A los ‘cayetanos’ por sus obras los conoceréis

Manifestación contra el Gobierno en Núñez de Balboa | Clara Rodríguez / Vozpópuli

En estos tiempos inciertos previos a la neonormalidad, el más reciente divertimento ha sido el de porfiar ensañadamente contra un puñado de manifestantes antigubernamentales concentrados en una de las zonas pudientes de Madrid. A uno le sale como reacción automática el repudio, no es para menos. Quien mejor se ocupó de esta cuestión fue Antonio Lucas en El Mundo: “Los borjamaris de Núñez de Balboa -hasta la victoria siempre- y los capillitas del bailoteo malasañero -no nos mires, únete- pertenecen definitivamente al mismo grupo de riesgo: el de los mayumaná convencidos de acabar con esto alzando sartenes o cerveza en lata al cielo. Unos por saborear la rebeldía callejera a bordo del chaleco y otros por desacato infantil”.

Ha sido ya sobradamente señalada la incoherencia farisea de estos manifestantes, que en su día cargaron encarnizadamente contra la convocatoria de concentraciones feministas. Pero es aún más palmario el alarde de irresponsabilidad y ensimismamiento narcisista de esta pequeña multitud: protestan, en un gesto bastante inequívoco de la configuración “realmente existente” de nuestras derechas, en nombre de la “Libertad” -una libertad individual, claro, que se desgaja y abstrae de la dimensión social que es su condición de posibilidad y su garantía-. Atender a las demandas de movilidad de estos movilizados supondría, tamaña ceguera la suya, minar la libertad de la ciudadanía en su conjunto —no sorprende, llegados a este punto, la insolidaridad miope de los postulados de una libertad puramente negativa-. Por volver a Lucas, mucho más ducho en la expresión: “Después de miles de víctimas, dos meses de confinamiento y con las horas de aire libre racionadas (suficiente humillación), lo que delata a un ciudadano potable es saber mantenerse (iracundo o eufórico) a un par de metros de distancia”.

No puedo resistirme a añadir, en mi cruzada particular contra la atribución neoliberal al conservadurismo, que encuentro precisamente esta imagen de acomodado-indignado reticente a toda redistribución, una de las grandes lacras que arrastra nuestra derecha y que la previenen de devenir un movimiento más popular, como sucede en otros países. Señalaba un avezado tuitero que “La batalla cultural pasa por quitarnos la imagen de cayetanos de encima (que a su vez son los que dejaron las ideas de lado y ahora estamos como estamos)”. Es importante, pues, incidir en la naturaleza realmente más amplia del abanico conservador, que no se sustenta electoralmente en exclusiva en el barrio de Salamanca.

Ahora bien, es precisamente este último aspecto el que nos permite ir algo más allá y someter a crítica el retrato que está haciendo el progresismo mediático de la “revolución de los fachalecos”. Al margen del carácter de “señuelo” de este pequeño conato, sobredimensionado en la atención periodística (y que, como señalaban por ahí, ni al mismísimo Iván Redondo podría habérsele ocurrido como una estrategia más propicia para apuntalar la incontestabilidad de los planes de gestión vírica monclovitas), cabe referirse también al aprovechamiento izquierdista de este evento para caricaturizar con gruesos brochazos toda disidencia gubernamental.

Uno piensa que en el momento en que hemos asumido alegremente y empleamos con naturalidad términos provenientes del ámbito progresista como el de “cayetanos” o”fachalecos”, de alguna forma ya nos han metido un “gol” discursivo. No hay que olvidar que el progresismo (y entiendo por tal el tipo de izquierda postmoderna de pensamiento débil e indefinido que hace de las cuestiones identitarias su principal objeto, fomentando por ende el puritanismo intelectual y el frentismo ideológico) es experto en descalificar puntos de vista en base a criterios de aspecto, crianza o procedencia —es, al fin y al cabo, un rebote emanado de la incomunicabilidad intersubjetiva de los posicionamientos sustentados en la
pura subjetividad que promulgan. Insisto nuevamente en que son de todo punto deleznables los sucesos de Núñez de Balboa, pero no debemos caer en condenar estos hechos simplemente por ser quienes son los que los protagonizan.

