El apocalipsis según León Bloy

León Bloy (1846 -1917) en una fotografía sin fecha

En 1846, la Santísima Virgen se apareció a dos jóvenes pastores en una montaña cercana al pueblo alpino de La Salette, Francia. Los niños hablaron de una «bella dama» que se materializó en el interior de una luz resplandeciente, más brillante que el sol, que emanaba de un gran crucifijo que llevaba sobre su pecho. Durante unos minutos, la Virgen permaneció sentada, llorando amargamente entre las rosas que cubrían su cabeza. Después, se levantó y les explicó a los pastores que horribles castigos acechaban a la humanidad si ésta no dejaba de blasfemar y desobedecer los mandamientos: la Virgen pronunció treinta y tres aterradoras profecías que precederían a la llegada del Anticristo, que describió así:

«Habrá una especie de falsa paz en el mundo; no se pensará más que en la diversión; los malvados se entregarán a toda clase de pecados y la tierra será castigada con la peste, el hambre y todo género de plagas y enfermedades contagiosas. Habrá guerras sangrientas, hasta la última que harán los diez reyes del Anticristo. El Anticristo nacerá de una religiosa hebrea, una falsa virgen que tendrá comunicación con la vieja serpiente, el maestro de la impureza; su padre será obispo. Al nacer, vomitará blasfemias, tendrá dientes, proferirá gritos espantosos, hará prodigios y no se alimentará más que de impurezas».

Para frenar la llegada del Diablo encarnado, la Virgen les pidió a los niños que rezaran, hicieran penitencia y difundieran su mensaje: «Discípulos de Dios, ya es hora de salir e iluminar la tierra. Pelead, hijos de la luz, vosotros, pequeño número, pues he ahí el tiempo de los tiempos, el fin de los fines». Acto seguido, la Bella Dama ascendió por una gran pendiente y desapareció en un haz de luz.

Revelación

Una de las mayores obsesiones de Léon Bloy (nacido en Périgueux, Francia, en 1846, el mismo año en que se produjo la aparición de La Salette) fueron las espeluznantes profecías de la Virgen: no en vano, pasó su vida peregrinando a La Salette, como parte de esa élite de «hijos de la luz» llamados a aplacar las fuerzas de la oscuridad. Toda la existencia de Bloy estuvo marcada por esta lucha; su desesperada furia contra el mundo es propia de un hombre convencido de que el juicio final está a la vuelta de la esquina: «Estamos en el umbral del Apocalipsis y no son tiempos para juegos del pensamiento», solía decir. En parte como señal de desprecio a la prensa y en parte como declaración de principios, Bloy afirmaba que «cuando quiero leer las últimas noticias, leo a San Pablo»: un apóstol, éste, que en su Apocalipsis describe a un gran ángel que enarbola en su mano una vara de hierro tan recia como la pluma de Bloy, un autor que escribía a golpe y porrazo: «Ser profeta es fácil hoy, si se cree que el Demonio está realmente suelto, y que, en consecuencia, todo lo que se hace es contra Dios».

Como nos encontramos en plena pandemia, consagramos este artículo al Bloy más salvaje y apocalíptico. A ver si, de esta forma, comprendemos que el Fin de los Tiempos, y también el fin de nuestro propio tiempo, se aproxima, y debemos actuar ya. El propio Bloy nos da instrucciones: «Esperad echados en tierra, como el polvo que espera a la tempestad, orar con todo el corazón y prepararse para el martirio; he ahí lo que Dios pide a sus amigos. El resto no es nada».

Rebelión

En las antípodas del místico que ve a Cristo en el rostro de todos los  peregrinos, Bloy ve al Anticristo en todos sus vecinos… y sólo ve a Cristo en la cruz: «No llego a sentir el gozo de la Resurrección, porque la Resurrección, para mí, nunca llega. Veo siempre a Jesús en agonía, a Jesús crucificado y no sé verlo de otro modo». En la particular teología bloyana, Dios está solo, en perpetuo combate contra el mundo.

También Bloy estaba contra el mundo, solo y crucificado en su escritorio, con el exabrupto anti todo como arma y regla de estilo: «Rezumo odio. Aborrezco las cosas, las instituciones, las leyes del mundo. He odiado infinitamente el mundo y las experiencias de mi vida no sirvieron más que para exacerbar esa pasión. ¿Quién, pues, incluso entre los cristianos, podría comprender esto?».

