Un simple no

Edward Hopper, Eleven AM (1926)

Los nuevos señores del mundo tienden a pensar que la realidad no es más que un artefacto lingüístico. Niegan que las cosas posean una entidad propia, que de los hechos se deriven, de un modo natural, consecuencias buenas o malas. El resultado de fundar su acción sobre semejantes premisas es la militancia en un relativismo utilitarista que reduce toda cuestión problemática a los términos de una transacción. Las palabras sirven para adquirir poder. Los significados se adulteran en función de los intereses del momento. A la verdad se le sobrepone un conglomerado de vaguedades, mentiras y delirios que, martilleados con una regularidad extenuante, suscitan en las conciencias un prolongado efecto de sedación.

La idea está en Orwell: en el tiempo de los aprendices de brujo, la finalidad del lenguaje es corromper el pensamiento. Y más que corromperlo, imposibilitarlo. Tal fin es, por lo demás, y como no podía ser de otra manera, un fin político. La perversión extrema de esta disposición a manipular las palabras se alcanza cuando el poder recae sobre aquellos que, tras vaciar de sustancia el pasado y sumir el presente en una discordia perenne, maniobran para imponernos un orden nuevo. Es en esa tesitura en la que nos hallamos hoy. La máxima anomalía se conjura con el grado máximo de politización. De ahí que, a una indicación de sus amos, los hacedores de consignas se hayan apresurado a hinchar el idioma con expresiones grandilocuentes: nueva normalidad, desescalada, distanciamiento social… La idea es que sucumbamos entre conceptos de una ampulosidad sublime. La intención es que, al precipitarnos al vacío, lo hagamos consolados por la taumaturgia falsamente terapéutica de unos términos que, no obstante su artificiosidad y su inconfundible sesgo propagandístico, han acreditado, en el escaso tiempo que llevan entre nosotros, una deslumbrante capacidad de penetración.

A la verdad se le sobrepone un conglomerado de vaguedades, mentiras y delirios que, martilleados con una regularidad extenuante, suscitan en las conciencias un prolongado efecto de sedación.

Se configura, pues, un orden en el que los poderosos, parapetados esta vez tras criterios de escrupulosa asepsia científica, acometerán el enésimo intento de lo que Hannah Arendt llamó “la planificación moderna del paraíso terrestre”. Marchamos hacia un despotismo higiénico. En el horizonte despunta una modalidad de servidumbre articulada en torno al carácter incontrovertible de los dictámenes emanados desde un inaccesible oráculo de expertos. Gustosamente, les cederemos la iniciativa de nuestras vidas. Mediante el uso de las técnicas adecuadas, ellos nos indicarán qué pensar, qué hacer, qué sentir. No es descartable que, inmersos todos en un paisaje en el que cada repunte estadístico va a resonar con el clamor de una trompeta que anunciara el desencadenamiento del apocalipsis, cierta incipiente disposición a la colectivización de nuestros hábitos encuentre la excusa idónea para desbocarse. Sin duda, el ya muy cuarteado tejido comunitario sufrirá un deterioro adicional. El espíritu revolucionario del que, según Donoso Cortés, están impregnadas las sociedades modernas pasará a ser gestionado al compás de la pauta que más convenga al Estado. Quizá a la idea de Progreso algunos tengan que empezar a superponerle la de Duración. Quizá los retazos de la utopía liberadora y de la fantasía de la Historia como ámbito total de redención hayan de ser reemplazados por una retórica más modesta y una temporalidad más circunscrita, aunque probablemente igual de falaces.

Durante un período de tiempo que de momento nadie ha tenido la osadía de fijar, deambularemos por el mundo como sombras que se debaten bajo el peso mudo de sus terrores. En todas partes acechará la fatalidad, sólo en la distancia nos sentiremos a salvo. Acabaremos agradeciendo a cualquiera de esas campañas con que la autoridad sanitaria insiste en recordarnos lo precario de nuestra condición la costumbre de mirar a nuestro semejantes como a eventuales portadores de una carga letal, y disculparemos la certeza de la reciprocidad de sus miradas. No será, después de todo, una situación tan insólita. Con la desalentada lucidez que le caracteriza, Michel Houellebecq ha apuntado que lo único que hace la pandemia es abundar en una tendencia que en Occidente ya se hallaba en proceso de cronificación: la obsolescencia de las relaciones humanas. El miedo al contagio, esta vez, nos proveerá de una coartada exculpatoria. A diferencia de episodios de análoga naturaleza a los que se haya enfrentado nuestra civilización, ahora no recurriremos al auxilio de ninguna presencia fraterna, sino que todo lo fiaremos al amparo de un Estado plenipotenciario al que, como contrapartida a los desvelos de su presunto humanitarismo benefactor, estaremos obligados a entregar –pero me temo que muchos lo harán encantados- parcelas completas de nuestra intimidad y nuestra conciencia.

En el horizonte despunta una modalidad de servidumbre articulada en torno al carácter incontrovertible de los dictámenes emanados desde un inaccesible oráculo de expertos

Hasta aquí la síntesis de la nueva normalidad que el lenguaje del poder ha comenzado a delinear en sus trazos más gruesos. Con el paso del tiempo, puede que lleguemos a ser conscientes de que cierta dimensión de nuestras vidas ha sufrido una merma trágica. Juzgaremos temeraria la insistencia en las antiguas rutinas de las que solía desprenderse esa afinidad que surge en la proximidad de los seres y las cosas. A la realidad exterior, en tanto ámbito de las sencillas epifanías en que revierte nuestro fervor hacia el mundo, nos asomaremos desde una perspectiva cada vez más cauta. Una semilla de desconfianza habrá quedado incrustada en nuestro interior. El recuerdo de los días aciagos en que el virus diseminaba a sus anchas la muerte servirá para que cualquier amago de rebeldía, cualquier atisbo de cuestionamiento a los dictados de una autoridad a la que la propaganda habrá conseguido que pronto percibamos como omnisciente, queden desactivados al instante.

La enfermedad como sobrevenida palanca del poder, el pánico a la muerte como vía para establecer una disciplina masiva de pensamiento y acción. Así es como se manifiesta el rodillo de una lógica instrumental que no conoce fisuras. En el ocaso de esta civilización, las fuerzas que se reparten sus despojos modelan a un hombre aislado, dependiente, asustadizo: el arquetipo soñado por el totalitarismo de matriz tecnológica que se venía gestando desde hace un tiempo, y al que la pandemia otorga ahora la última dispensa que necesitaba para permitirle actuar sin trabas. Sin duda, podrá considerarse afortunado quien, en mitad del repliegue al que buscan someternos, descubra algún reducto sagrado que valga la pena custodiar. Atrincherado allí, en el absoluto de una conciencia que lucha por preservarse intacta, quizá alcance a comprender el sentido profundo de aquello que Camus nos revelara un día: que en el gesto de articular un simple “no” está contenida, a veces, toda la fuerza necesaria para resistir al Leviatán.


CARLOS MARÍN-BLÁZQUEZ ha sido columnista durante diez años en prensa regional (‘La Verdad’, Murcia). Es escritor y autor de ‘Fragmentos’ (Editorial Sinderesis, 2017)

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