Mitologías victimistas

Agnus Dei, Francisco de Zurbarán (1598 - 1664)

En el centro de los grandes discursos de poder de nuestra época hay una víctima. No una víctima concreta, encarnada, tangible, sino una idealización estilizada de la figura del sufriente, un ingenioso arquetipo que, rentabilizando la impronta compasiva que la víctima genera, la falsifica y la trasciende. Se trata de un fenómeno que dota a nuestro tiempo de un cariz insólito. La víctima como garantía de inmunidad. La víctima como soporte infalible de toda clase de pretensiones. Antes que ningún otro, René Girard lo expresó en términos inequívocos: “El papel de la víctima es ahora el más deseable”.

En el camino que conduce hasta esta singularidad histórica rastreamos algunos hitos esenciales. Ninguno, sin embargo, equiparable al influjo de la potencia transformadora ejercida por el cristianismo. En un ensayo imprescindible para conocer la obra de Girard (René Girard, maestro cristiano de la sospecha), su autor, Domingo González, lo sintetiza de este modo: “Frente a la sacralización de la violencia, el cristianismo proclamará la inocencia de las víctimas (…). Se instaura así la legitimitad moral de la víctima de la que se nutre nuestro mundo moderno y contemporáneo, aunque sea para desviar dicha legitimidad al servicio de todo tipo de instrumentalizaciones ideológicas bastardas”. Ahora bien, ¿acaso no era la nuestra una época dominada por la implacabilidad de los fuertes? ¿Acaso la fervorosa acogida dispensada por la buena parte de nuestros contemporáneos a la crítica que acomete Nietzsche de la moral cristiana no había inducido un desprecio masivo hacia toda manifestación de debilidad que contradijera la tendencia moderna al aplastamiento de los otros? Sin duda. Y para atestiguarlo, no se precisa más que un somero vistazo a las consecuencias, históricamente inéditas, de las pulsiones aniquiladoras que conmocionaron el siglo XX.

Si el siglo XX fue pues el siglo de las víctimas, el siglo XXI está siendo el siglo de la victimización. En el marco del desplazamiento que, de acuerdo a los intereses ideológicos del momento, experimentan ciertas categorías semánticas, el sentido fuerte, categórico, que la condición de víctima adquirió por derecho propio durante el siglo pasado ha sido fagocitado por los astutos artífices de la nueva hegemonía. Se ha producido, en unas cotas de eficiencia insuperables, esa instrumentalización bastarda a la que Domingo González hacía mención en su libro. Los resultados se hallan a la vista. “La víctima es el héroe de nuestro tiempo”, afirma, en Crítica de la víctima, Daniele Giglioni. “La mitología victimista -dictamina Adriano Erriguel en su reciente e impagable Pensar lo que más les duele– es hoy una palanca de poder, el primer disfraz de las razones de los fuertes”. Pero el peso de unas aseveraciones que refrendan el carácter distintivo del acontecimiento no acaba de clausurar el debate. Se vislumbra, más allá del obsceno aprovechamiento partidista, una cuestión de calado más hondo.

Cuando ya no hay historias compartidas, ni principios estables, ni preocupación por el bien común, todo se reduce al despliegue de una ciega voluntad de poder que se sueña a sí misma

Carl Schmitt nos hizo ver que, una vez la concepción teológica del poder- consustancial al orden medieval- devino inoperante, la historia política de la modernidad se ciscunscribe al relato de su lucha por arrogarse una fuente de legitimidad definitiva. Es en ese contexto donde la víctima adquiere ahora su entero valor. Cuando ya no hay historias compartidas, ni principios estables, ni preocupación por el bien común, todo se reduce al despliegue de una ciega voluntad de poder que se sueña a sí misma en el trance de alcanzar una posición inconquistable. En la plena ausencia de ejemplaridad, en el profundo vacío de un mundo sin héroes, es el poder quien sustrae la noción de víctima de la oscuridad en que languidece y la sitúa en el centro de esa realidad emotiva e inconsistente que los medios de control social se encargan de urdir a diario.

Sin duda, el desconocimiento por parte de las masas de los antiguos referentes civilizatorios (religiosos, estéticos, filosóficos o de cualquier otra especie) facilita la maniobra. Ahora bien, si la víctima debe servir a los intereses de una oligarquía que permanece estratégicamente agazapada, no es prudente que cualquiera sea el designado. Quien desde la sombra otorga las potestades sabe bien el rédito que debe obtener de su elección: una coartada moral que, como escribe Domingo González, “le ayude a organizar las persecuciones”. Porque la condición de víctima implica, simétricamente, la necesaria concurrencia de un culpable. Y en la identificación de ese culpable, en el hostigamiento dialéctico al que se le somete y en el previsible desenlace en virtud del cual su muerte civil quedará más pronto que tarde decretada, se concentra el meollo de la política contemporánea.