Pues, precisamente, no los cristianos, que a juicio de Bloy son aún peores que los paganos: «Los condenados no tienen otro alivio, en el abismo de sus tormentos, que la visión de los horripilantes rostros de los demonios. Los amigos de Jesús ven a su alrededor a los cristianos modernos, y así pueden concebir el infierno». Antimateria del católico almibarado, ñoño y bisbiseante, Bloy es corrosivo, deslenguado, casi blasfemo. Escribe bien porque escribe de mala leche. Y es tan papista que aborrece al papa. Bloy no pone la otra mejilla: pega un puñetazo en la mesa. Bloy odia al mundo como a sí mismo. Bloy echa espuma por la boca y nos reconcilia con un tipo de católico en vías de extinción: árido, explosivo, cabreado y políticamente incorrecto, pero mística y literariamente deslumbrante. Entre el diamante y el excremento, Bloy tiene un único credo: la santa barbarie.

Religión

Aunque comulgaba a diario, Bloy fue un enemigo irreconciliable de la Iglesia de su tiempo. Afirmaba con rotundidad que «el mundo católico moderno es un mundo réprobo e infame del que Jesús está completamente harto, un espejo de ignominia en el que uno no puede mirarse sin tener miedo, como en Getsemaní». El escritor no creía que las almas excelsas, queridas por Dios y deseosas de su gloria, fueran suficientes para salvar Sodoma. Esta coyuntura provocaría una aceleración hacia el fin de los tiempos: «Cuando llueva sangre, lo que no está muy lejos, esta cosecha de malas columnas será de una abundancia extraordinaria. Pero entonces no habrá ya Iglesia y las almas agonizarán de desesperación en la selva roja de Caín».

Las críticas de Bloy al clero eran tan hiperbólicas que parecían trompetas del Apocalipsis, tal vez porque sabía que el Anticristo sería engendrado por un obispo, y que Cristo moriría por segunda vez «pero no en la Cruz, sino en el umbral de su Iglesia, asfixiado por el asco». Sobre los sacerdotes, escribió que «son letrinas, están ahí para que la humanidad derrame su inmundicia» y que «no hacen casi nunca uso de su poder de exorcizar, porque tienen miedo de contrariar al Diablo». Al escritor católico Joris-Karl Huysmans, que un día fue su mejor amigo, lo tachó de «apóstol del satanismo». Y del papa Léon XII y sus acólitos decía que «son imbéciles. Es imposible hacer entrar una idea superior en tales cerebros». Bloy acusaba a la Iglesia de mil y una maldades, pero también veía en ella la única posibilidad de salvación: «Hasta los niños escribirán, sobre los muros derruidos de Sodoma, estas sencillas palabras: ¡EL CATOLICISMO O LA DINAMITA!».

Como dijo su mentor Jules Barbey d’Aurevilly —el escritor que arrancó a Bloy del más ciego ateísmo y lo transmutó en creyente— «Léon es una gárgola de catedral que vomita el agua del cielo sobre los buenos y sobre los malos». Sólo Dios sabe los sapos y culebras que habría escupido de haber conocido la Iglesia postconciliar.

Comunión

Tenía claro Bloy que una buena esposa debía ser, ante todo, religiosa, pues «toda mujer que no da entrada a lo Sobrenatural en su vida es una prostituida, virtual o efectivamente». Pero la primera mujer de la que se enamoró fue, paradójicamente, la prostituta Anne-Marie Roulé: Bloy la sacó de la calle y la convirtió al catolicismo, pero ella no tardó en sufrir pavorosas visiones del Apocalipsis, que provocaron su reclusión en un manicomio. Su segunda esposa, Berthe, ex protestante a la que también convirtió, murió corroída por el tétanos. Y la tercera, Jeanne, fue la vencida: una devota cristiana apasionada por su marido, que lo amaba porque «me horroriza la mediocridad y amo a los que se atreven a ir hasta el fin».

Jeanne y Léon tuvieron cuatro hijos. Dos de ellos murieron muy pequeños, por problemas derivados de su exigua alimentación. A los supervivientes, los educaron en la más ortodoxa fe católica. Juntos formaban una célula aislada, que se apartaba de otras familias para no contagiarse del virus de la modernidad. Preferían alternar con los muertos: «Queremos que nuestros hijos se acostumbren a tener muy presente el pensamiento de la muerte y a que la proximidad de los muertos les sea familiar. Conviene a gentes como nosotros ir contra el prejuicio impío que pretende que la muerte y sus imágenes son desoladoras».

