• Seis libros para el mes de agosto

    Agosto / Los niños comen / pan moreno y rica luna, cantaba Lorca. Mes vacacional por excelencia, agosto abre una temporada de posibilidades infinitas, especialmente para quienes se precian de extender sobre sus días una mirada literaria. Siguiendo nuestro propósito iniciado el pasado mes de julio, esta vez hemos preguntado a Jorge Freire, Esperanza Ruiz, Jose Mª Contreras Espuny, Diego Martínez, Javier Tiestos y Carlos Hortelano por una recomendación literaria para el mes de agosto.

    Jorge Freire

    Los años itinerantes de Wilhelm Meister – J .W. Von Goethe

    No es una novedad, pero es un clásico; y los clásicos, sin estar de actualidad, están siempre presentes. Intenté leer el Wilhelm Meister durante la carrera y tanto me aburría que no pasé de la mitad. Lo releí pasados los treinta y me entusiasmó. Uno cierra esta obra de Goethe, la madre de todas las novelas de aprendizaje, y al momento echa de menos a Mignon, a Filina, a Jarno, a Serlo y a Lotario. Hasta echa de menos al aspista cenizo, encerrado en su yo, obstinado en su sino fatal, e incluso al “alma bella”, cuyas confesiones se hacen pesadas en una primera lectura y a las que se vuelve con avidez en la segunda y en la tercera. 

    Pocas novelas han descrito con tanta belleza lo tortuosos que pueden ser los caminos de la vocación. ¿Acaso una senda equivocada puede llevarnos al destino correcto? Puede ser un velo en que alguien haya escrito “Huye, joven, huye”; puede ser un desconocido que te da unas señas falsas o un amigo que te da un consejo erróneo para que, a fuerza de errar, te encuentres a ti mismo. ¿Quién no ha sentido que un dedo oculto dirige su suerte? 

    La mejor novela es aquella en la que el lector se lee a sí mismo. Me reconozco en la peripecia de Wilhelm con la compañía de actores igual que Wilhelm se reconocía en la aventura de Saúl, que salió en busca de los rebaños y terminó siendo rey. Por eso uno se siente interpelado cuando, al final del Wilhelm Meister, lee el mensaje que cuelga de la estatua funeraria de la Sala del Pasado: Recuerda que has de vivir.

    Jorge Freire (Madrid, 1985) es filósofo y escritor. Su último libro es La banalidad del bien. También es autor de Hazte quien eres. Un código de costumbres y de Agitación. Sobre el mal de la impaciencia (Premio Málaga de Ensayo). 


    Esperanza Ruiz

    El dilema de Neo – David Cerdá

    Tras los exitosos Ética para valientes y Filosofía andante, David Cerdá vuelve con uno de los temas más acuciantes en nuestros días. La posverdad ha descolocado a muchos y dejado inoperantes a otros, siendo necesario despertar a la realidad de las cosas a las nuevas y viejas generaciones. Cerdá lo consigue, con su espoleante y esmerado estilo, acercando la filosofía y haciéndola asequible a todos los públicos. Siguiendo con los trascendentales (en Ética para valientes hablaba sobre el bien, y ahora lo hace sobre la verdad) y siendo consciente de que habitamos en Matrix (el título hace referencia a la película de ciencia ficción en la que su protagonista debe elegir entre una píldora que le dé a conocer la realidad del mundo y otra que le mantenga viviendo en una artificial sin hacerse preguntas) nos insta a conseguir que nuestros juicios sean lo más verdaderos posibles.

    El Dilema de Neo es el sugerente resultado de doce años de investigación, vastísimas lecturas y la obsesión de su autor por que nuestra vida orbite alrededor de las buenas conversaciones, los grandes libros y aquello que nos puede ayudar a encontrar la verdad, tan íntimamente relacionada con la libertad.

    Esperanza Ruiz es farmacéutica de profesión y articulista en medios como El Debate, La Iberia, Revista Centinela y El Español. Tiene una sección literaria en Leer por Leer y es autora del libro Whiskas, Satisfyer y Lexatin en Ediciones Monóculo.


    José María Contreras Espuny

    Vida y aventuras de Alexis Zorba (1946)- Nikos Kazantzakis

    Vida y aventuras de Alexis Zorba, o más a menudo, por influencia de la adaptación cinematográfica, sencillamente Zorba, el griego, es una novela inolvidable por obra y gracia de su personaje principal, al que ya no podemos imaginar con otro rostro que el de Anthony Quinn.

    En la obra de Kazantzakis, Zorba es visto a través de los ojos del narrador, un joven erudito, enfermo de ideas, pálido de abstracciones, que pronto siente fascinación por un Zorba que, de tan transparente, parece aclarar el mundo cuando se lo mira a través de él: «No sabía si enojarme, reírme o admirar a este hombre primitivo que, rompiendo la corteza de la vida ―lógica, moral, honradez―, absorbe la sustancia».

     Zorba, con su devoción por «la especie hembra» y su mirada adánica, con su alma corpórea, su instinto telúrico y su poquito de nihilismo también, es el animal hombre, terrenal hasta las trancas. Por eso se levanta cada mañana, mira alrededor y, con Dios, aprueba todo lo existente. «¡Qué máquina curiosa, el hombre ―exclama Zorba―! Le echas pan, vino, pescados, rábanos, y te produce suspiros, risas y sueños». Y de eso va la novela, del gozo y el misterio de estar vivos.

    Un buen acompañamiento al libro de Kazantzakis, un postre si lo prefieren, sería La filosofía del vino de Béla Hamvas, un panfleto contra los puritanos, pietistas y ateos de todo pelaje.

    José María Contreras Espuny es doctor en Estudios Literarios y profesor en la Universidad CEU Fernando III. Hasta la fecha ha publicado Crónicas coreanas (Renacimiento, 2016), Confesiones de un padre sin vocación (Homo Legens, 2018) y Niños apocalípticos (Monóculo, 2022). Colabora frecuentemente en El Debate y otros medios.


    Diego Martínez

    Pedro Páramo- Juan Rulfo

    Calor. Un calor seco, sofocante, irreal. Esa fue la sensación que me acompañó durante la lectura de Pedro Páramo (1955), obra magna del mexicano Juan Rulfo. Imaginé Comala en color sepia, como anegada por una densa película de polvo, flotando en una atmósfera saturada de ecos y sombras fantasmales. Allí el tiempo no existe, la tierra es una maldición estéril y los personajes, aún estando muertos, habitan en la angustia como solo pueden hacerlo los vivos.

    Mucho se ha escrito sobre esta obra, una de las cumbres de la literatura en español, y poco pretendo añadir yo en estas líneas. Gabriel García Márquez dijo que el año en que la leyó no pudo leer a ningún otro autor, pues todos le parecían menores. Juzguen ustedes:

    «El calor me hizo despertar al filo de la medianoche. Y el sudor. El cuerpo de aquella mujer hecho de tierra, envuelto en costras de tierra, se desbarataba como si estuviera derritiéndose en un charco de lodo. Yo me sentía nadar entre el sudor que chorreaba de ella y me faltó el aire que se necesita para respirar. Entonces me levanté. La mujer dormía. De su boca borbotaba un ruido de burbujas muy parecido al del estertor.

    Salí a la calle para buscar el aire; pero el calor que me perseguía no se despegaba de mí. Y es que no había aire; sólo la noche entorpecida y quieta, acalorada por la canícula de agosto».

    Diego Martínez es editor de LA CONTROVERSIA


    Javier Tiestos

    El cuarto de baño- Jean-Philippe Toussaint

    Suelo comprar y leer libros con el -sano- prejuicio de evitar casi todo lo que pasa del año. Dicha práctica me ha dado alegrías y me ha ahorrado muchas horas de lecturas dictadas
    por la moda o el renombre del autor. Sin embargo, acabada mi lectura antes de tiempo
    durante las vacaciones en un pueblo perdido de Francia, la emergencia me obligó a acercarme a la librería del lugar y, movido por una extraña audacia, decidí embarcarme en la lectura de El cuarto de baño (1985), primera novela del consagrado escritor belga Jean-Philippe Toussaint

    Confieso que, aunque afronté las primeras páginas con algo de escepticismo, pronto cambié de idea, cautivado con el tono socarrón y un poco autista del protagonista y narrador. A medida que transcurren las páginas, se nos desgrana la vida cotidiana y privada del anónimo protagonista, con una deliciosa atención a los detalles, a su percepción y al tono de la narración. De esta novela se ha dicho a menudo que tiene más forma que fondo y, aunque puede ser parcialmente cierto, también existe un hilo narrativo que hace crecer la tensión con
    el pasar de las páginas. Que no engañe tampoco el sabor un poco frívolo del inicio; el autor nos regala finas reflexiones a medida que avanza la obra, mientras el protagonista preconiza los beneficios de su querido inmovilismo.

    Por si no he convencido a alguien todavía a animarse a leer esta novela, apropiada para la ligereza que requiere el mes de agosto, espero que las palabras del autor tengan más éxito que yo: «Respondí que la necesidad de entretenimiento me parecía sospechosa. Cuando, casi sonriendo, añadí que nada me asustaba más que el entretenimiento, vio que no podía discutir conmigo y, maquinalmente, me ofreció un milhojas»

    Javier Tiestos es español por casualidad, francófilo por nostalgia e italianófilo por vocación. Dedica su vida al estudio del violín barroco. Ocasionalmente junta letras, con más o menos acierto, para LA CONTROVERSIA.


