La tercera vía: el distributismo

Fotograma de la película 'A Hidden Life' (2019)

¿No es cierto que llevamos dos o tres crisis económicas en un periodo aproximado de veinte o treinta años? No cabe duda de que es un sistema que continuamente intenta equilibrarse en un eterno desequilibrio. A estas alturas uno se cuestiona si, lo que por antonomasia ha sido llamado el estado del bienestar, realmente permite estar bien. Y aunque ahora muchos me alienten a comparar cómo vivimos hoy a cómo lo hacían años atrás, la verdad es que la gente no es más feliz ahora que antes. Porque ese fue, y sigue siendo, uno de los grandes errores cometidos por los ideólogos de la economía capitalista: que esta comenzó a mirar por el dinero en lugar de mirar por la persona.

Lo menos que podemos exigir de un sistema económico no es que imite nuestros defectos y tropiece constantemente como lo hace un hombre corriente, sino que encarne nuestras virtudes y nos permita ver y apreciar la vida como lo hace un niño corriente. Esta alusión generacional del hombre y el niño no es gratuita: en cuanto exponga la dirección a la que deberíamos dirigirnos no faltará quien critique esa idea como algo antiguo y de otros tiempos, pero la verdad es que el distributismo es más joven que el socialismo y el capitalismo. Y eso, precisamente, se convertiría en una bella ironía en unos tiempos donde los ancianos son apartados con relativa facilidad y una niña de quince años nos increpa con impecables arengas sobre cómo debemos comportarnos con el medio ambiente. En Últimas noticias del hombre (y de la mujer), de la editorial Homo Legens, el filósofo francés Fabrice Hadjadj expone con clarividencia: «En la generación de los productos tecnológicos, lo más reciente deja obsoleto a lo precedente: lo viejo es siempre un desecho», porque la innovación tiene fecha de caducidad, es un proceso de obsolescencia.

Sin embargo, aunque el distributismo tenga un planteamiento teórico posterior a las otras dos corrientes mencionadas, en la práctica fue primero. Y aun siendo posterior en la teoría y anterior en la práctica, está basada en una idea milenaria: el distributismo actúa con plena armonía y coherencia con la doctrina social de la Iglesia católica. Fue el Papa León XIII, en la encíclica Rerum Novarum, quien planteó los primeros pasos hacia esta tercera vía que se encuentra entre el capitalismo y el socialismo.

El distributismo es la alternativa verdadera porque se fundamenta en tres aspectos clave de la vida del hombre: por un lado, parte de la lógica consideración de que la familia no solo es primigenia en la sociedad y, por tanto, fundamento de la misma, sino que, además, es «la prueba de libertad, porque la familia es lo único que el hombre libre hace por sí mismo». Es decir, familia y libertad forman un lógico binomio, aunque incompleto. Porque la libertad debe ser también extensible a todo lo demás y el lugar para hacerlo es el hogar. Por tanto, creemos que cada hombre, cada familia, debe ser propietario (si me permiten la redundancia) de su propiedad (que será, claro, privada). Porque igual que todo hombre normal desea una familia, con mayor razón deseara una casa propia donde meterla.

Familia, libertad y propiedad privada conforman, pues, un perfecto triángulo aun habiendo catetos de por medio. Así que, si el hombre quiere una casa propia, el socialismo no tiene cabida dentro de la casa pero tampoco fuera, porque ha sido expropiada. Y si el hombre ha formado libremente una familia lo último que quiere es que esta se disperse, como sucede con el capitalismo. Señala Hadjadj: «A partir del momento en que la economía consiste en la dispersión de la familia y su sumisión al trabajo de oficina (…) y la dicha del supermercado (…) se puede comprender que a los jóvenes les parezca una caída la necesidad de establecerse. La cuestión económica se reduce para ellos a la cuestión financiera. Ya no se trata de obras comunes, sino de ir a ganar dinero cada uno por su lado». Pero el filósofo francés no se detiene ahí y nos dice más. Economía proviene del griego oikonomía, y «oikos quiere decir “familia” o, más precisamente, “los de casa” (…) En la economía, la producción de riqueza es, en primer lugar, agrícola –y no financiera– y está ordenada a “los de casa” –y no al Estado ni a las multinacionales». La economía debe estar al servicio del hombre, de las familias, y no el hombre al servicio de la economía.

