Quintana Paz: “no podemos vivir apoyados en la nada”

El filósofo Miguel Ángel Quintana Paz en actitud reflexiva M. A. Quintana Paz en una imagen de archivo

Los intereses intelectuales de Miguel Ángel Quintana Paz (Salamanca, 1973) abarcan una extensión casi tan amplia como la de su currículum. Actualmente profesor de Ética y Filosofía Social en la Universidad Europea Miguel de Cervantes, este intelectual asiduo a las tribunas del espectro liberal-conservador siente una especial debilidad por Wittgenstein, aunque es más celebrado por su papel prominente en la discusión pública. Pese a haber hecho múltiples estancias en universidades de todo el globo, puede vérsele habitualmente en las tertulias de la televisión castellanoleonense, siendo así consecuente con su crítica al excesivo individualismo de la sociedad contemporánea: las raíces en la patria chica nunca son despreciables. Esta notoriedad mediática se la ha ganado a pulso, a través de sus pertinentes aportaciones a la forja de la perspectiva ideológica conservadora en España.

Su aspecto bonachón, tocado por su sombrero fedora y su chaleco perennes, acaso haga bajar la guardia a “moderaditos” y “moralistas”, que no acaban de encajar bien los golpes dialécticos que este sagaz escritor les dirige. Desde La Controversia hemos hablado con él, en busca de algunas coordenadas teóricas y prácticas que nos permitan orientarnos en las confusas polémicas que copan hoy nuestro debate público.


PREGUNTA: Empecemos por clarificar uno de los términos hoy más en boga: la guerra cultural. Has explicado que estalla cuando el sector conservador comienza a oponerse a que las instancias relativamente neutrales de las democracias liberales se vean copadas por una politización extrema. Entonces, ¿debemos limitarnos a recuperar los espacios de cohesión social y la neutralidad como ideal regulativo, minados por el progresismo, o instaurar positivamente desde el poder nuevos consensos?

RESPUESTA: La metáfora de la “guerra cultural” asusta a muchos conservadores de bien, habituados a disfrutar de su chalecito, su familia, su perrito. No entienden por qué habrían de cambiar todo eso por una “guerra”. ¿No es más fácil intentar llevarse bien con tu vecino, invitar de vez en cuando a algún izquierdista a tomar café, rezar un poquito y leer otro tanto? ¿No es eso lo que se entendía por “buena persona” hasta hace nada?

Yo comprendo esas reticencias y comparto que la palabra “guerra” no es cómoda. ¡Pero es que no tiene por qué serlo la tarea que tenemos por delante! Además, lo bueno de ese término es que nos puede dar una pista sobre cómo responder a vuestra pregunta. En efecto, si lo que antes eran espacios neutrales se han visto ahora invadidos por la izquierda, y nosotros somos partidarios de esa neutralidad, ¿cómo recuperarlos sin atentar también nosotros contra esa neutralidad? ¿No estamos ante una paradoja? La solución creo que reside en distinguir intenciones: sí, nosotros también hemos de aspirar a ocupar espacios antaño neutrales (que hoy ya no lo son); sí, en eso parecerá que nos asemejamos a la izquierda; pero no, no lo hacemos, pues nuestra meta, en última instancia, es liberar esos espacios y devolverlos a la neutralidad. Cuando Alemania invadió Bélgica obligó a los Aliados a intentar ocupar de nuevo Bélgica; la diferencia es que, tras esa ocupación, los Aliados le devolvieron su independencia.

P: ¿Piensas que la guerra cultural pasa también por rehabilitar en el discurso público la legitimidad del conservadurismo? Y, si es así, ¿no se asemeja este propósito a los proyectos de resignificación alentados por el populismo de izquierdas? ¿Cabe la posibilidad de deslizarnos por una pendiente resbaladiza que nos lleve también a las políticas identitario-simbólicas que denunciamos en la trinchera contraria?