    Carlos Hortelano

    Subcampeón – Zuhaitz Gurrutxaga

    Zuhaitz Gurrutxaga puede arrogarse el mérito de haber sido el único futbolista que no quiso proclamarse campeón. Perteneció a la plantilla de la Real Sociedad que en 2003 estuvo a un ay de hacerse con la Liga, una temporada en la que los futboleros guipuzcoanos flotaron en una nube mientras que en la cabeza de Gurrutxaga sólo había una densa y limitante neblina.

    Todo había comenzado en el verano de 2002, cuando Gurrutxaga salió con unos amigos para desconectar y aprovechar los últimos días antes del inicio de la pretemporada. Una crisis ansiosa espoleada por la marihuana terminó con un diagnóstico de TOC (trastorno obsesivo-compulsivo) y marcó el comienzo de unos años en los que poco de la vida del futbolista quedó en pie.

    No es fácil escribir un libro sobre la enfermedad propia sin caer en la tentación del victimismo y la autocomplacencia. Por eso Subcampeón (Libros del KO, 2023), de Zuhaitz Gurrutxaga y Ander Izagirre, es una obra meritoria, sincera y divertida (muy divertida) que llega en un momento donde tras el eslogan de la salud mental prolifera tanto discurso pernicioso.Este libro es un tratamiento de choque contra el idealismo político. O, si se prefiere, un ejercicio despiadado de realismo político que no sienta nada mal en estos tiempos en los que tendemos a concebir el Estado como un hotel en el que tenemos derecho a ser servidos a nuestro antojo por el mero hecho de haber llegado. 

    Carlos Hortelano es ingeniero, mantiene un blog y escribe en medios como Letras Libres

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  • Juan Abreu: «madurar es la antesala de la podredumbre»

    Para Juan Abreu Felippe (La Habana, 1952) vivir libremente dignifica la especie. Eso —dice— lo aprendió de Reinaldo Arenas, mientras ambos trataban de sobrevivir, física y moralmente, en el marasmo de la Cuba castrista. Si lo logró fue probablemente gracias a los libros, que le anticiparon el placer del exilio, y a su familia, que supo construir un universo luminoso que florecía puertas adentro de su desvencijada casa habanera. Escapó de la isla durante el Éxodo del Mariel, en 1980, dejándolo todo atrás excepto la voluntad de merecer con su obra el orgullo de su madre. Hoy afincando en Barcelona, Juan Abreu no concibe el mundo sin las palabras: vive a través de ellas. De ahí el estilo oral, libérrimo, exhibicionista de su prosa, que es también el estilo de su rutina.

    Abreu también es pintor. Desde 2006 escribe un diario, Emanaciones, que le sirve como arma contra la dispersión: «Lo que somos (lo que emana de nosotros, de ahí el nombre), se desbanda a toda prisa. Todo se pierde apenas lo experimentamos: el blog permite salvar fragmentos del naufragio». Ha publicado más de una decena de libros, muchos de ellos autoeditados. El último, Dos historias de amor, ha salido publicado en abril de este año.

    Juan Abreu, escritor, en su mesa de trabajo | Juan Abreu

    PREGUNTA: Juan Abreu: ¿antes pintor o escritor?

    RESPUESTA: Escritor. Mi cerebro siempre está escribiendo. Su hábitat es el acto de escribir. Hay momentos en que deseo que pare, descansar. Pero no me hace caso. Me gustan las palabras. Escribir es para mí un gran placer. Todo placer es efímero, pero el que procura el acto de escribir es tal vez un poco menos efímero.  

    También disfruto pintando, y espero dedicar algún tiempo más a la pintura. Pero. Nunca, al terminar un cuadro, he sentido lo que siento después de escribir un párrafo luminoso: una especie de extrañeza. Hay algo inhumano en la belleza.  

    Sin embargo, sé que no hay nada fuera de mi cerebro. Es una situación parecida a la del libre albedrío, sabemos que no existe, pero hay que vivir como si existiera.

    Sus memorias de infancia y juventud están plagadas de penurias, carestías y, tras la Revolución, también de vejaciones. Sin embargo, hay una mirada tierna, a veces nostálgica, por el universo de la infancia ¿Pudo encontrar la felicidad a pesar de las cuatro capas de escombros?

    Hay muchas formas de pobreza. Antes de que “nos liberaran” la pobreza era humana. Con la Revolución dejó de serlo. Se convirtió en una pobreza gubernamental. Comer ya no tenía que ver con el trabajo y el esfuerzo, pasó a ser un asunto ideológico. Casi abstracto. No sólo comer, toda actividad humana se convirtió en una secreción del ente infalible y omnipresente llamado Revolución. Antes de que “nos liberaran”, mi padre, trabajando ocho  horas, podía alimentar y vestir a su familia, después de 1959, ya no. Su trabajo apenas estaba ya relacionado con el acto de comer, pertenecía a un rango de cosas superior, divino: la Revolución. Y así todo. La vida humana perdió su rango individual y pasó a ser parte de un ser colectivo, que te podía usar como quisiera y no tenía que rendir cuentas a nadie. 

    Ahora bien, como nací en 1952, y los libertadores demoraron varios años en destruir los fundamentos productivos y morales del país, soy un privilegiado.  Viví casi diez años en el régimen anterior, es decir, en el capitalismo. Tengo muy buenos recuerdos de mi infancia. Una infancia feliz, a pesar de la pobreza. En realidad, las capas de escombros del poema de Brodsky sólo aparecieron con la dictadura de los Castro. A propósito, ya que menciona mis memorias, el próximo otoño saldrá una nueva edición para la que he escrito cuatro nuevos capítulos y añadido algunas fotografías inéditas. Será la edición definitiva.


    Juan Abreu, en su estudio de pintura, con el gato amarillo | Juan Abreu

    Publicó un libro infantil, El Gigante Tragaceibas, admira la obra de Miyazaki y tiene debilidad por Peter Pan. ¿Es usted un hombre con alma de niño? ¿Hay lugar para la felicidad fuera de la infancia?

    No hay nada fuera de nuestro cerebro, esa sopa química electrificada. Lo que llamamos alma es una invención cultural, literaria, como tantas otras que nos ayudan a lidiar con la realidad y la mortalidad. Es útil, posiblemente, como otras ficciones, pero nada más. Somos el único animal que sabe que morirá, y eso ha provocado que fabriquemos una serie de ficciones que hacen más llevadero nuestro camino hacia la extinción. 

    Ahora bien, como Peter, aunque con mucha menos suerte, me he resistido a crecer. ¡Hay que madurar! ¡Madura! Se escucha por aquí y por allá. A mí madurar no me interesa. No quiero madurar. Madurar es la antesala de la podredumbre. Ya soy un hombre viejo, pero sigo acercándome a la realidad de una manera infantil. Y en lo que respecta a la creación, pienso como Paglia, que el arte es infancia prolongada. Respecto a Miyazaki, lo admiro porque viendo su obra tengo la sensación de que él tampoco ha madurado. Que es un hombre que se ha negado a crecer. 

    Todo placer es efímero, pero el que procura el acto de escribir es tal vez un poco menos efímero.

    En su caso, ese universo estaba sometido a la autoridad de sus padres, y en particular a la de su madre, que le mantuvieron durante mucho tiempo a salvo, “ajeno a la marea uniformadora que se abate sobre todo”. Sin ese universo familiar, sin esa “cápsula impenetrable”, ¿habría sido su destino muy diferente?

    Por supuesto, muy diferente. Mis padres y mis hermanos eran, como he dicho, una cápsula, un espacio donde siempre podías refugiarte de la miseria exterior. A medida que la vida en la isla se fue ideologizando, envileciendo, ese círculo fue cada vez más importante.   

    Llegué a usted a través de Eros y Política: el erotismo permea toda su obra y siempre ha considerado el sexo como una actividad fisiológica. ¿No cree que un cierto grado de solemnidad, incluso de censura, hacen del sexo una actividad más excitante? Por aquello del placer de lo prohibido…

    No, la solemnidad y la censura matan el goce sexual, porque le añaden un átomo de oscuridad, una carga de culpabilidad. Hay que follar como se come o se bebe. Es una pena que sobre algo tan natural, las religiones y los moralistas de todo tipo hayan arrojado tanta porquería. Relacionar el sexo con el pecado es insano, atroz. El sexo nada tiene que ver con la moral. Tiene que ver con la libertad. Con la alegría de vivir. 

    El escritor, de nuevo con el gato amarillo | Juan Abreu

    De su obra se desprende una enorme sensibilidad por el mundo animal (me emocionó la historia de su gato amarillo, en su diario). Dice que cada vez se siente más cerca de ellos.

