Nostálgicos de una izquierda que no queremos

Manifestantes del Frente Obrero, organización comunista dirigida por Roberto Vaquero Manifestantes del Frente Obrero | Imagen de archivo

En la celebración de la última efeméride de la II República se asistió en Madrid a un acto insólito: una charada de jóvenes con anhelos revolucionarios paseaban por la capital sendos retratos de Lenin, Stalin y otros prohombres del “socialismo real” que, como es sabido, siempre se caracterizaron por su celoso respeto a la dignidad humana en todas sus formas.

No es nada nuevo el aprovechamiento por parte de la izquierda del “Estado español” de obituarios para hacer desfilar una errática mezcolanza de banderas antifascistas, ya en desuso. Porque ya se sabe que las banderas son trapos despreciables sólo cuando lucen un aspecto rojigualdo. Mentiríamos si dijéramos que sorprende ver a nuestra progretura (la misma que abjura de las procesiones pascuales) sacar a las calles —calles que, por descontado, son “siempre suyas”— sus propios pasos de santos laicos. Lo que acaso genere más perturbación sea encontrarse militantes del lado diestro de la brecha ideológica simpatizando con este tipo de exhibiciones de vigor proletario.

Y es que, ay, la dichosa batalla cultural hace inverosímiles compañeros de cama, uniendo carnalmente a opciones políticas que siempre habíamos creído irreconciliables. Es pertinente en este punto hacer un alto en el camino, no dejarse arrastrar por el ardor beligerante que consagra la lógica amigo-enemigo y pararse a mitad de la senda de la disputa ideológica, para ver a quiénes estamos acogiendo como compañeros de andanzas en este tiempo de la revitalización de los idearios políticos.

¿Cómo hemos llegado, entonces, a compartir filas con sujetos que, de tomar el poder, podemos tener la certeza de que no vacilarían en purgar nuestro programa de orden y tradición, cuando no a sus representantes? Tal vez el carácter minoritario y anecdótico de los escombros de la “vieja izquierda” netamente marxista nos haga estar tranquilos: resulta inverosímil pensar que los enardecidos jóvenes rapados y tatuados que agitaban la tricolor en Sol a las órdenes del líder de masas Roberto Vaquero vayan siquiera a oler de cerca los resortes del poder burocrático. De tal suerte que podemos seguir bailándole el agua a los profetas materialistas como Santiago Armesilla y compañía, pues no nos cabe esperar que vaya a darse la posibilidad de que los conservadores acabemos en un campo de reeducación memorizando la doctrina completa de camarada Stalin sobre la cuestión nacional. ¡Lo que importa, al fin y al cabo, es que todos defendemos la Nación española! (Dirimir si queremos hacer de ella una suerte de dictadura proletaria hispanoamericana con ensueños de grandeza imperial, o una patria sin vocación de feroz jacobinismo y enraizada en su tradición católica, ya lo dejamos para luego).

Cierto es, en cualquier caso, que, como muchos señalan, no estamos ya en la correlación de fuerzas ideológica de la Guerra Fría. No cabe por tanto seguir confabulando (al estilo de los voxeros más vehementes y desorientados) sobre la consagración de un estado totalitario de signo obrero que convierta nuestra querida España en un régimen de Terror antiburgués. Pero de la afirmación de que la amenaza para la cohesión social y la continuidad de las sociedades occidentales viene del progresismo post-sesentayochista, y no del marxismo-leninismo, no se deduce que no hayamos de preocuparnos por la infiltración subrepticia (celebrada abiertamente por muchos derechistas) de los comunistas en nuestra cruzada contra los estragos del progresismo.

¿De verdad a nadie le inquieta verse respaldado por teóricos y propagandistas que sienten una abierta afinidad a regímenes de carácter autocrático y policial, o que tienen sueños húmedos con un Jinping o un Putin a la española? No se defenderá aquí, en modo alguno, que los conservadores hayamos de exigir pureza ideológica de ningún tipo, ni un contrato de adhesión que obligue a asentir a todas y cada una de nuestras exigencias de un mundo vinculado más al orden tradicional que a la ingeniería política alumbrada en la modernidad. Fundamentalmente porque entre los que comparten un mismo frente hay una variedad de coordenadas conceptuales y matices programáticos muy estimables: los hay con mayor inclinación hacia el tradicionalismo, los hay que se resisten a desvincular su conservadurismo del matrimonio liberal, los hay que tienen un proyecto vertebrado por la centralidad de la religión y quienes optan más bien por un derechismo secular, hay quienes simpatizan más con el trumpismo y otros que reniegan del populismo, más o menos afines al europeísmo, etc.

