El discreto encanto de la fruslería

Autorretrato de Frantisek Kupka titulado 'The Yellow Scale', hecho en 1907 Frantisek Kupka, 'The Yellow Scale'

Vagar y divagar a un tiempo: tal es la ocupación primordial del flâneur solitario, cuando sale al encuentro del paisaje urbano que es su ambiente predilecto. Podríamos llamarlo Las cavilaciones del paseante atrabiliario. Su mirada se posa en un escaparate, en una paloma sucia, en una pareja que coquetea en un banco. Al observador sin oficio ni beneficio le es lícito aprehenderlo todo desde la mera curiosidad literaria. No necesita de grandes acontecimientos sobre los que construir: le basta con cualquier estímulo externo que azuce, siquiera como excusa, su sentido poético, que aliente su facultad de añadirle glosas líricas sin mayor pretensión a una realidad que ya le viene dada. Nuestro modesto demiurgo no se siente impelido por ninguna lealtad o parentesco a encaminar su arte hacia propósito alguno. Tampoco se obceca en esbozar mundos fantásticos: su pericia le faculta para exprimir estéticamente cualesquiera minucias se le presenten.

Pero en el momento en el que el circunloquio íntimo de nuestro caminante está en su punto álgido, un zarandeo le expulsa abruptamente de la realidad ficcionada en la que estaba inmerso. Una dama, cariacontecida e indignada, le espeta con disgusto que no puede ir por ahí sin mirar al suelo. ¿No le da vergüenza a este paseante perderse en la reelaboración de todo cuanto toca, habiendo muchos infelices anegados irremediablemente en su miserable circunstancia? ¿Será posible que este privilegiado varón, insensible a la ignominia de la que él mismo participa, en lugar de emplear sus dotes artísticas en beneficio de los que no tienen voz, se dedique a derrocharlas en bocetos intrascendentes?

A grandes rasgos, estamos ante esta problemática cuando se nos presenta la tensión entre el arte comprometido y el arte burgués. No son pocas las obras literarias y audiovisuales que han cargado contra el modo de vida acomodado y los pasatiempos que este se procura. Apostillas como decadente, insustancial, tedioso, falto de implicación política, superficial o impostado le han caído al modus vivendi burgués como un sambenito. Cómo olvidar el hartazgo del alter ego de Herman Hesse en El lobo estepario con todo ese mundo de afectación, buena crianza y comodidades: la cultura que han construido a su alrededor los estómagos agradecidos rezuma una artificiosidad irrespirable.

Cómo pasar por alto, asimismo, el inconformismo indomable de Kerouac, Ginsberg y sus pupilos alucinógenos, que exploraron el coto vedado de lo prohibido para escenificar su anticonvencionalismo, una autenticidad inasumible para la renqueante vida hogareña del buen clasemediano. Los pobres diablos que alcanzaron la madurez en la posguerra, escandalizados ante la más nimia espontaneidad y el más mínimo exceso, no podían tolerar la pujanza insofocable de los hipsters; ellos, por su parte, no estaban interesados en los que sólo proferían bostezos o “lugares comunes”, sino en los que estaban “locos por vivir”, ávidos de “arder”. Como los beat y como Hesse, también Tyrone Power se vio estimulado por la espiritualidad oriental en la película El filo de la navaja. Una vez experimentada la iluminación de una vivencia sencilla y mísera, ya no había manera para él de volver a disfrutar de las mieles de la sociedad burguesa, con sus modales amanerados, su hipocresía institucionalizada, sus fiestas ostentosas destinadas a hacer de pantalla a una vileza soterrada.

Marx, que no ignoraba los prodigios de la técnica que había traído consigo la clase a la que él mismo pertenecía (véase el panegírico contenido en el Manifiesto, puro asombro ante el empuje irrefrenable de los industriales), hizo notar, despectivamente, que el ideal de “seguridad” lo habían consagrado los burgueses como clave de bóveda para su modelo social, apuntalando así su “egoísmo” doctrinario. La estela marxista continúa hasta Pasolini, implacable juez de la mentalidad burguesa. En ella veía el italiano un epígono del fascismo, en la medida en que aquella cristalizaba la actitud sumisa del conformismo.

