España como problema en el siglo XXI
España es un cuerpo poco aerodinámico que genera resistencias a los vientos de la historia, ya sea porque va en cabeza, como en aquellos grabados de Europa regina, o porque va dando coletazos, tratando de desplazar el curso de la humanidad. Tan pronto hemos sido maquinistas como hemos perdido el tren.
A los españoles nos gusta tumbar a nuestro país en el diván del psicólogo. Para explicar nuestras arritmias que perturban los pulsos acompasados de la historia los españoles nos hemos diagnosticado toda clase de excepcionalismos: Para los humanistas de los tiempos de nuestro Imperio, el goticismo castellano es lo más europeo, la nueva Roma y la nueva Jerusalén. También Julián Marías dice que España es el país más europeo porque, mientras que los otros «no pueden ser otra cosa», lo han sido sin esfuerzo, «España es europea porque lo ha querido».
Los ilustrados y los románticos europeos, enemigos existenciales en todo lo demás, se van al extremo contrario y concuerdan en dibujar a España, el país más occidental, como el más oriental; una tierra de desiertos, bazares y supersticiones. Costa, Ortega o Madariaga diagnostican un déficit de Europa. Ganivet llama a asomarse al horizonte africano. Unamuno opta por ser africano al modo de Tertuliano o de San Agustín. Para Maeztu, Altamira, Lorca, España está en América. Para Américo Castro España es fruto de la confluencia semítica. Para Giménez Caballero es la universalización de lo gótico.
En cualquier caso no hay término medio en las afecciones españolas. Tenemos que ser los más romanos, los más germánicos, los más europeos o los menos europeos, la esencia de América, la excepción por arriba o por abajo, la quintaesencia o la anomalía…
También en nuestro siglo políticos y opinólogos de uno y otro signo van a buscar la respuesta al interrogante de España en hipotéticas y futuras misiones históricas. España debe encabezar la confederación panhispánica o la resistencia altermundista. Todos llaman a europeizarnos cuando los vientos europeos les son favorables y a convertirnos en la aldea de Asterix cuando las nubes europeas amenazan progresismos tecnócratas o populismos derechistas.
Quizás un primer paso para cortar el nudo gordiano español en este siglo sea reconocer un cierto complejo en la misma formulación de la pregunta. Una introspección enfermiza desemboca en la patologización. España sí, es un país excepcional, con la excepción de que la excepcionalidad es la norma en el dinamismo histórico de los países europeos. Y desde luego no es excepcional hoy. España no está para postularse como líder de bloques geopolíticos, sino para jugarse agónicamente su supervivencia en las próximas décadas.
España no está para postularse como líder de bloques geopolíticos, sino para jugarse agónicamente su supervivencia en las próximas décadas.
Fuera excepcionalismos, fuera complejos. No vagamos por los siglos con la maldición de Caín, estamos enfermos de historia y de nada más. España es el país de la picaresca y la hidalguía, de los delirantes y los prudentes, los burladores y los santos; del Quijote, don Juan y la Celestina, como dice el libro de Maeztu, pero también de los místicos, los filósofos de Salamanca y los burócratas que mantuvieron unido un Imperio. Tenemos tantas posibilidades como queremos tenerlas. Hay que impugnar determinismos y sacudirse el anquilosamiento.
A este respecto es imperativo una renovación de las élites. Una nación que no genera y no da especio a nuevas élites, sino que, como un disco rayado sigue reiterando los mismos mantras, los mismos popes culturales y mediáticos, el mismo modelo productivo, es una nación que ha ligado su destino al de su generación más anciana, generación que en mortal abrazo se la llevará a la tumba.
No quisiéramos enfocar el horizonte al que tiene que asomarse nuestro país como un asunto de filias y fobias, en cuyo caso seguiríamos en el terreno de la ocurrencia. La pregunta qué debemos de hacernos es: ¿Qué reto atravesamos y en qué ámbito podemos responderlo? España atraviesa el mismo trance que nuestros enemigos seculares europeos: envejecimiento, precariedad, estancamiento cultural, asfixia de la innovación, inoperancia política, destrucción de nuestras formas de vida… La respuesta española se tiene que dar en el marco europeo.
Toda identidad se descubre por contraste. La identidad es meramente vivida y no percibida mientras no exista un segundo término de oposición. Las siluetas necesitan de un fondo sobre el que recortarse. Los españoles y los europeos deben redescubrir su identidad en ese contraste.
De puertas para dentro tenemos la oportunidad de redescubrir algo que habíamos dado por hecho hasta el punto de pensar que no existía: nuestra civilización. El contacto inmediato con lo foráneo nos permite reconocer que la moral universalista de los derechos humanos, el garantismo jurídico, la confianza social y tantas otras manifestaciones de nuestra cultura, son conquistas civilizatorias y no automatismos de la naturaleza. Tenemos la ocasión de reconocer nuestras naciones, no desde el esencialismo (el gran miedo de los ilustrados) sino como admirables construcciones históricas en las que se actualiza, de un modo o de otro, la potencia de la humanidad.
Y hacia fuera, Europa tiene que proyectarse también desde el contraste. Para saber qué queremos ser, quizás sea bueno empezar por qué no queremos ser. Quizás encontremos estimulantes antagonismos en EEUU, Rusia, Israel, China, el sur global… La pregunta que debemos formularnos sería algo como: ¿En qué sentido no somos EEUU y a dónde nos llevaría esta respuesta?
Obviamente contestar estos interrogantes no es tarea de un día. Hay que saber de dónde partimos. Décadas de sumisión cultural y geopolítica nos han llevado a una irrelevancia y dependencia total. Y de nuevo: este camino europeo para España no debe hacerse desde un ingenuo complejo y entreguismo, sino desde la defensa de sus intereses. Los buenos socios son los que se hacen valer porque tienen algo que aportar.
Décadas de sumisión cultural y geopolítica nos han llevado a una irrelevancia y dependencia total
No recuerdo quién dijo: «no soy de los hunos ni de los hotros», pero mucho menos de los de «ni de los "hunos ni de los hotros"». Desde el siglo XIX estamos atrapados en la dialéctica entre una primera, una segunda y una tercera España. Quizás haya que postular una cuarta como antítesis de la tercera y como síntesis que haga de nueva primera España.
Esta cuarta España consistiría en la afirmación de los hunos y de los hotros, en la apología de la identidad, la necesidad de tomar partido, de no rehuir el conflicto, en la exaltación del ser. España, en cualquier caso, ES. Nos puede gustar más o menos, puede enorgullecernos y dolernos, pero ES. No una zona económica, no una ficción jurídica, no un sistema burocrático, sino una comunidad de vida.
El universo moral contemporáneo nace de un trauma histórico mal diagnosticado y mal medicado. No podemos nombrar psicólogo al psicótico. Quienes conduzcan nuestros destinos no pueden vivir la identidad desde la manía persecutoria. Hemos de desenvolvernos políticamente desde un amor al ser, desde la premisa apodíctica de que es mejor el ser que la nada y volver a quemar incienso en los altares de los dioses fuertes.
Hemos de desenvolvernos políticamente desde un amor al ser, desde la premisa apodíctica de que es mejor el ser que la nada y volver a quemar incienso en los altares de los dioses fuertes.
Renovación de élites, superación de complejos y excepcionalismos, marco europeo desde la defensa de nuestros intereses, afirmación del ser. Parecen obviedades y generalidades, pero no lo son tanto. Son puntos de partida que, a día de hoy, brillan por su ausencia en la arena política. Como decía Bertolt Brecht el acto más audaz y necesario para esta época consiste en decir lo obvio.
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