Sólo faltaría, claro, que replicáramos los mismos esquemas de intransigencia ideológica que el progresismo que criticamos, ese que demanda afinidades políticas hasta para echar un polvo. Se trata más bien de plantearse mínimamente si las opciones de “izquierda definida” que tan alegremente glosamos en las redes y en nuestros textos, por muy superiores que las encontremos a los proyectos nebulosos de la izquierda identitaria, tienen realmente cabida en lo que podemos localizar —con muchas reservas— como el núcleo central de un conservadurismo mínimamente transversal: una actitud política más inclinada al mantenimiento de instituciones y prácticas sociales respaldadas por la experiencia histórica que a unos planes quinquenales de borrón y cuenta nueva.

Es legítimo preguntarse si algunos de los que se dicen conservadores no serán, en realidad, nostálgicos del caudillaje

Si quieren ustedes un caso práctico de aberrante y sobrevenido maridaje político, tomen este: un sacerdote católico replicó en Twitter al vídeo de los manifestantes del Frente Obrero apuntando que, hombre, gustar no le gustaban mucho, pero que al menos se les veía unos chavales con convicciones, que se creen lo que dicen, que no son unos farsantes. ¡Cuánto mejor sería que la chavalada iracunda que jaleaba el discurso de Vaquero fuera de farol cuando secundaban que sus adversarios políticos era “algo a eliminar” [sic]! Es legítimo plantearse si algunos de los que se dicen conservadores no serán en realidad, sencillamente, nostálgicos del caudillaje y las figuras de la vieja guardia autoritaria.

No tenemos problema en reconocer la notabilísima aptitud intelectual de los espadas de la “verdadera izquierda”, como la del propio Armesilla y sus acólitos, o la de Guillermo del Valle y los círculos de El Jacobino. Celebramos con genuino entusiasmo, asimismo, el interés renovado en las opciones conservadoras por parte de sagaces periodistas, outsiders del por otro lado algo asfixiante mundillo del “Team Facha”, tal y como Víctor Lenore o Ana Iris Simón. Y no es menos cierto que una de las tribunas en los medios generalistas más crítica con la deriva izquierdista es la del filósofo Félix Ovejero, siendo también encomiable la labor opositora de los restos del naufragio de UPyD y Ciudadanos. Pero es forzoso recordar que, con todo, son gentes “de izquierdas”, al fin y al cabo.

Porque lo que no es de recibo es que nos sintamos inclinados a respaldar tanto los diagnósticos como los pronósticos de quienes, en realidad, difieren sustancialmente de muchas de las propuestas conservadoras, sólo porque ellos gozan de más predicamento en la opinión pública. Y es que precisamente ahí radica el punto importante que se ha pretendido exponer aquí: el pedigrí de izquierdista sigue funcionando como una suerte de bula que faculta para obtener una cierta atención por parte del público, frente al rechazo y la suspicacia que aun hoy levantan las propuestas abiertamente derechiles.

Pensemos en las columnas de Ovejero en El Mundo. Uno, que las lee, puede decir sin titubeos que todas se amoldan a un mismo esquema: defender que el ideal republicano lo encarnan hoy quienes tendemos a clasificar como derechistas. De tal forma que uno puede sentirse con la conciencia tranquila, puesto que cuando profesa su adhesión a figuras como Felipe VI o Isabel Díaz Ayuso, en realidad, está siendo de izquierdas. La Opinión de El Mundo y su línea editorial bien podrían incluirse dentro de ese “centro-centrado” flugberiano, a saber, quienes se arrogan la vanguardia de la guerra cultural sin estar realmente en situación de desempeñarla solventemente a causa de su excesivamente tibio liberalismo moderantista. Pues bien, se plantea uno si Jorge Bustos (u otros opinadores menos desacomplejados que Hughes, como los que se pasean por la revista Letras Libres) no reparan en que, al celebrar la pervivencia de una “auténtica” izquierda, la de verdad, la buena, siguen mendigando la legitimidad conceptual del progresismo para aprobar públicamente sus propuestas. Y, por qué no decirlo, que no es del todo intelectualmente honesta la lectura que hacen estos socialistas de lo woke como una especie de alejamiento o perversión de los ideales de izquierdas. ¡Como si estos lodos de fluidez y autodeterminación contemporáneos no tuvieran nada que ver con aquellos polvos de defensa de la emancipación radical!

Aquí importa poco si los planteamientos que evocan los derechistas tibios son de signo más socialdemócrata, como los de la “Izquierda No Nacionalista”, o si, como hace la órbita gustavobuenista, directamente se lamenta el abandono del marxismo clásico. Estamos ante lo mismo: son aceptables aquellos políticos o intelectuales de derechas que, en realidad, no son de derechas.

Al celebrar la pervivencia de una auténtica izquierda, hay quien sigue mendigando la legitimidad conceptual del progresismo

¿No va siendo hora, en un segundo momento y a estas alturas de la disputa en el seno de la polarización política, de que reivindiquemos la opción conservadora con nuestros propios medios? ¿De que dejemos de invocar una izquierda que tampoco reserva un lugar para nuestras propuestas socioculturales? ¿De que, incluso, veamos una oportunidad de oro en el letargo y la inoperancia política de esta neoizquierda tardomoderna y renqueante para exhibir nuestras convicciones sin reservas ni ambages?