R: Creo que estamos en una época en que los viejos consensos han muerto y los nuevos aún están por nacer. Esa es de hecho la situación soñada por los populismos de izquierda (Chantal Mouffe es explícita al respecto) para instaurar los nuevos consensos que ellos quieren. Y creo que su análisis tiene todo el sentido (no vas a instalar un nuevo consenso cuando el viejo está vigente). La propia Mouffe reconoce su admiración por una política tan alejada de ella como puede ser Margaret Thatcher, justo porque supo ver en su día que un consenso fenecía (la socialdemocracia pujante de 1945-1973) y fue capaz de avanzar otro (el neoliberalismo de los 80).

Siempre he dicho que hemos de aprender de Thatcher no tanto su obsesión por reducir el Estado (en un mundo tan inseguro como el actual, que no es ya el de 1980, el Estado nación no deja de ser una propicia protección); hemos de aprender de Thatcher a ser punks. Y ser punk significa aquí ser valientes e intentar, ahora que fenecen los viejos consensos, proponer otros nuevos que no sean los izquierdistas; dicho de otro modo, coincidir con Mouffe en el diagnóstico, aunque no en la terapia. Ella quiere más izquierdismo. El populismo de izquierdas en España, esto es, Podemos y Más País (Errejón ha escrito libros con Mouffe), quiere además una cosa completamente contradictoria: basarse, como todo populismo, en el pueblo, pero a la vez negarlo, aduciendo que no existe el pueblo español sino los pueblos catalán, vasco, gallego, canario… Y bien, nosotros hemos de aspirar también a un nuevo consenso. Y uno que no olvide al pueblo español en su conjunto.

Esto significa recuperar puntos básicos de la democracia parlamentaria de siempre, hoy amenazados (Estado de derecho, presunción de inocencia, inviolabilidad del domicilio, libertad de empresa…); pero también aceptar matices conservadores que el viejo liberalismo olvidó: apoyo a la familia, inclusión en el debate público de las diversas visiones sobre qué es una vida buena; protección de los trabajadores precisamente para que uno pueda formar una familia o desarrollar su proyecto de vida buena; limitación del poder de las megaempresas, en especial las tecnológicas, y en especial aquellas con poder de condicionar el debate público (Google, Facebook, Twitter…); etc.

Debemos aspirar a un nuevo consenso. Uno que no olvide al pueblo español en su conjunto

P: Dice Gregorio Luri que “Con la ortodoxia ‘okupada’ por la izquierda, hoy la libertad de pensamiento está con los conservadores”. Cuando le preguntaron a Ricardo Calleja si el conservadurismo es contracultural, explicó que puede decirse que un día el cristianismo fue hegemónico, pero que, claramente, hoy ya no lo es. ¿No cae el conservadurismo en el mismo fetichismo identitario de la izquierda cuando se pavonea de ser el “nuevo punk”?

R: Es verdad que estamos aceptando el marco mental de la izquierda cuando nos enorgullecemos de ser transgresores como condición sine qua non para tener algo que aportar a la discusión pública. Al fin y al cabo, “transgresión” y “progreso” tienen una etimología similar: se trata en ambos casos de “ir más allá”, según el prejuicio progresista de que todo avance es siempre bueno. Podríamos, claro, reivindicar en cambio la “regresión”, pero me temo que eso también implica aceptar el marco mental de que hay un solo camino y o bien se va adelante (como los “progresistas”), o bien hacia atrás (como los malotes que no somos “progresistas”). Quizá vendría bien un neologismo, “contragreso”, para salirse de la disyuntiva entre “progreso” y “regreso”. Ese “contragreso” consistiría sin duda en reivindicar lo permanente (no el pasado del regresivo ni el futuro utópico del progresista). De modo que me uno complacido a la tesis de García de Cortázar cuando señalaba que “no es preciso defender la modernidad de nuestra visión del hombre: basta con que se señale su permanencia, a lo largo de los siglos, su congruencia con este y cualquier tiempo histórico”.

