Vivir contra

Joos van Cleeve, The suicide of Lucretia (1520-1525)

“A menudo se queda uno asombrado al ver la extraña ceguera con que las clases elevadas del Antiguo Régimen contribuyeron a su propia ruina”, escribe Alexis de Tocqueville en El Antiguo Régimen y la Revolución. Contemplar la Revolución Francesa bajo el prisma que lo hace Tocqueville nos depara una imprescindible lección para el presente. En el ocaso de una época, todas las creaciones que constituyen su genio adquieren una dimensión peculiar a la luz de las fuerzas que las socavan. A partir de 1789, revolución tras revolución, revuelta tras revuelta, Occidente se alimenta de su propio hastío. El empeño en la crítica continuada a los fundamentos sobre los que se sostiene nuestro ámbito de convivencia han logrado lo impensable: que los habitantes del lugar más próspero y supuestamente libre del Planeta sientan una fascinación neurótica hacia todo aquello que lo destruye.

Todo ha sido sometido a una crítica feroz, y en el origen de un cuestionamiento que desprecia el sacrificio de las generaciones anteriores, los frutos deslumbrantes de este ámbito civilizatorio único, no es descabellado situar a unas élites que, de manera análoga a lo sucedido en la Francia anterior a la Revolución, en algún momento decidieron traicionar sus responsabilidades y mirar únicamente por sus intereses inmediatos. Son, por ejemplo, las élites intelectuales que nutrieron el Mayo del 68 y han seguido luego estimulando el infantilismo sociológico que se perpetúa hasta hoy. Y también son esas otras élites mediáticas que, en su infatigable tarea de desmembramiento social, alientan un clima de discordia pública y azuzan el odio hacia lo propio como si se tratara de un signo incontrovertible de modernidad.

Son unas élites financieras sin demasiados escrúpulos a la hora de compaginar su filantrópica adhesión a cada una de las causas del humanitarismo buenista con la defensa de una sociedad atomizada. Son, en definitiva, las élites políticas que han puesto el aparato del Estado al servicio de una fractura que culminará con la destrucción de la clase media y -como avisa Christophe Guilluy en su espléndido No society– dejará nuestro mundo escindido entre, por un lado, la casta de unos pocos elegidos aptos para explotar todos los recursos que la realidad ponga a su alcance y, por el otro, la masa de un pueblo víctima de la degradación del sistema educativo, la anomia cultural y la imbecilización televisiva.     

Si toda esta labor de zapa ha cosechado lo que, al menos por ahora, cabe catalogar como un éxito incuestionable, quizá se deba, en primer término, a que se ha hecho en nombre de una idea que a partir de la Ilustración adquirió la categoría de mito central en cualquier iniciativa que aspirara a reclutar un número significativo de adeptos: el Progreso. Y en segundo lugar, porque la hegemonía del modo de pensamiento ideológico, con sus simplificaciones conceptuales, su manipulación del lenguaje y su sectarismo a ultranza, ha extirpado de las cada vez más amplias capas de población que acceden a estudios superiores algo que, por contra, un cierto porcentaje de las clases populares se resiste todavía a que le arrebaten: el sentido común.

Ese permanente vivir contra los demás, del que la parte más ideologizada de la población occidental extrae la energía necesaria para proseguir su imparable avance hacia el abismo, ha mutado en un vivir contra sí mismos

Se ha configurado así un entorno idóneo para que prospere, bajo el impulso y la supervisión de ese Estado “omnipotente, tutelar y benigno” que profetizara Tocqueville, una atmósfera de permanente malestar que mantiene a la sociedad no sólo dividida en razón de sus intereses de clase, sino enfrentada bajo el signo de una discordia mucho más profunda. La sustitución de la política -en tanto esfera prioritaria para la consecución del bien común- por un moralismo progre y fotogénico, trufado de gestos inanes y proclamas huecas, ha originado una escisión entre buenos y malos, víctimas y opresores, en el seno de la cual los argumentos que la inteligencia política o la mera constatación de la realidad intentan traer a colación son una y otra vez furibundamente desechados mediante la invocación del consabido exabruto: “fascista”. Es en esta desunión en la que el Poder afianza su imperio.

Ahora hemos podido constatar cómo, a lo largo de las últimas semanas, el proceso de claudicación en curso asumía perfiles grotescos. Ese permanente vivir contra los demás, del que la parte más ideologizada de la población occidental extrae la energía necesaria para proseguir su imparable avance hacia el abismo, ha mutado en un vivir contra sí mismos que ha llenado las calles de imágenes patéticas. Dudo de que nunca antes se hubiera escenificado con tan extrema nitidez el ansia de rendición que a tantos de estos privilegiados individuos embarga. De nuevo, la demagogia del gesto se ha impuesto a la humilde aceptación de la realidad. Embriagados por el paroxismo circundante, cautivados por el poder de sojuzgamiento exhibido por unas “víctimas” que en ocasiones han llegado al extremo de ejercitarse en el vandalismo homicida, miles de sujetos han salido durante unos instantes de sus respectivas burbujas de confort y, en una parodia de ceremonial catárquico, no han dudado en arrodillarse para hacerse perdonar su pertenencia a una raza determinada. No para implorar un perdón concreto e individual -entiéndase bien el detalle-, sino para suplicar una absolución colectiva que los liberara de alguna difusa culpa que hasta ese instante de sus vidas les hubiera impedido contemplarse a sí mismos como seres enteramente humanos.         

A la postre, la pantomima que se nos ha ofrecido no constituye sino un episodio más en el largo itinerario de autodemolición en que seguimos inmersos. El hecho de que Occidente haya salido de noches más oscuras que la actual figura como un dato alentador en el que algunos se inclinan a depositar los restos de una fe que desfallece. No obstante, la clave distintiva del presente fenómeno estriba en la magnitud y la naturaleza de las fuerzas que lo promueven: no elementos subversivos externos al sistema, sino oligarquías que prosperan cínicamente al amparo del resentimiento que expanden, ávidas siempre de nuevos instrumentos de dominio y coacción.  

La única cuestión relevante, pues, es si incurriremos todos en la misma “extraña ceguera” a la que se refería Tocqueville al hablar de la revolución. Es decir, si la pasión por la servidumbre que el Poder trata de inocularnos, unida a la ponzoña relativista que se nos obliga a respirar a diario, y que tan característica resulta de las épocas vacías y decadentes, bastarán para disuadirnos de la lucha contra la que Dostoievski temía que fuera la última palabra con que una civilización exhausta decide suicidarse: nihilismo.   


CARLOS MARÍN-BLÁZQUEZ ha sido columnista durante diez años en prensa regional (‘La Verdad’, Murcia). Es escritor y autor de ‘Fragmentos’ (Editorial Sinderesis, 2017)

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