    Me llevo mejor con mi perro que con la mayoría de los seres humanos. Los seres humanos son campos minados. Intelectuales, y gente así, sostienen que somos mejores que los perros. Yo no lo veo así. Todos los grandes filósofos, los grandes sabios, nos han aconsejado vivir el momento. Eso, dicen, vendría a ser la sabiduría. Por lo que sé, vivir el momento es algo muy difícil de conseguir, prácticamente imposible, para un ser humano. Sin embargo, para mi perro es lo más natural. Sólo vive el momento. Encarna, podría decirse, la máxima aspiración humana. Y ni siquiera se lo propone, él es así. ¿No le parece formidable?

    A mí madurar no me interesa. Madurar es la antesala de la podredumbre

    Ha dicho alguna vez que escribe por venganza. Hoy, ¿piensa todavía en la isla y sus secuestradores? ¿Alberga alguna esperanza para el futuro?

    Lo he dicho, que escribo por venganza. Pero. Antes, esa venganza se refería, mayormente, a la política, a ciertas furias relacionadas con los años vividos en la isla donde nací. Ya no, eso se ha diluido. Es un tema menor. Tribal. En verdad no me interesa para nada la isla, ni su futuro. Aunque tal vez esto se deba  a que conozco su futuro: lo escribí. Si cualquiera desea saber qué depara el futuro a la isla, sólo tiene que leer mi novela El gen de Dios. 

    Dice también que no fueron pocos los artistas que, con su complicidad, ayudaron a apuntalar el régimen castrista: los esbirros culturales. ¿Hay algo de esto hoy en España? 

    Todas las épocas son ricas en esbirros culturales, unas más y otras menos. En la España actual los esbirros culturales de la izquierda son legión. Ya lo dijo el gran Paul Johnson, que hay que desconfiar de los intelectuales. “Una de las lecciones que nos ha enseñado el trágico siglo XX, el cual ha presenciado la muerte de millones de inocentes sacrificados por los intentos de mejorar la vida de toda la humanidad, es la siguiente: tened cuidado con los intelectuales”. 

    El llamado mundo de la cultura es lamentable, aquí y en todas partes. Hubo una época en que la cultura era el teatro natural de la grandeza. De eso ya no queda nada. 

    El autor y el impenetrable círculo familiar | Juan Abreu

    Confiesa en sus memorias: “Ahora, mientras escribo, tengo sesenta años y como el perro de mi madre tampoco he encontrado el camino de regreso a casa”. ¿Tiene esto algo que ver con su rechazo por la tierra natal?

    Bueno, ha pasado el tiempo. Ahora tengo setenta y dos años. Y como Campeón, el perro de mi madre, sigo sin encontrar el regreso a casa. Pero. Tengamos presente que, cuando hablo de mi regreso a casa, eso no tiene que ver nada con la geografía, con la “tierra natal”. No tengo ningún interés en regresar a Cuba, y nunca lo haré. La casa a la que me refiero es una casa de tiempo, la casa en la que el perro de mi madre aún vive y mi madre es feliz amándolo. Y a esa casa no se puede regresar porque ya no existe. Cuando hablo de que no he encontrado el camino de regreso a casa, sé que no puedo encontrarlo, no es un camino real. Es sólo un camino de palabras.  

    Detesto todo el sentimentalismo relacionado con la “tierra natal”. No entiendo el lloriqueo perenne de la gente con lo de la tierra natal. Es ridículo. Lo mejor que me ha pasado en la vida es abandonar la tierra natal. Mientras más lejos se esté de ella, mejor. La tierra natal es para mí una especie de peste bubónica. Y no se añora la peste bubónica. 

    Hubo una época en que la cultura era el teatro natural de la grandeza. De eso ya no queda nada. 

    De niño, entendió la muerte como la ausencia de la madre, de su madre ¿Piensa mucho en la muerte ahora?

    La muerte es aquello en lo que se convierte el mundo cuando sabes que no volverás a ver a tu madre nunca más. Un sitio espantoso, ciertamente. Pienso en la muerte, sí, de vez en cuando. Qué remedio. 

    ¿Se llevaría a la cama, pongamos por caso, a Yolanda Díaz si a cambio tuviera una posibilidad de redimirla?

    No es posible. Mi pito se negaría. Está muy mal acostumbrado. Por otro lado, cuando se decide a meterse en alguien, nunca lo hace por motivos altruistas, sólo por placer.  

    La muerte es aquello en lo que se convierte el mundo cuando sabes que no volverás a ver a tu madre nunca más

    He reservado la pregunta difícil para el final. Sólo puede elegir uno, para el resto de su vida: ¿culo o tetas?

    Tetas. Las tetas deben ser proclamadas, lo antes posible, Patrimonio Mundial de la Humanidad.

    DIEGO MARTÍNEZ   

  • Rumbo a Ítaca: La Controversia zarpa de nuevo

    Querido lector, querida lectora:

    Hace ya más de dos años desde que LA CONTROVERSIA interrumpió su actividad, tras una temporada navegando a contracorriente entre cíclopes y lestrigones.

    Esta modesta revista digital comenzó sus singladura con el ánimo de convertirse en «un magacín que navega a contracorriente comprometido con los valores del mejor periodismo: la libertad, la independencia, la elegancia y el amor por la verdad y las palabras». Hoy, tiempo después, zarpamos de nuevo, fieles al espíritu que inspiró su fundación, ignorando qué mares nos aguardan por la proa.

    Irreverente, libertina, reaccionaria, contradictoria, mágica, profunda, excéntrica, literaria, mística, tradicional, punk. Esta publicación pretendió dar cobijo a las voces más originales y auténticas (casi siempre discretas y minoritarias) de nuestro entorno, esquivando el tedio de la actualidad y la cobardía de los lugares comunes.

    Con esta edición conmemorativa queremos, primero, honrar el trabajo de quienes, en algún momento, colaboraron en esta empresa, siempre generosa y desinteresadamente. Por razones de espacio, hemos seleccionado sólo unos pocos artículos (o bien los más leídos o bien los de aquellos autores que participaron con más asiduidad).

    Como ya se ha dicho, queremos también anunciar el relanzamiento de LA CONTROVERSIA en su versión web, invitándole de nuevo a subir a bordo y formar parte de este proyecto, siempre con Ítaca en el horizonte.

    Sin más, y con la esperanza de poder contar con usted a partir de ahora, agradecemos su tiempo y esperamos que esta edición resulte de su agrado.


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  • PHILOSOPHIA APHORISTICA (I)

    1. El hombre es un ser que se viste. Los cuerpos desnudos son una prerrogativa de los dioses.

    2. El artesano piensa con las manos.

    3. El animal es lo otro del humano.

    4. Dioses zoomorfos y hombres teodivinos.

    5. Dios es la metáfora de lo inconcebible.

    6. Para ser como el hombre, Dios tuvo que morir. La envidia de los dioses se debe al hecho de que ignoran nuestra conciencia de la muerte.

    7. El “sentimiento de dependencia” del universo (Schleiermacher) enmascara la experiencia de su indiferencia.

    8. La ciudad democrática hizo posible a la filosofía para que los filósofos decretasen ipso facto su imposibilidad.

    9. El ángel caído es, con toda seguridad, el hombre.

    10. La faz del animal permanece cerrada al rostro del hombre.

    11. ¿Es el mundo el resultado del aburrimiento de un deus otiosus?

    12. La mano que piensa, la mano del escritor.

    13. Toda inteligencia es artificial.

    14. El hombre interior nace cuando el ciudadano griego pierde la libertad política.

    15. Europa apostató de la fe cristiana para poder creer que no le debía nada.

    16. Las dos naturalezas de la muerte según Thomas Mann: la espiritual y la física. Por la primera acaso el hombre adquiera su “figura definitiva”, por la segunda somos rebajados a nuestra condición “indignamente corporal”.

    17. El ateo, en su fuero interno, sospecha que Dios se burla cuando el cielo estrellado responde callado a sus preguntas.

    18. La tierra: arca de la creación suspendida en el silencio de la nada.

    19. El Homo deus es una consecuencia antropoteológica del Deus homo. No es un heresiarca, sino un padre el que escribe: “Dios se convirtió en hombre para que el hombre pudiera convertirse en Dios” (san Ireneo).

    20. ¿Pasó el hombre con la caída de ser inmortal a ser mortal? No lo parece en la medida en que un Adán sin pecado también hubiera tenido que esperar el fin de su vida temporal. “El hombre paradisíaco, pues, escribe Rahner, aun en el supuesto de que no hubiera pecado e incurrido en la enemistad de Dios, hubiera terminado su vida terrena” (Sentido teológico de la muerte, pág. 39).

    21. De la muerte no puede consolarnos ni siquiera el que esta sea un paso, pues el miedo a lo desconocido está en el paso mismo. Si todos los hombres caemos bajo esa ley, ¿cómo entender esa especie de “muerte sin muerte” de los testigos de la segunda venida de Cristo?

    22. La Cristiandad medieval no ha conocido ninguna religión, invento del neoplatonismo renacentista, sino la fe cristiana o ley evangélica.

    23. ¿Precede la ley natural a la ley política o es la ley natural la que se ha entendido siempre por analogía con la ley política? El macrocosmos se modeló al principio de acuerdo con el microcosmos; y el microcosmos primitivo lo formaba la tribu (Cornford, De la religión a la filosofía, pág. 70).

