Rock’n’Roll is going to die

La frase no es mía; la dijo Steven Van Zandt—el célebre consigliere de Bruce Springsteen y de Tony Soprano, y líder de los Disciples of Soul—en una entrevista hace unas semanas. Cuando un tipo que lleva cinco décadas en la industria del rock’n’roll dice algo así, no puedes menos que plantearte cuánta verdad hay en ello. Y es que los viejos rockeros nunca mueren, pero se están haciendo mayores—lo que, en su profesión, es casi un sinónimo. Bob Dylan y Paul McCartney superan los ochenta; Springsteen, el Boss de indestructible voz ronca, ha tenido que posponer varios conciertos recientemente por una laringitis; AC/DC se ha embarcado en la que, según los rumores, será su última gira; lo que sea que Bon Jovi hace ahora está lejos de ser rock; y Ozzy Osbourne lleva diez años sin meterse drogas. Por no mencionar que, en los últimos años, se nos fueron pioneros como Jerry Lee Lewis y Little Richard.

Pero el problema no es ese. Los héroes no son eternos, por mucho que duela, y el que lo crea es un necio, un iluso, o ambas. El problema es la falta de héroes. Sin una mitología a la que acudir para explicar el mundo cuando éste se vuelve demasiado confuso, el ser humano se pierde. Está ocurriendo actualmente en Occidente, con la sustitución de la religión por otros tótems más dudosos a los que adorar, y va a ocurrir en el mundo de la música. Cuando la última generación de grandes héroes del rock muera, ¿quién quedará? Sin un fuerte relevo generacional, la música popular corre el riesgo de convertirse en una masa informe cuya identidad acabe por diluirse.

Precisamente de algo así hablaba Van Zandt en la entrevista. Se mostró especialmente preocupado por la falta de variedad en el panorama musical actual. Cuando encendías la radio en 1970, podías encontrar de todo: desde los Beatles hasta Elvis, pasando por Sam Cooke, Jackie Wilson, los artistas de la Motown o Black Sabbath. En 2024, Spotify, YouTube y similares, con la complicidad de la ya anémica radio, apuestan por una oferta homogeneizada que mata la variedad antes de que nazca. Uno de los más nobles objetivos de la radio musical, es decir, dar a conocer a artistas y estilos emergentes, ha sido vilmente olvidado hoy. No hay más que echar un corto vistazo a las páginas principales de las grandes plataformas: toda innovación muere en cuanto uno se topa con la sección “tendencias”, que se nos muestra sin pudor en primer plano. Ellas mismas fomentan dichas tendencias, el público se las traga sin pensar y las plataformas las siguen recomendando porque es lo que hace números y necesitan vender. Hay que estar muy ciego para no ver el círculo vicioso. Hay grupos emergentes y estilos underground; gente que se lo está currando mucho y bien, pero que no ven recompensados su talento y esfuerzos por culpa de la tendenciosa orientación de la industria.

Los viejos rockeros nunca mueren, pero se están haciendo mayores—lo que, en su profesión, es casi un sinónimo.

Es fácil que se me eche en cara que hoy sí que hay ídolos de masas. Por supuesto que los hay, el ser humano los necesita por naturaleza. Pero, ¿quiénes son? Dejando aparte las marranadas latinas, la más evidente es Taylor Swift, que ha alcanzado un estatus de estrella parecido a los que se estilaban en los años ochenta. Sin embargo, no hay que ser muy inteligente para darse cuenta de que es un producto estereotipado y blandito, cuya casi entera discografía orbita en torno al amor y al «qué malo es el cabrón de mi ex». De nuevo, alguien me podrá reprochar que los rockeros más viejos, como Springsteen o AC/DC, también son estereotipos. La diferencia, contesto yo a eso, es que Taylor Swift y compañía no tienen mucho mérito en su propuesta; lo vimos ya en otras divas del pop como Britney o Belinda Carlisle. Springsteen, AC/DC o los Beatles son estereotipos, cierto. Pero en su caso, el estereotipo lo crearon ellos.

El soul murió. El blues murió. Sus fórmulas pasaron a formar parte de otros estilos, o fueron cultivadas solo por un grupo reducido de incondicionales. Todo tiene fecha de caducidad, pero cuesta imaginar que un estilo tan capital y decano como lo es el rock vaya a morir. Hace falta un salvador. Una especie de Mesías de pelo largo y chupa de cuero que infunda vida nueva en las venas de los más jóvenes—el rock no puede ser sólo asunto de los puretas. Un nuevo ídolo que conecte su amplificador, agarre el micrófono y venga a recordarnos que hay algo más: más vida, más amor, más sexo, más diversión. Y que nos recuerde que el rock es todo eso. Nuestro medio de salvación.

Javier Tiestos

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