Vírico infierno

Dante es un verdadero conservador, aunque su obra fuera revolucionaria. Algunos lectores de Scruton dicen que no es malo aplaudir el cambio porque el conservadurismo no es un anclaje en el pasado, sino la defensa de lo bueno, por añejo que parezca. Y es que Dante, con la autoridad de Aristóteles y de Santo Tomás de Aquino, mandó al infierno a papas y a políticos de su tiempo. No era un revolucionario, ni un disidente: mediante la ortodoxia, destruyó –literariamente– a los que se decían ortodoxos.

Pueden acusarme de pedante, pero creo que, en el fondo, sólo estoy amortizando una lectura. Quién sabe, igual acabo haciendo la tesis doctoral. Y como amortizador y pragmático que soy, nada me ha recordado más al infierno dantesco que estos días de confinamiento y terror. Mejor dicho: estas cuatro paredes que me encierran y los miles de muertos que me circundan me recuerdan que alguien debe exigir responsabilidades, que alguien debe mandar al infierno a los políticos descuidados que no compraron suficientes mascarillas, que no ordenaron hacer análisis diagnósticos a tiempo y que se resisten al confinamiento a pesar del contagio. Me da igual si es con una simple maldición, una demanda o una obra de arte como la de Dante: hay que poner en su sitio a los que han obrado mal, empecemos por decirlo libremente.

El progreso asumió la novedad por encima de la verdad. De hecho, asumió verdades, perspectivas y opiniones, pero el juicio firme de lo que son las cosas hace tiempo que no lo ejerce nadie. Porque el progreso lo detesta y los conservadores se encuentran, salvo dignas excepciones, escondidos en sus casas, opinando para los botones de sus camisas.

Me da igual si es con una simple maldición, una demanda o una obra de arte como la de Dante: hay que poner en su sitio a los que han obrado mal, empecemos por decirlo libremente.

Cuando hablo con amigos médicos desesperados, estupefactos, ante la negligencia de los políticos, me hierve la sangre; y, si ellos se quejan, sufrirán represalias como en Vigo. No se trata del virus de la izquierda o de la derecha, se trata de un desastre patológico producido por omisión, producido por un desastre moral previo. Tal vez ha llegado el momento de tomar una posición más contestataria. Primero, desde los escritorios, las bibliotecas, los ordenadores: Burke publicó sus reflexiones cuando la tormenta estaba a punto de cernirse sobre Francia y se arriesgó a feroces críticas. Hagámoslo nosotros y, después, veremos adónde nos llevan las palabras.

Se ha de depurar la responsabilidad de todos. Habrá que actuar con la misma intransigencia: frente a la izquierda, cuya irresponsabilidad ha segado muchas vidas; y contra la derecha, que, en ciertas Comunidades Autónomas, no ha hecho lo que debería.

Dante forma parte de nuestro glorioso pasado en que la libertad de expresión era más exuberante que en la actualidad; sí, el destierro fue un drama para él, pero fue precisamente antes de componer su infierno, y tampoco esperó mucho para emprender sus críticas, dejó que se rascasen los sarnosos.

Mi oficio no me permite contribuir en este asunto en el terreno médico o legal, pero sí me ha impulsado a escribir estas líneas y ojalá me impulse a escribir páginas mejores en las que guarde un sitio en el infierno para los que lo merezcan. Y no será un buen sitio, no estarán hablando con Aristóteles y Horacio, ni siquiera dando vueltas con Paolo y Francesca, los traidores tienen su lugar más al fondo. Sólo pido ayuda a las musas y al propio Dante, para que me ayude a escoger bien las palabras, palabras feas, palabras duras, palabras certeras, aunque cuesten el destierro.


JAIME A. PÉREZ LAPORTA