    24. Cur homo deus? Al Adam Kadmon no le bastaba la imagen y semejanza con su creador. La serpiente antigua sabía que el hombre ignoraba que estaba en su naturaleza querer rebasar sus propios límites: Eritis sicut dii.

    25. Ser o conocer, he ahí la cosa para el sabio. Pero en Occidente conocer no es ser lo que se conoce (principio de objetividad).

    26. La nada es el huevo de serpiente que anida en la historia del ser.

    27. Al hacer posible la filosofía del como si, Kant condujo a la cultura occidental por el camino seguro del artificialismo nihilista.

    28. El modo de pensamiento axiológico debe necesariamente confundir valor y precio.

    29. El primer nihilista completo de Europa no fue Nietzsche, sino Gorgias de Leontini, el sofista para quien la creencia fundamental de la metafísica antigua, la idea de la equivalencia entre el ser, el pensamiento y la palabra, dejó de ser un presupuesto incuestionable.

    30. El hombre no sería un Dios para el hombre si no fuera al mismo tiempo un mono para Dios.

    31. La “muerte de Dios” no supone la salida de la religión: religiones políticas, religión del historicismo, religión de la Razón, religión de la Humanidad…

    32. Desdivinizada la naturaleza por el cristianismo, el hombre moderno solo tuvo que cometer deicidio para poder deificarse.

    33. Ser o no ser. O el ser excluye a la nada o la nada engendra al ser por generación espontánea.

    LUIS DURÁN GUERRA

  • Olimpia y la unidad periférica de Élide

    Desde las Panateneas o los Juegos Nemeos de la Grecia micénica que pereciera en el colapso de la Edad de Bronce, internándose en la Edad Oscura que engendró por cohabitación (sinecismo, συνοικισμóς) las póleis, antecedente al período arcaico caracterizado por la fluctuación de la organización económica centralizada y la introducción del trabajo extensivo del hierro, a los Juegos Olímpicos (Ὀλυμπιακοὶ Ἀɣώνες) al pie del monte Cronio que convocaban a atletas de la Grecia continental y las colonias diseminadas por la costa mediterránea, la Olimpiada suscitó un sentimiento de pertenencia a una estructura sociopolítica superior a la propia polis (πόλις). 

    Olimpia irradiaba una fuerza aglutinante de creciente efecto panhelénico que paralizaba la vida pública, favoreciendo el acercamiento de los estados griegos, fomentando la φιλíα, la amistad entre ciudadanos de pueblos muy diversos, propiciando la cristalización de una idea decisiva: la necesidad de hábitos de desarrollo armónico de alma y cuerpo. La tregua sagrada (Ἐκεχερία) se repetía normalmente cada cuatro años, y el espíritu de competencia y participación desplegado en los sucesivos agones (atléticos, luctatorios, hípicos, …) contribuyó a democratizar una sociedad tradicionalmente aristocrática.

    Olimpia favorecía la necesidad de hábitos de desarrollo armónico de alma y cuerpo.

    El éxito en las Olimpiadas actuales es reflejo, en buena medida, de la prominencia económica y política de un país, pues trasluce el criterio que guía la gestión de inversiones en un área concreta, el deporte, a través de cuya sombra se insinúan otras que articulan genéricamente la cultura.

    China y USA dominan la escena, en un pulso que va decantándose cada vez más acusadamente del lado de la primera. Pero cabe una reflexión secundaria: observemos la posición de Francia o Gran Bretaña, países sin la milésima parte de población que China o USA, con una ínfima fracción de recursos en relación a ellas, pero con una destacada relevancia en el censo de medallas. A no mucha distancia, Alemania, claro está. Y aún Italia.

    Los meritorios logros de los deportistas españoles, que lo son más por las condiciones precarias en que medran, se hunden en una posición discreta, fatídica delación de la insuficiencia de recursos destinados a su preparación y la negligente atención que les prodiga un país postrado por irresueltas discordias históricas, atrapado en internas escisiones, lacerado por una herida íntima, cuya planificación económica incide más en las desgarradoras diferencias que lo lastran que en todo lo que debiera unirle: lo más opuesto al espíritu que animara a la antigua ceremonia pagana suspendida tras el Edicto de Tesalónica.  

    Un país aquejado de un crónico trastorno disociativo que no permitirá jamás prosperar a una identidad no minada por tensiones intestinas abocadas a la fractura. No se escatiman recursos que enfatizan un genético cainismo: ingentes sumas (muchas de ellas, gravosos subsidios externos que habremos de afrontar todos) derrochadas en pugnas federalistas que anuncian conflictos internos de identidad generando agravios comparativos difuminados por el oscuro velo de la asimetría, invocada por algunos viscosos terapeutas como clave paliativa para encubrir perjuicios severos.

    La asimetría es una solución discriminatoria amparada en lesivas ideologías (toda ideología es nociva por su intrínseca vocación invasiva y la subrepticia carga dogmática que entraña a menudo) que atentan contra la moderna matriz de la soberanía nacional, perfecta para el hijo pródigo, el gran beneficiario, egoísta, insolidario, histérica criatura que grita y grita sin cesar, patalea, golpea la mesa, amenazando, desafiando, extorsionando, hasta conseguir su desmesurada porción de pastel, mientras el hijo bastardo se resigna … Y aquí, al sur de casi todo, en el subsuelo, envueltos, eso sí, en sed y luz, habitamos los hijos bastardos, aguardando el improbable milagro de la lucidez, el sensus communis -dirían los medievales- que aplaste a los necios conjurados …

    España… un país aquejado de un crónico trastorno disociativo que no permitirá jamás prosperar a una identidad no minada por tensiones intestinas abocadas a la fractura

    Un país más preocupado en que las generaciones emergentes dominen el inglés, la gran conquista cultural en escuelas y cementerios (la imposición en la escena internacional de una lengua unificadora sin reciprocidad por parte de quienes nacieron a su materno amparo en relación a otras culturas e idiomas, una misma disposición o apertura a la impregnación de elementos externos y recepción – influjo de costumbres foráneas, revela una inequívoca actitud colonialista, tramposamente globalista, pues hace valer una preeminencia de dudosa fundamentación, más allá de la hegemonía mercantil y un sentido de oportunismo histórico sustentado en la completa ausencia de complejos respecto al pasado, una aséptica -peor, enaltecida- conciencia de sí misma y su protagonismo secular), más ocupado en esa rendición que en ir recuperando y reforzando una nítida identidad cultural, el vigor de un castellano cada vez más debilitado, de no ser por el auxilio centro y sudamericano, una densa tradición imbuida de mestizajes, enriquecida por la confluencia y el encuentro….

    De esos lodos, esa errónea dirección de fuerzas e intereses, en parte, esa posición en el «escaparate» olímpico, reflejo de muchas cosas. La esencial: una patológica inercia suicida de la que el 98 previno con amarga indulgencia en sus ruedos ibéricos y sus países invertebrados.

    VICENTE LLAMAS ROIG es profesor de Filosofía Moderna en la Pontificia Universidad Antonianum (Murcia). Autor de «El lógos bifacial. Las sendas de Eros y Thánatos» (Sindéresis, 2015) y otros libros, ha colaborado como articulista en el diario La Opinión de Murcia.

  • Historias tras los libros

    Libro. No estoy seguro de que exista alguna palabra que contenga un significado tan amplio, que abarque tantas cosas, que promueva ideas y recuerdos tan variados y dispares como la palabra libro.

    Siendo un objeto tan elemental -la Real Academia lo define acertadamente con sólo quince palabras-, la mención de la palabra libro suscita infinitas ideas, todas diferentes, formadas por el recuerdo de lo que cada uno hemos leído en ellos, lo que hemos asimilado, aprendido, disfrutado; o el lugar o momento en que determinados libros nos han acompañado; o por cómo éstos han influido de un modo u otro en nuestras vidas y nuestras historias.

    La sugerencia de escribir acerca de un libro que cambió mi vida o que nunca olvidaré me pareció, a priori, un ejercicio interesante, estimulante. Pero no es empresa fácil. He cerrado ya el primer párrafo de este texto y aún no sé cuál elegir de entre todos los que he leído.

    Venía pensando en ello mientras caminaba por los muelles bajo la llovizna, cuando me detuve y me giré. Observé mi barco, del que había descendido hacía unos minutos y había dejado ya atrás, amarrado a los norays oxidados, silencioso. Las gotas de lluvia se deslizaban por mi cara, frías, mientras reflexionaba en que han sido los libros los que me han traído hasta aquí, hasta estos muelles lejos de la tierra en la que nací. Hasta estos muelles y muchos otros muelles en muchos otros lugares, en los que he amarrado los barcos en los que llevo más de dos décadas navegando. Mi vida ha sido como ha sido, y es como es, en buena parte por mis lecturas. Reemprendí mi camino y no tardé en llegar a casa.

    Encendí una de las chimeneas y me di una ducha larga y caliente antes de sentarme y enfrentarme al papel en blanco. O pantalla en blanco, en realidad. Un libro. Un libro…

     La isla del tesoro. Es uno de los pocos libros que he leído más de una vez en mi vida. Fue un libro que me maravilló cuando lo leí y releí de niño. He navegado una y mil veces a bordo de la Hispaniola, me he estremecido con Billy Bones, he amado y he odiado a Long John Silver; y decidí que algún día yo también me haría a la Mar y navegaría en busca de la isla del tesoro.

