G. K. Chesterton: reflexiones sobre un 'socialismo' cristiano

Gilbert Keith Chesterton

(1874 -1936), escritor y periodista británico, se ha erigido como uno de los más importantes críticos del mundo moderno. Bautizado por el rito anglicano, en su juventud flirteó con el ocultismo y adoptó posturas agnósticas hasta su matrimonio en 1901 con Frances Blogg, que le acercó de nuevo al cristianismo. Pero, sin duda, el acontecimiento fundamental de su vida espiritual (y, en consecuencia, literaria) fue su conversión al catolicismo. Chesterton encontró en la Iglesia Católica una idea superior del bien y del mal que se elevaba por encima de cualquier superstición. Una idea que procuró extender coherentemente a terrenos aparentemente tan ajenos a los asuntos del espíritu como es la economía. Desarrolló así una teoría, el "distributismo", que pretendía superar tanto el capitalismo como el socialismo. El distributismo es, en palabras de José Javier Esparza «la aspiración a construir un orden social justo sobre la base de una muy difundida distribución de la propiedad» donde «todo el mundo tenga algo suyo». Frente a las condiciones laborales indignas que habían nacido con la Revolución Industrial, la tendencia del capitalismo al monopolio y la mezcla de intereses políticos y financieros, Chesterton reivindicaba la pequeña empresa familiar y una economía de acuerdo a las enseñanzas de la Iglesia. Todo ello sin denostar la propiedad privada o admirar el estado bismarckiano, proteccionista y garantista, que traía consigo una indudable restricción de las libertades. «Frente al socialismo —sostiene Esparza—, el distributismo afirma la propiedad privada. Frente al capitalismo, defiende el derecho de todos, y no sólo de los privilegiados, a ser propietarios». Chesterton lo resumió así:

«Es evidente que el carterista es un defensor de la empresa privada. Pero quizá sería exagerado decir que el carterista es un defensor de la propiedad privada. Lo característico del capitalismo y del mercantilismo, según su desarrollo reciente, es que en realidad predicaron la extensión de los negocios más que la preservación de las posesiones. En el mejor de los casos han tratado de adornar al carterista con algunas de las virtudes del pirata. Lo característico del comunismo es que reforma al carterista prohibiendo los bolsillos». (Esbozo de sensatez, 01-01)

Podríamos afirmar que, con el socialismo, Chesterton compartió el diagnóstico pero discrepó en cuanto a la solución. A partir de aquí, abrimos comillas. [caption id="attachment_238" align="alignnone" width="800"]PA-8644488-800x500 Chesterton en Brighton, 1935 (AP)[/caption]

Socialismo y cristianismo: los puntos comunes

«Los puntos en que el colectivismo cristiano y el socialista coinciden son simples y fundamentales. Sin embargo, como hay que proceder con cuidado en esta materia, podemos declarar estos puntos de semejanza bajo tres conceptos:

  1. Ambos surgen de la hondura de una emoción, el sentimiento de compasión por el infortunio como tal. Éste es verdaderamente un punto importantísimo. El colectivismo no es una moda intelectual, aun en el caso de ser erróneo, sino una apasionada protesta y aspiración: surge como un secreto del corazón, un sueño de los sentimientos lastimados, mucho antes de que tome forma de propaganda concreta. Las filosofías intelectuales se alían con el éxito y predican la competencia, pero el corazón humano se alía con el infortunio y predica el comunismo.
  2. Ambos encuentran la causa del mal estado de la sociedad en la ‘codicia’, el deseo competidor de acumular riqueza. Así, tanto en un caso como en el otro, la mera posesión de riquezas es en sí misma una ofensa contra el orden moral; la falta de ellas, en sí misma, una recomendación y una educación para la vida superior.
  3. Ambos proponen remediar el mal de la competencia por un sistema de ‘llevarse recíprocamente las cargas’ en sentido literal, es decir, nivelar, acallar y reducir las propias probabilidades para aumentar las de los hermanos más débiles. La deseabilidad, dicen, de que un gran hombre o un hombre de talento adquiera fama es pequeña comparada con la deseabilidad de que un hombre débil y desgraciado adquiera pan. El hombre fuerte es un hombre y debería modificarse o adaptarse a las esperanzas de sus compañeros. El que quisiere ser el primero entre vosotros, sea el servidor de todos vosotros.