Habiendo comprendido los cimientos básicos, el siguiente paso será defender y hacer comprender que los medios de producción no deben ser del Estado (socialismo), ni estar en manos de unos pocos («mucho capitalismo significa muy pocos capitalistas»). Si no están en manos de nadie, ni en manos de unos pocos, solo nos queda que estén en manos de muchos, como desea el distributismo. Esto es, que las familias sean las dueñas de los medios de producción y estos les permitan autoabastecerse con lo que producen. Entonces el hombre se reencontrará con la tierra, reconocerá los frutos de su trabajo y dará gracias por ellos. Las familias formarán pequeñas comunidades con un fuerte y sincero impulso de cooperación y solidaridad (como lo hicieron antaño artesanos y labradores en sus distintos gremios; queda patente que no se trata de un sistema utópico). Porque lo realmente importante de todo esto es que seamos capaces de valorar el fin de nuestras actividades y no los medios. De lo contrario, caminaremos hacia fines que resultan irrelevantes, incluso tediosos, por el mero hecho de que el medio nos complace por su comodidad. Entonces seremos, como ahora, los infelices del bienestar; y lo que pretendemos es ser, verdaderamente, los felices del bienser.

Hilaire Belloc también trató el distributismo en su obra El Estado servil, en el que atraviesa desde la desaparición de la esclavitud, pasando por las primeras pinceladas de un Estado distributista (que el mismo Belloc reconoce nunca llegó a consumarse en su totalidad) hasta la aparición y desarrollo del capitalismo y del socialismo. Es posible que llegados a este punto alguien se esté preguntando de nuevo cómo se supone que va a ser el distributismo un sistema que genere más riqueza que el sistema actual y cómo va a hacer para que vivamos mejor. Al principio respondíamos a esa cuestión y de nuevo lo hacemos remitiéndonos a otro autor: «Si podemos hacer más felices a los hombres, no importa que los empobrezcamos, no importa que los hagamos producir menos, no importa que los convirtamos en seres menos progresistas, en el sentido de cambiarles simplemente la vida sin acrecentar su gusto por ella» arguyó Chesterton en Los límites de la cordura. En definitiva, no se trata tanto de llenar los bolsillos como de llenar los corazones.

La economía se tambalea hoy, y tal inestabilidad no es consecuencia de que hayamos dejado de comprar, sino de que hayamos dejado de comprar todo aquello de lo que podemos prescindir con relativa facilidad. La economía cae porque el consumismo ha desaparecido. Ernst F. Schumacher hace esta crítica en Lo pequeño es hermoso: «La economía moderna (…) tiene al consumo como el único fin y propósito de toda actividad económica, considerando los factores de producción –tierra, trabajo y capital– como los medios». Sin embargo, no nos falta el alimento. Diría que es esta la única necesidad básica, pero muchos reprocharán que otros tantos lograrán con grandes dificultades pagar el alquiler. Claro que no. Si a duras penas lo pagaban con el salario de su bolsillo como iban a hacerlo ahora. Resulta que el hombre moderno ha sido despojado de la tierra, no tiene un hogar propio y tampoco puede formar una familia. ¿Qué le queda al hombre sino trabajar a cambio de un salario?

En definitiva, por si quedan dudas al respecto, Juan Manuel de Prada aclara: «El distributismo se funda en las instituciones de la familia y la propiedad, pilares básicos de un recto orden de la sociedad humana; no cualquier familia, desde luego, sino la familia católica comprometida en la procreación y fortalecida por vínculos solidarios indestructibles. Tampoco cualquier propiedad, y mucho menos la propiedad concentrada del capitalismo, sino una propiedad equitativamente distribuida que permita a cada familia ser dueña de su hogar y de sus medios de producción. El trabajo, de este modo, deja de ser alienante y se convierte en un fin en sí mismo; y el trabajador, al ser también propietario, recupera el amor por la obra bien hecha, y vuelve a mirar a Dios, al principio de cada jornada, con gratitud y sentido de lo sagrado».


TONI GALLEMÍ