    Bien podría ser éste el libro, me digo mientras me repantigo en mi sillón, y mi mirada va a posarse en las tres o cuatro decenas de libros que hay sobre la chimenea; algunos traídos de España, otros comprados o encontrados por el camino. Recorro sus lomos y me detengo en un volumen que suele acompañarme casi siempre en mis viajes: La Odisea. También podría ser éste, medito. La historia de Ulises me maravilló también de niño. Leí una y otra vez una edición juvenil ilustrada de La Odisea que me regaló mi querida tía Marta, y que aún conservo. Mucho tiempo después, pasados los veinte años, compré y leí la edición completa del libro y se reafirmó como uno de mis favoritos. La Odisea lo tiene todo. Mar, aventura, amor, traición, venganza, lealtad, engaños, astucia, heroísmo, villanía; vida. Y sigue siendo hoy, veintiocho siglos después de ser escrito, un libro perfectamente actual. Sin embargo, de cada vez que lo leo cambia el modo en que percibo la historia. La primera vez que lo leí quise ser Ulises y navegar viviendo aventuras; era un viaje de ida. La última vez que lo leí me sentí como Ulises, cansado, con sangre en las uñas, luchando por regresar a un hogar en el que descansar tras años navegando por el mundo con mayor o menor fortuna. La Odisea me ha influido hasta tal punto que estoy decidido desde hace muchos años a armar un velero y navegar por el viejo Mediterráneo siguiendo los pasos de Ulises, desde Troya hasta Ítaca.

    También podría ser éste el libro. O Lord Jim, otro libro que me marcó profundamente y que percibo con distintos matices en sucesivas lecturas según pasan los años y la vida.

    Me recuesto nuevamente en el sillón, un sillón incómodo y que desentona con el salón, y acerco los pies a la chimenea mientras miro absorto a las llamas. Quizás, pienso, no sea un libro el que marca una vida, sino una biblioteca. Un conjunto de lecturas que, entretejidas, nos hacen en cierto modo como somos. O influyen. Me mesé la barba, pensativo. Y de repente lo vi claro. Si tuviera que elegir un libro, que en realidad son muchos -veinticuatro- sería sin duda la colección de historietas de Tintín.

    Fueron de los primeros libros que leí en mi vida. En la casa en la que me crie había una colección completa de Tintín, aquella primera edición en español con lomos de tela -excepto Tintín y los Pícaros, ya con lomo amarillo-. Los leí y releí una y otra vez. Y los sigo leyendo. Fui en busca de El Unicornio, la isla misteriosa se hundió bajo mis pies, recuperé el Cetro de Ottokar, observé la Tierra desde el Circo de Hiparco, rescaté al Profesor Tornasol cuando fue secuestrado, navegué en el Aurora, el Ramona, el Sirius y el Karaboudjan.

    La lectura de las aventuras de Tintín en mi infancia me influyó decisivamente. No tardé en decidir que yo quería ser Tintín y ser amigo del Capitán Haddock. Pero, ironías de la vida, he acabado siendo capitán, teniendo en mi barba negra muchas más canas que el viejo Haddock, y descubriendo que no existen tintines.

    Sin embargo todo lo demás es cierto. Existen piratas, contrabandistas, espías y perros fieles; hay barcos que te llevan lejos, hay islas misteriosas e incluso tesoros hundidos; hay enemigos peligrosos y amigos leales. Hay, en definitiva, aventuras por vivir.

    Gonzalo M. Carrasco Lara y Coira es marino y escritor. Este texto fue originalmente publicado en su libro de bitácora, El Navegante

  • Resistir la civilización

    Los hombres no tan valiosos habrán experimentado alguna vez este estrangulamiento mío, este estrechamiento íntimo, tan distinto al de quien apenas ha olido aún las delicias de la perfección humana, pero sí se ha convencido de la podredumbre que lo rodea.

    Somos unos románticos, enajenados en visiones futuribles de una comunidad dichosa, caminante hacia la belleza que puede salvarla, e integradora en su seno maternal de los débiles y los fuertes.

    Somos unos idealistas que esperamos lo que creemos que no ha de llegar, y ese deseo de álgidas bondades es el que nos constriñe una y otra vez a la umbría realidad, cuando nos enfrentamos contra el imponente Saturno que nos resiste, para después, vencidos en la noche de la ciudad posmoderna, devorar nuestra entraña.

    Saturno es aquí la comunidad que nos ha engendrado y soñamos salvable.

    Alguno dirá que la culpa es de nuestro lirismo irracional, porque no se debe esperar lo inalcanzable. Y tendría razón si no nos fuera la vida en esta ausencia —¡presencia!…— terrible.

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    Los hombres no tan valiosos habrán experimentado una y otra vez estas ansias mías de huir, de agarrar el vehículo más veloz y escapar con los suyos del remolino que nos succiona para asfixiarnos en su centro, que es la pura vacuidad. Y de arrojar después el coche en una estepa inhóspita y seguir corriendo mucho tiempo aún, para que ni siquiera el perfecto pulimento de su carrocería les trajere ecos de la urbe progresada.

    Pero si son tan valiosos como yo, que es decir egoístas y mezquinos, a la vez que esta fortísima tendencia habrán comprobado que en ese arrojo misantrópico tampoco hay nada que lo pueda salvar; que el lugar que anhelan, vacío de estos seres despreciables que tenemos por vecinos, solo alivia el dolor de las contemplaciones bochornosas que nos imponen, y que después nos hacen digerir —nadie está libre de su aquelarre en que de una u otra manera nos obligan a participar—.

    Un retiro breve, suficiente para superar el dulce paroxismo del pájaro que escapa de la trampa del cazador, que también nos incapacita para los bienes que necesitamos, permite paladear manjares de que estamos privados quienes hemos permanecido demasiado tiempo en el área de influencia de esta cárcel demoníaca, y quiero darle toda la fuerza de su literalidad a mi definición de la ciudad posmoderna. A mí no me vale el prudente y conciliador conservadurismo del «triste amontonamiento» del santo Pablo VI.

    Salir a la superficie del océano, que en la teología sacramental cristiana es signo del resurgimiento tras la muerte, es siempre saludable y una recomendación mía encarecida para los hombres valiosos y no tan valiosos, pero el yermo está tan vacío como el propio ser humano, y si aguarda demasiado va a encontrar en sí mismo carencias análogas a la podredumbre que lamenta en sociedad, salvando las distancias.

    Dios no ha hecho a la mayoría, en que me incluyo, para conversar en soledad con él, y si nos ha enviado al mundo no nos va a esperar en el recogimiento de nuestra alcoba: nos va a exigir manchas en nuestros pies, y aborrecerá a quienes se presenten limpios ante Él. Ya en esta vida mísera que esos miserables nos han obligado a vivir esconde su rostro de los anacoretas que él no ha llamado.

    Dios no nos va a esperar en el recogimiento de nuestra alcoba: nos va a exigir manchas en nuestros pies, y aborrecerá a quienes se presenten limpios ante Él

    Quien quiera salvar su vida debe sumergirse en las cálidas y sensuales y hórridas aguas de Babilonia, mientras gime con nostalgia de Sion; nos salvaremos con muchos o no nos salvaremos.

    Y todo esto sin considerar el hambre natural que tiene la persona de los otros, aunque sean tan degenerados como nuestros otros.

    Los valiosos de mi nivel se sienten como los personajes de aquel drama sartriano —A puerta cerrada—, viviendo en el umbral que separa la sociedad del aislamiento porque desean a quienes aborrecen —el infierno son los otros y somos nosotros—. Y los valiosos de verdad no podrán pensar siquiera en abandonar su vecindario, su región, su patria y la humanidad si son magnánimos y perfectos en la caridad: ¿quién va a dejar a su amigo anonadándose en el estercolero en que se cree feliz y salvo e inmortal?

    Por unas cosas y otras, egoístas y altruistas, para resistir la acometida de su bajeza no hemos de ser buenos, sino hacerlos buenos. Si queremos sobrevivir, y este es un grito inscrito en el alma de todos que no todos han escuchado, tenemos que conseguir que ellos sobrevivan primero.

    No, no podemos salir —«tambores en lo profundo»—: la huida es nuestra perdición. Debemos obligarlos a vomitar sus calamidades y abrazar su redención, que es el bien que nosotros ya conocemos. Y del modo más prudente y conveniente a la dignidad de personas tan bajas, que es levantando el velo de su error y permitiéndoles la videncia de esta bondad que en verdad demandan.

    Escudar nuestra forma de vida y la inocencia de nuestras familias —de nuestros pobres hijos— es asumir la derrota. Vivir a la defensiva es morir mientras nos defendemos, si el bien que necesitamos es el mismo —numéricamente el mismo— de quienes inconscientemente nos sorben la aptitud para poseerlo: necesitamos la comunidad; necesitamos que la comunidad sea buena.

    Y nadie pone una lámpara bajo la mesa, etcétera. Resistir es guiarlos. Ansiad los puestos de honor de su antro putrefacto, que es el nuestro.

