Viento divino

Viajamos al extremo oriente, Japón. 1925, una fecha en la que se instituye el voto universal masculino y aumenta el electorado, multiplicándose por cinco. A finales de la década de 1920 el nacionalismo acabaría dominando el panorama político japonés, con el énfasis de los valores japoneses tradicionales y el rechazo a Occidente.

En la literatura, personajes como Ryūnosuke Akutagawa o Yasunari Kawabata iban resonando en el panorama cultural de la nación y, pronto, una nueva luz brillaría de forma a veces clara y otras oscura en este mundo. Quédense con el nombre de Kimitake Hiraoka.

Nació en enero de 1925, en Tokio, y fue criado por su abuela Natsu, una mujer de salud enclenque y carácter violento. Sufría reuma y neuralgias y lo obligaba a hacerle masajes, a medicarla, a vendarle las llagas y a bañarla. A cambio, lo llevaba a ver teatro kabuki con ella cuando era todavía muy chico, lo que le marcaría para siempre. Era un tipo de teatro considerado vulgar que más tarde fue prohibido, en el que se combinaba el humor y la tragedia.

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Kimitake Hiraoka y su madre, Shizue Hiraoka

Era hijo de una familia de comerciantes ricos por parte de su padre, y de una familia noble que perdió su estatus por haber apoyado al shogunato durante la guerra Boshin (1867-1868) por parte de su madre. Kimitake fue un niño superdotado y por sus condiciones llegó a ser admitido en la Gakushuin, la escuela de Nobles. Como era de una estirpe social media, no tenía el privilegio de no ser calificado en los exámenes, pero no importaba, su intelecto era tal que los aprobaba con facilidad. Se graduó como primer alumno y en la ceremonia de egresados el mismo Emperador, por el que juraría morir décadas más tarde, le entregó un reloj de plata.“Kimitake” o “príncipe guerrero” comentaba:  «Mis padres vivían en la segunda planta de la casa. Bajo pretexto de que era peligroso criar a un niño en el piso alto, mi abuela me arrancó de los brazos de mi madre cuando yo contaba cuarenta y nueve días. Instalaron mi cama en el dormitorio de mi abuela, siempre cerrado y con el aire impregnado de los olores de la enfermedad y de la vejez». Un ambiente enrarecido y pertubador para un joven al que la vida le iría hiriendopaulatinamente.

Kimitake Hiraoka empezó a escribir y se unió al club literario. Poco después, cambió el club literario estudiantil por el círculo literario más importante de Tokio. Al graduarse, ya era una voz literaria en Japón. Usó un seudónimo con el que pretendió ocultar su vida literaria del desagrado de su padre, Azusa. Ese nombre fue Yukio Mishima. Era un joven frágil, enclenque, se veía feo y se detestaba. Comenza su lucha contra su cuerpo. La belleza le corrompe. Sobre ella diría: «Cuando el ser humano es absorbido por la idea de lo que llamamos belleza, sin darse cuenta se enfrenta a los pensamientos más tenebrosos que pueden existir en el mundo».

Llegada la adolescencia, y con ella la Segunda Guerra Mundial, se alista en el ejército del cual es expulsado por tuberculosis y por tanto no combate en la misma. Una humillación. Toda la frustración que el joven Mishima experimenta en el plano físico, es satisfacción en el plano cultural. Educado con esmero, desde muy temprano encuentra refugio en la literatura. Publica por primera vez en 1944, con diecinueve años. La vocación literaria de Mishima es un drama familiar: su padre se opone; su madre le protege. Después de estudiar leyes, ingresa en la burocracia del Estado, como quería su padre, pero no por ello deja de escribir. Esa doble dedicación le resulta tan agotadora que su padre, por fin, cede y le permite entregarse sólo a la literatura. En 1948 publica su primera novela, “Ladrones”. Enseguida aparece su primer gran éxito, “Confesiones de una máscara”. Tiene sólo 24 años y ya se ha convertido en toda una celebridad.

En dicha obra escribiría: «Aquel mismo día me ordenaron que regresara a casa, declarándome exento del servicio militar. Tan pronto como hube cruzado la puerta del cuarto, eché a correr por la triste e invernal ladera que llevaba al pueblo en descenso. Al igual que cuando me hallaba en la fábrica de aviones, mis piernas me llevaban a todo correr hacia algo que no sabía lo que era, pero me constaba que no era la muerte. Fuera lo que fuera, no era la muerte».

Tras el conflicto, el escritor volvió a estar en el mapa cuando Yasunari Kawabata lo nombró “el futuro de las letras japonesas” y llegaría a decir de él que «un genio literario como el suyo lo produce la humanidad sólo cada dos o tres siglos. Tiene un don casi milagroso para las palabras».

“El Rumor del oleaje” “Sed de Amor”, tras la nombrada “Confesiones de una máscara”, serían sus primeras obras. Ya nadie olvidaría ese nombre, Yukio Mishima.

El antes y el después, tras su cruzada contra la fealdad, conllevaría un cambio físico en el escritor. Pasó de ser un señor frágil y retraído a un coloso, una superestrella musculosa, que tiene el más alto grado en el kendo(“camino de la espada”) y escribe un éxito literario tras otro.  Cuando decidió dedicarse sólo a la literatura, su padre, Azusa, le dijo: «Más vale que seas el mejor escritor de Japón» respondiéndole con un  «así será».

Su libro de cabecera era el Hagakure, redactado entre montañas por Yamamoto Tsunetomo en el siglo XVII, en el podemos encontrar frases como estas: «Para el Samurái, la vida es un desafío y la muerte es preferible a una vida indigna o impura (…) Un Samurái solo lo es verdaderamente en la medida que no tiene otro deseo que morir rápidamente –y de volverse puro espíritu».