El espumarajo juvenil de la rebeldía frente a lo establecido es ya solo una performance: en realidad lo que anhelamos es la tan vilipendiada seguridad del burgués

Después de este breve pero vehemente muestrario de la inquina hacia la vida burguesa y sus productos intelectuales y artísticos, ¿qué podremos decirle a nuestro bohemio paseante, que gusta, sencillamente, de tomar la tosca arcilla de su entorno para recomponerla en un lienzo igualmente vulgar? Se me ocurre la siguiente respuesta, que acaso nos permita rescatar el tan denostado espíritu burgués: bien podría ser el desahogo económico de la clase ociosa el que le ha dejado destilar un genio inigualable a partir de la mayor de las banalidades, alumbrando desde ahí obras inmortales y universales, y en realidad más libres y fecundas que las de quienes se ven lastrados por la pesada losa del compromiso social.

Esta reflexión sobre el arte de la fruslería, al cual se equipara muchas veces la estética burguesa, la encuentro de la mayor importancia para nuestra coyuntura actual. El espumarajo juvenil de la rebeldía frente a lo establecido es ya sólo una performance retórica: en realidad, lo que anhelamos el grueso de nosotros, a la deriva en la vaporosidad de lo precario y lo transitorio, es la tan vilipendiada seguridad del burgués, el acogedor spleen de una tarde dominical en familia en lugar del vértigo lisérgico. En definitiva, la plácida comodidad de quien puede gozar de una narración vital estable y previsible.

Pero, como decía, parecería que es la liberación manual de la que disfrutan las clases acomodadas la que les ha habilitado para elaborar objetos de disfrute más livianos que, al estar exentos de la castración creativa que lleva aparejada la militancia, pueden extender la frontera de lo imaginable y añadir nuevas capas a la realidad con el pincel de la palabra. Y, ojo, difícilmente puede acusarse a la imaginación burguesa de ejercer una romantización idealista, desde el privilegio, de un entorno oprobioso para quien en él vive: más bien al contrario, acostumbran a ser los artistas del proletariado quienes falsean las realidades obreras con su buena voluntad estetizante.

Y es que yo me sumo a quienes sostienen que el burgués se limita a darle dignidad a lo despreciable, a otorgarle relevancia a lo anecdótico. Son tales sus dotes de mago que no necesita parir sofisticadas distopías que nos alerten de nuestra deriva como sociedades (abundantísimas en nuestro panorama literario y cinematográfico, por otra parte), ni tampoco especular con utopías destinadas a armonizar de una vez por todas los conflictos humanos y a servir de guía a los proyectos emancipadores. No. El escritor burgués se ciñe a lo que se le ofrece, e impulsa este material de lo trivial hacia cotas más altas. Así lo expone el escritor Ludwig Speidel: “Aparte de su natural atractivo, la realidad posee el encanto inagotable de ser real, y de señalar así, a partir de esa misma realidad, hacia unos objetivos ideales que no son sino una realidad amplificada”.

Este fragmento lo extraigo de un artículo incluido en la antología La eternidad de un día, una selección, desigual pero en su mayoría deslumbrante, de pequeñas piezas de periodismo literario, publicadas en folletines culturales diarios, en el ámbito germano y en los siglos XIX y XX. Un excurso abstraído a partir del carromato del servicio municipal de correos, una descripción con vocación estilística de la Alexanderplatz de Berlín, unos breves apuntes sobre las impresiones obtenidas a partir de la visita a un mercado local: aunque hay artículos de contenido político, la gran mayoría se ocupan de asuntos tan pedestres como estos. La naturaleza de estas piezas breves y sin anhelos de permanencia, tal y como indica el autor de la traducción, le valieron a los feuilleton calificativos como “diletante”, “frívolo” o “huero”. El periodista Karl Kraus (también recogido en esta selección, pese a renegar del género) fue especialmente contundente en su condena del folletín: se trataba de una representación de los intereses de la burguesía, textos superficiales puestos al servicio del capital.

