Es hora de reloj y pluma

Reloj de bolsillo y estilográfica antigua

No es esnobismo, es necesidad. En estos tiempos ultraconectados, ¿qué mejor forma de ir a contracorriente que llevar un sistema autónomo para medir el tiempo y un objeto duradero para escribir sobre él? Hablo, por supuesto, de usar reloj y escribir con pluma estilográfica. Dos delicias comparables al café de cafetera italiana, a leer en un libro o un periódico de papel, a beber un buen vino o degustar un whisky de una sola malta. Ninguno son vicios excesivamente caros, aunque sí que requieren un poco de cuidado, un mínimo de atención voluntaria, algo desconocido en los tiempos de las notificaciones y de la hiperconectividad.

Antes de nada y en descargo de responsabilidad, no me gusta, por no decir que detesto, el esnobismo del lujo. Adoro el lujo bien entendido, no voy a mentir, lo que detesto es el boato y a quien lo equipara al dinero. Y, más aún, quien hace ostentación en un contexto inapropiado, algo así como ir al campo con zapatos de vestir. En el fondo el esnobismo (si hacemos caso a la etimología de Ortega y Gasset, sine nobilitate), no es más que falta de educación. Pero ese es otro asunto aunque no haya que pasarlo por alto.

¿Qué mejor forma de ir a contracorriente que llevar un sistema autónomo para medir el tiempo y un objeto duradero para escribir sobre él?

Volviendo sobre los relojes, unido al crecimiento exponencial de los teléfonos inteligentes, hace unos años llegaron para quedarse los smartwatches. Relojes que ya no son relojes sino miniordenadorcitos. Empezaron siendo simplemente pulseras de actividad, capaces de medir de forma más o menos acertada el ritmo cardíaco, contar los pasos y recibir notificaciones. Después empezaron a poder controlar el teléfono móvil, descolgar y colgar llamadas, realizarlas, leer y responder el correo electrónico y hasta hacer electrocardiogramas con una fiabilidad pasmosa. La manzana primero, los coreanos después y, para rematar la jugada, los chinos. Al igual que sucediera con nuestros bolsillos, hay una pugna por controlar nuestras muñecas y trazar el perfil de nuestras vidas. Símbolo de estatus, comodidad, moda, tecnología o progreso, reconozco que también tengo una y que es útil. La he llevado en rutas para medir la distancia, para estar al tanto de una notificación urgente… En fin, que tampoco voy a condenar a nadie por ser smart. Pero hoy vengo a reivindicar lo dumb… O no tanto. En una ocasión, un director médico de una compañía de alta tecnología, hablando de wereables, se dio cuenta de que mi reloj «no era inteligente». Sonreí. Detrás de un reloj, hasta del más humilde, hay siglos de inteligencia.

Tampoco somos capaces de comprender la importancia de la homogeneización del tiempo, como los números arábigos, el sistema decimal o el alfabeto. Ahora bien, definir cuánto dura un segundo (actualmente la pauta la marcan los relojes atómicos) ha traído de cabeza a matemáticos, físicos y filósofos de todas las épocas. El tiempo, medido por todos igual y en el mismo momento, es garantía de la unidad del mundo. Lo contrario es el caos. Quizá en épocas pretéritas funcionase, pero no en la era del capitalismo de cuarta generación ni en la del capitalismo industrial. En ese sentido, la estandarización de la hora es un hito equiparable a la primera circunnavegación del mundo: la globalización. Ahora es imposible, salvo para algunos privilegiados, guiarse por el sol.

Sin embargo, es distinto vivir pegado a la hora que depender de ella. ¿Por qué, en medio de la vorágine de redes sociales, correos electrónicos, y notificaciones íbamos a querer permanecer atados al tiempo universal coordinado (UTC) y a los segundillos que se le añaden o se le restan para ajustarlo a los relojes atómicos? Por si alguien no lo sabe, como el oro, el sol ya no es el patrón que rige nuestras vidas. Así, un reloj es un mecanismo discreto (no continuo, no conectado) capaz de medir el tiempo. Y bastante bien, pero no del todo perfectamente. Por ejemplo, las vibraciones de un mecanismo de cuarzo consiguen una precisión de ±20 segundos al mes. Los relojes de cuerda y los automáticos varían su precisión un poco más, algunos segundos al día, también en función de la presión atmosférica o la temperatura pero, a cambio, se mueven sin necesidad de una pila. Pero es que incluso los que necesitan una fuente de energía externa pueden funcionar varios años sin necesidad de cambio ni recarga. Eso sí que es independencia energética y reducción de residuos. No sé si podemos decir que los relojes son eco-friendly, pero ahí queda.