Mishima creía que había dos formas de hacer literatura; una era la literatura seria, alta, que reunía la tradición de las letras del pueblo del Hieke Monogatari y los Haiku, y todas las vanguardias europeas que Mishima leía desde los diez años; la otra, la literatura accesible, popular. Él escribió en las dos vertientes. Unas las escribía a la mañana en su escritorio, entre ellas están “El Pabellón de Oro”“Nieve de Primavera” y “Caballos Desbocados”. Otras, generalmente eróticas o que describen ritos de iniciación, las escribía en dos o tres días en una habitación que alquilaba en el hotel imperial de Tokio. En ellas usaba un lenguaje llano y una narración más ágil. Allí se incluyen “El Marino que perdió la gracia del mar” y “Sed de amor”. La fama de Mishima llegó a ser tal que muchas de las obras mayores son además éxitos de venta y las menores son aclamadas por los críticos. Escribiría más obras y dirigiría proyecciones cinematográficas premiadas en su país. Las ideas le caían como hojas de cerezos.

En un alarde de sinceridad admitiría: «La mayoría de los escritores son normales y actúan como perturbados, yo actúo normalmente pero estoy enfermo del alma».

Su definición de acción y de héroe la dejaría clara en su obra “Lecciones espirituales para los jóvenes samuráis”:A fines de la década del 60, Mishima fundó su propio ejército, el Tate no Kai o Sociedad del escudo. No portaban armas porque no iban a matar sino a morir por el Emperador. En 1969 explicaría: “Quiero ser pionero en mi idea de guardia nacional”. Así que les diseñó los uniformes, ceñidos al talle con dos hileras de botones fulgurantes. Algunos altos mandos militares conservadores de las Fuezas de Autodefensa Japonesa colaboraron en el entrenamiento de sus hombres.

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Yukio Mishima y Yasunari Kawabata

¿Cómo es posible denominar “hombre de acción” a quien por su trabajo de presidente en una empresa hace ciento veinte llamadas telefónicas diarias para adelantarse a la competencia? ¿Y es tal vez un hombre de acción el que recibe elogios porque aumenta las ganancias de su sociedad viajando a países subdesarrollados y estafando a sus habitantes? Por lo general, son estos vulgares despojos sociales los que reciben el apelativo de hombres de acción en nuestro tiempo. Revueltos entre esta basura, estamos obligados a asistir a la decadencia y muerte del antiguo modelo de héroe, que ya exhala un miserable hedor. Los jóvenes no pueden dejar de observar con disgusto el vergonzoso espectáculo del modelo de héroe, al que aprendieron a conocer por las historietas, implacablemente derrotado y dejado marchitar por la sociedad a la que deberán pertenecer algún día

Mishima tenía algo entre manos y en una entrevista realizada pocos días antes del suicidio, firmada por Furubayashi Takashi, un intelectual progresista que, aun gustándole la literatura del autor, discrepa de su ideología dejaría en el aire sus intenciones: «Espere y verá que hago», dice. «A mi parecer, vivir sin hacer nada, envejecer lentamente es una agonía [… ] esto me ha llevado a pensar que como artista que soy debo tomar una decisión».

La expectación era intensa y llegó el día, el 25 de noviembre de 1970Yukio Mishima y otros cuatro miembros de la Tatenokai entran en el campamento Ichigaya de Tokio y atan al comandante a una silla después de cercar su despacho con barricadas. A continuación, Mishima arenga desde un balcón a los soldados para que se alcen en armas y devuelvan al emperador a la posición que merece. Incapaz de hacerse oír, regresa al despacho y lleva a cabo su ‘seppuku’. El soldado encargado del final que prescribe el ritual no puede completar la tarea, que sí termina otro miembro del grupo.

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Mishima pasando revista al Tatenokai

Sí habían cumplido con su deber al componer su ‘jisei no ku‘, el poema escrito por uno mismo cuando se acerca la hora de morir, antes de su entrada en el campamento. Estos fueron el de Yukio y los de los cuatro soldados.


Chiru wo itou

yo ni ni hito ni mo

sakigakete

chiru koso hana a

fuku sayoarashi.

 

No importa caer.

Primero de todos.

Primero de todos.

Es solo la flor de cerezo para

caer noblemente

en una noche tormentosa.

(Yukio Mishima)

 


 

Kyoo ni kakete

kanete chikaishi

waga mune no

omoi wo shiru wa

nowake nomi ka wa.

 

Hoy, en el día esperado,

para saber lo que

está encerrado en mi corazón,

que ha jurado por mucho tiempo,

¿será la única tormenta?

(Masakatsu Morita)


 

Hi to moyuru

Yamatogokoro wo

harukanaru

oomikokoro no

misonawasu made.

 

¡Ah, el amor del país

que arde como el fuego!

Durará tanto como

yo tenga la fuerza

paranoapartar la mirada

de Su Perenne Majestad.

(Masayoshi Koga)


 

Kumo orabi

shirayuki sayagu

Fuji no ne no

uta no kokoro zo

mononofu no michi.

 

La nieve cae entre una nube y otra.

Es el corazón de la poesía

que canta el Fujiyama a

la manera verdadera del guerrero.

(Masayoshi Ogawa)

 


 

Shishi a nari

tora a naritemo

kuni no tame

masuraoburi mo

kami no mani mani.

 

No hace ninguna diferencia luchar contra

un león o un tigre.

Si es para la patria,

la vida del guerrero

también es bienvenida entre los dioses.

(Hiroyasu Koga)


Antes de morir, Mishima dejaría terminada su tetralogía “El mar de la fertilidad”. En ella plasmó un testamento ideológico que exponía su rechazo a una sociedad japonesa decadente en la moral y lo espiritual. Un soplo de integridad del valor y el honor.

@kimitakhiraoka

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