Aquellos veranos de nuestra memoria

Corriendo por la playa, Sorolla (1863 - 1923)

– No se dice almendrillo, se dice membrillo.

– Bueno, pues… ¿hay almembrillo de postre?

A los mayores les hacía mucha gracia la palabra almendrillo. La verdad es que a mi me daba igual cómo se llamara, sólo sabía que estaba riquísimo. En invierno nunca había almendrillo. Era cosa del verano y debía comerse mucho en Madrid porque siempre lo traían los abuelos. Era una tarrina redonda y de una marca que se llamaba ‘El Quijote’. El abuelo comía un trocito muy pequeño. Se lo partía la abuela y se lo acercaba con el cuchillo. Y el abuelo lo cogía con mucho cuidado. Y mientras, me decía: “Con esto es suficiente”. Pero yo podía comérmelo todo entero y no hubiera sido suficiente. Yo lo comía, cuando no me veían, a cucharadas. Directamente del plato de Don Quijote. Y cuando me veía mi abuela se enfadaba mucho: “¡Chico, eso no se hace que se queda muy feo!”. Y yo pensaba que qué importaba cómo quedara un trozo de almendrillo.

Me gustaba porque era muy dulce. Y tenía puntitos negros que luego estaban duros pero que se podían romper bien masticándolos. Y si comías mucho al final te picaba la garganta. El abuelo siempre lo llamaba “dulce de membrillo”, nunca membrillo. Y la abuela “carne de membrillo”, que a mi me impresionaba un poco. Aunque mirándolo bien sí parecía carne. Y una vez trajeron uno que decían que era muy bueno. Era oscuro y duro y como con granos de arena. Todos comían y decían que qué rico, pero yo prefería el que tenía el dibujo de Don Quijote de la Mancha. “Al niño dale del otro”, decían, y yo pensaba: pues bueno, pues mejor.

El apartamento era del abuelo, pero en realidad era de todos. Él decía que lo compró para que estuviéramos todos juntos. Los primos llegaban de Madrid y decían “la dije”, y la tita que a la tortilla había que “darla” la vuelta. Y yo les corregía pero en el fondo me gustaba. En Madrid se habla así, decía mamá. En Madrid era todo muy diferente. Por ejemplo, los primos habían ido al Bernabéu. Y varias veces. Y habían visto famosos por la calle porque ver famosos por la calle es lo corriente en Madrid. Una vez vieron a Míchel. Y era normal que los famosos vivan en Madrid porque allí está la televisión y el Real Madrid. Pero también estaba la ETA. Por eso cuando íbamos en Navidad yo siempre miraba debajo del coche de papá, que es donde ponían las bombas. Una vez al tito le pilló un atentado y tuvo que llevar al hospital a una mujer llena de sangre.

 

La playa

Nosotros siempre llegábamos uno o dos días antes que los primos y siempre les contábamos cómo estaba el agua. Y que un señor de Cuenca sacó el otro día una medusa y que habían dicho que este año iba a haber muchas.

– Son calaveras portuguesas -avisaba mi hermana.

Y todo el mundo se echaba a reír y Laura ponía una cara de no entender nada.

– Carabela, hija, carabela portuguesa.

– ¿Y por qué hacen las palabras tan parecidas?

El mar olía mucho a mar. A mar y a crema Nivea, que era lo peor del verano. Todos nos poníamos en fila delante de mamá para que nos embadurnase el cuerpo. Y la cara. Y muchas veces se nos metía en la boca y estaba asquerosa. Yo cerraba los ojos con todas mis fuerzas. Y luego nos decían: “extiéndetela bien”. Y cuando decían eso sabíamos que ya había terminado el calvario.

El primer baño siempre era después de una carrera hasta la orilla. Corríamos todo lo que nos daban las piernas, incluso dentro del agua. Y perdía el primero que se cayera, que solía ser la prima. Y a veces tragaba agua. Y era divertido verlos a todos con el pelo pegado en la cara y muchas veces con los mocos fuera. Que no sabíamos por qué en la playa se salían siempre los mocos.

Y si no nos veían jugábamos a tirarnos arena mojada. Y si no te sumergías a tiempo y te daba picaba mucho y te dejaba una marca roja en la espalda. Y siempre salía alguno llorando y chivándose a los mayores y era cuando ya no nos dejaban jugar más a eso.