Tras la pregunta “¿y tú que hora tienes?” se escondía uno de los fundamentos de la comunidad: la necesidad de un tercero

Por lo demás, hay que revisar de vez en cuando la precisión de un reloj. Ya sea con el campanario de la Iglesia, con el del paisano, o con el móvil. Ya parece que no nos acordamos de la pregunta «¿y tú qué hora tienes?». Además, en esta cuestión se escondía uno de los fundamentos de la comunidad: la necesidad de un tercero, en este caso, de un tercer reloj. El cura podía haberse adelantado al dar las campanadas, el paisano podía tener retrasado el suyo. Cuando se juntaban tres, la hora debía aproximarse lo más posible a lo que marcaran al menos dos de sus relojes. Una hora, además, que debía volver a ser comprobada y reajustada por cualquier otro posible paisano, hasta que todos pudieran organizar la vida en común

Como Gabriel Syme, el detective de El hombre que fue jueves, de G. K. Chesterton, yo también me declaro «poeta del orden». Cuando un reloj da la hora perfectamente, con una variación de pocos segundos, la sensación es maravillosa. ¿Cómo un mecanismo autónomo, independiente, amigo del medio ambiente (y bonito) es capaz de acertar en la medición del tiempo? ¿Cómo es posible que algo discurra a través del tiempo y al compás con él? Lo que sucede dentro de la caja de un reloj me fascina y cuánto más sé de ellos más me maravilla la proeza del ingenio humano. No es de extrañar que el tiempo y los relojes sean la fantasía de los grandes pensadores. Desde Leibniz y sus metáforas sobre la relación de Dios con el mundo hasta Heidegger y su inconclusa teoría sobre la relación de tiempo y ser, sin olvidar a Einstein ni a Stephen Hawking –aunque erraran en muchas otras cuestiones–, ni a Bergson o al mismísimo Aristóteles cuya definición («la medida del movimiento según el antes y el después») difícilmente puede ser mejorada. Tampoco es este el lugar para escribir la historia del tiempo y su medición, que se lo pregunten a San Agustín («Quid est ergo tempus? Si nemo ex me quaerat, scio; si quaerenti explicare velim, nescio»). 

El caso es que cuando el reloj se desajusta, un poco más de lo deseado pero no lo suficiente como para considerarlo averiado, no supone un problema. Simplemente hace reflexionar sobre la existencia del mundo externo y de andar a bien con él si es necesario. Si no, proporciona una excusa elegante para hacer lo que a uno le venga en gana: «Se me ha parado el reloj». La cuestión es seguir el tiempo, no plegarse a él.

Y si el reloj es el instrumento ideal para medir el tiempo, la pluma estilográfica lo es para dejar constancia de su paso. Escribir, no obstante, ya es una costumbre poco usual. Como mucho, aporreamos el teclado mientras miramos durante ocho horas al día un monitor, y otras tantas una pantalla móvil. Si tomamos notas, lo hacemos de forma digital. El papel implica tener que transcribir más tarde y ahora nos gusta más lo inmediato, olvidando que el auténtico placer requiere una gota de sufrimiento, aunque sea en forma de paciencia, como anticipación del propio placer. Además, en el ordenador podemos escribir, borrar y volver a escribir. No hace falta detenerse en cada palabra. Podemos dar rienda suelta a la inspiración… A no ser que no estemos delante de un ordenador.