    Chema Medina Rivas

  • La carne, el cuerpo y el éxtasis de Santa Teresa

    Cada vez que le recomiendo a alguien que practique la castidad hasta el matrimonio, suelen ser tres las preguntas que me hacen a colación de ello:

    1. Es que has dejado de tener impulsos sexuales?

    2. Es que no te gusta el sexo?

    3. Es que crees que el sexo es malo?

    La respuesta a las tres preguntas es un radical y estruendoso: no. Pero todo esto se entiende mejor si hablamos desde Santa Teresa.

    Es frecuente que cuando en una conversación con profanos sale la cuestión del éxtasis de Santa Teresa, rápidamente alguien comente la relación entre la mística y el sexo. No en vano, mi primera toma de contacto con esta cuestión teológica fue hace una década de la mano de Philippe Sollers.

    Es complicado explicar la relación entre el cuerpo y la mística, es complicado hablar sobre teología del cuerpo, y que el interlocutor no termine yendo por derroteros mundanos. Y es perfectamente comprensible por qué: la carne es uno de los tres enemigos del alma. De modo que para mucha gente, entre los que yo me incluía hasta hace tres años, algo como un éxtasis necesariamente va ligado a una vivencia de la carne.

    No sé cómo será un éxtasis místico, ojalá lo sepa algún día. Pero sí sé que la experiencia de Santa Teresa me enseñó que luchar contra la carne no significa negarla, sino sublimarla.

    Para mucha gente, entre los que yo me incluía hasta hace tres años, algo como un éxtasis necesariamente va ligado a una vivencia de la carne.

    El sadomasoquismo otorga placeres que no están meramente vinculados a la carne, sino que se recrean en ella haciendo que la sed de corporeidad sea parte de la dinámica. Por eso, cuando alguien ha estado ahí dentro, hacer que la persona practique la castidad a través de la represión de sus apetencias suele salir muy mal por dos razones:

    La primera es que no va a practicar la castidad con el fin de liberarse de ciertas cadenas de la corporeidad a las que la promiscuidad nos ata, sino que lo va a hacer con una base de sufrimiento moralista basado en el odio a uno mismo y no en el amor a Dios.

    La segunda es que, precisamente por haber estado previamente en el mundo del sado, es probable que esta persona dé un giro a la práctica de la castidad y en lugar de practicarla, valga la redundancia, castamente, comience a practicarla dándole un cariz sexual – ya que la castidad es una práctica extendida en el mundo del sado -.

    Estas dos razones las extraigo de mi propia experiencia en el proceso de castidad, pues obviamente me fue extraordinariamente difícil dar ese paso y tardé en tomar esa decisión, y también el proceso es muy complicado porque requiere una transformación de tu propia corporeidad. La carne no es lo mismo que el cuerpo.

    Esta transformación corporal no viene porque uno la desee o la busque, sino que es una sorpresa inesperada y doy por hecho que es una experiencia distinta en cada persona, pero lo que sí tiene, a mi ver, un carácter universalista es que el núcleo de por qué practicar la castidad ha de ser, necesariamente, la convicción y el sentimiento de que eso es lo que uno ha de hacer. Es decir, no basta con pensar que puede ser una buena idea, ni tampoco es un motor adecuado el rechazo moral al sado. Como todo lo que tiene carácter teologal, ha de partir del amor a Dios y después trasladarlo al amor a uno mismo evitando en todo momento el juicio al prójimo que no ha tomado la misma decisión que nosotros.

    Todo lo relativo al ámbito de lo erótico está rodeado de procesos internos de extrema complejidad, interioridad y hemos de tener muy presente que sólo Dios nos comprende en estas dinámicas. Nosotros hasta que no pasa el tiempo y podemos mirar atrás poniendo en orden nuestra cronología de sensaciones e internalidades, no comprendemos nada sobre nuestro propio cuerpo. De modo que, en mi opinión, se ha de invitar a la castidad y ha de explicarse desde un ángulo teológico, no moralista.

    Dios puso a la razón como una espada de la fe y señaló al juzgador moral como el enemigo. Por lo tanto, tal y como recomienda Kempis, imitemos a Cristo y no a los fariseos y expliquemos nuestros porqués sin juzgar al prójimo. Cada persona tiene su proceso.

    Sofía de la Puente

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  • Notas y escolios al amor en Gómez Dávila

    Según Franco Volpi, Nicolás Gómez Dávila, célebre escritor y bibliófilo colombiano, «nació, escribió, murió» Su obra literaria está cimentada sobre cientos de escolios o “gotas puras de lucidez”, como las llamó Volpi, con las que Don Nicolás pretendía «arrojar piedrecillas al alma del lector» La Real Academia Española nos ofrece una definición más prosaica: un escolio es «la nota que se pone en un texto para aclararlo, explicarlo o comentarlo». Un texto que para Gómez Dávila estaba siempre implícito, pues no era sino «la obra ideal, perfecta, tan sólo imaginada, en la que se prolongan y se cumplen las proposiciones de don Nicolás». Otro estudioso de su obra, David Jiménez González, añade que «cada frase suya es un destilado de tiempo y de fracaso: de no poder escribir la gran obra vislumbrada».

    Y sigue: «La teoría del conocimiento, en Nicolás Gómez Dávila, resulta siendo una epistemología del y sobre el amor. Sin embargo, este conocimiento es un despertar: el inabarcable misterio que es la persona amada es tan insondable como la vivencia del tiempo. Imposible vivir más de una vida».

    Continúa Jiménez González: «El amor es la máxima pregunta (No una pregunta pragmática; sino ontológica, una pregunta que busca desconcertar, más que sugerir alguna respuesta): es el puro asombro, es el más alto grado la de existencia. Es querer, sin preguntar más. Amar es vivir: «La interrogación sólo enmudece ante el amor. ‘¿Para qué amar?’ es la única pregunta imposible. El amor no es misterio sino lugar donde el misterio se disuelve. El amor ama la inefabilidad del individuo» [NGD]»

    El amor en Gómez Dávila es, entonces, un acto de fe. Cómo él mismo señala «La pasión más ardiente no engaña, si conoce la inadecuación de su objeto. El amor no es ciego cuando ama locamente, sino cuando olvida que aún el irreemplazable ser amado sólo es una misteriosa primicia. El amor que no se cree justificado no es traición, sino propedeútica»

    Juan Fernando Mejía Mosquera admite que «la noción del amor es de una enorme complejidad en Gómez Dávila. Los registros son heterogéneos: incluyen declaraciones del amor divino, el amor paternal y el amor filial, que podríamos señalar para reconocer la complejidad del concepto. Para Gómez Dávila, «Todo objeto encierra insospechados esplendores. En todos duerme un dios que nuestro amor despierta«»


    El verdadero amor no es amor de atributos sino de seres. El ser amado no se analiza en cualidades y en defectos; todo en él es amable y todo amado. Lo que es defecto para una mirada indiferente es, en quien amamos, una nueva razón para amarlo.

    El amor es el órgano con que percibimos la inconfundible individualidad de los seres

    Las perfecciones de quien amamos no son ficciones del amor. Amar es, al contrario, el privilegio de advertir una perfección invisible a otros ojos

    Amor es el acto que transforma a su objeto de cosa en persona

    La interrogación sólo enmudece ante el amor. “¿Para qué amar?”, es la única pregunta imposible

    El amor no es misterio sino lugar donde el misterio se disuelve

    El amor es esencialmente adhesión del espíritu a otro cuerpo desnudo.

     El amor ama la inefabilidad del individuo.

    Todo ser yace disperso en pedazos por su vida y no hay manera de que nuestro amor lo recoja todo.

    Ni la elocuencia revolucionaria, ni las cartas de amor, pueden leerse por terceros sin hilaridad.

    Las dos alas de la inteligencia son la erudición y el amor

    Todo amor es la fruta triunfante de un germen que el azar siembra, la razón cultiva, la paciencia protege, acalla, labra y la sensualidad cosecha.

  • Una ética del abrazo

    «La plenitud no se conquista jamás del todo, sino que es movimiento fiel o fidelidad dinámica porque somos seres que viven en el tiempo, llamados a dar consenso a la vida con sus cambios». Así habla Alessandro d’Avenia en El arte de la fragilidad. No estoy muy seguro de que esta sea la mejor de las definiciones, pero nos ayudará como punto de partida para tratar la búsqueda de la perfección y la incapacidad de alcanzarla.

    Es cierto que hemos sido llamados a ella, a la perfección, («Sed vosotros perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» Mt 5, 48) y está bien que sea así; sin embargo, poseemos la certeza de que jamás la alcanzaremos, no al menos a lo largo de nuestra vida. Tal vez más importante que ser sabedor de esta inalcanzable perfección es recordarnos que tampoco la hallaremos en el otro. He conocido casos distintos en los que una pareja decidió adoptar a un bebé para ampliar la familia. Pasados unos pocos años, por cuestiones que no nos conciernen, mas en todo caso injustificables, decidieron devolver al hijo adoptivo del mismo modo en que se devuelve una prenda de talla ajustada. Y la devolución, sin necesidad de tíquet, es aceptada. Existen otros casos en los que una clínica o laboratorio especializado en fertilización asistida ofrece a sus clientes la posibilidad de escoger el color del cabello y de los ojos de sus hijos. La personalización ha llegado hasta estos extremos. Más grave si cabe: los caprichos del hombre parecen sobreponerse a los límites de ciertas circunstancias. Sucede también con cuestiones algo más banales sobre nosotros mismos, tales como aspectos físicos o psicológicos; o algo más esenciales, como heridas del pasado o fracasos que arrastramos. La «perfección» hallada nos decepciona y, aquello que en un principio relucía y presumía ornamentación, se torna ahora un antro sórdido e insufrible.

