Gregorio Luri: “la tarea del conservador es dar densidad al presente”

El filósofo Gregorio Luri, autor de 'La imaginación conservadora', durante una entrevista / Es Racó de ses Idees

Para Gregorio Luri (Azagra, 1955), más importante que blindar una herencia es amarla. Por eso, porque «no teme el cambio pero sí el desarraigo», en pleno sigloveiniúno tiene la osadía de declararse conservador.  Cree que «ser moderno quiere decir estar tan sometido a la mística autoridad de lo que se lleva que no se ven las ideas que nos llevan, porque discurren subterráneamente bajo nuestros pies» y, como Balmes, ha asumido la noble tarea de dar forma a un pensamiento que «ni desprecie lo pasado, ni desatienda lo presente ni pierda de vista el porvenir». 

En La imaginación conservadora (Ariel, 2019) demuestra que, ciertamente, lo ha conseguido. Quizá porque cree que es conservador el que no quiere irse de este mundo sin pagar, ha publicado un fantástico ensayo que revela cómo en la vida social y política no se puede prescindir de las experiencias pasadas: «el conservadurismo —dice— es un compromiso con las diferentes dimensiones del tiempo».

PREGUNTA: Primero de todo: ¿es el conservadurismo una ideología?

RESPUESTA: Es una ideología sui generis porque su principal propósito es captar la política tal como se da en la experiencia cotidiana del hombre corriente. Dado que esta experiencia ha estado oscurecida por décadas de historicismo y deconstrucción de los valores inherentes al mundo de la vida, hoy son necesarias unas nuevas estrategias retóricas. Pero es indudable que el conservadurismo tiene sus propias fuentes bibliográficas, sus referentes testimoniales, sus intelectuales, sus preocupaciones recurrentes, su vocabulario y su propia historia. Añado que debiera tener también un cierto estilo. Decía el marqués de Tamarón que un guerrero Masai es siempre superior a un mancebo de botica inglés. Yo quiero creer que esto sólo es verdad en el caso de que el mancebo se haya rendido a la inercia. Hay, por supuesto, en el conservadurismo, una antropología (la convicción de que no vivimos, sino convivimos), una filosofía política, etc. En el fundamento último de esta ideología se encuentra la obviedad de que es más fácil destruir que construir. Una catedral construida con el esfuerzo de los siglos, la puede destruir un niño con una caja de cerillas en un par de horas.

P: ¿Existe un conservadurismo propiamente español? Es decir, ¿hay un modo de ser conservador o muchos distintos?

R: El conservador valora las raíces. Es cierto que Steiner decía que él no era un árbol, que tenía piernas. Pero lo evidente es que se pasó la vida profundizando en sus raíces culturales. Sí, tenemos raíces, somos, como dice Platón, árboles inversos, con las raíces hacia arriba, buscando la luz de lo mejor de nuestra tradición y nuestra cultura. Por eso el conservador se compromete decididamente con la preservación de lo mejor de lo propio. Sospecha que aquello que el dedo de la experiencia colectiva ha ido dibujando sobre el polvo de los siglos no puede carecer de valor. Por esta razón, por la prioridad de la transmisión de lo más valioso de lo propio, un conservador es siempre de algún sitio. Si en España eres conservador, serás conservador español, no por español, sino por conservador. No existe conservadurismo sin lo que Scruton llamaba “oikofilia” (el amor por el propio hogar). ¿Pero existe un conservadurismo español? Sí, pero aún de forma casi anecdótica, porque los españoles parecemos siempre dispuestos a hacer de la memoria una prófuga de la ideología. En la línea histórica que va de Cánovas al grupo Tácito, que integra a figuras tan diversas como Maura, Cambó, Ossorio, Giménez Fernández, Melquíades Álvarez, Alcalá Zamora o el último Gil Robles, hay mucho, mucho que aprender.

El conservador se compromete decididamente con la preservación de lo mejor de lo propio. Un conservador es siempre de algún sitio.

P: Al principio del libro cuenta que su editor le miró con cara de desconcierto cuando le presentó al proyecto. ¿Por qué es tan difícil declararse conservador en España, y no así en los países anglosajones?

R: Por un complejo de muchos conservadores que sólo pone de manifiesto su desconocimiento de la historia. A mí me ha sorprendido mucho la recepción de este libro y he descubierto a muchos jóvenes que buscan argumentos para articular una respuesta coherente a la vulgata progresista, hoy erigida en ortodoxia. La izquierda, desde luego, no tiene la exclusiva de los buenos sentimientos. Ahí está su historia.

