Un diente de león en septiembre

Septiembre amanece demasiado pronto para quienes prorrogaríamos el mes de agosto unas semanas más. Sobrecogido por unos versos de Ada Negri, traducidos por el poeta Miguel d’Ors, no pude sino verme falsamente reflejado en las palabras plasmadas sobre papel bajo el título de «Fin»:

La rosa blanca, sola en una copa de vidrio, en el silencio se deshoja
y no sabe que muere y que la miro
morir. Uno tras otro se desprenden
los pétalos; intactos, impolutos. Uno al lado del otro, con un toque
leve, se van posando y se quedan, dispuestos
por si un prodigio los reanima y los
devuelve, aún vivos, cándidos aún,
al tallo despojado. Así siento caer
sobre mi corazón los días de mi tiempo
fugaz: intactos; y el corazón quisiera,
y no puede, volver a componerlos
en una rosa nueva, sobre un tallo más alto
.

Las horas del día, como los pétalos de la rosa, caen y se marchitan y cualquier intento para detener o recuperar el paso inexorable del tiempo es en vano, aunque «el corazón quisiera». La ciudad, el ajetreo, el ruido y la contaminación de los vehículos tal vez nos desalienten en un principio o tal vez nos acostumbremos a ellos con premura; sea cual sea el caso, conviene no olvidar las enseñanzas digeridas durante la inactividad de agosto.

En estos días pretéritos de merecido descanso y de ritmo sosegado nos recreamos con fruición en las actividades que con mayor alegría nos complacen. La lectura y la contemplación del paisaje han sido mis pasatiempos más agradables. Tal vez suene aburrido, pero permiten reparar en una copiosa cantidad de evidencias. A simple vista, la lectura y la contemplación resultan una proyección ajena a nosotros mismos: nosotros y lo otro, lo que tenemos enfrente —un libro, un paisaje—. Sin embargo, la paradójica verdad de estas ocupaciones son subversivas: a través de ellas —del libro, del paisaje— podemos obtener una mirada interior en la que el asombro y el sobrecogimiento sobre lo ordinario termina abrazando con ternura el agradecimiento en tanto que podemos disfrutar de aquello que nos ha deslumbrado: los versos del poema (un libro) o el arrebol causado por un sol que se esconde tras las montañas una tarde de verano (un paisaje). A través de ellos podemos alzar la mirada y, sin llegar a comprenderlo, abrazar ese misterio.

Uno de los setecientos aforismos del profesor Carlos Marín-Blázquez —colaborador de esta misma página— de su obra «Fragmentos» reza así: «El estupor ante lo obvio distingue a quienes atesoran el inapreciable don de maravillarse». Y es que uno deviene dichoso en la medida en que su capacidad de apreciación se asemeja a la del anacoreta regocijado ante la obra divina. El júbilo que profesaba Gilbert K. Chesterton, que no era impostado, y tampoco era casual —nadie nace siendo virtuoso—, sirvió para alcanzar la más insondable de las evidencias. En la era de la sinrazón se elevó hasta lo más alto para escudriñar las verdades ocultas en aquellos lugares de mayor desabrido y de dudosa luminosidad. Fue este uno de sus mayores logros, el de encumbrar la más alta de las cimas y cuestionarse si él mismo era digno de contemplar un diminuto y precioso diente de león. Para la posteridad dejó: «El agradecimiento es la forma superior del pensamiento, la alegría redoblada por el asombro», y estuvo tan convencido de ello que no dio lugar a dudas: «El objetivo de la vida es la apreciación, no tiene sentido no apreciar las cosas, y no tiene sentido tener más de ellas si se las aprecia menos». Porque, ¿qué es, al fin y al cabo, la vida sino un infierno si en ella nada hay que nos maraville?

El diente de león debe arrollarnos, como una locomotora, en una inagotable fuente de deslumbramiento; una taza con su aroma de café en la hora antecesora del crepúsculo debe sumirnos en un incomprendido estado de arrebatamiento; el síntoma inequívoco de inmaculada lozanía será que nos avasalle el desconcierto ante cualquier designio que sea digno de admiración. Cuando con esa mirada pueril seamos capaces de contemplar cómo la rosa, pétalo a pétalo, se deshoja, no con la disposición típica del nostálgico, sino con la férrea convicción de que el otoño es igual de esperanzador que la primavera, entonces, seremos dichosos. O, tal vez, incluso más esperanzador que la primavera misma porque, tras la caída de la hoja, llega el grito del abad de Montecassino (que el poeta García-Máiquez me enseñó): «Succisa virescit, lo caído, lo arruinado o desplomado, debe recuperar su esplendor, lo muerto debe reverdecer o renacer». Esa es nuestra suerte, el de contemplar que se han hecho nuevas todas las cosas, el de observar con gozo que

«los pétalos; intactos, impolutos.
Uno al lado del otro, con un toque
leve, se van posando y se quedan»

y volverán siendo más bellos, de un blanco más puro y de un tallo más alto y más verde del que jamás antes habíamos imaginado. Que así sea, pues, la intensa luz de septiembre que alumbra nuestros días.


TONI GALLEMÍ

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