Para ilustrar todo lo que hemos venido diciendo, recuperemos un caso paradigmático. Recuérdese que, hasta hace relativamente poco, uno de los libros más celebrados por el sector conservador fue La trampa de la diversidad. Nuestro paladín católico y tradicionalista Juan Manuel de Prada le dio la bienvenida con una elogiosa reseña, y a su vez el columnista católico comenzó a gozar con carácter creciente del beneplácito de gran parte de la izquierda podemítica y masmadridista. ¡Por fin alguien de derechas que no tiene un rechazo categórico y acrítico del marxismo o del cuestionamiento ideológico del capitalismo! Y, a la inversa: ¡Al fin alguien de izquierdas “de verdad” que se oponga a la ascendente hegemonía cultural de la izquierda identitaria!

Sin embargo, lo planteo de nuevo: ¿realmente necesitamos que un marxista-leninista confeso nos haga de caballo de troya intelectual para poder denunciar el rodillo omnipolitizante de la izquierda contemporánea? Es algo a celebrar que los izquierdistas más tradicionales y los conservadores coincidamos en algunas líneas maestras de nuestros programas políticos (lo cual, permítaseme señalar, dice más a nuestro favor que al suyo). No obstante, ¿tan necesitados estamos de una palmadita en la espalda o de un sello de aprobación de la oficialidad progresista como para dejar que la voz cantante de la denuncia antiizquierdista la hagan los comunistas?

Dicho lo anterior, no pueden obviarse los motivos que nos han llevado a esta dejadez de funciones en pos de una replicación de las tesis del contrario. En efecto, ha sido tal la orfandad en el ámbito intelectual y político de la elaboración programática de esta nueva derecha (más popular, algo más intervencionista en materia económica, más desacomplejada en sus propuestas culturales) que no nos ha quedado otra que echarnos en manos de quienes con mayor valentía defendían los presupuestos que compartimos con la izquierda “definida”. Ahora bien, sostenemos aquí que, hoy día, no necesitamos más esta muleta jacobina y/o materialista para fundamentar nuestros postulados.

A mayores de la germinación del conservadurismo entre sectores jóvenes que ha venido teniendo lugar en el foro tuitero (piénsese en el éxito de Españabola, Kilgore, Dromus, Jacobson, Derecha Spinozista, Peretasma y muchos otros), hemos asistido también a una revitalización seria del conservadurismo en el debate público. Contamos hoy con insignes representantes de este renovado derechismo (también, por descontado, con sus diferencias internas), como Miguel Ángel Quintana Paz, Ricardo Calleja, Gregorio Luri, Enrique García-Máiquez, Carlos Marín-Blázquez o Pablo de Lora. En lo que a sedes intelectuales para la propagación de las ideas conservadoras se refiere, podemos referirnos a gran parte del grupo de opinadores de The Objective, a los conservador-católicos que se ocupan de El Censor, a la revista Centinela, Ortodoxia o El Debate de Hoy, o a las páginas de esta misma casa, La Controversia. Mención merece también la tarea incansable de sana propaganda conservadora que hacen Pedro Herrero y los extremocentristas, así como toda una pléyade de podcasts y canales de Youtube empleados a fondo en las labores de la batalla cultural.

Los conservadores no necesitamos ninguna muleta izquierdista para fundamentar nuestros postulados

No faltan pues opciones, y esto sólo dentro de nuestras fronteras. Disponemos también de un amplio abanico de pensadores conservadores que han llegado a conclusiones parecidas a las que gustosamente rescatamos de la izquierda más tradicional. No creemos ser aventurados cuando decimos que se están moviendo muchas cosas en el seno del debate público, y que nos cabe esperar un reavivarse de la llama conservadora, en consecuencia, entre estratos de la población cada vez más amplios. Dejemos, pues, que las distintas familias de izquierdas diriman entre ellas sus cada vez más notorias e irreconciliables diferencias. No rechacemos, incluso, que la izquierda dominante haya abandonado el “discurso de clase” o haya primado la atención a sensibilidades individuales a los proyectos universalistas. Esa no es nuestra lucha.

No pretendamos contrarrestar el discurso de la izquierda postmoderna, enfrentada a sus propias contradicciones en una época postliberal cambiante, asumiendo el discurso de la izquierda marxista. Tenemos motivos de sobra para llevar el credere aure por bandera en un tiempo en que ese “viejo mundo” se resiste, con razón, a morir.


VÍCTOR NÚÑEZ DÍAZ (Burgos, 1997) es estudiante de Filosofía y Política en la UAM/UC3M y ha colaborado en medios como El Confidencial Digital.