P: ¿Qué papel crees que ha jugado la filosofía de la “Nueva izquierda” en la configuración del mundo de hoy? ¿Una deslegitimación de las bases tradicionales de la sociedad que ha trabajado mano a mano con el capitalismo o una mera instrumentalización ilegítima por parte del capital de postulados que también son críticos con el neoliberalismo?

R: ¿Vino antes la sociedad desestructurada o la filosofía postestructuralista, la izquierda identitaria o las identidades, cuál es causa de cuál? Creo que se trata de un debate apasionante para un seminario entre unos cuantos eruditos, pero poco práctico. Lo imprescindible es empezar a construir o reconstruir una sociedad y un pensamiento que se enfrenten a ambas. Me recuerda a aquello que decía Buda: cuando un guerrero es herido por una flecha envenenada y acude raudo al médico, este no debería perder el tiempo en preguntarle si quien le disparó la flecha era rubio o moreno, si montaba un caballo blanco o negro, si vestía así o asá. El médico debería, simplemente, sacarle la flecha y aplicarle un antídoto.

P: Tirando de ese mismo hilo, ¿qué dirías que pueden aportar las teorías posmodernas a la cosmovisión conservadora? ¿Pueden los postulados que defienden la normalidad, la continuidad, la estabilidad, la previsibilidad, la reproducción de lo heredado, etc., “rescatar” algo de los planteamientos críticos de filósofos como Foucault, Derrida, Deleuze o Butler?

R: Responder esta pregunta merecería para mí un libro o un seminario de varios meses. Y el motivo es justo el que apuntáis: mi formación ha sido bastante posmoderna. Leí antes a Vattimo que MacIntyre, antes a Wittgenstein que a Hegel. Por tanto, en realidad muchas de las armas que utilizo contra la locura woke o progre actual (que algunos llaman “posmoderna”) en realidad las recojo precisamente de los posmodernos.

Por ejemplo, hay algo que tienen en común Vattimo y Rorty, su insistencia en adoptar cierto distanciamiento irónico con respecto a la realidad, que sin embargo la izquierda identitaria actual ha traicionado de cabo a rabo, pues en ella proliferan ofendiditos que se toman todo tremendamente en serio y sin ninguna capacidad de ironía.

De Judith Butler me gusta, por su parte, la insistencia en cuán importante es todo lo que hacemos, lo que ella llamaría “performatividad”, para llegar a ser quienes somos. ¿No estamos todos siempre haciéndonos un tanto?

Y, por último, de Foucault, Derrida y Deleuze retomaría algo que no debemos olvidar nunca, y que ya estaba en Paul Valéry, Arthur Rimbaud o Juan Ramón Jiménez: no somos nunca sujetos unitarios, estamos formados por muchas vetas, y justo esa pluralidad interna de cada uno de nosotros puede ayudarnos a entender lo plurales que son los demás. De hecho, yo agradezco mucho a mi lado más progre lo que me ayuda a entender a los progres.

P: ¿Crees, entonces, como Calleja que “los conservadores están mejor en la cama con los liberales que con los progresistas”? ¿Piensas que planteamientos más extremos como el libertarianismo pueden ser aliados de los conservadores en la batalla cultural?

R: Recogiendo lo que decíamos justo antes, es verdad que entre las vetas que me constituyen las hay más conservadoras y más liberales. Por eso yo también prefiero que ambos, como dice Calleja, estén juntos en la cama: para mí es como tener juntos en ella a papá y mamá. (Calleja, sin embargo, cree que ese debe ser solo un “rollo” de una noche, para que liberales y conservadores nos demos cariñitos hasta que pase la tormenta izquierdista; en mi preferencia por un matrimonio estable soy, curiosamente, más conservador que él). 

