Corrección a distancia

Estos días de encierro, por suerte, yo puedo seguir trabajando. Sigo siendo profesor, aunque esté detrás de una cámara y mis alumnos, en pijama. Doy gracias por ello, pero, en realidad, uno no sólo es profesor en lo bueno, que es cuando puedes hablar y creer que la gente te escucha, uno se puede llamar ‘profesor’ cuando corrige cientos de exámenes y baila entre la desesperación y el tedio.

Antes de que cerrasen las escuelas por culpa de este maldito virus, los alumnos acababan de terminar los exámenes del trimestre y tocaba llevar esos montones de papeles al escritorio para corregirlos. Pero ahora, en este confinamiento, corregir es más duro todavía porque no pasan por casa tu novia, tus amigos o tus parientes para darte ánimos o reírse de tus vacaciones mientras dicen “no compensa”. Estas tonterías, más oportunas o no, eran gasolina para un corrector joven e inconstante: al fin y al cabo, reconocían la dificultad de la tarea, a pesar de tener cada uno su propia vida y sus propias dificultades. Si este trabajo les parecía duro a ellos, a mí me faltaban excusas para eludirlo.

Los montones seguían en mi escritorio hasta hace unos días. Esperaban la tinta roja, esa que se encuentra dosificada en bolis bic repartidos por toda la casa. Una tarea semejante se le atraganta a cualquiera, cada examen es una roca. Sí, sí, forman los papeles la misma dureza y densidad de una roca, y por separado parecen igual de indestructibles. Un examen corregido y vuelta a empezar; volver a subir el peso para volverlo a subir con otros apellidos. A veces parece que hay más exámenes que eternidad.

Suelo decir, aunque luego me arrepiento, que el tedio de cada corrección compensa si en ella hay, como mínimo, alguna respuesta bien escrita. Porque se ve, fijado en un texto que ya nadie podrá borrar, que aquel alumno imperfecto, que ha asistido a tus imperfectas clases, ha sabido expresar algo perfectamente. Y eso siempre es digno de admiración. Normalmente, puedo comentarlo con el alumno en cuestión; hoy, tras terminar con la última roca, comentaré aquí sólo una anécdota.

Puede que sea fácil decir esto porque yo tampoco soy nada del otro mundo, pero vayamos al asunto: sucedió que, corrigiendo el examen de una alumna de bachillerato, me di cuenta de que había dicho algo mejor de lo que yo lo dije en clase. Reconocer y sufrir esto es propio de quien oscila entre la vanidad y la humildad. Me alegra que haya entendido mis razonamientos y los exponga en el examen. Y a la vez, puedo sentirme abrumado por que los exponga mucho mejor que yo. Creo que, si permito a mis alumnos pensar mejor lo que yo pienso, estoy permitiendo también que puedan despreciarlo, que lleguen más allá y puedan, en su sagrada libertad, descubrir cosas mejores. Si las hay. Ahí vuelve la vanidad, que hoy no sé distinguir de la soberbia. Pero he aquí el soberbio herido, o el soberbio mejorado: en ese examen de esa joven estudiante. Creo que guardaré sus palabras para el curso que viene.


JAIME A. PÉREZ LAPORTA