El etéreo Augusto Pérez, que llegó a poner contra las cuerdas de la existencia al propio Miguel de Unamuno en Niebla, las calificaba de «chisme utilísimo», para apuntar el nombre una señorita. De apuntarlo con lápiz, señalaba el personaje, «podría borrarse». Y es que la tinta permanece, es un símbolo de resistencia. Cierto es, sin embargo, que la llegada de los bolígrafos las arrinconó como Pérez a Unamuno. También es verdad que las plumas necesitan más atención que el bolígrafo de plástico, pero precisamente porque no son desechables (en realidad el buen gusto siempre ha sido amigo del medio ambiente). Están hechas para durar, para vivir más que sus propietarios. Las estilográficas son como los personajes de los libros, están hechos para trascender el tiempo a la vez que dejar constancia de él.

Las estilográficas son como los personajes de los libros: están hechos para trascender el tiempo a la vez que dejan constancia de él

Por otro lado, escribir con pluma requiere cierta atención, tiempo y práctica. Desde la llegada de los bolígrafos, la caligrafía ha desaparecido (como mucho nos queda el lettering, algo parecido a cuando los hipsters redescubrieron el vermú). Ahora la letra de cada uno es una libre expresión de su subjetividad, por muy fea o estrambótica que sea. Por el contrario, cuando los niños aprendían a escribir con plumillas, tinta y palillero, no es que se les enseñara que su subjetividad estaba mal, sino que para desarrollarla primero debían pasar por la norma. Hoy en día, con menos normas, tenemos suerte si podemos personalizar ligerísimamente nuestra escritura encontrando algún bolígrafo un poco más ancho o un poco más estrecho. Con suerte, hasta podremos elegir el color de la tinta entre un pequeño abanico de azules. Empero, los trazos de la pluma (amén de sus materiales, generalmente oro, acero o titanio) van desde el extrafino (EF); fino (F), grueso (B), muy grueso (BB), stub, itálico (0.7mm, 1.1mm, 1.5mm…), y oblicuo (OB) hasta las flexibles –las mejores en mi opinión–, que permiten hacer caligrafía inglesa y florituras de todo tipo. Aunque de estas últimas ya apenas se fabrican. Además, la forma de escribir va desgastando poco a poco el plumín. Una metáfora perfecta de la condición humana, que transforma el mundo transformándose a sí misma. La forma de la escritura acaba por modificar la materialidad de la propia escritura. Ahí es nada. Si a esto le sumamos una cantidad ingente de tintas, sus diferentes grados de viscosidad, color, saturación y sombreado, creo que es imposible agotar las posibilidades. ¿Quién dijo que la norma oprime al individuo? La norma, más bien, permite su libertad

Para ello es necesario, precisamente, empezar por aprender a sostener correctamente la pluma (algo que ya apenas se enseña siquiera con el lápiz), apoyada sobre el dedo corazón y sostenida entre el pulgar oponible y el índice es símbolo de la más alta humanidad. Como dice Chesterton, «esos tres dedos humanos son más mágicos que la figura más mágica; los tres dedos que sostienen la pluma, la espada y el arco del violín; los mismos tres dedos que el sacerdote levanta para bendecir como emblema de la Santísima Trinidad». Séase o no creyente, manejar bien esos tres dedos, asir correctamente una pluma, es elevarse sobre la propia condición humana para intentar trascenderla.

En todo caso, como apuntaba con el reloj, la pluma también requiere atención: una limpieza a fondo de vez en cuando, revisar su desgaste, alineamiento de los gavilanes, el correcto flujo de tinta… Pequeños puntos suspensivos en la inmediatez del mundo moderno. Y aunque pudiera parecer un argumento en su contra, está totalmente a su favor. Ir a contracorriente del mundo tiene su pequeño coste. 

Por último, tanto las plumas como los relojes cuentan con un elemento que los diferencia de otros objetos que cumplen su misma función: el buen gusto. El reloj y la pluma son útiles, pero también, y por estar hechos en contra del tiempo, bonitos; el pragmatismo, por el contrario,  mata la belleza. La otra amenaza es que el dinero nos arrebate estas pequeñas cosas, pero no lo va a conseguir: hasta el reloj y la pluma más humildes pueden mirar de tú a tú a las piezas más caras. Ya lo dijeron Quevedo y Machado: sólo el necio confunde valor y precio. Y es que el auténtico lujo está en medir el tiempo con la suficiente distancia para resistirse a él y poder dejar constancia de su paso. Y eso es algo que no se hace por capricho, sino por necesidad.

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