En cuanto a los libertarios, me convence bastante el análisis que hace Jonathan Haidt de su psicología moral: en realidad se parecen más a los izquierdistas que a los conservadores, pues apenas reconocen otro fundamento moral que evitar la opresión. Creo que un error de la derecha internáutica durante los 90 y los 2000 fue fijarse demasiado en los libertarios (no es culpa de estos, empero, pues eran de los pocos que aportaban pensamiento no izquierdista en la red). Ahora, por suerte, ya no hay por qué obsesionarse con tenerlos por aliados (entre otras cosas, porque su número real es muy reducido); y así podemos encontrar puntos de encuentro entre liberales no libertarios y conservadores que, a un libertario puro, seguramente le horrorizarían (podemos hablar de nación, de comunidades, de protección a los trabajadores, de limitación de las grandes empresas, etc.).

Soy partidario de un matrimonio estable entre liberales y conservadores

P: Otro de los debates que recientemente se han dado en los foros conservadores es el de la familia. Tú mismo escribiste que existen vidas más plenas que otras, pero que eso no significa que unas personas tengan más valor que otras. A tu parecer, ¿debe el conservadurismo llevar como programa innegociable el fomento de la vida familiar, así como otros esbozos sustantivos para una sociedad ordenada?

R: Sí. Es más, en un mundo en que crecen y crecen los desórdenes mentales, en que proliferan los suicidios, en que el gasto en psicofármacos está desbocado, me parecería absurdo que no volviésemos a hablar de qué son vidas bien hechas y qué son, en cambio, vidas destrozaditas. Y eso no va contra la libertad de nadie: al revés, ofrece la ocasión de liberarse de tanto trastorno vital. Explicar de una vez qué es una vida hermosa desde el punto de vista cristiano (cosa que rara vez se hace en las clases de religión, demasiado simples a menudo al reducirlo todo a “buscar la paz”); o desde un punto de vista estoico; o conocer las propuestas de Aristóteles, o de Montaigne, y ayudar a que en la sociedad se pueda vivir según esos modelos (en vez de enfrentados todo el día unos contra otros en redes sociales), me parece esencial. Y no solo porque, como filósofo, uno siente que su vocación tiene algo que aportar ahí.  

Volver a hablar de qué es una vida buena ofrece la posibilidad de liberarse de tanto trastorno vital

P: En este sentido has señalado que “muchos de los altavoces de nuestro espacio público los poseen personas con vidas un tanto maltrechas” que promueven valores en direcciones contrarias a las socialmente deseables. Sin embargo al mismo tiempo defiendes, en una línea de argumentación liberal, que el Estado tampoco debe instaurar de forma vinculante un modo de vida frente a otros. ¿Cómo puede resolverse esta problemática?

R: Como se ha resuelto siempre, antes de que el Estado absorbiera cerca del 50 % de nuestro producto interior bruto y se pusiera a dictar leyes para regir cada detalle minúsculo de nuestra vida: ofreciendo y fomentando formas de vida elevada desde todas esas otras cosas que no son el Estado (familias, asociaciones, iglesias, escuelas filosóficas, grupos de amigos…). Es verdad que el Estado también tiene algo que hacer ahí (por ejemplo, no acribillar con impuestos a las madres trabajadoras), pero ni conservadores ni liberales somos estatalistas: el protagonismo no debe ser, pues, de lo estatal.

P: En el artículo sobre la cuestión nacional haces una observación interesante: los progresistas, siempre tan cautelosos y atentos para no herir sensibilidades identitarias, parecen no tener reparos en hacer mofa de identificaciones como el orgullo nacional o el sentimiento religioso. ¿Por qué crees que sucede esto?

