Semblanza de la agonía de la derecha liberal en el Hotel Wellington

En mi breve experiencia como periodista, tuve la oportunidad de frecuentar no pocos saraos de la que cabría llamar la masonería neocón. No pude por menos que reafirmarme en que, mientras gran parte de las cabezas visibles de la derecha española sigan constituyendo un conciliábulo de golfistas que se refugia en el Club Ecuestre a lamentar el ascenso de la “extrema derecha”, y a llamar a la oración moderantista, y no logre quitarse de encima el sesgo elitista y desregulatorio, los desnortados abascaleños —que hacen de un antibolivarianismo fantasmagórico su principal baza (y que ya están flirteando con un cierto proteccionismo popular)—, le seguirán comiendo la tostada al oficialismo conservador.

Permítaseme ilustrar este análisis con un relato autobiográfico, que no por ser puntual resulta anecdótico, sino más bien bastante sintomático. Se me envió desde la redacción a cubrir un acto de María Dolores de Cospedal en el Wellington. Custodiaba la puerta un botones de dos metros de eslora con chistera, esmoquin, guantes y una sonrisa tal vez demasiado afable. La que fuera ministra de Defensa, desposeída ya de la delegación del poder coercitivo —pero engalanada igualmente en una prestancia que no desmerece su cargo actual en un prestigioso despacho—, saludaba al botones: “Me alegra verte de nuevo”.

Y es que la exministra se movía con desenvoltura en ese ambiente de efusivo compadreo entre camaradas del mundo de la judicatura, los altos cargos de la Administración y las finanzas, pintoresco concilio que gusta de reunirse en un hall marmóreo y ribeteado con oro para discutir las preocupaciones centrales de una Patria que se diría sólo han catado por casualidad.

Todo esto no fue óbice para que los ilustres opinantes no se percatasen de las resonancias decimonónicas de todo aquello (cuando los principales del Reino hablaban en representación de los intereses de un Tercer Estado incapacitado para votarles), y no vacilaban en enfilar sus elucubraciones llenas de elocuencia —perorata elegíaca e intrascendente sobre las “sociedades abiertas”, indistinguible de cualquier otra que se celebre en un foro como aquel—.

Uno debe confesarse más cercano, supongo, a los planteamientos ideológicos de esta cohorte de litigantes. Se habló de libertades constitucionales, democracia reglada, herencia cultural judeocristiana y valores tradicionales. No suena mal. Y sin embargo, todo rezumaba un oligarquismo nepotista casi irreal.

Mientras la apisonadora ideológica de aspiración totalitaria de la ansiada “sociedad líquida” va erosionando todos los cimientos sobre los que construir un orden social verdaderamente humano, nuestra derecha se refugia en el lujoso salón de un hotel sin mácula a lamentar la propagación de las fake news por internet

Pensaba yo con desazón en el sesgo antipopular de la legión de cortesanos de honorarios inasibles para el común de los mortales que poblaban las sillas tapizadas con el cartel de “reservado”. Salí del inane coloquio con mi pesimismo reforzado, constatando una vez más que la derecha liberal española, lastrada hasta no se sabe cuándo por el sectario dogma y paradigma neoconservador, sigue esgrimiendo el convencimiento de que la degradación institucional y la pérdida de credibilidad de los medios de comunicación se va a resolver con un alegato, emitido desde un hotel de cinco estrellas en el centro de Madrid y con un auditorio integrado por profesionales liberales con un umbral de renta superior al del 80% de los españoles, a favor de reconectar con la “esencia liberal-humanista” de los “valores occidentales” europeos (postulados que, nadie lo niega, siguen siendo hoy más pertinentes que nunca; pero no basta). Y meditaba uno con tristeza el cierre mental pre-analítico que les inhabilitaba para pensar de forma más poliédrica. Pero qué podríamos exigir a unos conferenciantes profesionales que si mentan a Trump, al Brexit o cualquier otra manifestación del fenómeno del conservadurismo popular, sólo son capaces de hacerlo desde el lamento victimista y el rechazo categórico, sin alcanzar a entender qué fallaba en ese “centro” que ahora pretenden recuperar y del que cada vez más gente huye despavorida. ¿Qué nos cabe esperar de las presbicia de los que piensan que ser “liberal” no es una ideología [sic]?

Aún con esto, lo más triste de todo lo precedente es que, mientras tanto, el Progresismo sigue cebándose, implantándose con fuerza, colonizando todas las dimensiones del debate público.  El Progresismo, ese Cíclope biempensante conformado por una amalgama confusa de planteamientos ideológicos indefinidos, que concita la asimilación de las tendencias socioculturales, afectivas y económicas del tardocapitalismo —rehabilitadas por medio de una metamorfosis destinada a revestirlas de ineludibilidad y atractivo—, con la mojigatería intelectual que es su santo y seña. Mientras la apisonadora ideológica de aspiración totalitaria de la ansiada “sociedad líquida” va erosionando todos los cimientos sobre los que construir un orden social verdaderamente humano, nuestra derecha se refugia en el lujoso salón de un hotel sin mácula a lamentar la propagación de las fake news por internet. Es forzoso despertar.


VÍCTOR NÚÑEZ DÍAZ

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