Para Juan Abreu Felippe (La Habana, 1952) vivir libremente dignifica la especie. Eso —dice— lo aprendió de Reinaldo Arenas, mientras ambos trataban de sobrevivir, física y moralmente, en el marasmo de la Cuba castrista. Si lo logró fue probablemente gracias a los libros, que le anticiparon el placer del exilio, y a su familia, que supo construir un universo luminoso que florecía puertas adentro de su desvencijada casa habanera. Escapó de la isla durante el Éxodo del Mariel, en 1980, dejándolo todo atrás excepto la voluntad de merecer con su obra el orgullo de su madre. Hoy afincando en Barcelona, Juan Abreu no concibe el mundo sin las palabras: vive a través de ellas. De ahí el estilo oral, libérrimo, exhibicionista de su prosa, que es también el estilo de su rutina.
Abreu también es pintor. Desde 2006 escribe un diario, Emanaciones, que le sirve como arma contra la dispersión: «Lo que somos (lo que emana de nosotros, de ahí el nombre), se desbanda a toda prisa. Todo se pierde apenas lo experimentamos: el blog permite salvar fragmentos del naufragio». Ha publicado más de una decena de libros, muchos de ellos autoeditados. El último, Dos historias de amor, ha salido publicado en abril de este año.

PREGUNTA: Juan Abreu: ¿antes pintor o escritor?
RESPUESTA: Escritor. Mi cerebro siempre está escribiendo. Su hábitat es el acto de escribir. Hay momentos en que deseo que pare, descansar. Pero no me hace caso. Me gustan las palabras. Escribir es para mí un gran placer. Todo placer es efímero, pero el que procura el acto de escribir es tal vez un poco menos efímero.
También disfruto pintando, y espero dedicar algún tiempo más a la pintura. Pero. Nunca, al terminar un cuadro, he sentido lo que siento después de escribir un párrafo luminoso: una especie de extrañeza. Hay algo inhumano en la belleza.
Sin embargo, sé que no hay nada fuera de mi cerebro. Es una situación parecida a la del libre albedrío, sabemos que no existe, pero hay que vivir como si existiera.
Sus memorias de infancia y juventud están plagadas de penurias, carestías y, tras la Revolución, también de vejaciones. Sin embargo, hay una mirada tierna, a veces nostálgica, por el universo de la infancia ¿Pudo encontrar la felicidad a pesar de las cuatro capas de escombros?
Hay muchas formas de pobreza. Antes de que “nos liberaran” la pobreza era humana. Con la Revolución dejó de serlo. Se convirtió en una pobreza gubernamental. Comer ya no tenía que ver con el trabajo y el esfuerzo, pasó a ser un asunto ideológico. Casi abstracto. No sólo comer, toda actividad humana se convirtió en una secreción del ente infalible y omnipresente llamado Revolución. Antes de que “nos liberaran”, mi padre, trabajando ocho horas, podía alimentar y vestir a su familia, después de 1959, ya no. Su trabajo apenas estaba ya relacionado con el acto de comer, pertenecía a un rango de cosas superior, divino: la Revolución. Y así todo. La vida humana perdió su rango individual y pasó a ser parte de un ser colectivo, que te podía usar como quisiera y no tenía que rendir cuentas a nadie.
Ahora bien, como nací en 1952, y los libertadores demoraron varios años en destruir los fundamentos productivos y morales del país, soy un privilegiado. Viví casi diez años en el régimen anterior, es decir, en el capitalismo. Tengo muy buenos recuerdos de mi infancia. Una infancia feliz, a pesar de la pobreza. En realidad, las capas de escombros del poema de Brodsky sólo aparecieron con la dictadura de los Castro. A propósito, ya que menciona mis memorias, el próximo otoño saldrá una nueva edición para la que he escrito cuatro nuevos capítulos y añadido algunas fotografías inéditas. Será la edición definitiva.

Juan Abreu, en su estudio de pintura, con el gato amarillo | Juan Abreu
Publicó un libro infantil, El Gigante Tragaceibas, admira la obra de Miyazaki y tiene debilidad por Peter Pan. ¿Es usted un hombre con alma de niño? ¿Hay lugar para la felicidad fuera de la infancia?
No hay nada fuera de nuestro cerebro, esa sopa química electrificada. Lo que llamamos alma es una invención cultural, literaria, como tantas otras que nos ayudan a lidiar con la realidad y la mortalidad. Es útil, posiblemente, como otras ficciones, pero nada más. Somos el único animal que sabe que morirá, y eso ha provocado que fabriquemos una serie de ficciones que hacen más llevadero nuestro camino hacia la extinción.
Ahora bien, como Peter, aunque con mucha menos suerte, me he resistido a crecer. ¡Hay que madurar! ¡Madura! Se escucha por aquí y por allá. A mí madurar no me interesa. No quiero madurar. Madurar es la antesala de la podredumbre. Ya soy un hombre viejo, pero sigo acercándome a la realidad de una manera infantil. Y en lo que respecta a la creación, pienso como Paglia, que el arte es infancia prolongada. Respecto a Miyazaki, lo admiro porque viendo su obra tengo la sensación de que él tampoco ha madurado. Que es un hombre que se ha negado a crecer.
Todo placer es efímero, pero el que procura el acto de escribir es tal vez un poco menos efímero.
En su caso, ese universo estaba sometido a la autoridad de sus padres, y en particular a la de su madre, que le mantuvieron durante mucho tiempo a salvo, “ajeno a la marea uniformadora que se abate sobre todo”. Sin ese universo familiar, sin esa “cápsula impenetrable”, ¿habría sido su destino muy diferente?
Por supuesto, muy diferente. Mis padres y mis hermanos eran, como he dicho, una cápsula, un espacio donde siempre podías refugiarte de la miseria exterior. A medida que la vida en la isla se fue ideologizando, envileciendo, ese círculo fue cada vez más importante.
Llegué a usted a través de Eros y Política: el erotismo permea toda su obra y siempre ha considerado el sexo como una actividad fisiológica. ¿No cree que un cierto grado de solemnidad, incluso de censura, hacen del sexo una actividad más excitante? Por aquello del placer de lo prohibido…
No, la solemnidad y la censura matan el goce sexual, porque le añaden un átomo de oscuridad, una carga de culpabilidad. Hay que follar como se come o se bebe. Es una pena que sobre algo tan natural, las religiones y los moralistas de todo tipo hayan arrojado tanta porquería. Relacionar el sexo con el pecado es insano, atroz. El sexo nada tiene que ver con la moral. Tiene que ver con la libertad. Con la alegría de vivir.

