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Texto original de Simone Weil. Traducido por La Controversia desde Pensées sans ordre concernant l'amour de Dieu (collection Espoir, © Éditions Gallimard, 1962)
No depende de nosotros creer en Dios, sino simplemente no entregar nuestro amor a falsos dioses. Un primer ejemplo es confiar en el futuro como el lugar capaz de procurar nuestra satisfacción. El futuro está hecho de la misma sustancia que el presente. Sabemos bien que nuestras posesiones en términos de bien, riqueza, poder, prestigio, conocimiento, amor y prosperidad de quienes amamos, entre tantas cosas, no son suficientes para satisfacernos. Pero esperamos que el día en que tengamos un poco más estaremos satisfechos. Lo creemos porque nos engañamos a nosotros mismos. Porque si realmente lo pensamos por unos momentos, sabemos que es falso. Del mismo modo, si sufrimos por causa de la enfermedad, la miseria o la desgracia, creemos que el día en que este sufrimiento cese estaremos satisfechos. Una vez más, sabemos que es falso; que tan pronto como nos acostumbremos al fin del sufrimiento desearemos otra cosa. Anhelamos siempre algo más.
Un segundo ejemplo es confundir la necesidad con el bien. Hay muchas cosas que creemos necesitar para vivir. A menudo, esto es falso, pues sobreviviríamos a su pérdida. Pero incluso si fuera cierto, si su pérdida pudiera matar o al menos destruir nuestra energía vital, ni siquiera eso las convertiría en bienes. Porque nadie está satisfecho durante mucho tiempo simplemente con el hecho de vivir. Queremos algo más: queremos vivir por algo. Basta con no engañarse para saber que no hay nada en este mundo por lo que podamos vivir. Basta con imaginarse todos los deseos satisfechos. Después de algún tiempo, estaríamos de nuevo insatisfechos. Desearíamos algo más, y seríamos infelices por no saber qué desear.
Depende de cada uno mantener la atención fijada en esta verdad. Por ejemplo, los revolucionarios, si no se engañaran, sabrían que el logro de la revolución los haría infelices, pues perderían su razón de vivir. Lo mismo puede extenderse a todos los deseos. La vida tal como se presenta a los seres humanos solo es soportable mediante la mentira. Aquellos que rechazan la mentira y prefieren saber que la vida es intolerable, sin embargo, sin rebelarse contra el destino, eventualmente reciben desde fuera, desde un lugar fuera del tiempo, algo que les permite aceptar la vida tal como es.
La vida tal como se presenta a los seres humanos solo es soportable mediante la mentira.
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Todo el mundo siente el mal, lo aborrece y desearía librarse de él. El mal no es ni el sufrimiento ni el pecado, es ambos a la vez, algo común a uno y a otro; porque están vinculados, el pecado causa sufrimiento y el sufrimiento nos convierte en malvados, y esta mezcla indisoluble de sufrimiento y pecado es el mal en el que nos encontramos a pesar de nosotros mismos y que aborrecemos encontrar.
El mal que está en nosotros, lo proyectamos en parte sobre los objetos de nuestra atención y deseo. Y éstos nos lo devuelven como si ese mal viniera de ellos. Es por eso que llegamos a odiar y repugnar los lugares en los que nos vemos inundados por el mal. Nos parece que esos mismos lugares nos encarcelan en el mismo mal. Así es como los enfermos llegan a odiar su habitación y su entorno, incluso si ese entorno está formado por seres queridos, o cómo a veces los obreros llegan a odiar su fábrica.
Pero si mediante la atención y el deseo proyectamos parte de nuestro mal sobre algo perfectamente puro, ese algo no puede ser mancillado; permanece puro, no nos devuelve ese mal. Es así que nos liberamos de él. Somos seres finitos, y el mal que hay en nosotros también lo es; así que si la vida humana durara lo suficiente, estaríamos completamente seguros, por este medio, de terminar algún día, en este mismo mundo, libres de todo mal.
Las palabras que componen el Padrenuestro son perfectamente puras. Si se recita el Padrenuestro sin ninguna otra intención que enfocarse plenamente en esas palabras mismas con toda la atención de la que uno es capaz, se está completamente seguro de ser liberado por este medio de una parte, por pequeña que sea, del mal que se lleva dentro. Del mismo modo sucede si se contempla el Santo Sacramento sin otro pensamiento que el de que Cristo está allí.
No hay nada en esta tierra que sea perfectamente puro excepto los objetos y textos sagrados, la belleza de la naturaleza cuando se observa por sí misma y no para acomodar las fantasías de uno, y, en menor medida, los seres humanos en quienes reside Dios y las obras de arte resultado de la inspiración divina.
El único obstáculo para esta transformación del horror en amor es el amor propio, que hace dolorosa la operación por la cual uno lleva su contaminación al contacto con la pureza. Solo se puede superar si uno tiene una especie de indiferencia hacia su propia contaminación, si uno es capaz de ser feliz, sin volver atrás en sí mismo, al pensar que algo puro existe.
El único obstáculo para la transformación del horror en amor es el amor propio
El contacto con la pureza produce una transformación en el mal. La mezcla indisoluble de sufrimiento y pecado solo puede disolverse por él. A través de este contacto, poco a poco, el sufrimiento deja de estar mezclado con el pecado; por otro lado, el pecado se transforma en simple sufrimiento. Esta operación sobrenatural es lo que se llama arrepentimiento. El mal que uno lleva dentro entonces es iluminado por la alegría.
