(Una) vida de Franco Battiato

Franco Battiato en su casa en Milo, 1966 | G. I.

Silencio. Apenas un millar de sicilianos resisten en la pequeña localidad de Milo. Se trata de un conjunto de casitas humildes apiladas sobre las faldas del Etna, ese viejo gigante bajo el que todavía retumban las fraguas de Hefesto. No muy lejos, en una casa en la colina, ya anciano y con el gesto distraído que acompaña a los grandes maestros, un hombre de pelo canoso y nariz distinguida espera pacientemente la reencarnación en americana y zapatillas de deporte.

En Villa Grazia —así bautizó a su hogar en honor a la mammamedita al menos dos veces al día y hace sonar con delicadez exquisita un elegante piano de cola. Opuesto pero cerca de un monje birmano, durante su juventud descartó la vida monacal porque se negaba a renunciar a los placeres de la carne (Las chicas en la casa o fuera en los balcones / Me regalaban hasta tímidas erecciones).

Y, como Kavafis, por sus venas corre el mar Mediterráneo, donde se degustan carnes especiadas de Oriente y susurran los vinos, las rosas, la miel. A Battiato le gusta el pensamiento radical y dice venir recto de la alta cultura de los sumerios. Nada menos.

 

Primeros pasos, alegrías y tristezas

Francesco Battiato nace —aunque dice no haberlo hecho— en el extinto municipio de Jonia (hoy Riposto) el año en que sonó el último disparo de la Segunda Guerra Mundial.

Sabes, cuanto más viejo te haces
los recuerdos más distantes emergen
como si fuera ayer
me veo a veces en los brazos de mi madre
y todavía oigo los tiernos comentarios de mi padre
almuerzos, los domingos con los abuelos
los antojos y las explosiones irracionales
los primeros pasos, alegrías y tristezas

Mesopotamia (Fisiognómica, 1988)

Con diecinueve años, tras la muerte de su padre, se traslada a Roma para luego asentarse en Milán: «Llegué a Milán en diciembre del 64. Después de bajar del tren dejé la maleta en el suelo de la estación, había una niebla espesísima y me dije: esta es mi casa». Allí vibran sus primeros acordes de música siciliana ¿pseudobarocca y fintoetnica?, y allí abandona la facultad de Magisterio para cultivar la canción protesta, popular en la Italia de entonces.

Entrados los setenta, la popularización de los sintetizadores y la influencia de la cultura anglosajona lo empujan a abandonar la canción y adentrarse en el novedoso universo de la música experimental y el rock progresivo. Battiato se deja crecer el pelo, apoya sobre su ilustre nariz gafas de sol cada vez más llamativas (por tener más carisma y sintomático misterio) y cuelga de su armario prendas excéntricas a lo Jimmy Hendrix. Fue su primer y último coqueteo con la cultura americana, de la que abjuraría años más tarde.

Entonces nace Fetus (1972), un proyecto innovador, plagado de referencias científico-filosóficas y quizá concebido bajo los efectos del LSD que parece adelantarse a la corriente New Wave de los ochenta. Definido como «una especie de viaje interior de naturaleza psicodélica con saltos desde la célula microscópica hasta el infinito del espacio inspirado en la obra literaria Un Mundo Feliz de Aldous Huxley», varias tiendas de discos se negaron a exhibirlo en sus vitrinas.

Franco Battiato con un sintetizador en la década de los setenta|Imagen de archivo

 

La era del jabalí blanco

En L’era del cinghiale bianco (1975) Franco se reconcilia con la música comercial y se sumerge en el estudio de la lengua y la cultura árabes. A medida que sus melodías se acercan al pop, sus letras se vuelven más profundas; aparecen los lamas tibetanos, el esoterismo de René Guénon y la espiritualidad del místico armenio Gurdjieff: «El verdadero cambio en mi camino, el más grande, se lo debo al descubrimiento de Gurdjieff. Sólo con una experiencia autodidacta había descubierto lo que en Occidente se llama meditación trascendental».

