Una ética del abrazo

«La plenitud no se conquista jamás del todo, sino que es movimiento fiel o fidelidad dinámica porque somos seres que viven en el tiempo, llamados a dar consenso a la vida con sus cambios». Así habla Alessandro d’Avenia en El arte de la fragilidad. No estoy muy seguro de que esta sea la mejor de las definiciones, pero nos ayudará como punto de partida para tratar la búsqueda de la perfección y la incapacidad de alcanzarla.

Es cierto que hemos sido llamados a ella, a la perfección, («Sed vosotros perfectos como es perfecto vuestro Padre celestial» Mt 5, 48) y está bien que sea así; sin embargo, poseemos la certeza de que jamás la alcanzaremos, no al menos a lo largo de nuestra vida. Tal vez más importante que ser sabedor de esta inalcanzable perfección es recordarnos que tampoco la hallaremos en el otro. He conocido casos distintos en los que una pareja decidió adoptar a un bebé para ampliar la familia. Pasados unos pocos años, por cuestiones que no nos conciernen, mas en todo caso injustificables, decidieron devolver al hijo adoptivo del mismo modo en que se devuelve una prenda de talla ajustada. Y la devolución, sin necesidad de tíquet, es aceptada. Existen otros casos en los que una clínica o laboratorio especializado en fertilización asistida ofrece a sus clientes la posibilidad de escoger el color del cabello y de los ojos de sus hijos. La personalización ha llegado hasta estos extremos. Más grave si cabe: los caprichos del hombre parecen sobreponerse a los límites de ciertas circunstancias. Sucede también con cuestiones algo más banales sobre nosotros mismos, tales como aspectos físicos o psicológicos; o algo más esenciales, como heridas del pasado o fracasos que arrastramos. La «perfección» hallada nos decepciona y, aquello que en un principio relucía y presumía ornamentación, se torna ahora un antro sórdido e insufrible.

Sea cual sea el síntoma, el gesto es similar: se trata del rechazo de aquello que debía ser portador de la alegría, el desprecio de la dádiva inmerecida, el eclipse del garante de nuestra felicidad. Nuestros sueños se disipan al enfrentarnos a todo cuanto habita lo real. Entonces llega el temido sufrimiento, desagradable posada en la que debemos hospedarnos sin capacidad alguna de elección. Negarlo o, lo que es peor, contraponerse a él, resulta a cada instante más doloroso. La gran paradoja del sufrimiento radica en que, cuanto más te afanas en huir de él, más cerca se encuentra; cuanto mayor es el temor, más insoportable se vuelve su presencia.

Sin entrar en ulteriores detalles, es importante dejarse herir por la vida y albergar la esperanza y la voluntad de saber acogerla. Esa posada que tarde o temprano tenemos que habitar puede ser dulcificada. Podemos embellecer aquellos rincones oscuros que se ciernen sobre nosotros (sobre los demás) y permitir que entre en ellos algo más de luz. En nuestra infancia jamás culpamos a nuestros padres de no hacer desaparecer la herida ensangrentada de nuestra rodilla. Al contrario, con cierta inconsciencia agradecíamos el soplo que atenuaba el dolor. Nunca pedimos trucos o fuegos de artificio, tan solo el consuelo y el cariño del que nos ama. Esa es la verdad que nos desvelan los niños.

La gran paradoja del sufrimiento radica en que, cuanto más te afanas en huir de él, más cerca se encuentra; cuanto mayor es el temor, más insoportable se vuelve su presencia.

Cuando nos perdemos en esa falsa perfección lo que hacemos realmente es rehuir el amor. Aquello que nos viene dado «perfecto» no requiere de esfuerzo en ser amado. Parece más fácil amar a la mujer bella que a aquella algo menos agraciada. Parece más fácil hallar la felicidad cuando lo material queda bien cubierto por la posibilidad económica. Son excusas que parecen justificar un inconformismo que nos lastima. «Qué buen vasallo sería si tuviese buen señor», que entonaron los burgaleses al paso de Díaz de Vivar. Pero esto es falso o, al menos, está sujeto a una mala interpretación.

«Somos seres que viven en el tiempo», decíamos al principio con la ayuda de d’Avenia en el libro que simula una correspondencia entre el autor y Giacomo Leopardi, poeta herido por la vida. En el tiempo las circunstancias son cambiantes, pero nosotros no. El hecho de ser personas nos da un vigor que el resto de la creación carece. Lo mencionó Shakespeare y lo puso en boca de santo Tomás Moro, con la ayuda de Horacio: «¿Qué deberíais temer, tierna mujer? Al justo, si se hunde en pedazos el orbe, le herirán las ruinas, pero él, impávido». En eso consiste abrazar la realidad, amar la imperfección, desde la virtud y el afecto, desde el conocimiento y la aceptación de las cosas como son. Nada tiene que ver con esto la indiferencia frente al error, la pasividad ante el vicio.

La segunda carta a los corintios lo recuerda: «‘Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad’. (…) Porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte». En El hombre eterno, Chesterton dijo algo parecido cuando mencionó que Roma, como con todos los grandes imperios de la historia, se construyó sobre hombres fuertes y por ese motivo desapareció. Todo lo grande y fuerte está sujeto al desmoronamiento. La Iglesia, en cambio, no perecerá jamás, pues jamás se alzó sobre hombres fuertes, sino que sus sólidos cimientos se sostienen en la fragilidad. La edificación de la Iglesia se sustenta sobre la triple negación de San Pedro; esto es, sobre la debilidad, sobre lo que ya está en cierto modo roto. Y lo roto no puede romperse más de lo que ya está. Si a esto le sumamos, a ojos humanos, el gran fracaso de Cristo en la vida obtenemos, paradójicamente, la derrota perfecta.

Aquello que nos viene dado «perfecto» no requiere de esfuerzo en ser amado.

En conclusión, la imperfección posibilita y fortalece nuestro amor al darnos las herramientas necesarias para perseverar en la contrariedad. La imperfección nos propone algo hermoso: envolver con ternura lo que debe ser custodiado y amarlo en su deficiencia. Tan solo de este modo podremos caminar felices, aun cojeando, hacia la eterna plenitud.

Toni Gallemí

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