Disolución

Apestosos, miserables, idiotas e imbéciles. Estos son sólo tres de los epítetos que Bloy regaló a los burgueses, pintando un retrato más grotesco pero igualmente atinado que el del sociólogo y economista Werner Sombart en El burgués (1913). La peor encarnación de la burguesía era, para Bloy, el comerciante, pues «la usura es el fondo del comercio como la avaricia lo es de la prudencia». Y en el tendero, vio una de las caras del Anticristo: «Asombrosa la bobería de los ocultistas que sienten necesidad de ritos y logogrifos para notar la presencia del Demonio, y que no sospechan el satanismo —que salta a la vista— del tendero de ultramarinos».

A Bloy le sangraban los oídos cuando oía hablar a los burgueses, cuyo verbo satirizó en una de sus obras más divertidas, Exégesis de los lugares comunes. En ella despedaza con negrísimo sentido del humor frases tan manidas ya en el siglo XIX como «nadie es perfecto», «Dios aprieta pero no ahoga», «no todo el mundo puede ser rico», «no hay nada eterno», «tener esperanzas» o «matar el tiempo».  Así, mofándose de su cacareo, Bloy pinta al burgués como un gallina: una antítesis del héroe, del soldado, del pobre, del buen cristiano. Un cerdo que «quisiera morir de viejo» y al que se espanta como a los vampiros: poniendo los brazos en cruz.

Inanición

Para Léon Bloy, la pobreza era una especie de koan, pues consideraba que debía ser tan amada como sufrida: «La pobreza voluntaria es, en cierto modo, un lujo y, por ello, cosa distinta de la verdadera pobreza». Es de sobras conocida la insistencia de la doctrina cristiana —y de todas las vías espirituales— en el asunto de la pobreza, pues, de alguna manera, mientras que la sobreabundancia aleja al hombre de Dios, la escasez lo empuja a lo sagrado. Bloy y su familia pasaban hambre, y hasta se vieron obligados a destrozar a hachazos los muebles de su casa para alimentar su chimenea. Y a mucha honra: «Me enorgullezco de mi pobreza por haberla preferido al emputecimiento fructífero de mis enemigos literarios».

Títulos como Cuentos descorteses, La sangre del pobre o En las tinieblas nunca cuajaron, ni entre la crítica ni entre el público, sepultando a su autor en el panteón de los malditos. Bloy sufría con sus fracasos; pero, al mismo tiempo, rehuía los pesebres literarios y despreciaba el éxito comercial, considerando que su lector potencial era aquel que había renunciado a toda esperanza humana y sólo rezaba por el Apocalipsis: «Siempre he creído que lo que se llama éxito otorga un diploma de mediocridad o es un certificado de ignominia, y he escrito mis libros ilegibles para la multitud, sin otra esperanza que llegar hasta algunas almas ignoradas por mí, pero emparentadas misteriosamente con la mía».

Tradición

Ernst Jünger definió a Léon Bloy como un espíritu de extrema lucidez que ha vislumbrado el abismo al que conduce el progreso, como «un augur de las profundidades del Maelström al que hemos descendido». Y, ciertamente, Bloy supo describir con descarnada crudeza esa Atlántida sumergida en desperdicios que llamamos mundo moderno. Y, como buen reaccionario, se rebeló contra ella.

Para empezar, echaba pestes del sufragio universal, al que tachaba de «elección del padre de familia por los hijos». Frente al fofo totalitarismo democrático, prefería Bloy un sistema autoritario, pues «hasta la venida que renovará la faz de la Tierra, los hombres deben ser gobernados con palo, sea éste un garrote de jefe de bandoleros o una cruz episcopal». Puestos a elegir, el escritor se inclinaba por una Teocracia, un orden jerárquico en el que «la Iglesia tenga en sus manos las dos Espadas, la Espiritual y la Temporal». En cuanto a la fascinación de Bloy por Napoleón,  a quien consideraba un rostro de Dios en las tinieblas, se debía sólo a la creencia de que acabaría desencadenando el Advenimiento. Consciente de que en la modernidad es imposible que se manifieste un hombre superior, Bloy únicamente confiaba en la parusía: «Ya sólo espero a los cosacos y al Espíritu Santo, todo lo demás es basura».