    Sea cual sea el síntoma, el gesto es similar: se trata del rechazo de aquello que debía ser portador de la alegría, el desprecio de la dádiva inmerecida, el eclipse del garante de nuestra felicidad. Nuestros sueños se disipan al enfrentarnos a todo cuanto habita lo real. Entonces llega el temido sufrimiento, desagradable posada en la que debemos hospedarnos sin capacidad alguna de elección. Negarlo o, lo que es peor, contraponerse a él, resulta a cada instante más doloroso. La gran paradoja del sufrimiento radica en que, cuanto más te afanas en huir de él, más cerca se encuentra; cuanto mayor es el temor, más insoportable se vuelve su presencia.

    Sin entrar en ulteriores detalles, es importante dejarse herir por la vida y albergar la esperanza y la voluntad de saber acogerla. Esa posada que tarde o temprano tenemos que habitar puede ser dulcificada. Podemos embellecer aquellos rincones oscuros que se ciernen sobre nosotros (sobre los demás) y permitir que entre en ellos algo más de luz. En nuestra infancia jamás culpamos a nuestros padres de no hacer desaparecer la herida ensangrentada de nuestra rodilla. Al contrario, con cierta inconsciencia agradecíamos el soplo que atenuaba el dolor. Nunca pedimos trucos o fuegos de artificio, tan solo el consuelo y el cariño del que nos ama. Esa es la verdad que nos desvelan los niños.

    La gran paradoja del sufrimiento radica en que, cuanto más te afanas en huir de él, más cerca se encuentra; cuanto mayor es el temor, más insoportable se vuelve su presencia.

    Cuando nos perdemos en esa falsa perfección lo que hacemos realmente es rehuir el amor. Aquello que nos viene dado «perfecto» no requiere de esfuerzo en ser amado. Parece más fácil amar a la mujer bella que a aquella algo menos agraciada. Parece más fácil hallar la felicidad cuando lo material queda bien cubierto por la posibilidad económica. Son excusas que parecen justificar un inconformismo que nos lastima. «Qué buen vasallo sería si tuviese buen señor», que entonaron los burgaleses al paso de Díaz de Vivar. Pero esto es falso o, al menos, está sujeto a una mala interpretación.

    «Somos seres que viven en el tiempo», decíamos al principio con la ayuda de d’Avenia en el libro que simula una correspondencia entre el autor y Giacomo Leopardi, poeta herido por la vida. En el tiempo las circunstancias son cambiantes, pero nosotros no. El hecho de ser personas nos da un vigor que el resto de la creación carece. Lo mencionó Shakespeare y lo puso en boca de santo Tomás Moro, con la ayuda de Horacio: «¿Qué deberíais temer, tierna mujer? Al justo, si se hunde en pedazos el orbe, le herirán las ruinas, pero él, impávido». En eso consiste abrazar la realidad, amar la imperfección, desde la virtud y el afecto, desde el conocimiento y la aceptación de las cosas como son. Nada tiene que ver con esto la indiferencia frente al error, la pasividad ante el vicio.

    La segunda carta a los corintios lo recuerda: «‘Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad’. (…) Porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte». En El hombre eterno, Chesterton dijo algo parecido cuando mencionó que Roma, como con todos los grandes imperios de la historia, se construyó sobre hombres fuertes y por ese motivo desapareció. Todo lo grande y fuerte está sujeto al desmoronamiento. La Iglesia, en cambio, no perecerá jamás, pues jamás se alzó sobre hombres fuertes, sino que sus sólidos cimientos se sostienen en la fragilidad. La edificación de la Iglesia se sustenta sobre la triple negación de San Pedro; esto es, sobre la debilidad, sobre lo que ya está en cierto modo roto. Y lo roto no puede romperse más de lo que ya está. Si a esto le sumamos, a ojos humanos, el gran fracaso de Cristo en la vida obtenemos, paradójicamente, la derrota perfecta.

    Aquello que nos viene dado «perfecto» no requiere de esfuerzo en ser amado.

    En conclusión, la imperfección posibilita y fortalece nuestro amor al darnos las herramientas necesarias para perseverar en la contrariedad. La imperfección nos propone algo hermoso: envolver con ternura lo que debe ser custodiado y amarlo en su deficiencia. Tan solo de este modo podremos caminar felices, aun cojeando, hacia la eterna plenitud.

    Toni Gallemí

  • Rock’n’Roll is going to die

    La frase no es mía; la dijo Steven Van Zandt—el célebre consigliere de Bruce Springsteen y de Tony Soprano, y líder de los Disciples of Soul—en una entrevista hace unas semanas. Cuando un tipo que lleva cinco décadas en la industria del rock’n’roll dice algo así, no puedes menos que plantearte cuánta verdad hay en ello. Y es que los viejos rockeros nunca mueren, pero se están haciendo mayores—lo que, en su profesión, es casi un sinónimo. Bob Dylan y Paul McCartney superan los ochenta; Springsteen, el Boss de indestructible voz ronca, ha tenido que posponer varios conciertos recientemente por una laringitis; AC/DC se ha embarcado en la que, según los rumores, será su última gira; lo que sea que Bon Jovi hace ahora está lejos de ser rock; y Ozzy Osbourne lleva diez años sin meterse drogas. Por no mencionar que, en los últimos años, se nos fueron pioneros como Jerry Lee Lewis y Little Richard.

    Pero el problema no es ese. Los héroes no son eternos, por mucho que duela, y el que lo crea es un necio, un iluso, o ambas. El problema es la falta de héroes. Sin una mitología a la que acudir para explicar el mundo cuando éste se vuelve demasiado confuso, el ser humano se pierde. Está ocurriendo actualmente en Occidente, con la sustitución de la religión por otros tótems más dudosos a los que adorar, y va a ocurrir en el mundo de la música. Cuando la última generación de grandes héroes del rock muera, ¿quién quedará? Sin un fuerte relevo generacional, la música popular corre el riesgo de convertirse en una masa informe cuya identidad acabe por diluirse.

    Precisamente de algo así hablaba Van Zandt en la entrevista. Se mostró especialmente preocupado por la falta de variedad en el panorama musical actual. Cuando encendías la radio en 1970, podías encontrar de todo: desde los Beatles hasta Elvis, pasando por Sam Cooke, Jackie Wilson, los artistas de la Motown o Black Sabbath. En 2024, Spotify, YouTube y similares, con la complicidad de la ya anémica radio, apuestan por una oferta homogeneizada que mata la variedad antes de que nazca. Uno de los más nobles objetivos de la radio musical, es decir, dar a conocer a artistas y estilos emergentes, ha sido vilmente olvidado hoy. No hay más que echar un corto vistazo a las páginas principales de las grandes plataformas: toda innovación muere en cuanto uno se topa con la sección “tendencias”, que se nos muestra sin pudor en primer plano. Ellas mismas fomentan dichas tendencias, el público se las traga sin pensar y las plataformas las siguen recomendando porque es lo que hace números y necesitan vender. Hay que estar muy ciego para no ver el círculo vicioso. Hay grupos emergentes y estilos underground; gente que se lo está currando mucho y bien, pero que no ven recompensados su talento y esfuerzos por culpa de la tendenciosa orientación de la industria.

    Los viejos rockeros nunca mueren, pero se están haciendo mayores—lo que, en su profesión, es casi un sinónimo.

    Es fácil que se me eche en cara que hoy sí que hay ídolos de masas. Por supuesto que los hay, el ser humano los necesita por naturaleza. Pero, ¿quiénes son? Dejando aparte las marranadas latinas, la más evidente es Taylor Swift, que ha alcanzado un estatus de estrella parecido a los que se estilaban en los años ochenta. Sin embargo, no hay que ser muy inteligente para darse cuenta de que es un producto estereotipado y blandito, cuya casi entera discografía orbita en torno al amor y al «qué malo es el cabrón de mi ex». De nuevo, alguien me podrá reprochar que los rockeros más viejos, como Springsteen o AC/DC, también son estereotipos. La diferencia, contesto yo a eso, es que Taylor Swift y compañía no tienen mucho mérito en su propuesta; lo vimos ya en otras divas del pop como Britney o Belinda Carlisle. Springsteen, AC/DC o los Beatles son estereotipos, cierto. Pero en su caso, el estereotipo lo crearon ellos.

    El soul murió. El blues murió. Sus fórmulas pasaron a formar parte de otros estilos, o fueron cultivadas solo por un grupo reducido de incondicionales. Todo tiene fecha de caducidad, pero cuesta imaginar que un estilo tan capital y decano como lo es el rock vaya a morir. Hace falta un salvador. Una especie de Mesías de pelo largo y chupa de cuero que infunda vida nueva en las venas de los más jóvenes—el rock no puede ser sólo asunto de los puretas. Un nuevo ídolo que conecte su amplificador, agarre el micrófono y venga a recordarnos que hay algo más: más vida, más amor, más sexo, más diversión. Y que nos recuerde que el rock es todo eso. Nuestro medio de salvación.