Fue suficiente que un ser perfectamente puro estuviera presente en la tierra para que éste fuera el cordero divino que quita el pecado del mundo, y para que la mayor parte posible del mal esparcido a su alrededor se concentrara en él en forma de sufrimiento. Dejó como recuerdo de sí mismo cosas perfectamente puras, es decir, todo aquello donde él está presente; de lo contrario, su pureza se agotaría por estar en contacto con el mal durante demasiado tiempo.
Pero no estamos constantemente en las iglesias, y es particularmente deseable que esta operación sobrenatural de trasladar el mal fuera de uno mismo pueda llevarse a cabo en los lugares de la vida cotidiana, especialmente en los lugares de trabajo.
Esto solo es posible a través de un simbolismo que permita leer las verdades divinas en las circunstancias de la vida cotidiana y el trabajo, de la misma manera en que se leen en las letras de las frases escritas que las expresan. Para ello, los símbolos no deben ser arbitrarios, sino que deben estar escritos, por efecto de una disposición providencial, en la propia naturaleza de las cosas. Las parábolas del Evangelio dan ejemplo de este simbolismo.
Hay una analogía entre las relaciones mecánicas que constituyen el orden del mundo sensible y las verdades divinas.
De hecho, hay una analogía entre las relaciones mecánicas que constituyen el orden del mundo sensible y las verdades divinas. La gravedad, que gobierna completamente en la tierra los movimientos de la materia, es la imagen del apego carnal que gobierna las tendencias de nuestra alma. La única fuerza capaz de vencer la gravedad es la energía solar. Es esta energía la que desciende a la tierra en las plantas y es absorbida por ellas, lo que les permite crecer verticalmente de abajo hacia arriba. Al ingerirla, entra en los animales y en nosotros; solo ella nos permite mantenernos erguidos y levantar cargas. Todas las fuentes de energía mecánica, los ríos, el carbón y muy probablemente el petróleo, también provienen de ella; es el sol el que hace girar nuestros motores, levanta nuestros aviones, al igual que levanta a los pájaros.
Esta energía solar, no podemos ir a buscarla, solo podemos recibirla. Desciende. Entra en las plantas, está con la semilla enterrada bajo tierra, en la oscuridad, y allí es donde tiene la plenitud de la fertilidad y provoca el movimiento de abajo hacia arriba que hace brotar el trigo o el árbol. Incluso en un árbol muerto, en una viga, es ella la que mantiene la línea vertical; con ella construimos nuestros hogares. Es la imagen de la gracia, que desciende a sepultarse en las tinieblas de nuestras almas malvadas y constituye la única fuente de energía que contrarresta la gravedad moral, la tendencia al mal.
El trabajo del agricultor no consiste en ir a buscar la energía solar ni siquiera en captarla, sino en organizar todo de manera que las plantas capaces de captarla y transmitírnosla lo hagan en las mejores condiciones posibles. El esfuerzo que realiza en este trabajo no proviene de él, sino de la energía que los alimentos han depositado en él, es decir, esa misma energía solar encerrada en las plantas y la carne de los animales alimentados con plantas.
De la misma manera, no podemos hacer otro esfuerzo hacia el bien que disponer nuestra alma para recibir la gracia, y la energía necesaria para ese esfuerzo nos es proporcionada por la gracia.
Un agricultor no es sino como un actor que interpreta un papel en un drama sagrado que representa las relaciones entre Dios y la creación.
No es solo la fuente de la energía solar la que es inaccesible para el hombre, sino también el poder que transforma esa energía en alimento. La ciencia moderna considera que la sustancia vegetal llamada clorofila es el asiento de ese poder; la antigüedad hablaba de savia en lugar de clorofila, lo que viene a ser lo mismo. Así como el sol es imagen de Dios, de la misma manera, la savia vegetal que captura la energía solar, que hace que las plantas y los árboles crezcan rectos contra la gravedad, que se ofrece a nosotros para ser triturada y destruida en nosotros y mantener nuestra vida, esta savia es una imagen del Hijo, el Mediador. Todo el trabajo del agricultor consiste en servir a esta imagen.
Es necesario que una poesía así envuelva el trabajo de los campos con una luz de eternidad. De lo contrario, la monotonía fácilmente conduciría a la insensibilidad, al desespero o a la búsqueda de las satisfacciones más groseras; porque la falta de finalidad que es la desgracia de toda condición humana se muestra demasiado visiblemente allí. El hombre se agota en el trabajo para comer, come para tener fuerzas para trabajar, y después de un año de esfuerzo, todo está exactamente igual que al principio. Trabaja en círculo. La monotonía solo es soportable para el hombre con una iluminación divina. Pero precisamente por esta razón, una vida monótona es mucho más favorable para la salvación.
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[…] felicidad. Nuestros sueños se disipan al enfrentarnos a todo cuanto habita lo real. Entonces llega el temido sufrimiento, desagradable posada en la que debemos hospedarnos sin capacidad alguna de elección. Negarlo o, lo […]
[…] felicidad. Nuestros sueños se disipan al enfrentarnos a todo cuanto habita lo real. Entonces llega el temido sufrimiento, desagradable posada en la que debemos hospedarnos sin capacidad alguna de elección. Negarlo o, lo […]
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