Culturismo, no cultura

El cine español necesitaba millones, pero no de espectadores, por lo visto, sino de euros del erario público. Ya lo dijo Eduardo Casanova en la última gala de los Goya y ahora, en tiempos de confinamiento, la urgencia atraganta. La cancelación de bolos, conciertos o rodajes, ha ido mermando los ingresos del sector de las artes y esto es una objetiva desgracia.

Desde las atalayas de los grandes cómicos, cineastas y cantantes, parece que se ha reformulado el mensaje. Broncano y Dani Martín lo decían a coro en una Resistencia de hace unos días, y gran parte de medios de la izquierda ha declarado lo mismo en el último mes: la cultura es muy importante y el Estado tiene el deber de proteger la cultura. Páguese.

Es algo preocupante eso de “la importancia”; el gremio se sabe muy relevante y necesitado cuando hay otros sin mascarillas. Por otro lado, su desesperación es comprensible. A ningún español le hará gracia que se estén arruinando artistas, demás cabareteros y, sobre todo, los técnicos y trabajadores invisibles de su industria, pero también lamentamos la ruina del resto de autónomos, empresas y del bar de abajo.

Preocupa porque en el fondo quieren dejar clara su esencialidad para organizar la cola de las subvenciones. Es cierto que la cultura va más allá de las funciones vitales y nos eleva el espíritu, pero tampoco hay que refocilarse: sin supervivencia, no hay vivencia. A ver cómo vamos a cantar o a reír si ganan la muerte y la ruina.

En realidad, lo más preocupante es lo específico de estas demandas: las ayudas deben ser del Estado, tal y como matizó Casanova en enero y lo hace ahora la comiquería. No se trata de salir de pobre, se trata de una visión ideológica concretísima. Estos no hacen por vivir, sino por vivir del Estado. Si la cultura es tan importante en estos calamitosos momentos ¿qué más dará que la ayuda venga del Estado, o de Amancio, o de un espontáneo crowdfunding?

El mecenazgo es una actividad antigua como su mismo nombre indica y desde la antigüedad ha precedido a la fecundidad artística: desde Virgilio hasta Picasso, pasando por el arte del Barroco; siempre hubo mecenas detrás y con ellos, sus intereses políticos. Si el mecenas es el Estado, los intereses serán de quien gobierne. Creer que el mecenazgo sólo debe ser público porque así será neutro es tan infantil como narcisista.

Los políticos se sienten satisfechos financiando la cultura y los subvencionados lo celebran como quien observa la inauguración de un hospital. Y, en realidad, sólo financian su cultura. Autofelación, al fin y al cabo, porque unos aumentan el músculo de sus consignas políticas amamantando a los otros, sus juglares, para que éstos presuman luego en el público espejo de sus televisiones. Pedid, pajaritos, pero no es necesaria esa solemnidad kitsch de Rambo.


JAIME Á. PÉREZ LAPORTA