R: Creo que Haidt nos da de nuevo la clave. Los izquierdistas tienen poco desarrollada la base moral de la lealtad, lo cual incluye la lealtad nacional. Ahora bien, tienen hipertrofiada la preocupación por los débiles: de ahí su predilección por las identidades minoritarias, presuntamente oprimidas (LGBT, mujeres, etnias…), o incluso por ciertas naciones, si se presentan como pequeñas y dominadas (por eso no me maravilla, a diferencia de Félix Ovejero y demás izquierdistas jacobinos, lo comprensiva que es la izquierda española de hoy con el nacionalismo periférico).

P: Cambiando de tercio, hiciste varias contribuciones al debate abierto por Diego Garrocho sobre la presencia de los intelectuales cristianos en el debate público. ¿Qué balance haces de esta conversación? ¿Crees que se está produciendo ya algún movimiento importante entre las filas católicas? ¿Por qué dirías que la Iglesia, con la ingente cantidad de recursos mediáticos con los que cuenta ha permanecido relativamente alejada de la batalla de las ideas?

R: El mero hecho de que se haya producido un debate muy vivo acerca del papel de los intelectuales cristianos demuestra ya que estos no estaban muertos, aunque sí un poco de parranda.

¿Por qué? Una posible explicación la he vislumbrado durante estos meses de discusiones. Demasiados católicos siguen pensando que el cristianismo es solo una cosa de fe, de entablar una relación personal entre Dios y su alma, pero no tanto de aportar razones al espacio público. Es una tesis bastante estrambótica, que yo creí que ya había quedado resuelta en los siglos II-VI, con autores como San Justino Mártir, Clemente de Alejandría, Orígenes o San Agustín. Ellos también podían, en un mundo mucho más difícil que el nuestro (el término “Mártir” en San Justino no es un simple apodo), haberse refugiado en la mera fe, haber prescindido de la batalla de las ideas, que en su día estaba copada por una filosofía tan lejana del judío Jesús como era la griega. Pero hicieron el hercúleo esfuerzo de integrar su herencia helena y la hebrea, dando lugar a esa prodigiosa mezcla de ambas que será luego la Cristiandad. Hoy, está claro, esos tiempos de potencia religiosa e intelectual avasalladora se encuentran lejanos.

P: Una pregunta más sobre este tema. Si bien aclaraste que el puritanismo que hoy nos invade no tiene su origen en la tradición cristiano-conservadora, adviertes a los propagandistas católicos de que no deben caer en un moralismo cada vez más irrespirable para muchos. Nuevamente aquí, si me lo permites, veo una tensión problemática. ¿Deben los cristianos ser laxos o más tolerantes que de costumbre con biografías o referentes de conducta dudosa, sólo porque la Iglesia atesora también un historial poco ejemplar?

R: Os seré muy claro (y para ello me temo que esta vez mi respuesta va a ser algo larga). Veo la Iglesia católica hoy como una institución en clara decadencia.

Esto lo atestiguan, en primer lugar, las cifras decrecientes de fieles en Europa, su menguada influencia en el espacio público, o la irrupción de iglesias evangélicas en Brasil y otros países iberoamericanos, así como la drástica reducción del número de sacerdotes y miembros de órdenes religiosas. (Es verdad que estas cifras a veces quedan ocultas por la excepción pujante de África y porque el cómputo total de católicos aumenta en el mundo, por crecimiento vegetativo: muchos católicos siguen teniendo más hijos que la media –aunque ya no sean las cosas como en aquel gag de los Monty Python–). Hubo un teólogo, hacia 1969, que ya predijo por radio esta menguante presencia de lo católico en el mundo, y lo más bonito que le llamaron entonces fue “pesimista”. Hoy creo que procedería llamarle realista. Su nombre, por cierto, era Joseph Ratzinger.

