Herejes

Representantes de Ciudadanos, antes de ser expulsados entre gritos e insultos de las manifestaciones por el Día de la Mujer | Público

Una vez más, en lo que empieza a ser una tradición en toda regla sin la que la celebración resultaría incompleta, los intransigentes, los fanáticos, los extremistas que se identifican a sí mismos como ontológicamente buenos, han echado a los herejes de la nueva fe del aquelarre.

No les faltará a estos apóstatas mi apoyo en la próxima expulsión, cuando entre empujones, insultos y salivazos –si no llegan a sufrir agresiones peores– invoquen su incuestionable derecho a estar presentes. Pero quizá muchos agradeceríamos que nos explicasen, a fin de descartar complejos patológicos y culpas subconscientes, de dónde procede ese deseo de participar en unas celebraciones cuyo fundamento ideológico, más allá de su nombre, como prueban los manifiestos que las sustentan, cuestionan profundamente algunos de los valores de la democracia liberal.

Hay que comprender que el diálogo, por más sobrevalorado que esté, continúa siendo necesario como viga maestra de la tolerancia, pero exige como requisito previo el error, no el horror. Y horror es lo que provoca el discrepante en quien se cree ungido de bondad, en quien considera que en su esencia está el bien y la justicia. La percepción que tienen de sí mismos y de sus ideas los condenan a ese maniqueísmo simplón en el que desaparecen todos los matices para dejar, como único faro moral, la atávica lucha de dios y el diablo, desde el punto de vista, en esta ocasión, de su nueva religión secular. Somos el mal, no es que estemos equivocados.

En lo que a mí respecta, dichos sucesos, invariablemente, como si de un estímulo pavloviano se tratase, me traen a la cabeza una escena, narrada por Sebastian Haffner en sus memorias, que, desde el mismo momento en que la leí, he pensado que podía ilustrar a la perfección la incomprensión del centroderecha español –quizá mundial– de la percepción moral que tiene la autoproclamada izquierda ontológicamente buena de ellos. En dicha escena, un adolescente judío, hermano del mejor amigo de Sebastian Haffner, decía soñar, cuando la ignominia del régimen nazi ya resultaba manifiesta -aunque el horror venidero apenas fuese concebible-, con salvar la vida a Hitler alguna vez, para luego poder decirle: “Muy bien. Soy judío. Y ahora vamos a sentarnos a hablar durante una hora de todo esto”.

CAYO CARIGA ELEIRÓ