No muchos de sus fieles lo saben, pero tras este enigmático título se oculta una interesante referencia a la mitología comparada. Según rezaba la tradición celta, cazar un jabalí blanco asegura el paso al otro mundo, un asunto recurrente en la obra de Franco; el hinduismo sostiene que nuestro ciclo cósmico, el del Jabalí Blanco, está compuesto por catorce ciclos menores o Manvántaras, y que el actual habría comenzado hace unos 64.800 años. Por si esto fuera poco, el jabalí blanco fue también el símbolo de Ricardo III durante la Guerra de las Dos Rosas. La Era del Jabalí Blanco ansiada por Battiato es la era de la espiritualidad, de la familiaridad con lo trascendente, superada por la era del nihilismo y el cálculo racional.

 

Perfumes indescriptibles
en el aire de la tarde
estudiantes de Damasco
vestidos todos iguales
la sombra de mi identidad
mientras sentaba en el cine o en un bar

L’era del cinghiale bianco, (L’era del cinghiale bianco, 1975)

  

Franco Battiato fuma un cigarillo | Imagen de archivo

Pasó un lustro hasta que en la Prospettiva Nevsky se encontró por azar a Igor Stravinski. En Patriots (1980) Battiato perfila el estilo poliédrico que lo consagrará como autor de culto. Un cóctel de nebulosas referencias (solo aparentemente) inconexas —desde Proust hasta Leopardi pasando por la gran pantalla de Eisenstein— cobran sentido misteriosamente: «Creo que, a diferencia de los que no han entendido nada de mis textos y los juzgan como un revoltijo de palabras libres, siempre hay algo detrás de ellos, algo más profundo».

Y cuando la tormenta se precipita sobre el horizonte de un Irán todavía persa, Battiato arremete contra el perverso Jomeini y pontifica contra la revolución: «las barricadas —dice— se alzan por cuenta siempre de la burguesía, que crea falsos mitos de progreso». ¡Preparémonos para el éxodo, jóvenes del futuro!

 

Un centro de gravedad permanente

Comenzará a buscar su centro de gravedad permanente en La voce del padrone (1982), primer disco en acumular más de un millón de ventas en Italia. Sus letras son herméticas, contienen sutiles referencias literarias e intercalan de nuevo distintos idiomas, pero al mismo tiempo resultan accesibles al gran público. Esta universalidad es quizá el mayor mérito de Battiato y la clave de lo heterogéneo de su público. La línea entre la alta cultura, la del viejo Isaac de Nínive, concebido a orillas de Mesopotamia, y la cultura de masas, se disipa cuando Dylan y Sinatra comparten mesa con Adorno, Homero y Euclides.

Pero su estilo también es viejo, como la casa de Tiziano, que abre sus puertas en L’arca ni noe (1982), donde Battiato y el místico francés Henri Thomasson, rodeados por bailarines búlgaros y valses vieneses, arremeten contra la invasión de Afganistán e inmortalizan la belleza de un domingo de Pascua en el pequeño pueblo de Grado. Su pensamiento religioso es complejo y prefiere evitar la cuestión aclarando que practica una «ensalada de religiones».

Sería más fácil decir que Battiato es ecuménico, no sólo por su pretensión de abarcar lo Absoluto, ni por reflejar en su obra la lucha implacable entre la carne y el espíritu, lo es también porque en sus letras cobra sentido aquel aforismo de Chéjov: «Si quieres ser universal, habla de tu pueblo, de tu aldea».

El aire cargado de incienso
en las paredes, las estaciones del calvario
la gente falsamente abstraída
esperando la redención de los pecados

Scalo a Grado (L’arca di noe, 1982)

 

Un derviche en el Vaticano

A mediados de los ochenta, la presencia del mundo árabe-musulmán es ya inobjetable en la obra de Franco. Es entonces cuando aparece junto a Alice en Eurovisión al son de Il treni di Tozeur, logrando una quinta posición que es doblemente meritoria si analizamos su indumentaria. El espejismo de una línea ferroviaria tunecina despierta en el italiano la necesidad de vivir a un’altra velocità.

