La muerte de Lorca y la desmemoria histórica

Lo que sabemos sobre la muerte de Federico García Lorca —realmente no es demasiado— es el paradigma de la desmemoria histórica. Durante años se ha tratado de monopolizar el asesinato del poeta para convertirlo en mártir de la Segunda República. Pero Lorca —«canto a España y la siento hasta la médula, pero antes que esto soy hombre del mundo y hermano de todos»—no era un fanático: quizá irónicamente se definió como católico y comunista, libertario y tradicionalista y monárquico y anarquista. Fue acogido en el hogar de la familia falangista Rosales, y entabló amistad con José Antonio Primo de Rivera, amante de la poesía y, como él mismo, cobardemente asesinado.

Salvador Dalí, su más íntimo amigo, escribió sobre su muerte:

«Los rojos, los semirrojos, los rosas e incluso los malva pálido aprovecharon la muerte de Lorca para una vergonzosa y demagógica propaganda, ejerciendo así un innoble chantaje. Intentaron, e intentan todavía hoy, convertirlo en un héroe político. Pero yo, que fui su mejor amigo, puedo dar fe ante Dios y ante la Historia de que Lorca, poeta cien por cien puro, era consustancialmente el ser más apolítico que he conocido. Fue simplemente víctima propiciatoria de cuestiones personales, ultrapersonales, locales, y, por encima de todo, víctima inocente de la confusión omnipotente, convulsiva y cósmica de la guerra civil española».

(Salvador Dalí. Diario de un genio)