El mundo después de la pandemia según Michel Houellebecq

Michel Houellebecq en 2015 durante la presentación en Barcelona de 'Sumisión'. (EFE/ Andreu Dalmau

“Igual, o un poco peor”. Así será el mundo después de la pandemia según Michel Houellebecq (Isla de Reunión, 1956). El escritor francés se ha desahogado en una carta en la que rechaza la idea del advenimiento de un nuevo mundo después de la crisis del coronavirus y cuya traducción reproducimos aquí de forma íntegra. Abrimos comillas.


“Admitámoslo: la mayor parte de los correos electrónicos intercambiados en las últimas semanas tenían el objetivo de verificar que el interlocutor no estuviese muerto, o al borde de la muerte. Realizada esa comprobación, buscábamos decir cosas interesantes, algo difícil porque esta epidemia ha conseguido ser angustiante y aburrida al mismo tiempo. Se trata de un virus banal, pariente de los poco prestigiosos virus de la gripe, con condiciones de supervivencia difusas, a veces benigno, a veces mortal, ni siquiera transmisible sexualmente, en fin, un virus sin cualidades. Esta epidemia es capaz de causar miles de muertos al día en el mundo aunque provoca la curiosa impresión de ser un no-evento. Por lo demás, mis colegas más reputados (algunos lo son siempre) no hablaron demasiado al respecto, preferían afrontar la cuestión del confinamiento. Quisiera añadir aquí mi contribución a sus observaciones.

Frédéric Beigbeder (de Guetaria). Un escritor no ve a demasiada gente, vive como un eremita junto a sus libros, el confinamiento no ha cambiado demasiado las cosas. Estoy de acuerdo, Frédéric, respecto a la vida social apenas ha cambiado nada. Hay un punto que has olvidado (sin duda porque, viviendo en el campo, te afectan menos las prohibiciones): un escritor tiene la necesidad de caminar.

Esta cuarentena es la ocasión ideal para cerrar una antigua discusión entre Flaubert Nietzsche. En algún lugar, no recuerdo donde, Flaubert afirma que no piensa ni escribe bien si no se sienta. Nietzsche protesta con ironía (tampoco recuerdo donde) e introduce el nihilismo en su respuesta a Flaubert (estamos en una época en la que Nietzsche ya había comenzado a usar el término en vano): él mismo ha concebido toda su obra caminando, lo que no concibió caminando no tiene valor, después de todo ha sido siempre un bailarín dionisíaco, etcétera. Poco sospechoso de sentir alguna simpatía por Nietzsche, reconozco que en este caso tiene razón. Escribir, si durante todo el día no se pueden dedicar algunas horas de marcha a buen ritmo, es desaconsejable: la tensión nerviosa acumulada no llega a soltarse, los pensamientos y las imágenes siguen rondando dolorosamente la cabeza del pobre autor, que se convierte en alguien irritable o un loco.

Lo que cuenta realmente es el ritmo mecánico de la marcha, que no tiene necesariamente que provocar nuevas ideas (ocurre más tarde, en un segundo tiempo), sino que sirve para calmar los conflictos que surgen del choque de ideas que nacen en la mesa de trabajo (y es aquí donde Flaubert no está del todo equivocado); cuando habla de los conceptos elaborados en las laderas rocosas del interior de Niza, en los prados de Engadina, etcétera, Nietzsche divaga un poco: si no se escribe una guía turística, los paisajes que se atraviesan tienen menos importancia que el paisaje interior.

Catherine Millet (normalmente parisina, aunque afortunadamente se encontraba en Estagel cuando llegó la orden de no moverse). La situación actual le recuerda dolorosamente a uno de mis libros, La posibilidad de una isla.

Entonces pensé que era bueno, de todos modos, tener lectores. Porque no había caído antes en la conexión, si bien es absolutamente clara. Si vuelvo a pensarlo, es justo lo que tenía en mente durante aquella época, observo la extinción de la humanidad. No es como esas películas espectaculares. Al revés, es lo suficientemente melancólico. Individuos que viven aislados en su celdas, sin contacto físico con sus semejantes más allá de algunos intercambios a través del ordenador, cada vez menos frecuentes.

