya por completo extinguido, a punto de desvanecerse.

El Espíritu del Tiempo se revela, en definitiva, como una disposición colectiva abierta por igual a todas las opciones.

¿Qué queda entonces por proponer? No grandes gestas, desde luego. Recordar que somos parte de una tradición, a la que todo se lo debemos. Desenmascarar, uno tras otro, a los ídolos que nos ciegan. Perseverar en el empeño de trasmitir nuestro legado. Custodiar, para ofrendarla a los demás, toda esa íntima riqueza de la que nadie puede despojarnos. Celebrar la belleza. Fortalecer los lazos que nos vinculan con aquellos a quienes reconocemos como miembros de una misma estirpe espiritual. Hacer explícita nuestra gratitud, nuestra admiración; eso siempre. E imitar. Imitar todo cuanto reconozcamos ornado aunque sea por un simple destello de nobleza.

No es escasa tarea para estos tiempos crepusculares.     


CARLOS MARÍN-BLÁZQUEZ ha sido columnista durante diez años en prensa regional (‘La Verdad’, Murcia). Es escritor y autor de ‘Fragmentos’ (Editorial Sinderesis, 2017)