El fulgor entre el centeno

En una misma semana, en concreto la pasada, ha sobrevolado frente a mi aquella conocida metáfora del pueblo gris, lugar donde la existencia es incolora y el aire que se respira no es muy distinto a ceniza y polvo con tintes de azufre. La situación es que dos conocidos me han llevado por este viaje y no he podido sino rechazarlo, gracias a Dios, sin miramientos.

En la conversación con uno de ellos discutimos sobre la esencia de bien y mal de los actos del hombre, una inquietud clásica del ser humano. En resumidas cuentas, mi respuesta era clara: el mal hay que combatirlo siempre. La suya se oponía a tal combate porque «algo puede estar mal para mí, pero no para él. No puedo imponerle algo si él cree que actúa correctamente». En su cabeza habita una especie de extraño batiburrillo de relativismo y nihilismo en el que no pude profundizar demasiado. En la discusión con la otra persona, esta negaba rotundamente el origen de una serie de términos para amoldarlos a sus gustos y adaptarlos a nuestros tiempos para hacer con ellos lo que le venga en gana. Sus argumentaciones no iban más allá de repeticiones de consignas que había aprendido y que apenas se sustentaban en algo, algo que debía ser muy pequeño como para no poder verlo. No es que sea yo un hueso duro de roer, todo lo contrario, para alguien tan torpe y simple como yo basta con mostrarme la verdad, o al menos señalarla, para convencerme.

Nos enseñó Clive Staples Lewis que uno de los grandes problemas que sufre el hombre es esa falta de claridad, se trata de una difuminada tiniebla donde el hombre llega a confundir el bien y el mal e, incluso, las cosas en sí mismas. Pero la realidad hoy es que el hombre ya no confunde tanto bien o mal sino que, directamente, no se detiene para discernir uno del otro. En cuanto se presenta una ocasión donde debería librarse la batalla espiritual entre la luz y la oscuridad, el hombre moderno simplemente rehuye el confrontamiento, pues el fútil resplandor le basta y la oscuridad todavía no le deja a oscuras. No se trata de la verdad, sino del yo. El mandato de la voluntad autónoma prima sobre cualquier verdad, que será considerada un claro –aquí no hay confusión– obstáculo a eludir. Incluso algunas de estas personas, empantanadas en este mar de confusión, preferirían permanecer en una especie de limbo o sueño donde no hubiera placer ni dolor, como si el no-ser fuera una experiencia plausible.

Cuando se presenta una ocasión donde debería librarse la batalla espiritual entre la luz y la oscuridad, el hombre moderno rehuye el confrontamiento

Ante tanto vacío, uno se termina preguntando cómo es posible que no exista una mayor desesperación entre la población. Sin duda es milagroso. Porque quienes destruyen y desvirtúan la naturaleza humana sienten un enorme pesar en su corazón, aunque lo nieguen. Es lógica y humanamente imposible gozar de una vida bienaventurada si esta se encuentra cimentada sobre la finitud de las alegrías del mundo; las alegrías que perecen se vuelven con el tiempo insípidas y, por tanto, insatisfactorias. Tal vez se encuentre explicación en esa sufrida metamorfosis, personas convertidas en medio-ser, que deambulan por el mundo casi más muertos que vivos, sin pena ni gloria, y donde el único brillo perceptible en su rostro y en sus miradas proviene de la pantalla al final de sus extremidades, una prolongación moderna aclimatada a los dedos. 

Cuando J. D. Salinger nos hablaba de su sueño, de aquello que le gustaría hacer y con lo que se sentiría realizado, imaginaba una vasta extensión de centeno de entre la cual salían incontables niños que se precipitaban sobre un abismo próximo. Su misión era ser el guardián, el guardián entre el centeno, y evitar que los niños cayeran por el barranco. Supongamos que alguno de esos niños ingenuos terminaba por despeñarse. No cabe duda que una parte de responsabilidad recaería sobre Salinger, vigilante de las criaturas.

Pues algo parecido sucede –es necesario el hara-kiri– con la Iglesia –que es guardián de lo bueno, bello y verdadero– cuando los tiempos en los que vivimos han caído en esa realidad incolora, falta de verdad y desesperanza porque el centeno ha actuado como una espesa bruma. Es decir, que de este pesar es también víctima y culpable, a partes iguales, la Iglesia –o quienes con orgullo y gratitud formamos parte de ella– que se ha afanado por conservar sus privilegios pasados y en atesorar inmuebles de incalculable valor que a duras penas puede mantener. Esa fuerte preservación por lo mundano se transforma en pesadumbre espiritual –o, tal vez, sea más certero a la inversa–: la ausencia de vida interior y la lejanía con Dios nos impele a agarrarnos con furia a la miseria que nos queda.

No es lo correcto conservar los templos y privilegios en la medida en que nos recuerdan que hubo grandes imperios, reyes o estilos arquitectónicos de belleza inusual en épocas pasadas. Es lo correcto en la medida en que nos recuerden que hubo tiempos en que Dios era el prisma con el que los ojos veían el mundo, y que era el mismo prisma porque era el centro de nuestras miradas. No fueron construidas para agradar al Cielo ni a los ángeles, tampoco para embellecer la ciudad o regodearse en los clérigos o en las habilidades del artista virtuoso. Fueron construidas con belleza porque albergaban Algo aún más bello en su interior, en el interior de los templos, pero con mayor razón en el interior de los hombres, templos del Espíritu Santo. Las prerrogativas históricas y los sueños alcanzados en su mayor parte por amor y justicia asentaron con el tiempo los dolores que hoy adolecemos: una Iglesia acomodada, incapaz de renunciar de su aburguesamiento e impedida de denunciar parte de las injusticias del mundo moderno –porque levantar demasiado la voz puede hacer que nos convirtamos en foco de acusaciones, miradas indiscretas, señalamientos inquisitoriales y odios– se arrastra hoy con una gran carga y deviene poco liviana.

Al hombre moderno el fútil resplandor le basta y la oscuridad todavía no le deja a oscuras, porque no se trata de la verdad, sino del yo

Moldeados como tinajas de barro, en el barro debemos estar, sin dejar de mirar las estrellas; embarrados para los demás en sus necesidades y dificultades, en las injusticias que sufren y en la verdad que es acallada. Sin cañas de hisopo ni vinagre. Con ser sal nos basta. Paradójicamente, de esta y no de otra forma –embarrado, perseguido, ultrajado– el hombre se vuelve ligero, deja de ser esclavo del mal y denuncia el horror porque ya no tiene nada que perder. Porque hoy, más que nunca, un silencio de verdades yace bajo la putrefacta hojarasca del correccionismo sociopolítico, la ignorancia y el miedo a ser violentados por el mal aliento de los que renquean y vociferan errados. Es deber cristiano, es la virtud de la caridad, corregir con amor al hermano desencaminado y recuperar la sana intolerancia –corrigiendo el error porque amamos al errado– que otrora arraigó. Porque de igual modo hicieron con nosotros.


TONI GALLEMÍ

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