El escritor burgués se ciñe a lo que se le ofrece, e impulsa este material de lo trivial hacia cotas más altas

Pues bien, de los textos incluidos en la antología, las más brillantes son, precisamente, las que no se arrogan ninguna voluntad de influencia política. Sobresalen no tanto las proclamas antimilitaristas contrarias a la Gran Guerra, las denuncias de la degradación de la República de Weimar o las llamadas a una revolución social, sino quienes hablan “de un asunto serio de forma amena y elegante” (Víctor Auburtin). Otro de los seleccionados, el ínclito Joseph Roth, sale, por su parte, en defensa de los “escritores del día”, destacando el gran talento que conlleva “transformar la realidad desnuda en una verdad artística”. “En los motivos más pueriles, sentencia, reluce su maestría. Pule lo cotidiano hasta convertirlo en insólito”.

Si hablamos de pequeñeces elevadas a la categoría de motivo artístico, creo que es forzoso traer a colación la serie de Larry David Curb Your Enthusiasm. Resulta difícil, al verla, no compadecer a un hipotético e imaginario espectador con fuerte conciencia social, enrabietado al ver desfilar ante sus irritables ojos la colección de tramas absurdas desarrolladas a partir de móviles de lo más banales, e incluso obscenamente intrascendentes. Larry, un guionista que ha amasado una fortuna tal que puede emplear todo su tiempo en jugar al golf, comer con amigos y acudir a fiestas, se ve incomodado por las molestias más triviales. Un malentendido con su asistenta, un equívoco en un restaurante chino, una discusión con su médico, o las inconveniencias derivadas de la reforma de su palacete. Todas ellas preocupaciones que solo pueden turbar a quien, por descontado, no padece tormentos graves, pero que sirven como inspiración para algunos de los gags más hilarantes de la historia de la comedia.

Para finalizar con esta digresión igualmente vana, resulta pertinente rescatar en este punto a Francisco Umbral, quien tituló específicamente una de sus obras con el epíteto que nos ha ocupado: Diario de un escritor burgués. Umbral, siguiendo a Gide, entiende que el hombre es un animal superficial: no cree que exista para nosotros tal cosa como la “profundidad”. En consecuencia, una escritura que aspire a enlazar con la naturaleza humana debe dar cuenta de esta mundanidad ínsita a toda vida. “Lo mondaine es el esnobismo, es el mundo de la gente que se ha instalado en la superficie de las cosas”. Podemos decir entonces que el hombre feliz será aquel que sepa “flotar en el aire del mundo”.

Yo no creo, como Umbral, en la evasión despreocupada como fundamento de una vida. Uno debe hacerse cargo de su radical irrelevancia, y sobreponerse a ella. Sin embargo, ciertamente, la escapada al nivel de lo lírico, simplemente a partir de la transfiguración de nuestra realidad circundante, se hace necesaria si uno quiere mantenerse cuerdo. Pero es que hablando de la mundanidad, de las peripecias más cotidianas, habla uno de todos los hombres. No es en las gestas de los héroes donde reside el espejo de la condición humana, sino en el relato descriptivo del patio de nuestra casa, que es tan particular que se moja cuando llueve exactamente en la misma medida que cualquier otro patio a lo largo del orbe. No obstante, parece obvio que será el burgués, más desahogado y ocioso, quien se ocupará desde el arte y preferentemente de objetos tan prosaicos como un patio trasero.

Sea como sea, cuando este artículo se pierda más pronto que tarde en las inconmensurables nebulosas del olvido digital, habrá sido entonces consecuente con el espíritu que lo animó.


VÍCTOR NÚÑEZ DÍAZ (Burgos, 1997) es estudiante de Filosofía y Política en la UAM/UC3M y ha colaborado en medios como El Confidencial Digital.

Anuncios