Liturgias de la frustración

El Lissitzky (1890-1941), Tribuna de Lenin

El propósito de la política ideológica que domina nuestro tiempo consiste en moldear un hombre apaciguado, no problemático, sumiso al Poder y reconciliado consigo mismo. Un ser que haga del conformismo su divisa y tase el valor del sistema bajo el que discurre su existencia en razón del bienestar material que le proporciona, y no de la libertad personal que le garantiza. Un hombre en el que la pasión igualitaria asfixie el ansia de excelencia individual. Un hombre que consienta en su propia anulación como persona, enajenado de la comunidad de la que debería haber formado parte y en cuya vida resulte cada vez más difícil encontrar aspectos –incluso los más íntimos- que no hayan sido entregados a la gestión interesada del Estado o a la acción manipuladora de los grandes medios de comunicación.

Un hombre así, vaciado del sentido de la realidad, interiormente configurado por la propaganda y la presión coactiva de las leyes, es el arquetipo llamado a habitar el paraíso prometido por las ideologías herederas del utopismo revolucionario. En el tiempo de la increencia religiosa y el escepticismo filosófico, prospera este sucedáneo de una fe diseñada para llenar el vacío espiritual de un mundo desprovisto de horizontes. Sin embargo, a medida que el cumplimiento de la promesa se pospone y la penuria de la realidad se agrava, la paciencia de este hombre se resiente. Frenético, colmado de una ciega credulidad en los ídolos que adora, desposeído de las sujeciones que procuraban estabilidad y sentido a los habitantes de épocas menos relativistas que la nuestra, necesita alguna vía por la que desahogar su frustración. No en vano, le han hecho creer en la inminencia de un mundo perfecto, un edén que acabará materializándose no en virtud de la gracia de los poderosos, sino como el producto mancomunado de la voluntad de quienes han sido convocados a su realización. No es extraño entonces que se vea a sí mismo a la vanguardia de la Historia, embriagado por la certeza de que su vida avanza en la senda que recorren los que han sido escogidos para un destino superior, de modo que cada vez que intuye que el proceso se ralentiza, en cada ocasión en que algún obstáculo retrasa el advenimiento de la Nueva Era de igualdad y emancipación, su ira se desata.

En el tiempo de la increencia religiosa y el escepticismo filosófico, prospera este sucedáneo de una fe diseñada para llenar el vacío espiritual de un mundo desprovisto de horizontes

A decir verdad, la imagen que este individuo se hace de sí mismo se halla tan alejada de la realidad como de esta última lo están los paraísos terrenales que urde su fantasía. Explicar cómo han llegado a fraguarse unas mentalidades tan ajenas a los apremios de lo inmediato, tan despegadas del orden necesario para sobrellevar una vida que no se reduzca a la elaboración de un constructo psicológico meramente negativo (el pensamiento “anti-“) no es una labor sencilla. Baste apuntar que, tal como lo define Jerónimo Molina -uno de los más lúcidos pensadores políticos de nuestro tiempo-, se trata de un producto típico del monopolio pedagógico estatal: “individuo ahistórico, insociable y, con relativa frecuencia, violento, próximo, en cierto modo, al paradigma orteguiano del hombre masa”. Un vástago, pues, no ya sólo del clima sociológico consustancial a la posmodernidad, sino de la ortodoxia política vigente.

Lo que interesa resaltar, en todo caso, es el aprovechamiento que de esta figura sabe extraer el Poder. Interrogado acerca de los recientes disturbios en los Estados Unidos y la escasa actuación policial con que las autoridades habían decidido enfrentarlos, el pensador Alain Finkielkraut se refería a la debilidad de unos aparatos de poder que no se sienten cómodos en el papel que tienen asignado. La hipótesis del filósofo francés en modo alguno resulta descartable toda vez que, en nuestro Occidente en declive, llevamos tiempo familizarizados con el complejo de unos dirigentes que han dejado de creer en las leyes cuyo cumplimiento tienen la obligación de garantizar. Salvo la imposición de una fiscalidad opresiva –fundamento real de su dominio-, cualquier otra actuación que o bien juzguen impopular, o bien les estorbe la autoaplicación de una pátina de progresismo de la que siempre están seguros de extraer algún rédito electoral, tenderán a desecharla. Lo que unido a la crisis de autoridad que estos mismos gobiernos llevan décadas alentando a través de la aprobación de unas leyes educativas tan demagógicas como disolventes, ha garantizado el éxito de las algaradas.    