P: Dice que le ha sorprendido la acogida que ha tenido el libro. Iba a preguntarle por esto…

R: Sí. Muchísimo, quizás porque tampoco esperaba nada concreto. Yo soy un francotirador. No soy profesor en activo en ninguna universidad, ni pertenezco a ninguna asociación conservadora y, por lo tanto, carezco de lo que podríamos llamar el soporte orgánico de los míos. Para mi gratísima sorpresa me han hecho muchas entrevistas, ha habido en algunas bibliotecas públicas clubs de lectura dedicados a este libro, se han impartido seminarios y cursos que lo han tenido muy en cuenta y he recibido invitaciones de los lugares más diversos para presentarlo. Y lo mejor: muchos jóvenes se han puesto en contacto conmigo pidiéndome que le dé continuidad. He decidido hacerles caso.

P: Usted afirma que “a nuestro momento histórico le corresponde la responsabilidad de decidir con claridad qué queremos reforzar, si la politeia europea o las nacionales”. ¿Cuál es su postura al respecto? ¿Tiene futuro la Unión Europea?

R: La UE ha caído en la trampa que ella misma se había puesto de manera muy frívola. Me estoy refiriendo a esa absurda tesis de que vivimos en un momento pospolítico o posnacional en el que sólo es relevante el bienestar de unos ciudadanos con la conciencia satisfecha, mientras que las fronteras serían algo a superar en poco tiempo. La UE ha mostrado más interés por las cuestiones comerciales y económicas que las políticas. Ha hecho suya, sin saberlo, aquella expresión que Fernández de la Mora aplicaba al franquismo: “Estado en obras”. Han sido las obras las que han impedido dar una forma reconocible a la UE. Hemos vivido una situación en la que se ha tenido más prisa por borrar las fronteras nacionales que por crear unas fronteras europeas precisas. Los poderes públicos europeos parecen más interesados en vigilarnos moralmente que en representarnos políticamente. Por eso cuando el Reino Unido, un país con intereses ideológicos e identitarios claramente definidos ha necesitado afirmarlos, se ha dado cuenta de que tenía aliados más fiables y más fuertes fuera de la UE para llevar adelante su empresa que en la UE. La cuestión que nos plantea la UE hoy es si la ideología del humanismo formal (que tiene que estar vacío de contenido propio para acoger a todos de forma no problemática) le permite hacer política.

Los países que no están en guerra civil permanente con su propia historia transmiten una voluntad de apropiación de un sentido colectivo de lo nuestro que fortalece la autoestima de la ciudadanía.

P: Si “el conservadurismo es consciente de que todas sus queridas tradiciones son fruto de pasadas revoluciones y que las posiciones que hoy parecen conservadoras ayer pudieron ser de vanguardia” podríamos preguntarnos: ¿qué debemos conservar hoy?

R: En el caso de España, que me parece -sinceramente- dramático, la pregunta pertinente es: ¿Estamos dispuestos a conservar algo? Cuando Cánovas se decide a hacer política proclama abiertamente que ha venido a continuar la historia de España. ¿Es posible continuar la historia de España? Los países que no están en guerra civil permanente con su propia historia, lo que transmiten no es tanto unos contenidos como una voluntad de apropiación de un sentido colectivo de lo nuestro, especialmente todo aquello que fortalece la autoestima de la ciudadanía. Sin autoestima, difícilmente existirá voluntad de superación.

P: Tocqueville decía: “estamos durmiendo sobre un volcán. Un viento de revolución nos golpea. La tormenta está en el horizonte”.  ¿Es el conservador pesimista por naturaleza?

R:  El conservador pesimista -que los hay, como hay esa especie tan exótica del progresista pesimista, que mira con un recelo creciente al futuro- es un conservador dispépsico, al que le cuesta digerir el presente. El hombre es por naturaleza futurizador y si se empeña en mirar solo hacia atrás se convierte en estatua de sal. Lo que se propone el conservador no es la tarea imposible de eliminar el cambio, sino la sensata de encauzarlo, de ordenarlo. No concibo un conservador que no considere como tarea prioritaria la de dar densidad al presente.

Lo que se propone el conservador no es la tarea imposible de eliminar el cambio, sino la sensata de encauzarlo, de ordenarlo y dar densidad al presente.

P: Finalmente, ¿cree que el pensamiento conservador tendrá un hueco en el espacio político español a un medio-largo plazo?

R: Como hemos venido a continuar la historia de España, estoy firmemente decidido a ser optimista. Así que contestaré que sí, aunque quizás no pueda articular por sí mismo una alternativa de gobierno. La ideología conservadora ha de ser uno de los componentes de una alternativa gubernamental para España. Pero puede tener futuro si sabe aprovechar bien todas las causas nobles que la izquierda está abandonando por el camino y si sabe hacer suyos los retos a los que ha de hacer frente el presente y que son tan propiamente conservadores, como el ecologismo.


Gregorio Luri vive en El Masnou (Cataluña), es maestro de profesión, escritor y doctor en Filosofía. Ha publicado numerosos libros de política, filosofía y pedagogía entre los que destacan La imaginación conservadora, Aforismos que nunca contaré a mis hijos, La escuela contra el mundo, Mejor educados, ¿Matar a Sócrates?, El cielo prometido y Elogio de las familias sensatamente imperfectas.

DIEGO MARTÍNEZ