En segundo lugar, hay baldones morales que de la Iglesia contemporánea que también muestran su decadencia. Estoy pensando, naturalmente, en los abusos a menores, que no revelan solo la existencia de curas pederastas, sino también el profundo desatino moral que corroe su estructura: fueron obispos y dirigentes eclesiales los que ocultaron ese horror, en vez de denunciarlo; fueron ellos quienes trasladaron a esos sacerdotes a otros lugares, donde pudieron aumentar sus delitos, en vez de frenarlos. No hay ninguna otra organización que se haya portado así en nuestros días con respecto a algo tan nauseabundo como esto, y me temo que muchos aún no lo han entendido (Ricardo Calleja, a quien hemos mencionado ya varias veces, quedó hace meses conmigo en investigar si había alguna otra institución en el mundo en la que se pudiera detectar un comportamiento similar al de la Iglesia católica, excluidas las mafias pederastas, claro; entiendo, tras tanto tiempo, que no lo ha hallado). Los abusos, por tanto, han demostrado la aluminosis que corroe buena parte de la estructura eclesial; creo que a esto se refería el secretario del papa Benedicto XVI, Georg Gänswein, cuando definió tales delitos como “el 11 de septiembre de la Iglesia”.

En suma, lo que quiero con estos datos es corregir la idea que aparece en vuestra pregunta de que el “historial” de la Iglesia no es muy positivo, como si estuviésemos refiriéndonos por millonésima vez a la Inquisición, las cruzadas, etc. Me preocupa mucho más el presente que el pasado. En España, por cierto, tenemos además entre los citados baldones la colaboración de buena parte de la Iglesia vasca, hace no tanto, con el terrorismo de ETA. Y hay estudios, por lo demás, que apuntan a que los cristianos no muestran una moralidad mejor que la de otras personas, sino incluso algo peor.

Por estos motivos, creo que la Iglesia se equivocaría si, como también apuntáis en vuestra pregunta, en un mundo plagado de moralismo como el actual, en que todo el mundo se está reprochando a todo el mundo diversos fallos morales, ella también se apuntara, cargada de estos baldones, a tal carrera. Una carrera que, además, no es la suya. No hace falta conocer a Kierkegaard para darse cuenta de que la religión debe ser algo que supere lo moral; el propio San Pablo se esforzó una y otra vez en mostrar que su mensaje no era el de imponer unas u otras leyes morales, sino el de anunciar algo distinto. Algo que, por cierto, no era un mero “Dios existe” (¡casi todo el mundo creía en unos u otros dioses en su época!). Frente a una moral de obligaciones, el mensaje de Pablo era de liberación: un Dios que te libera de la obediencia a todos los demás diosecillos, un Dios que te libera también de la obsesión con la ley moral, un Dios, el dador de la vida, que te ama y eso ya solo, como diría Santa Teresa, te debería bastar. Y eso te transformará.

Frente a una moral de obligaciones, el mensaje de San Pablo era de liberación: un Dios que te libera de la obediencia a todos los demás diosecillos

P: Te has pronunciado también a favor de un “ecologismo de derechas”. Así, ser conservadores nos emplazaría también a ser “conservacionistas”. Es una propuesta interesante, y por ello te pregunto si consideras que apropiarse discursivamente de “luchas” que el progresismo se ha arrogado en exclusiva es una tarea pendiente y deseable para la derecha. Estoy pensando en otros temas candentes de actualidad, como el feminismo, la crisis migratoria o la discriminación con base racial. ¿Hay sitio para estos programas dentro de la retórica liberal-conservadora?

R: Sin duda, creo que mi herencia posmoderna me inclina también a esa estrategia de apropiarme de todo, para luego virarlo hacia nuestro molino. Los retos que señaláis son pujantes, y desde luego ya hay muchas mujeres (y algunos hombres, aunque con más reparos) defendiendo un feminismo que no tiene nada que ver con el izquierdista-radical. 

P: Otro de los estandartes esgrimidos por los conservadores ha sido la defensa de la Nación española frente al acomplejamiento crónico de los españoles con respecto a su identidad nacional. ¿Crees que el patriotismo como emoción puede pasar fácilmente del sano orgullo a la delimitación excluyente? Se me ocurre, por ejemplo, aquel sonado meme publicado por VOX, que venía a decir que en España no cabían feministas, ni comunistas, ni militantes LGTB.