A lo largo de este año —el mismo en que publica la famosa y enigmática Nomadi, con letra de su colega Juri Camisasca—, inicia los preparativos de una ópera, Genesi (1987), a partir de textos en sánscrito, persa, griego y turco, con el sufismo como tema central. Esta corriente mística del Islam ejercerá una poderosa influencia en su vida y obra, y dará título al primer disco cantado enteramente en español: Ecos de danzas sufí (1985).

Ya comido, se iba descansar
mecido por las mosquiteras y por el ruido en la cocina,
por las ventanas entreabiertas, reflejos en la pared,
y alguna cosa abstracta se adueñaba de mi

Mal d’Africa (Orizzonte perduti, 1983)

 

Franco Battiato frente a uno de sus cuadros |Federica Molè

El sufismo será también el catalizador de otra de sus grandes aficiones: la pintura. Hombres barbudos en actitud orante, derviches giróvagos de miradas amables y delicados motivos florales componen escenas oníricas de una gran carga espiritual firmadas bajo el pseudónimo de Süphan Barzani. 

«Es imprescindible señalar que la operatividad y la singularidad de tales influencias [árabes e islámicas] es inseparable de otras: las raíces cristianas, especialmente el cristianismo místico (los Padres del desierto, Francesco, Juan de la Cruz), pero también los mitos y ritos del catolicismo popular vividos en su infancia siciliana, el canto gregoriano o la rica tradición musical clásica inspirada por el cristianismo; la aproximación a la espiritualidad oriental (budismo, hinduismo), cuyas técnicas de meditación como autodescubrimiento de sí mismo y apertura a la verdadera realidad incorporará a su vida y a su obra. Y, como catalizador de todo ello, una peculiar lectura de Gurdjieff, especialmente a partir de Ouspensky, así como de otras tradiciones esotéricas, místicas y simbólicas».

Manuel Ángel Vázquez Medel, La influencia de la cultura árabe, el islam y el sufismo en Franco Battiato

Fisiognómica (1988) es quizá el disco más personal e introspectivo de Franco. En Mesopotamia  —Qué cosa quedará de mí, del tránsito terrestre —, recuerda, flemático, hasta su primera paja: La primera gota blanca, qué impresión / y qué placer extraño.

No fueron estos sino los versos de dos de sus obras más sublimes, E ti vengo a cercare y L’oceano di silenzio, los que resonaron en el aula Pablo VI del Vaticano ante la atenta mirada del Papa, ahora santo, Juan Pablo II.

En el Irak de Saddam

Tras retirarse a Oriente para meditar y profundizar en la doctrina sufí, se le propuso actuar en un Bagdad que todavía lloraba las heridas de la Operación Tormenta del Desierto. El Concierto de Bagdad (1992) resultó uno de los momentos cumbre de la obra del italiano.

Con la barba propia de un eremita ortodoxo, sentado sobre una alfombra turca que, según dicen algunos, ocultaba un ataúd sin cadáver, Battiato canta, como sumido en un poderoso trance, junto a la Orquesta Sinfónica Nacional de Irak, acompañando su voz con los movimientos armónicos e impredecibles de sus manos.

Abre el concierto la versión árabe de L’ombra della luce, una obra que llevó a varias mujeres a ingresar en órdenes religiosas de clausura en la década de los noventa: «las madres me llamaban para darme las gracias», dijo en cierta ocasión. Y cierra con Fogh in Nakhal, una canción popular iraquí incluida en el álbum Caffè de la Paix (1993) 

 

Sgalambro y los últimos años

Entonces, a través de un amigo común, conoce a Manlio Sgalambro, poeta y filósofo de orientación nihilista que revolucionará su obra: «Ni siquiera nos conocíamos hace un año. Desde entonces no hemos hecho más que trabajar juntos. También será un filósofo, pero para mí es un talento que me estimula y enriquece. Me parece imposible, hoy, volver a escribir textos de mis cosas».

