Dostoyevski profético

Vladimir Favorsky, Woodcut of Fyodor Dostoevsky, 1929

En la novela ‘Crimen y castigo‘, publicada en 1866, el protagonista, Rodion Raskolnikov, tiene un extraño sueño. Como es sabido, después de confesar el asesinato de la usurera Aliona Ivanovna y su hermana Lizaveta, el joven Rodia fue condenado a ocho años de trabajos forzados en Siberia. Pues bien, antes de arrepentirse de su acto, el personaje enferma permaneciendo en el hospital “desde mediada la Cuaresma hasta después de la Pascua de Resurrección”. Una vez restablecido, Raskolnikov recuerda los sueños que había tenido durante su convalecencia. “En su enfermedad había soñado”, escribe Dostoyevski, “que todo el mundo había sido condenado a una plaga terrible y desconocida que había invadido Europa desde el centro de Asia. Todos habrían de morir, salvo unos cuantos elegidos, muy pocos”.

El lector avezado entenderá pronto que se trata de una alegoría. La plaga descrita por el genial escritor ruso no tiene nada que ver con ningún virus, sino con “una nueva especie de triquina, gusano microscópico que se alojaba parasitariamente en el cuerpo humano”. Pero lo que caracteriza a esos gusanos es que están “dotados de inteligencia y voluntad”. ¿Qué puede significar esto? Sin duda, lo que aquí se nos quiere hacer comprender es la necesidad de una renovación espiritual de la humanidad, auténtica premonición alegórica del cambio que se va a operar en seguida en el alma de Raskolnikov. Pero el cambio no es posible si no muere antes el hombre viejo que agoniza en Europa como si fuera realmente el último hombre de Nietzsche.

Quisiera tomar el sueño de Raskolnikov como una metáfora de nuestros tiempos pestilentes. La visión profética de Dostoyesvki se revela cuando describe la situación dantesca generada por aquel gusano microscópico. “Los que contraían la infección se volvían al momento locos de atar. Pero nunca, nunca, se habían juzgado los hombres tan inteligentes y tan dueños de la verdad como se juzgaban tales pacientes. Nunca habían considerado sus decisiones, sus conclusiones científicas, sus juicios morales y sus creencias tan infalibles como ahora”. Una infección, peor que la del coronavirus, recorre el mundo. Quienes más libres se creen de ella son, paradójicamente, los agentes más contagiosos. Locos de atar, los políticos. Locos de atar, los medios de comunicación. Loca de atar, la masa acrítica que no se entera nunca de lo que pasa. Locura, la fe ciega en la ciencia. Locos todos, este virus solo parece salvar a unos cuantos elegidos que se empeñan en pensar al margen del peor mal que puede padecer el hombre: el miedo a la libertad y al pensamiento.

Serán la inteligencia y la voluntad del hombre las únicas que podrán conjuntamente salvarnos o condenarnos para siempre

La salud mental de la humanidad tendrá que acrisolarse en la piedra de toque de esta pandemia. Dostoyevski escribe: “Vecindarios enteros, ciudades y naciones enteras, enloquecieron por causa de la infección. Todos estaban desesperados y no se entendían entre sí; cada uno pensaba que era el único depositario de la verdad y se atormentaba observando a los otros, se daba golpes de pecho, lloraba y se retorcía las manos”. Desde una perspectiva cristiana, diríamos que ha llegado el tiempo del Anticristo… Metafísicamente, sin embargo, lo que no puede cuestionarse es que el nihilismo ha hecho ya de la Tierra un desierto moral y espiritual. La consecuencia de tal desorden ha de llevar necesariamente a la guerra civil mundial:

No sabían cómo y a quién juzgar ni estaban conformes en cuál era el bien y cuál el mal. No sabían a quién condenar y a quién justificar. Se mataban unos a otros con furia insensata. Se agrupaban en grandes ejércitos que luchaban entre sí, pero cuando ya las huestes estaban en marcha arremetían unos con otros, se desbarataban las filas y los soldados caían sobre sus propios camaradas, cortando y pinchando, mordiendo y devorándose mutuamente.

“No sabemos”, he ahí el verbo que mejor describe nuestra situación. Hoy nos matamos unos a otros infectados como estamos de pandémica ignorancia; y así nos devoramos unos a otros porque no sabemos distinguir la verdad de la mentira, el bien del mal, la justicia de la injusticia. La continuación del texto de Dostoyevski parece haber sido escrita para el presente: “En las ciudades se oía de continuo el toque de alarma; todos acudían al llamamiento, pero nadie sabía quién les convocaba o por qué se les llamaba, lo que causaba gran ansiedad. Quedaron abandonados los oficios más corrientes, porque cada cual abogaba por sus propios planes, por sus propias mejoras, y no se ponía de acuerdo con los demás. Los labradores abandonaron las tierras”. ¿Sabemos hoy –mejor dicho, sabremos mañana-, quién convocará y por qué motivos nuevos estados de alarma? ¿Sabemos, en efecto, qué trabajos están condenados a desaparecer por la pandemia y cuál será la causa de nuestras futuras ansiedades? ¿Sabemos si ya hemos tocado fondo en este cuento lleno de ruido y de furia que es la historia humana?

En algunos lugares se congregaba la gente, acordaba hacer algo en común, juraba no separarse, pero en seguida se ponía a hacer algo enteramente distinto de lo que se había propuesto, empezaban a culparse unos a otros, a reñir y matarse. Hubo incendios intencionados y cundió el hambre. Perecían hombres y cosas. Se propagó la infección, abarcando cada vez más espacio.

El sueño de Raskolnikov, devenido pesadilla, es una alegoría palingenésica. El mundo necesita una renovación, eso no admite discusión, pero el mundo después de la pandemia, como teme Michel Houellebecq, quizá sea “igual, o un poco peor”. Pues no podemos creer, como sostiene Dostoyevski hacia el final de la fábula, que los salvados sean “los puros de corazón y los elegidos, destinados a fundar una nueva raza y una nueva vida, a renovar y purificar la tierra”. Nadie habría visto ni oído a estos elegidos porque son tan invisibles como el propio virus que hoy nos mata. Desgraciadamente, los virus no están dotados de inteligencia y voluntad, y matan con la misma indiferencia con la que el sol sale cada mañana sobre cada criatura viviente. Todo lo contrario, aunque hay sobradas razones para dudarlo, serán la inteligencia y la voluntad del hombre las únicas que podrán conjuntamente salvarnos o condenarnos para siempre.

LUIS DURÁN GUERRA


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