    Javier Tiestos

  • Seis libros para el mes de julio

    Julio. En España, el mes más caluroso de año. Ya escribía José de Zorrilla: Son las tres de la tarde, julio, Castilla / El sol no alumbra, que arde, ciega, no brilla / La luz es una llama que abrasa el cielo / ni una brisa una rama mueve en el suelo.

    En LA CONTROVERSIA, hemos pedido a Antonio Valderrama, Gregorio Luri, Carlos Marín-Blazquez, Ignacio Raggio, Diego Martínez y Ana Lledó seis recomendaciones literarias para el mes de julio. Para el lector afortunado, julio es también sinónimo de vacaciones; en ese caso, estas seis obras serán sus compañeras ideales, perfectas para acompañar una mañana en la playa, un atardecer frente al océano o los minutos previos a una larga siesta a la sombra de los pinos. Para el desdichado lector que deba soportar fastidiosas obligaciones laborales, estos libros ofrecen una vía de escape, una escotilla a mundos lejanos, más leves, quizá mejores.

    Antonio Valderrama

    Fantasmas de lo nuevo – Ray Bradbury

    Para julio, que es el mejor mes del verano, el más ligero, cuando todo comienza y todo es posible, recomiendo un libro de cuentos por ser el formato, creo, que mejor se acomoda a este tiempo de vacaciones, viajes, cambios de rutina y playa. Se trata de Fantasmas de lo nuevo, de Ray Bradbury. Son dieciocho relatos de extensión variable en los que Bradbury utiliza, como en Crónicas marcianas, las visiones distópicas y las transformaciones culturales que la revolución tecnológica del siglo XX puso a disposición de su fabulosa imaginación para ahondar en su exploración de la naturaleza humana, verdadera materia prima de su genial literatura.

    Destaco especialmente la impresión profunda que me causaron cuentos como El invento Kilimanjaro, que es un hermosísimo homenaje a Hemingway, o los perturbadores Las mujeres, , nos reuniremos en el río o La ciudad perdida de Marte. Cuentos, todos, que ponen de relieve el conocimiento de la volubilidad, sordidez y debilidades de los hombres que tenía Bradbury, así como un terrible fondo de pesimismo en torno a las posibilidades que el Progreso contiene para la destrucción del orden social y la integridad del individuo.

    Antonio Valderrama Vidal (Jerez, 1988) es periodista, diseñador y escritor. Ha escrito dos novelas: Hombres armados (Libros.com, 2017) y La hora azul (2022), autopublicada en su propio sello, Editorial Barbarroja.


    Carlos Marín-Blázquez

    Titubeos – Julio Llorente

    El mes de julio muy bien podría ser para Julio. Para Julio Llorente, quiero decir. No todo el mes, por supuesto, pero sí la reserva de tiempo necesaria para disfrutar del libro de aforismos que ha publicado recientemente bajo el título Titubeos.

    Porque Titubeos es un libro que, a mi modo de ver, requiere, para ser saboreado en la plenitud de lo que propone, esa elástica cualidad de la que el tiempo parece revestirse en verano. Así podremos recrearnos en cada una de sus frases con la demora necesaria para saborear su pulpa. La aparente sencillez de sus formulaciones se sostiene sobre un pensamiento muy depurado que se adentra en los vericuetos de la vida sin dejar de lado algunas de sus vertientes más ásperas, pero donde lo luminoso se impone sobre lo sombrío.

    Titubeos es, en definitiva, un testimonio del afán de su autor por dejar constancia de la bondad esencial de lo creado. Hay un aire de pureza atravesando sus páginas, el soplo agradecido y maravillado de un espíritu que no se deja amedrentar por la frecuente hostilidad de las cosas. “Si la existencia es un don –escribe de manera sublime-, nuestra vida debe ser ante todo una fiesta que la celebre».

    Carlos Marín-Blázquez es colaborador de El Debate, La Gaceta, La Iberia y La Controversia. Autor de dos libros de aforismos (Fragmentos y Contramundo) y uno de relatos (El equilibrio de las cosas). Una escala humana es su último libro publicado.


    Gregorio Luri

    La política del disimulo. Cómo descubrir las artimañas del poder con Mazarino – María Blanco

    Este libro es un tratamiento de choque contra el idealismo político. O, si se prefiere, un ejercicio despiadado de realismo político que no sienta nada mal en estos tiempos en los que tendemos a concebir el Estado como un hotel en el que tenemos derecho a ser servidos a nuestro antojo por el mero hecho de haber llegado. 

    La política del disimulo es un ejercicio de vivisección del poder que no recomiendo a los románticos, siempre destinados al exilio. 

    Es, sobre todo, un manual sobre el poder y su representación (en el caso de que fueran cosas distintas) llevado a cabo por el cardenal Mazarino, un discípulo adelantado de Maquiavelo y Gracián.

    Un notable cínico dejó escapar que una vez perdida la dignidad, el resto está chupado. Pero Mazarino nos dice que la dignidad del poder se reduce a su representación; es decir, a su simulación. Si no sabes disimular, nada estará chupado para ti. Todo lo demás es cuento.

    Mazarino reinterpreta el viejo consejo délfico, “Conócete a ti mismo”, como “Conoce tu posición, disimula y prepara la ocasión de tu intervención de manera que todo contribuya a la mayor representación de tu poder. 

    Todo esto está en el Breviario de Mazarino, brillantemente presentado por la audaz María Blanco.

    Gregorio Luri (Azagra, Navarra, 1955) es maestro de profesión, doctor en Filosofía y ensayista. Ha publicado numerosos libros de política, filosofía y pedagogía.

    Ignacio Raggio

    Historia del mar – Alessandro Vanoli

    El mar es una metáfora de casi todo. Solo agua o un dios. Un límite o un camino. Un sepulcro o fuente de vida. Alessandro Vanoli ha escrito un vademécum marino («Historia del mar», Editorial Ático de los Libros) donde el mar se presenta no solo como un accidente geográfico sino como un espejo de costumbres. El mar no es una respuesta, es una pregunta cuya única respuesta debería ser “sí”.

    El libro nos interpela, nos recuerda que caminamos sobre un sistema de fantasmas que fueron interrogados por los mares del mundo. Porque si bien podría tener una primera tentación mediterránea, la obra se vuelve universal cuando viajamos a otras orillas. Su lectura es como saltar de un barco al mar, de fácil entrada pero difícil salida. Hay voluntad pedagógica y estilo que le procurará lectores masivos que quieran adentrarse en los arcanos secretos de lo profundo del mar.

    Ignacio Raggio, epistemólogo y apologista mediterráneo.


    Ana Lledó

    ¡Vivir! – Yu Hua

    Se trata de una novela china, con una estructura muy típica en la narrativa oriental, donde el protagonista pronto se convierte en narrador. Éste nos cuenta la historia de un campesino que conoce en su viaje. La novela aparentemente se centra en la vida de este campesino, proveniente de una familia muy acaudalada cuya riqueza ve destruida a lo largo de cuatro generaciones; digo aparentemente porque, en realidad, Yu Hua nos está contando de fondo toda la transformación que sufre China a lo largo de esas cuatro generaciones culminando en la Revolución Cultural perpetrada por Mao Zedong.

    A pesar de los golpes, nuestro campesino nunca pierde la vitalidad, las ganas de vivir (y sobrevivir), ni las ganas de bromear acerca de cualquier cosa, por lo que el libro en sí mismo es una oda a la vida, a la fortaleza y la voluntad de no dejarse vencer por la desgracia. Es una novela preciosa, con la que se disfruta mucho a la par que te provoca bastantes reflexiones, recuerdo que sonreí muchas veces mientras la leía.

    Ana Lledó (Madrid, 1991) es artista plástica y emprendedora. ​ Actualmente, realiza pinturas y láminas por encargo, ha ilustrado “Cine de Terror contado a los niños” y “Invariantes en la Historia de la Cosmología”. ​


    Diego Martínez

    El caminante – Jirō Taniguchi 

    Los sabios orientales enseñan a cultivar la no-dualidad, cortar la mente discursiva y conectar con la realidad presente. Fijémonos en esa flor. Pensemos ahora en la red infinita de condiciones detrás del fenómeno «flor»: los rayos de sol, las gotas del rocío, el insecto que poliniza. El Caminante, célebre manga del japonés Jirō Taniguchi, ofrece ese acercamiento «total» a la realidad de las pequeñas cosas, una suerte de poesía visual de lo cotidiano, un haiku casi mudo, que prescinde del artificio de las palabras.

    Un baño clandestino bajo la luna, un tórrido paseo en busca de una persiana de carrizos, una noche de lluvia de estrellas o un rendirse al sueño sobre un colchón de flores de cerezo. Para Taniguchi, experimentar el mundo exterior requiere tanto de una disposición interior a la contemplación como de una estética minimalista, sensible al detalle, ideas ambas tan relevantes en la tradición nipona, dibujando así el arquetipo perfecto del caminante. Seamos caminantes este mes de julio.

    Diego Martínez, editor de LA CONTROVERSIA.