Sin embargo, cabe la posibilidad de que la tibieza represora frente a la barbarie que se adueñó de las calles obedezca no tanto a una crisis de las propias convicciones del Estado como al fruto de un cálculo estratégico con vistas a acrecentar su poder. De lo que se trataría entonces sería de encauzar las protestas hacia la preservación de los intereses de quienes en teoría ostentan la responsabilidad de combatirlas. Se trataría, en suma, de domesticar al sujeto revolucionario que cierta clase política lleva lustros ayudando a crear. Darle la razón en su descontento. Adularlo. Afearle tímidamente la expresión violenta de su malestar, pero mostrarse al mismo tiempo de acuerdo con el fondo de sus exigencias. Y más tarde, una vez que, por puro agotamiento, los tumultos hayan remitido y la llama de la indignación se haya consumido casi en su totalidad, ¿quién recogerá los rescoldos de esos ideales momentáneamente defraudados y se beneficiará de la promesa de materializarlos en un futuro inmediato? El Estado.

El hombre de nuestra época es, en esencia, un individuo dominado por la nostalgia de algo que nunca conocerá

Y a través del Estado, las oligarquías que lo controlan y que se expanden mediante la descomposición de una sociedad a la que, cada vez con menos disimulo, se jactan de manejar a su antojo. En esto se sintetiza el golpe de genio con que el Poder se asegura la persistencia de su imperio: en su astucia para situarse, de manera simultánea, del lado de los que custodian el orden y del lado de los que lo intentan subvertir. De ese modo alcanza a justificarse en todos los ámbitos sobre los que se extiende su influencia y evita que, pese a la retórica igualitaria a partir de la cual legitima su dominio, nadie ose cuestionar su estatus. Es entonces cuando la sociedad ya está preparada para asistir sin sonrojo a la escandalosa contradicción que supone, por ejemplo, que sean con frecuencia los más ricos quienes se erijan en estandartes de las más hirientes injusticias sociales, y que de la exhibición de esa filantrópica impostura obtengan un capital de simpatía lo suficientemente amplio como para hacerse inmunes a la crítica.       

El hombre de nuestra época es, en esencia, un individuo dominado por la nostalgia de algo que nunca conocerá. Prófugo de todo ideal trascendente,  su sed de absoluto se vuelca sobre aquello que el dogmatismo ideológico propio de los tiempos que corren le ha invitado a venerar: el progreso inexorable de la Historia. Pero la Historia, por definición, es el lugar de las contradicciones insolubles, las insuficiencias patentes, los aplazamientos eternos, las agrias discordias inacabables. El paisaje, en fin, de una constante decepción. Y esa decepción genera un resentimiento crónico que cada cierto tiempo precisa liberarse. Pues bien, el Poder ha hallado el cauce para que tal liberación se produzca sin que ello afecte a la consecución de sus objetivos. De acuerdo a esta lógica de control social, las protestas que de manera recurrente sacuden nuestro entorno no serían sino rituales para conjurar la frustración de unas masas que, al contrario de lo que su narcisismo les induce a creer, se han acostumbrado a esperar que la culminación de sus aspiraciones provenga siempre de alguna instancia exterior.

Y de ahí que cuanto más contestatarias se exhiban más integradas estén en el sistema.


CARLOS MARÍN-BLÁZQUEZ ha sido columnista durante diez años en prensa regional (‘La Verdad’, Murcia). Es escritor y autor de ‘Fragmentos’ (Editorial Sinderesis, 2017)

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