De su obra se desprende una enorme sensibilidad por el mundo animal (me emocionó la historia de su gato amarillo, en su diario). Dice que cada vez se siente más cerca de ellos.
Me llevo mejor con mi perro que con la mayoría de los seres humanos. Los seres humanos son campos minados. Intelectuales, y gente así, sostienen que somos mejores que los perros. Yo no lo veo así. Todos los grandes filósofos, los grandes sabios, nos han aconsejado vivir el momento. Eso, dicen, vendría a ser la sabiduría. Por lo que sé, vivir el momento es algo muy difícil de conseguir, prácticamente imposible, para un ser humano. Sin embargo, para mi perro es lo más natural. Sólo vive el momento. Encarna, podría decirse, la máxima aspiración humana. Y ni siquiera se lo propone, él es así. ¿No le parece formidable?
A mí madurar no me interesa. Madurar es la antesala de la podredumbre
Ha dicho alguna vez que escribe por venganza. Hoy, ¿piensa todavía en la isla y sus secuestradores? ¿Alberga alguna esperanza para el futuro?
Lo he dicho, que escribo por venganza. Pero. Antes, esa venganza se refería, mayormente, a la política, a ciertas furias relacionadas con los años vividos en la isla donde nací. Ya no, eso se ha diluido. Es un tema menor. Tribal. En verdad no me interesa para nada la isla, ni su futuro. Aunque tal vez esto se deba a que conozco su futuro: lo escribí. Si cualquiera desea saber qué depara el futuro a la isla, sólo tiene que leer mi novela El gen de Dios.
Dice también que no fueron pocos los artistas que, con su complicidad, ayudaron a apuntalar el régimen castrista: los esbirros culturales. ¿Hay algo de esto hoy en España?
Todas las épocas son ricas en esbirros culturales, unas más y otras menos. En la España actual los esbirros culturales de la izquierda son legión. Ya lo dijo el gran Paul Johnson, que hay que desconfiar de los intelectuales. “Una de las lecciones que nos ha enseñado el trágico siglo XX, el cual ha presenciado la muerte de millones de inocentes sacrificados por los intentos de mejorar la vida de toda la humanidad, es la siguiente: tened cuidado con los intelectuales”.
El llamado mundo de la cultura es lamentable, aquí y en todas partes. Hubo una época en que la cultura era el teatro natural de la grandeza. De eso ya no queda nada.

Confiesa en sus memorias: “Ahora, mientras escribo, tengo sesenta años y como el perro de mi madre tampoco he encontrado el camino de regreso a casa”. ¿Tiene esto algo que ver con su rechazo por la tierra natal?
Bueno, ha pasado el tiempo. Ahora tengo setenta y dos años. Y como Campeón, el perro de mi madre, sigo sin encontrar el regreso a casa. Pero. Tengamos presente que, cuando hablo de mi regreso a casa, eso no tiene que ver nada con la geografía, con la “tierra natal”. No tengo ningún interés en regresar a Cuba, y nunca lo haré. La casa a la que me refiero es una casa de tiempo, la casa en la que el perro de mi madre aún vive y mi madre es feliz amándolo. Y a esa casa no se puede regresar porque ya no existe. Cuando hablo de que no he encontrado el camino de regreso a casa, sé que no puedo encontrarlo, no es un camino real. Es sólo un camino de palabras.
Detesto todo el sentimentalismo relacionado con la “tierra natal”. No entiendo el lloriqueo perenne de la gente con lo de la tierra natal. Es ridículo. Lo mejor que me ha pasado en la vida es abandonar la tierra natal. Mientras más lejos se esté de ella, mejor. La tierra natal es para mí una especie de peste bubónica. Y no se añora la peste bubónica.
Hubo una época en que la cultura era el teatro natural de la grandeza. De eso ya no queda nada.
De niño, entendió la muerte como la ausencia de la madre, de su madre ¿Piensa mucho en la muerte ahora?
La muerte es aquello en lo que se convierte el mundo cuando sabes que no volverás a ver a tu madre nunca más. Un sitio espantoso, ciertamente. Pienso en la muerte, sí, de vez en cuando. Qué remedio.
¿Se llevaría a la cama, pongamos por caso, a Yolanda Díaz si a cambio tuviera una posibilidad de redimirla?
No es posible. Mi pito se negaría. Está muy mal acostumbrado. Por otro lado, cuando se decide a meterse en alguien, nunca lo hace por motivos altruistas, sólo por placer.
La muerte es aquello en lo que se convierte el mundo cuando sabes que no volverás a ver a tu madre nunca más
He reservado la pregunta difícil para el final. Sólo puede elegir uno, para el resto de su vida: ¿culo o tetas?
Tetas. Las tetas deben ser proclamadas, lo antes posible, Patrimonio Mundial de la Humanidad.
