Notas sobre la dignidad humana, la meditación y el divertimento

Un monje ortodoxo reza en el monasterio de Neamt (Rumanía, 2007) | Ezequiel Scagnetti

El cinismo suspicaz de la mentalidad tardomoderna ha erosionado la posibilidad de pensar en términos de absolutos y universales. No obstante, releo el magnífico Discurso sobre la dignidad del hombre, de Giovanni Pico della Mirandola, escrito en 1486, y encuentro verdad. Dice Pico que la seña distintiva de lo humano reside en su capacidad para desvincularse de la reacción instintiva animal y darse forma por medio de la libre acción. Advierte, claro, que este forjarse soberanamente su propia naturaleza acarrea para el hombre una doble posibilidad: o bien “degenerar en los seres inferiores que son las bestias, o bien regenerarse en las realidades superiores que son divinas”. Nos emplaza Pico, pues, a “no saciarnos con las cosas mediocres”, sino a “anhelar las más altas”. Dos son los caminos para participar de la dimensión sobrenatural que yace en el alma del hombre: “refrenar con la ciencia moral el ímpetu de las pasiones y disipar la oscuridad mental con la dialéctica”.

Este doble camino, epistemológico y ético, de purificación, con objeto de participar de las cosas divinas, bien podría en nuestros días encontrar criticismo por parte de un paradigma posestructuralista/deconstruccionista/nietzscheano: no hay posibilidad de volar a la “sede ultramundana”: toda nuestra capacidad de conocimiento y acción se encuentra socialmente encarnada, históricamente configurada. El desdén por las cosas terrenas no constituye una vía definitiva, ningún descubrimiento atemporal; tan solo refleja y participa de una determinada concepción de lo social espaciotemporalmente localizada.

El instrumental analítico -lingüístico- posmoderno es sugerente, qué duda cabe, pero difícil de asumir en su totalidad. ¿Por qué no defender el ideal grecocristiano de la ascesis como un feliz hallazgo universalmente válido? Bien comprendieron los antiguos que a menos que se sofocasen las inclinaciones más apremiantes no podría considerarse emancipado a un hombre. ¡Triste tiranía es la de las apetencias vinculantes, hoy tan en boga y activamente promovida! Propugnar la contención y el autocontrol y la aspiración a lo que no es pasajero en nuestras vidas suena hoy como algo por entero desfasado y vetusto. Y es ahí, empero, donde radica la actitud conservadora: ver en lo pasado no algo superado, tampoco motivo de atadura castrante, sino frescas admoniciones resultantes de la sabiduría sedimentada de los siglos. Como nos enseñó Chesterton, es erróneo deducir del hecho de que una cosa haya salido derrotada que haya sido también descalificada.

Pues, ¿cómo podría decirse de un hombre que es libre si se pliega ante los ardores más nimios? Lo comprendió bien Filón de Alejandría: “Si el alma es empujada por la concupiscencia o seducida por el placer o descarriada por el miedo o abatida por el dolor o estrangulada por la ira, se esclaviza a sí misma y torna a quien la posee esclavo de infinitos amos”. Se pronunció también a este respecto Cicerón: “Cuando el alma se haya apartado del obsequio e indulgencia para con el cuerpo y haya destruido a la voluptuosidad […] y agudizado la viveza de ingenio para elegir las cosas buenas y rechazar las contrarias […], ¿qué podrá decirse o pensarse más dichoso que ella?”.

Estos y tantos otros pensadores de oficio llamaron a hacernos cargo de nuestra dimensión verdaderamente distintiva: tenemos la capacidad, el don, de refrenar nuestra parte más irracional: es eso lo que nos singulariza, capacidad y vocación de trascendencia. El hilo de las tesis humanistas llega hasta nuestros días: George Steiner entiende que la vida examinada, dedicada a la labor intelectual y artística, es la más –la única– digna de ser vivida, pues es el desarrollo de las potencialidades creativas y reflexivas lo que caracteriza y distingue al ser humano. El ennoblecimiento del espíritu, el alumbramiento de ideas intemporales.

En el marco de la “vida desnuda”, despojada de todo sentido de trascendencia, nuestra atención se agota en lo efímero.

