Una revista contra los tiempos
¿Cuál es el sentido de una revista cultural en los tiempos que corren? Confieso que, por la cuenta que me trae, he preferido obviar la dimensión económica de la pregunta. Pero el asunto tiene otras implicaciones que merece la pena abordar con algo de detalle.
Cualquiera que conozca de cerca el mundo de los medios sabe hasta qué punto atraviesa hoy una transformación acelerada. Si la imprenta eclipsó a la narración en beneficio de la novela, y a está se le opuso siglos después la información como género dominante, la técnica, encarnada hoy en la inteligencia artificial, amenaza con alterar la naturaleza misma de la comunicación más allá de sus formas y medios. El cambio es hoy de orden antropológico, pues la acción de comunicar(se) deja de presuponer su carácter exclusivamente humano.
Raro es el diario, sea digital o en papel, que no utilice habitualmente estas herramientas para redactar no ya sus textos informativos (que hace tiempo terminaron de eclipsar a los narrativos), sino casi cualquiera de sus piezas escritas. Es probable, querido lector, que una parte no menor de los textos que haya leído en el último año hayan sido generados por una compleja red de algoritmos, y que la única intervención humana haya sido una ambigua instrucción inicial y el estampado final de una orgullosa firma.
Walter Benjamin asistió a los albores de otra transformación en las formas de comunicación, mucho antes de que la revolución de la inteligencia artificial fuera siquiera imaginable. En los años treinta advirtió que aquella facultad que considerábamos inalienable, «la más segura entre las seguras», que es la facultad de intercambiar experiencias, nos estaba siendo retirada. La era de la información había terminado por completo de sepultar la narración.
La narración como artesanía
Benjamin reconocía el carácter artesanal del arte de narrar, en la medida en que la narración se había mantenido ajena a la técnica industrial. Hoy la composición escrita se está convirtiendo también en un producto de la misma, como ilustran polémicas recientes que empiezan a sacudir el panorama editorial.
Pero la relación de la narración con lo artesano va más allá de la metáfora. Las actividades vinculadas al aburrimiento, que son, según Benjamin, las semillas de la experiencia, han ido desapareciendo progresivamente de nuestro horizonte cotidiano. Con ellas se ha perdido el don de estar a la escucha y, con él, lo que llama también «la comunidad de los que tienen el oído atento». El trabajo artesano concentra y dispone la atención de un modo particular, que favorece a la vez la interiorización de ciertas las dimensiones esenciales de la existencia humana, dando lugar a una cierta manera de estar en el mundo.
No es casualidad que el declive de la narración sea paralelo al de este tipo de trabajos. Benjamin recoge una bella y trágica frase de Paul Valéry: «el hombre contemporáneo ya no trabaja en lo que no es abreviable», pues «es casi como si la atrofia del concepto de eternidad coincidiese con la creciente aversión a trabajos de larga duración».
En este sentido, la estandarización artificial de la composición escrita, lejos de ser un hecho aislado, remite a una cuestión más amplia, que es la colonización, desde la técnica, de ámbitos hasta ahora humanos, hasta de aquellos que creíamos exclusivamente humanos.
Como advirtió Valéry, el hombre contemporáneo ya no trabaja en lo que no es abreviable, pues es casi como si la atrofia del concepto de eternidad coincidiese con la creciente aversión a trabajos de larga duración.
Lo humano y el espíritu de la técnica
Benjamin relató el vértigo que imponía ya entonces la expansión de la técnica y, frente a ella, la vulnerabilidad de la experiencia humana:
«Una generación que todavía había ido a la escuela en tranvía tirado por caballos se encontró súbitamente a la intemperie, en un paisaje en que nada había quedado incambiado a excepción de las nubes. Entre ellas, rodeado por un campo de fuerza de corrientes devastadoras y explosiones, se encontraba el minúsculo y quebradizo cuerpo humano».
Murió apenas iniciada la Segunda Guerra Mundial, incapaz de imaginar la devastación que culminaría con el estallido de las dos bombas nucleares.
