El tiempo perdido y hallado en Adviento

Ahora que estamos en Adviento tal vez no sería del todo una mala idea el preguntarnos qué es. Haciendo una búsqueda rápida, y sin entrar en detalles, descubrimos que Adviento significa llegada. Podemos decir que se trata de una llegada con doble sentido, porque bien podemos comprenderla como la llegada de Jesús en tanto que Nacimiento; o bien entenderla desde el yo, nuestra llegada. Adoptando esta doble dimensión como válida, podemos concluir que lo que el Adviento nos interpela es la siguiente cuestión: cómo yo llego a la Llegada. Vemos claramente esa doble dimensión del Adviento, la cual nos sugiere una preparación previa a un suceso inédito. La Navidad nos introduce en el gran misterio de la Encarnación y, por tanto, en el gran misterio de nuestra existencia. ¿Es posible que las respuestas del hombre se encuentren en un suceso tan lejano en el tiempo? Pienso que sí, que este milagroso anacronismo —que data de hace más de dos mil años— está íntimamente ligado a nuestra identidad. Esto nos invita a aceptar el suceso del pasado como un suceso del presente y por el cual, lógicamente, nos vemos atados gracias a la Gracia sacramental. Porque Cristo puede nacer todos los días en nuestra alma, concluimos que el Belén no es sólo un icono del pasado, sino un icono del presente.

Hemos logrado conectar dos tiempos —pasado y presente— y dos personas —criatura y Creador—. Siguiendo con la línea temporal, que es lo que aquí nos trae, podríamos plantearnos si en nuestra vida existe un tiempo de dedicación exclusiva al Adviento. Porque si creemos válida la cuestión anterior —cómo yo llego a la Llegada—, parece claro que no debemos olvidar el cómo debemos disponer nuestro corazón. Del mismo modo que los pastores de Belén, uno debe preguntarse cómo camino yo hacia el Nacimiento y, en este caminar, caer en la cuenta de que Adviento es tiempo de preparación. ¿Pero tenemos tiempo para prepararnos para algo tan grande, tenemos tiempo para renovar nuestro escaso tiempo? ¿No andamos algo atribulados durante estos días, pasando del estrés laboral al bullicio de las compras?

Somos místicos de la impaciencia: nuestro vivir se caracteriza por no disponer de tiempo para hacer nada

De alguna forma, parece que ha quedado demostrado que nuestro vivir se caracteriza por no disponer de tiempo para hacer nada. Sin embargo, hemos multiplicado el número de herramientas que nos han permitido ganar tiempo. Hasta hace poco uno tenía que dedicar mucho tiempo yendo a lavar la ropa, los viajes eran incómodos y duraderos y gestiones sin mayor importancia que la administrativa —como enviar una carta por correo, por ejemplo— nos podía llevar varios días. Ahora gozamos de una lavadora con wifi, tenemos un coche con cero emisiones y en minutos podemos mandar un correo sin necesidad de Correos. La tecnología nos ha ahorrado tiempo. Hemos reducido el periodo de nuestros quehaceres para ganar tiempo para nosotros y, paradójicamente, nos hemos quedado sin tiempo para nadie. Hemos priorizado el último capítulo de la última serie exitosa de Netflix a la representación navideña de nuestros hijos.

Vivimos en un bombardeo permanente de novedades que nos lleva a un estado de dispersión frenética y nos impide centrarnos en algo concreto, incluso en algo verdaderamente importante. Es simple: si vamos demasiado rápido perdemos los puntos de referencia. Hace varios años escuché decir a un sacerdote: «A toda vela vas quieto del todo». Podemos pensar que este frenesí viene dado por tenerlo todo al alcance de un clic. Hacemos un pedido a Deliveroo y nuestros ojos no pierden de vista la pantalla porque tenemos un mapa que nos muestra por dónde llega el repartidor en moto (¡y qué mala pata si nos toca un lentorro en bicicleta!). Si necesitamos, o no, cualquier herramienta o elemento de distracción nos dirigimos instintivamente a Amazon y llega ipso facto. Si estamos perdidos, Google nos encuentra en décimas de segundo. Y si no nos gustamos demasiado, Instagram se encarga de recordarnos cuántos likes recibimos por publicación. Nuestros dispositivos son cada vez más sofisticados. Fijaos en qué nos hemos convertido, somos místicos de la impaciencia, según aquella expresión acuñada por Fabrice Hadjadj. La tecnología nos ofrece ganar tiempo pero resulta que nos hemos convertido en seres más impacientes y nos hemos comido nuestro propio tiempo, qué somos ahora sino seres sin espera. Y el que no espera, desespera. ¿Podemos acelerar, acaso, el Nacimiento del Señor? ¿Podemos obviar nuestro caminar al Belén y aparecer sin más? Si bien la liturgia actúa como una especie de túnel en el tiempo, ha sido el mismo Niño el que ha querido que caminemos hacia Él, que lleguemos a Él cuando Él llegue. Sin saltos y sin las prisas de Amazon Prime.

El Amor es radical en su doble acepción: porque es extremo y porque hunde raíces lentamente.

Sabemos que lo bueno lleva tiempo: el crecer de un árbol lleva años, décadas; cultivar y esperar los frutos es algo que lleva semanas; contemplar cómo una flor nace y sale elegantemente del capullo es cuestión de días; consolidar y demostrar el amor que sentimos por nuestra mujer va mucho más allá del tiempo futuro, porque es algo que se concreta en el presente (presente entendido como realidad inmediata y como regalo). El Amor es radical en su doble acepción: porque es extremo y porque hunde raíces lentamente. Y es en el presente, en el ahora, que es lo más cercano que tenemos a la Eternidad, según anunciaba C. S. Lewis, cuando nosotros somos verdaderamente, somos en la renovación constante de cada instante. Todo esto consiste en un proceso paciente, pero no pasivo. Lo vemos en el Evangelio, en la parábola del sembrador, en la urgencia de que la semilla caiga en tierra buena («dan fruto con perseverancia», dice Lucas; «dan cosecha del 30, 60 o ciento por uno», dice Marcos). Se está hablando aquí de la necesidad de un arraigo. Y para que la semilla de fruto hay que acondicionar el terreno, debemos preparar nuestro corazón y hacerlo fértil. Este es nuestro objetivo en Adviento y es así como debemos llegar a la Llegada.

¿Qué es la Esperanza, sino la espera? ¿Puede el místico de la impaciencia, el que no tiene tiempo para nadie más que para sí mismo, prepararse para Dios? No, no puede. Recordemos que las raíces hunden en la quietud, en la oración. Sólo el arraigo es posible si bajamos del agitado ritmo de la vida moderna y damos un paso atrás. La única tensión que debemos permitirnos es la tensión latente que existe entre el Dios que llega y el Dios que espera y, nosotros, tensionados, en medio, como Iglesia militante.

TONI GALLEMÍ

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