En los últimos tiempos se ha puesto de moda la meditación, y es cosa de agradecer, pues la gente necesitaba un respiro. En cualquier caso, se sigue dando en el fomento de las prácticas de relajación un cierto espíritu orientalizante y papanatas que desprecia lo propio y se maravilla ante lo ajeno. ¿Acaso es la meditación, hoy profana y laica, otra cosa que el “liberarse de la acción, y absorbernos en el ocio de la contemplación meditando en la obra al Hacedor” que decía Pico? Se le puede llamar “filosofía contemplativa”, zen o “higiene mental” (Pablo D’Ors); pero lo fundamental es que, tal vez, ahora la purificación del intelecto ya no se nos aparezca tan ridícula y arcaica. Lo resume Pico con notable agudeza: “Tener claramente ante los ojos en qué consiste nuestra vida, cuáles son sus acciones, cuáles sus obras”.

Medita el filósofo Byung Chul-Han sobre la meditación. Lamenta la pérdida del sosiego y de la capacidad de detenerse en un mundo vertiginoso regido por el principio de la productividad creciente. “Los logros culturales de la humanidad, a los que pertenece la filosofía, se deben a una atención profunda y contemplativa. La cultura requiere un entorno en el que sea posible una atención profunda”. La recuperación de la vida contemplativa (o al menos de una porción de ella) se vuelve inexcusable: retornar a la “experiencia del Ser”, de lo invariable y lo imperecedero que “se sustraen de todo acceso humano”.

Y se acaba volviendo así a los viejos temas del mundanal ruido, del jaleo de la multitud en el foro a la sociedad de la agitación, una que ha perdido el “don de la escucha”: en una coyuntura en la que todo cuanto rebose un tuit o una story de 24h de duración no merece consideración alguna, “el ego hiperactivo” ya no posee la potestad de una “profunda y contemplativa atención”.

En el marco de la “vida desnuda”, despojada de todo sentido de trascendencia, nuestra atención se agota en lo efímero. La hiperactividad no deja lugar para la meditación de lo que no es fugaz en nosotros. Tapamos nuestros interrogantes sobre el sentido de nuestra infinitamente digna indignidad por medio del bullicio ensordecedor: bailamos frenéticamente mientras todo se descompone. Es comprensible: el silencio es aterrador. Enormemente sintomático es ese gesto en que nos revolvemos inquietos cuando se produce un “silencio incómodo”. Juan Manuel de Prada se ocupa de este asunto con particular pericia: “Dicen que la locuacidad es el mejor antídoto contra el acecho de la zozobra, porque mantiene nuestro pensamiento alejado de mortificantes cavilaciones”.

En efecto, son estos “hábitos tarambanas”, “espejismos que nos deslumbran por medio de la dispersión mundana”, aquellos con los que urdimos “estrategias para anestesiar el hastío, para espantar el acoso de una insatisfacción que nos corroe por dentro”. Toda esta cuestión remite en último término a aquello que Pascal se refería por “divertimentos”, ocupaciones y agitaciones vanas que nos distraen de meditar nuestras miserias, para tapar el funesto crepitar de la desgracia consustancial al hombre.

Le hace la coda don Miguel de Unamuno en sus Diarios, quien como el francés entendió que la dignidad del hombre yace precisamente en rumiar gallardamente esas miserias, en afrontarlas: “Ocurre con frecuencia en las conversaciones que se llegan a tratar de lo que las gentes llaman la brevedad de la vida, de la vanidad del todo. Y entonces casi siempre se dice: lo mejor es no pensar en eso, porque no se podría vivir. Y, sin embargo, lo mejor es pensar en ello, porque solo así se puede llegar a vivir despierto, no en el sueño de la vida”.

En consonancia con la dinámica desplegada en estas líneas, cedo la palabra para terminar el presente escrito a los muertos del pasado que ya recorrieron estos caminos trillados que hoy nosotros seguimos afanosamente hollando. “Hay muchos suicidas morales, que se esfuerzan por ahogar su alma en el bullicio y la disipación como esos desgraciados que beben y se emborrachan para entorpecer su conocimiento y abotargarse. ¡Infelices almas que viven huyéndose! ¿Dónde encontrarán reposo?“. Díganme si estas especulaciones, tan sagaces y clarividentes, y aun con la inevitable mediación constriñente que impone el lenguaje humano, no son capaces de trascender el tiempo y el espacio para ofrecérsenos como savia nueva y eterna.


VÍCTOR NÚÑEZ DÍAZ