Lo argumenta mejor que yo Jorge Bustos en su última columna de El Mundo: “El resentimiento de clase que mueve el pequeño corazón de la izquierda cañí tiende a confundir la clase con la ideología, y por eso no repara en que hay pijos de derechas como pijos de izquierdas, ni en que estos segundos a menudo tienen más dinero y viven en mejores barrios que los primeros, cuando no en los mismos […] Quedarse en la superficie estética del mocasín y la rojigualda es propio de esa obtusa inmunidad de rebaño tuitero que señala sistemáticamente el dedo del estereotipo y nunca la luna del significado.”

De este fragmento podemos servirnos para desgranar los varios problemas que entraña esta forma de clasismo invertido que tan desbocada campa estos días por la cancha tuitera. En primer lugar, el retrato basado en la renta oscurece una variedad ideológica en que los posicionamientos en la escala izquierda-derecha no se circunscriben estrictamente a una
mayor o menor opulencia. En esta línea fue dirigido el dardo dialéctico del alcalde de Madrid a Pablo Echenique: el silogismo “Todos los moradores del barrio de Salamanca son ricos. Los ricos votan derecha. Luego todos los vecinos del barrio Salamanca votan a la derecha” se cae cuando descubrimos a destacadas personalidades políticas del ámbito socialista residiendo en barrios “de ricos”.

En segundo lugar, y derivado de lo anterior, la caracterización de las protestas como “de cayetanos” se viene abajo también cuando advertimos que estas caceroladas se han extendido también por zonas “populares” como Aluche o Alcorcón, evidenciándose así que el retrato de “fachalecos” no es sino una estrategia dialéctica dirigida a encubrir que el descontento es más generalizado de lo que les gustaría (lo cual, de nuevo, no significa que esté justificado).

No son pocos los teóricos progresistas cuya procedencia privilegiada ha quedado al descubierto, al tiempo que cargaban de manera furibunda contra los ricachones

Además, la conceptualización de las protestas bajo la óptica tribal de la lucha de clases (cuya existencia material uno no niega) se ve impotente también para considerar otras realidades incómodas: como se ha destacado, el barrio de la capital donde se ha impuesto un mayor número de sanciones por incumplir el estado de alarma es el de Vallecas, plaza histórica del imaginario obrerista.

Por último, las acusaciones que emplean términos como “pijos” o “señoritos” (retórica que, ya hemos expuesto, se proyecta más allá del asunto Núñez de Balboa y pretende caricaturizar al conservadurismo en su conjunto) deriva en la ironía de que quienes profieren tales descalificaciones muchas veces engrosan ellos mismos las filas de los
adinerados. Proliferan en las redes usuarios que se ocupan de desenmascarar minuciosamente a aquellos que se sirven del discurso proletario al tiempo que pertenecen a los deciles más altos de ingresos. No son pocos los teóricos progresistas cuya procedencia privilegiada ha quedado al descubierto, al tiempo que cargaban de manera furibunda contra los ricachones.

Una de las lecciones más valiosas que nos legaron los Evangelios es que sólo Dios está en disposición de juzgar, en el sentido de condenar a una persona desde la potestad que confiere una superioridad en la coherencia de la conducta y la integridad. El mismo Jesús que aseveró que “es más fácil que un camello entre por el ojo de una aguja que el que un rico entre en el Reino de los Cielos” fue también quien sentenció: “No juzguéis, para no ser juzgados. Porque seréis juzgados con el juicio con que juzguéis, y seréis medidos con la medida con que midáis. ¿Cómo eres capaz de mirar la brizna que hay en el ojo de tu hermano, y no reparas en la viga que hay en tu ojo?”. Descubrimos, pues, que detrás de la pulcritud inmaculada de la vajilla de los círculos progresistas que se agrupan en torno al eje de poder PSOE/Podemos-Prisa, se oculta no pocas veces un ponzoñoso circuito endogámico que se retroalimenta entre onerosos cursos de universidades privadas, cargos privilegiados en instituciones públicas y el favor garantizado por la profesionalidad liberal.

Así pues, podemos concluir recomendando a los beligerantes progresistas mediáticos que no es por quién se es que uno se salva o se condena, sino por sus acciones: “Por sus frutos los conoceréis”. En tono sardónico, es posible resumir la polémica de los “cayetanos” y los “fachalecos” diciendo que “Aquel que esté libre de pijotismo, que arroje la primera piedra”.


VÍCTOR NÚÑEZ DÍAZ

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