Franco Battiato y el filósofo Manlio Sgalambro | Imagen de archivo

Manlio es el responsable de letras como Strani Giorni, la impúdica Ecco com’e che va il mondo, o la famosísima La Cura, una de las canciones de amor más bellas jamás escrita, contenidas en el álbum L’imboscata (1996)

Te traeré sobre todo el silencio y la paciencia
Caminaremos juntos los caminos que conducen a la esencia
Los perfumes del amor embriagarán nuestros cuerpos
La calma de agosto no calmará nuestros sentidos

La Cura (L’imboscata, 1996)

También en Ferro battuto (2001) —Hierro forjado, en su versión española—, la influencia de Sgalambro es indiscutible. Sarcofagia es una apología del vegetarianismo —«soy vegetariano y sólo me traicioné porque mi madre se empeñó en que comiera algo de carne, con sabor a limón»— inspirada en el tratado Sobre el consumo de carne de Plutarco.

 

Los aborígenes de Australia se sientan sobre la tierra,
con un rito de fertilidad, dejan caer su esperma.

Il Ballo del Potere (Gommalacca, 1889)

 

Running against the grain o Personalitá empírica pertenecen también a este proyecto, de nuevo marcadamente electrónico, aunque su vuelta a la música experimental llegó más tarde, en 2014, con su último álbum de estudio: Joe Patti’s experimental group.

Sgalambro es responsable también de Invito al viaggio (Fleurs, 1999), una obra terriblemente bella inspirada en Les Fleurs du mal de Baudelaire.

Battiato publica librosNiente è come sembra (2007), Il silenzio e l’ascolto: Conversazioni con Panikkar, Jodorowsky, Mandel e Rocchi (2014)… —, películasPerduto amor (2003), Temporary Road (2013)… — e incluso tantea el mundo de la política como Consejero de Turismo y Cultura de la Junta de Sicilia, a condición de no obtener remuneración alguna a cambio. Su incursión fue, sin embargo, breve. A los pocos meses fue cesado por sus palabras «sexistas» en el Parlamento Europeo: «Esas putas que se encuentran en el parlamento serían capaces de cualquier cosa […] Los políticos italianos harían mejor abriendo un prostíbulo».

No en vano, años atrás había dedicado a Berlusconi Inneres Auge, una obra en la que se preguntaba irónicamente «¿qué hay de malo en organizar fiestas privadas con bellas chicas para alegrar a primarios y servidores del Estado?»

 

¿Despedida?

Sobre Apriti Sesamo (2012), también versionado al español, recaía el presagio de ser su último gran trabajo. En él, consciente quizá de que se acercaba el momento de atravesar el Bardo, redactó su Testamento: Y me gustaba todo / de mi vida mortal / hasta el olor que le daban / los espárragos a la orina.

En Passacaglia reinterpreta a Stefano Landi: ¡Ah! Qué gran engaño / pensar que los años / jamás se terminan y su «we never die, we were never born» parece invocar al Tratado de la Unidad del andalusí Ibn Arabí:

«Decir que una cosa ha dejado de existir, que no existe ya, equivale a afirmar que ha existido, pero si conoces el ti-mismo, es decir, si puedes concebir que no existes y que, por tanto, no puedes extinguirte jamás, entonces conoces a Alá. En otro caso, no».

Ibn Arabí, Tratado de la Unidad

Pero todavía no había dicho sus últimas palabras. Su último trabajo, Torneremo Ancora (2019), es un disco compuesto por un tema inédito y catorce versiones sinfónicas de sus grandes obras recopiladas bajo un título sugerente. ¿Es la última despedida? No lo sabemos, y es mejor así.

Lejos de los focos, a las faldas del Etna, ese hombre de pelo canoso y nariz distinguida espera el final de una vida entregada a la belleza.

¿Volveremos a vernos? Tampoco lo sabemos. Y quizá en ese no saberlo estén todas las respuestas.

Gentil es el espejo
Miro y veo que mi alma tiene un rostro
Te saludo, divinidad de mi tierra
El reclamo me invita


DIEGO MARTÍNEZ GÓMEZ