Dado que en el mundo moderno Quantum es el único dios, adorado tanto por ateos como por devotos, Bloy añora la Edad Media, «una época en la que los hombres descuidaron la Cantidad para dirigirse exclusivamente a la Calidad». Por el contrario, la sociedad industrial le pone los pelos de punta: «La época moderna alarga en sentido horizontal sus talleres, sus fábricas, sus túneles, sus ferrocarriles. El esfuerzo del hombre repta por la superficie del planeta. Ninguna de sus obras alcanza valor. El orden, la proporción, lo que daba calidad a la obra, no existe». Y entre todos los inventos, el peor de todos es el automóvil, porque «hay en él vileza y fealdad, como en todas las cosas modernas. No se ignora el abuso atroz de esta máquina odiosa y homicida, que lo mismo destruye inteligencias que cuerpos y que convierte nuestras carreteras en avenidas del infierno». Odiaba Bloy tanto el progreso que celebró con alegría el hundimiento del Titanic, así como el incendio en unos grandes almacenes que se saldó con numerosas víctimas mortales.

Para buscar la paz, Bloy se refugiaba en monasterios medievales donde no llegaba el ruido moderno y podía disfrutar de una práctica religiosa tradicional: «Maldigo toda música que no tenga como objeto alabar a Dios. La música más bella, incluso de iglesia, sólo parece bella porque da ocasión de presentir la verdadera música, la armonía divina que está en el fondo del Silencio Perfecto».

Transmutación

Cuando Bloy alcanzó la vejez y empezó a ser devastado por los achaques, se manifestó un fuerte cambio en su espíritu: dejó de fijarse tanto en las faltas ajenas y comenzó a preocuparse por las propias. Su gran duda era si su orondo ego cabría por la Puerta de los Humildes: «Es la puerta misma del Apocalipsis, y es tan estrecha y con tantos candados que no sé cómo podré franquearla». Entre las tres concupiscencias de las que habla San Juan, la de la carne —se peca como un animal—, la de los ojos —se peca como un hombre— y la de la soberbia —se peca como un Dios—, Bloy cayó sobre todo en ésta última. Y así, sometiéndose a exámenes de conciencia, en sus últimos años se fue rindiendo. El odio es útil durante cierta etapa del camino espiritual, pero, como dice el maestro sufí Bhai Sahib «una vez que amas a Dios, amas su Creación, y entonces ya no odias más».

Según la tradición católica, los instantes anteriores a la muerte son cruciales: en la extremaunción, la confesión final, se pone en juego la mismísima vida eterna: Bloy lo sabía y así lo sufrió: «¡Hayas sido un asesino, un traidor innoble, un envenenador de multitudes, un esclavo del más fétido populacho, un periodista!… todo reside en el minuto precioso que puede conferirte la Resurrección y La Luz. Sólo di, como San Pablo: ‘Señor, ¿qué quieres que haga?’».

Léon Bloy murió en el municipio de Bourg-la-Reine, en 1917, y lo que le ocurrió en el más allá, no lo sabemos. No sabemos si, en su Juicio, pesaron más sus sacrilegios o sus sacrificios, sus traiciones o sus oraciones, sus veinte libros o sus cuatro hijos, el amor por sus mujeres o el odio por sus enemigos. Él tampoco las tenía todas consigo, pues sabía que no existe un estado más amable, más envidiable, más exquisito, más espiritual, más divino, más espantoso que el estado de un muerto a quien se mete bajo tierra y que se ha presentado ante Dios para ser juzgado. Mas estas no son más que cábalas humanas —demasiado humanas— que se extinguen con el cuerpo. Pues, como dijo propio Bloy en un momento de suprema lucidez, «en el instante de la muerte penetramos en la sustancia de la historia». Y es en esa sustancia donde descansa al fin nuestra esencia.


Luis Landeira Caro (@LuisLandeira)

Ser vivo. Rara avis. Cruzado de las letras. Descendiente de guerreros y de creyentes. Pagano que reza a Cristo y practica zazen. Ordenado bodhisattva en el linaje del maestro Taisen Deshimaru. Murió en el centro de Madrid y renació en el último rincón de Galicia. Gatsu-sho