 El coronavirus acelera algunas mutaciones que ya estaban en proceso. Una cierta obsolescencia parece golpear las relaciones humanas.

Emmanuel Carrère (París-Royan. Parece haber encontrado un motivo válido para mudarse). ¿Nacerán libros interesantes, inspirados en este periodo?, se pregunta.

También yo me lo pregunto. Realmente me hice esa pregunta, pero básicamente no lo creo. Sobre la peste hemos tenido muchas cosas, en el transcurso de los siglos la peste ha interesado a muchos escritores. En nuestro caso, por el contrario, tengo dudas. De todas formas no creo ni medio segundo en las declaraciones del tipo “nada será como antes”. Todo se mantendrá exactamente igual. El desarrollo de la epidemia es notablemente normal. Occidente no es eternamente, por derecho divino, la zona más rica y desarrollada del mundo. Se acabó, esto es así desde hace ya algún tiempo, ciertamente no es una primicia. Si observamos al detalle lo ocurrido, Francia ha manejado la situación un poco mejor que España o Italia, pero menos bien que Alemania. Tampoco en esto hay una gran sorpresa. 

El coronavirus, por el contrario, sólo acelera algunas mutaciones que ya estaban en proceso. Desde hace algunos años, el conjunto de la evolución tecnológica, ya sea menor (video on demand, pagar sin contacto físico) o mayor (el teletrabajo, las conquistas sobre internet, las redes sociales) han tenido como consecuencia principal disminuir el contacto material y sobre todo el humano.

Después de la pandemia todo se mantendrá exactamente igual. Occidente no es eternamente, por derecho divino, la zona más rica y desarrollada del mundo. Esto es así desde hace ya algún tiempo.

La epidemia del coronavirus ofrece una magnífica razón de ser a esta tendencia de fondo: una cierta obsolescencia parece golpear las relaciones humanas. Me hace pensar en una comparación brillante que he encontrado en un texto contra la fecundación asistida, escrito por un grupo de activistas llamado Los chimpancés del futuro (lo he descubierto en Internet; jamás he dicho que Internet presentara sólo inconvenientes). Ahí va la cita: “Pronto, tener hijos por tu cuenta, gratis y dejando espacio al azar parecerá impensable, tanto como hacer autostop sin utilizar una aplicación web”. Los coches compartidos, las casas: tenemos las utopías que merecemos, pero olvidemos eso ahora. Sería falso afirmar que hemos redescubierto lo trágico, la muerte, la finitud, etcétera. La tendencia desde hace más de medio siglo, bien descrita por Philippe Airès, es disimular la muerte. Y claro, jamás la muerte ha sido tan discreta como en estas semanas. La gente muere en soledad, en las habitaciones de hospital, en las residencias, se entierra rápidamente (¿o se la incinera? La cremación está más cercana al espíritu de este tiempo), sin invitar a nadie, en secreto.

La tendencia desde hace más de medio siglo es disimular la muerte. Pero nunca, en ningún caso, se había expresado con una inmodestia tan tranquila que la vida de todos no tiene el mismo valor

Con la muerte sin testigos, las víctimas se reducen a un número en la estadística de los muertos diarios, y la angustia que se extiende entre la población a medida que aumentan los fallecidos tiene algo extrañamente abstracto. Otra cifra que ha adquirido importancia en las últimas semanas es la edad de los enfermos. ¿Con cuántos años hay que tratar de recuperar o curar a alguien? Depende, aparentemente, de la región del mundo donde vivimos; pero nunca, en ningún caso, se había expresado con una inmodestia tan tranquila que la vida de todos no tiene el mismo valor; que desde cierta edad (¿70, 75, 80?) es un poco como si ya estuvieras muerto. Estas tendencias, lo he dicho, ya existían antes del coronavirus; sólo se han vuelto a manifestar con nuevas evidencias. No despertaremos, después del confinamiento, en un mundo nuevo. Será igual, o un poco peor”

Michel HOUELLEBECQ