Estas son las tres fuentes de la pasión colectivista. No consideré necesario entrar en detallada prueba de la presencia de las tres en los Evangelios. Que la principal tendencia del carácter de Jesús era la compasión por los males humanos, que acusó no sólo la codicia sino la riqueza una y otra vez, y con un énfasis casi impaciente, y que insistió en que sus seguidores abandonasen los fines personales y compartiesen recursos y suerte totalmente, son cosas manifiestas, presentadas repetidamente y, en realidad, comúnmente aceptadas». (Ward, p.73)

La renuncia individual como centro del socialismo cristiano

Sobre los visionarios y la viabilidad de sus intenciones

«Con respecto al segundo mérito [del cristianismo], el de la actividad, poca duda cabe acerca de dónde se encuentra, entre el diseñador de utopías y el converso de la hermandad. El socialista moderno es un visionario, pero en esto se halla en el mismo terreno que la mitad de los grandes hombres del mundo y –hasta cierto punto- que el mismo cristiano primitivo, que se lanzaba hacia un ideal personal muy difícil de sostener. El visionario, cuyos anhelos tienden a un ideal prácticamente imposible, no es inútil ni dañino, sino a menudo lo contrario. La persona a menudo inútil y siempre dañina es el visionario que sueña sabiendo o medio sabiendo que su ideal es imposible. El cristiano primitivo acaso se equivoca al creer que –entrando en la hermandad- en pocos años los hombres podían llegar a ser perfectos como lo era su Padre celestial, pero lo creía y obraba clara e indómitamente según su creencia: éste es el tipo del visionario superior. Pero los insidiosos peligros de la visión –la ociosidad, la demora, el puro esteticismo mental- se presentan cuando uno se complace en la visión, como ocurre con nuestras concepciones socialistas, como si fuese un simple capricho o cuento de hadas, con la conciencia –confesada a medias- de que está fuera del alcance de la política práctica y no hay que preocuparse por su inmediato cumplimiento. El visionario que cree en su propia frenética visión es siempre noble y útil; el visionario que no cree en su visión es el soñador, el ocioso, el utopista. Ésta es, pues, la segunda virtud moral de la escuela más vieja: una inmensa y directa sinceridad de acción, un limpiar de uno mismo –por los sudores del duro trabajo- todos esos sutiles y peligrosos instintos de la mera ética construcción de castillos en el aire que se han tejido -como ensalmos de un hada- alrededor de tantos hombres fuertes de nuestra propia época».

La alegría en la vida del cristiano

«El tercer mérito, que llamé alegría, es realmente el más importante de todos, y quizá podríamos establecer la comparación del modo siguiente: impresionará a muchas personas como cosa extraña que, en un tiempo en general tan optimista en sus creencias intelectuales como éste, en una época en que sólo una minoría no cree en el progreso social y una gran mayoría cree en una final perfección social, exista tal sentimiento de cansancio y hastío en un número considerable de jóvenes. En nuestra opinión, esto se debe no a la falta de un ideal final, sino a la falta de un modo inmediato de trabajar por él; no de algo en qué esperar, sino de algo que hacer. Un ser humano no se satisface ni se satisfará nunca con que le digan que todo va bien; lo que le hace falta no es una predicción de lo que otra gente será dentro de centenares de años, para animarle, sino una nueva y emocionante prueba y tarea para sí, lo que indudablemente le animará. Un caballero no se contenta con la afirmación de que su comandante trazó ya sus planes para asegurar la victoria: lo que el caballero quiere es una espada. Esta demanda de una tarea no es una mera bravata, es una parte eterna y natural del optimismo superior, tan arraigado como la prefiguración de lo perfecto». GK_Chesterson_signature.svg REDACCIÓN LA CONTROVERSIA  


Comentarios

[…] fundantes de tipo teológico, metafísico e incluso antropológico”. Antes que él, el gran Chesterton, testigo de la eclosión de las ideologías totalitarias que estremecieron el siglo XX, había […]

[…] nosotros somos hombres y no bestias como algunos nos quieren hacer creer. En la amistad que unía a Gilbert K. Chesterton y a George Bernard Shaw precisamente por sus desavenencias espirituales y políticas, encontramos […]

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