Yo me ponía las gafas de bucear y me imaginaba ser Mazinger Z, el robot de acero. Y que dentro de mis gafas estaba el cuadro de mandos y desde allí decidíamos qué movimientos hacer. Si sumergirnos, si salir a flote o si perseguir pececillos. Los peces siempre iban juntos y eran muy pequeños y transparentes. Mazinger nunca podía capturar a ninguno, tan rápidos como eran.

Debajo del agua se estaba muy tranquilo y silencioso y uno notaba muy bien las corrientes frías. Me gustaba sacar solo media cabeza de manera que pudiera ver el fondo y la playa a la vez. Aquello permitía controlarlo todo y que nadie lo supiera. Sobre todo si se hacía desde lo hondo, donde se veía toda la playa entera y los apartamentos y nadie podía verle a uno.

Jugábamos a dar volteretas sumergidos, impulsándonos con los brazos. Y se daban muy bien y muy rápido, pero a mi siempre se me metía agua en la nariz, que era una de las cosas más raras que había porque te picaba mucho la nuca y uno salía del agua rascándose la cabeza. Y salía arrugado y resoplando y lo único que quería era que la toalla estuviera estirada y limpia de arena. Porque no había cosa peor que mancharse de nuevo de arena cuando uno quería secarse. Entonces la playa ya no era tan divertida. La arena quemaba mucho y las chanclas también, menos las de papá, que siempre se acordaba de dejarlas debajo de las sombrilla y nos daba mucha rabia a todos. Corríamos de puntillas y resoplábamos y papá se reía. O con lo talones también corríamos. La sal picaba sobre la piel y el pelo se quedaba como de cartón.

 

El chiringuito

A esa hora ya olía a sardinas la playa. Y a calamares a la romana. Y se escuchaba el rumor de la gente en los chiringuitos. Y el tintineo de las vajillas y las jarras de cerveza. A mi me daban mucha pena los camareros, siempre sudando y corriendo a todas partes y sin poder llevar pantalón corto.

Nos gustaba ver los pescados que había en una mesa llena de hielo y los mirábamos con todo detalle porque en el mar eran mucho más pequeños y no nos podíamos acercar tanto. El abuelo siempre decía: “Son frescos, tienen los ojos brillantes”. Muchos tenían la boca abierta y se les veían muy bien los dientes. Y cuando las primas se asomaban mucho a la boca, alguno le deba un susto por la espalda. Y cuando ya nos habían dado la mesa nos dejaban ir a ver el acuario de las langostas, que se movían muy despacio y les salían las antenas por encima del agua. Y mirando también las langostas estaba Sofía, una niña de clase de los primos que era muy guapa y parecía mayor y hasta le habían comprado gafas de sol. Se reía mucho y era muy simpática, pero yo desconfiaba porque tenía los ojos muy grandes y muy azules y me daban un poco de miedo.

A los abuelos y a los titos les chiflaba la paella y podían comerla a cualquier hora, como los ingleses. Y antes de servirla siempre la traían y miraban al abuelo, que daba el visto bueno con la cabeza y juntando mucho los labios. Pedíamos arroz del senyoret, que los titos decían “sen-lloret”, que llevaba trocitos de rape y gambas y estaba muy rico. Mamá mezclaba cada cucharada con alioli y nos avisaba de que le iba a sentar mal. Y cuando habíamos acabado nos dejaban ir a la nevera a elegir un helado.

Como sólo teníamos una ducha, primero íbamos nosotros y luego venían el abuelo, papá y los titos, que se quedaban fumando y con copas y hablando mucho.

Y cuando uno se duchaba se sentía renacer y salían hasta pedacitos de algas y conchas del bañador. Con la ducha uno se quedaba hasta más feliz y ya no le picaba el cuerpo ni el pelo. La piel quedaba suave y toda la casa olía a jabón.

Ninguno de los primos queríamos dormirnos la siesta porque dormir era aburrido y no jugabas. Cuando los mayores dormían y ya se oían fuertes los ronquidos del abuelo nos juntábamos en una habitación y contábamos cosas del cole y de Sofía. Me decían que me gustaba y que estaba por ella y yo decía que no. Y cuando uno empezaba a bostezar enseguida se contagiaba.

 

Los Jijonencos

– ¡Mira Loli, mira qué estampa!