R: Bueno, la verdad es que no creo que el patriotismo sea una emoción (aunque, como hoy tendemos a verlo todo en términos emotivistas, supongo que es normal que lo patriótico se vea también así). Creo que el patriotismo es una virtud: saber que estás ligado a tus compatriotas de hoy, pero también de ayer y de mañana, y trabajar en pro de ellos, por todo lo que tienes que agradecer a los del pasado, por la enorme responsabilidad que tienes ante los presentes y futuros. Si eso lo quieres acompañar de una emoción y así sentirte mejor mientras que lo haces, me parece perfecto; pero la clave en una virtud es lo que hagas, no lo que sientas. Obras son amores… 

Y bien, toda virtud está amenazada, como bien nos explicó ya Aristóteles, de caer en dos vicios, uno por exceso y otro por defecto. El vicio por defecto del patriotismo es sentirse desligado de tus compatriotas, verte como un hombre sin raíces y sin descendencia, ser incapaz de reconocer tus ligazones con los demás connacionales de hoy. Pero también existe un vicio por exceso: este sería el patrioterismo del que habláis y que, naturalmente, es un riesgo que hay que conocer y adiestrarse para evitar.

P: Volvamos a cambiar de tema. Después de la derrota de Trump, no parece que el legado de la Nueva Derecha vaya a debilitarse en EE.UU., y el conservadurismo popular no goza de mala salud en Europa. Dentro de nuestras fronteras, VOX ya ha empezado a coquetear con planteamientos más proteccionistas, antiglobalistas e intervencionistas. ¿Crees que la ola del populismo conservador tiene visos de arraigar también en España, barriendo así a las opciones liberal-conservadoras y europeísta?

R: Bueno, “barrer” me parece un verbo exagerado. Creo simplemente que vamos hacia dos partidos consolidados, y de similar tamaño, en todo el espacio que queda a la derecha del PSOE. Un partido más centrista, que intentará arrancar algunos votos por el centro al socialismo (aunque confesaré que no veo mucho donde rascar ahí); y un partido de carácter más radical, capaz no solo de recoger a todo el espectro más descontento de la derecha, sino también el obrerismo que se siente huérfano de una izquierda obsesionada con los pronombres de género, la Agenda 2030 y los murales feministas.

Aliados con la verdad y con la vida, nuestro porvenir promete. No se puede vivir apoyados en la nada

P: Para terminar, has sostenido que la batalla cultural “la vamos perdiendo”. Sin la intención de exigirte un pronóstico profético, ¿qué crees que nos cabe esperar a los conservadores en el futuro inmediato en la disputa intelectual que afecta a los países occidentales? ¿Hay motivos para el optimismo?

R: Siempre he dicho que tenemos de nuestra parte de la verdad, que es un aliado precioso. Pero el otro día, charlando con Kiko Méndez-Monasterio, me defendió que teníamos un aliado aún mejor: la vida. Frente a nosotros, en el fondo, tenemos un apabullante nihilismo que se oculta a duras penas tras valores de mercadillo que ni los propios progres se creen (basta mirar el sangrante desfase entre sus vidas públicas y privadas). Al final el progre no cree en nada porque sabe que sus valores son solo cosas que ha elegido, igual que esta corbata (o esta chaqueta política) la escoge hoy y mañana la deja en el perchero.

Y bien, frente a todo ese nihilismo, nosotros tenemos vida. La gente tiene vida. No se puede vivir apoyados en la nada. De modo que, aliados con la verdad y la vida, nuestro porvenir promete. Ahora solo nos falta el camino.


LA CONTROVERSIA / VÍCTOR NÚÑEZ DÍAZ

Únete a 969 seguidores más

Anuncios