¿Cuál será entonces el perfil idóneo de la víctima? ¿Cuáles los rasgos que ayudarán a identificarla como la depositaria del caudal de autoridad que el poder ansía explotar en beneficio propio? No hay forma de contestar a esas preguntas si no se acepta una consideración previa: que la exaltación de la víctima está ligada a la determinación, obsesiva, de establecer el fin de todos los conflictos sociales. Desde el inicio de su revolución, a lo que los ideólogos del Progreso aspiraron fue a la propagación o, más exactamente, a la instilación en la conciencia colectiva de una visión única del mundo. Es a eso, ni más ni menos, a lo que llamamos totalitarismo. A partir de ahí, los patrones culturales que definen la naturaleza de la víctima que mejor se ajusta a semejante intención deben responder a un propósito definido: la disgregación. Los poderosos eligen para la causa que anuncia la plenitud de los tiempos a aquellos colectivos, habitualmente minoritarios, que, al margen de la mayor o menor justicia de sus pretensiones, ayudan a socavar el sustrato de creencias y valores sobre las que se asienta la vida de la comunidad. Desde las instancias donde se juega a programar el devenir del mundo, se promocionan estereotipos imbuidos de una agresividad justiciera, arrebatados por una furiosa insania revanchista. Se les atribuye, como contrapartida a su beligerante labor de demolición, una escala de virtud cuya altura nadie osa cuestionar. Se les provee de un excedente de credibilidad. Se les adorna, en fin, con un superávit de decencia siempre apto para transferir las culpas a los otros, escamotear el peso de la propia carga y eludir las evidencias de la responsabilidad personal.

Los poderosos eligen para la causa que anuncia la plenitud de los tiempos a aquellos colectivos que, al margen de la justicia de sus pretensiones, ayudan a socavar el sustrato de creencias y valores sobre las que se asienta la vida de la comunidad

Los segregados, los apestados, los pobres de antaño apenas interesan ya. Carecen del aura fotogénica que luce esta ultimísima realidad de diseño. Es preferible arrinconarlos, desplazarlos del foco, no vaya a ser que a través de la contemplación doliente de sus llagas caigamos en la cuenta de la impostura que escenifican quienes ahora han sido privilegiados con el monopolio de la queja y el lucrativo usufructo de la indignación. Mejor, más atractivos, los custodios de la posmoderna llama identitaria. Mejor los vociferantes que los silenciosos, los que coaccionan que los apaciguados. Mejor los que, con el característico ardor que se les supone a quienes se comprometen en guerras que saben ganadas de antemano, atacan lo poco que sobrevive del orden previo y facilitan la transformación de los últimos restos de fraternidad comunitaria en convulsas manifestaciones de un individualismo feroz.

Se instituye así una ardorosa casta de insurgentes paradójicamente sostenidos con el estímulo del poder. El inconformismo se domestica, la rebeldía se remunera. Como no podía ser de otro modo, en paralelo al encumbramiento de la víctima subvencionada se produce la devaluación de la víctima real. Y algo más grave que su devaluación: su ocultamiento. Culmina de ese modo la jugada maestra del poder. Se cumple su designio de desmantelar el ethos común y eximirse del deber sagrado hacia quienes más precisan de su auxilio. Los enemigos contra los que estas nuevas víctimas arremeten no son, por lo demás, sino gigantes imaginarios, entelequias infladas por la propaganda, fantasmagorías que, con eficacia rotunda, actúan como banderín de enganche de unas masas entusiamadas con el hallazgo de un enemigo en cuya unánime execración encuentran ellas un elemento de convergencia precaria y un sobrevenido remedo de identidad. Es el triunfo de la abstracción que caracteriza a una época deshumanizada. Es el penúltimo estadio de autodisolución al que nos ha sido dado asistir en este trágico desvanecimiento del mundo.


CARLOS MARÍN-BLÁZQUEZ ha sido columnista durante diez años en prensa regional (‘La Verdad’, Murcia). Es escritor y autor de ‘Fragmentos’ (Editorial Sinderesis, 2017)