– ¿Otra vez todos aquí?

– Sí, y la otra habitación muerta de risa.

La tita y mamá nos miraban con los brazos en jarras porque les disgustaba mucho que durmiéramos todos en la misma habitación aunque no hiciéramos ruido. Luego se les pasaba enseguida porque les daba mucha risa vernos las caras de sueño.

Papá comía un helado de ron con pasas que le gustaba mucho y ya todos estaban despiertos. Lo comía con una cuchara grande y en una caja de corcho. Y no nos dejaba probarlo porque llevaba ron y los niños no podían tomar ron. Y el abuelo, que andaba ya arreglado y con las manos cruzadas detrás, le decía:

-¡Muchacho! Que vamos a salir de paseo, ¿por qué no te lo tomas en los Jijonencos?

Pero a papá le gustaba más ése; en los Jijonencos se pedía el de turrón, que tenía trozos de almendra. Mamá se sentaba en el baño y todos teníamos que pasar por allí para que nos peinaran y nos pusieran una colonia que a ella le gustaba mucho pero sólo a ella y a los mayores. Y todos los vecinos sabían que salíamos de paseo por el olor a colonia.

En la playa íbamos siempre de paseo por las tardes y nos gustaba ver los puestos de los hippies, que olían a cuero y algunos a incienso. Y cada puesto tenía detrás como un motor muy grande y muy ruidoso que servía para encender las luces. Casi siempre vendían cosas para mayores como pulseras, bolsos y ropa de chicas. Y yo le compré una pulsera a Sofía con los cinco duros del abuelo y me la guardé muy bien para que nadie me la viera. Y entonces en la heladería yo ya no tenía dinero para jugar a las maquinitas pero me dio igual.

El abuelo siempre se pedía un Nacional, los demás horchata y yo agua-limón, que duraba mucho más que la horchata. Y cuando ya sólo quedaba hielo, a mi me gustaba masticarlo y absorber el limón que aún quedaba.

Jaime siempre soplaba papelitos con las pajitas y nos molestaba mucho a todos, el abuelo se enfadaba y nos íbamos a casa. Y aún en casa se traía servilletas y pajitas escondidas y seguía molestando.

 

La noche

Yo, como ya era mayor, podía ir por la noche a la playa a ver pescar a papá y a los titos. Y la arena estaba fría y daba mucho gusto caminar por ella. Papá tenía lombrices vivas en cajitas con serrín y eran rojas y muy brillantes y las clavaban en los anzuelos con mucho cuidado de no pincharse ellos. Y lanzaban las cañas lo más lejos que podían, que era un momento de mucho peligro y yo me ponía detrás de papá.

La luna se reflejaba en el mar y ocurría que andaba uno por la orilla y el reflejo no se movía. El agua estaba caliente y sin olas, olía mucho a algas y a mar y era agradable pasear.

Y una chica que venía saltando resultó ser Sofía, que también había venido con su padre a pescar. Olía a perfume de chica mayor y llevaba ahora el cabello suelto y muy brillante, más que el mar. Y me tomó la mano y me llevó a la orilla. Una mano de mayor, no como las de las primas. Y a mi me daba mucho miedo meterme en ese mar tan negro, pero por nada del mundo lo hubiera confesado. Y cuando el agua nos llegaba por las rodillas paramos de correr, me tomó la otra mano, y me miró muy cerca. Y en aquél instante se paró todo y fue como si alguien hubiera bajado el volumen del mundo. No había nadie más que nosotros, el mar y la luna. De golpe habían desaparecido del universo los abuelos, los primos y papá y mamá y yo estaba sólo frente a Sofía. Me sentí vulnerable y con mil caballos cabalgando al galope dentro del pecho. Y me besó. Y un espasmo encogió mi espalda y los pies dentro del agua. Y me soltó las manos y se fue poco a poco. Y yo me había quedado mudo. Ella se iba, dando cada vez pasos más largos y luego saltando. Y se volvió sonriendo. Y se alejó. Y regresó de repente el murmullo del mar y el susurro del paseo.


RAFAEL NÚÑEZ HUESCA es periodista, publicitario y constructor de relatos. Escribe discursos, guiones, análisis político y de vez en cuando se anima con algún relato corto. Español periférico y estudioso del llamado problema de España. Premio Ricardo Ortega de Periodismo.

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