Benjamín Labatut, en su elogiada novela Maniac, recupera la inquietante advertencia de Günther Anders acerca de nuestra incapacidad para imaginar las consecuencias de aquello que somos capaces de producir, aplicable hoy al desarrollo de la inteligencia artificial:
«El problema con esos juegos, con los múltiples y temibles juegos que surgen de la imaginación sin límites de nuestra especie, es que cuando toman cuerpo en el mundo real —cuyas verdaderas reglas y propósitos solo Dios conoce— nos vemos enfrentados a riesgos y peligros que muchas veces superan nuestro conocimiento y sabiduría, como si hubiese algo en lo humano que siempre apunta más allá de nosotros, porque se alimenta de aquellas fuerzas que nos anteceden, exponiéndose a los caprichos y deseos de un demonio interior cuyo poder y nombre nos acarrea la desgracia».
¿Cuál es el problema de delegar facultades propias de la experiencia humana, como la capacidad de contar historias, la «comunicabilidad de la experiencia», en las máquinas? El peligro es que nada de lo humano le es ajeno a la técnica, pues sus consecuencias exceden a la técnica misma, que tiende convertirse en principio organizador de la existencia, como ya advirtiera Jünger en El trabajador. Como el capitán Ahab, esta disposición del espíritu, reconocible en la modernidad técnica, pretende atravesar la superficie de las cosas, la existencia de algo que escape a su voluntad le resulta insoportable y, frente a los misterios e imperfecciones del mundo, opone una voluntad totalizante de penetración, dominio y progreso.
La misma tragedia de Ahab, arrastrado a la muerte por el mismo arpón con el que pretendía someter a la ballena, recuerda a aquella frase de C.S Lewis en La abolición del hombre: «la naturaleza humana será el último eslabón de la Naturaleza que capitulará ante el Hombre». Pretendiendo vengar nuestra propia imperfección, nuestra condición mortal, nos vemos arrastrados a una muerte mayor, que va más allá de nosotros, pues afecta a la humanidad entera.
Pretendiendo vengar nuestra propia imperfección, nuestra condición mortal, nos vemos arrastrados a una muerte mayor, que va más allá de nosotros, pues afecta a la humanidad entera.
Reivindicar la narración como hecho humano
¿Para qué sirve, pues, una revista cultural? No tengo duda de que para muchas cosas, como espero que tenga ocasión de comprobar el lector, pero propondré aquí una de ellas: recuperar la narración como hecho humano. Frente al mundo técnico de los algoritmos, frente al olvido de la experiencia y la estandarización del lenguaje, en fin, frente a la hegemonía de la información, que «cobra su recompensa exclusivamente en el instante en que es nueva», la verdadera narración no se agota, sino que «se asemeja a las semillas de grano que, encerradas en las milenarias cámaras impermeables al aire de las pirámides, conservan su capacidad germinativa hasta nuestros días».
Convencidos, pues, de que entregar a la técnica la capacidad de contar historias empobrece nuestra manera de mirar, pensar y, finalmente, habitar el mundo, proponemos, como Benjamin, volver a eso que Schiller llamaba «la era de la poesía ingenua»: «Únicamente gracias a una extensa memoria, por un lado, la épica puede apropiarse del curso de las cosas y, por el otro, con la desaparición de estas, reconciliarse con la violencia de la muerte».
Si Prometeo robó el fuego a los dioses condenandonos eternamente, al menos sentémonos a su alrededor y contémonos viejas historias
Ese es, aun a riesgo de resultar pretencioso, uno de los sentidos de una revista cultural: ser depósito de la memoria, caudal de ideas vivas y experiencias vividas, cofre de grandes historias. Si Prometeo robó el fuego a los dioses condenandonos eternamente, al menos sentémonos a su alrededor y contémonos viejas historias. Y, como dice Benjamin, quizá así, al menos durante unos minutos, podamos, sin pretender vencerla, imperfectos y humanos como somos, reconciliarnos con la violencia de la muerte.
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