¡Ay, los abuelos!

¡Cuánto escandalizado en España por las palabras de Holanda! Que dicen que llevar a los ancianos a morir al hospital es inhumano: «el colapso hospitalario en España e Italia se debe a “la posición de los ancianos” en su cultura: salvarlos a cualquier precio». ¡Necios! ¿Qué ha sucedido para revolverse ahora en el sofá de esta forma? ¿Cómo es posible que muestren ahora su preocupación y enojo por los abuelos quienes querían suministrarle hace dos meses la pildorilla de la muerte? ¿Es que ahora los hombres y mujeres de la tercera edad gozan de algún noble reconocimiento?

Hace apenas unos meses quisieron deshacerse de los ancianos porque no les merecían respeto alguno y ahora lloran porque sus abuelitos son tratados como a nada, como a segundas opciones frente a otros. El progresista moderno, el de las consignas sentimentalistas, se tiene que comer de nuevo la vacuidad de sus propias palabras, revestidas de ornamentos anti-ortográficos y pamplinadas para ver morir a su abuelo, porque no puede ser atendido por razones de «prioridad». Ahora el anciano ya no solo no puede ser tratado, sino que además está destinado a morir solo, alejado de sus familiares, en la fría sala, si hay sitio, del hospital. No se dan cuenta de que todas sus sentimentalistas y alocadas políticas nos llevan a ese extremo, al de la Holanda decrépita, que trata al anciano como un desecho, como un saco de huesos al que llaman vejestorio porque carece de importancia.

¿No es, acaso, noble y virtuoso que Holanda nos acuse, como reproche, de «salvar a los ancianos a cualquier precio»?

Estos que ahora se rasgan las vestiduras con las declaraciones de los «expertos» holandeses son los mismos gurús del pensamiento moderno que lloraban por la película de Campeones, «¡qué película!», gritaban y aplaudían, con lágrimas de falsedad. Porque «mientras hacemos postureo emotivista ante la galería con los niños deficientes, los estamos descuartizando en el sótano oscuro», denunció Juan Manuel de Prada hace unos meses. Y esto sucede ahora con el anciano. Excusaron el aborto porque en la semana catorce el feto no ha desarrollado el Sistema Nervioso Central, justifican la eutanasia porque el anciano experimenta el dolor. Mataban al pequeño porque todavía no sentía y ahora matan al mayor porque siente demasiado. Y se acaban de dar cuenta que la honra que merecen todos los abuelos depende de las políticas que adoptemos. Cuando perdemos el respeto por lo más pequeño, lo perdemos por lo más grande: la precariedad de la vida, la del feto, se extiende a la del anciano, a quien le arrebatamos, también, la vida antes de tiempo.

¿Qué esperaban? ¿Que tras suministrar a nuestros abuelos una salida rápida iban a gozar, con el tiempo, de igual dignidad? Es una consecuencia lógica que muchos son incapaces de ver. ¿A quién se le ofrece una pastillita de la muerte, una cómoda escapatoria? Al sobrante, al que nos incordia y molesta con su mera presencia porque tenemos que dedicarle tiempo y recursos. Tenemos que visitarle en el hospital. Y sabemos que invertir en cuidados paliativos es una carga económica mayor para el ciudadano a diferencia de repartir pastillas, que es un alivio para el bolsillo. Donde no hay amor, está todo lo demás.

¿Qué de bueno han visto tantos en matar a sus abuelos, en pasarles el testigo de que sean ellos quienes escojan entre la muerte o ser una carga? ¿No está altamente condicionada en sus decisiones una persona que sufre con mucho dolor? Todas estas cuestiones, si se llevan a cabo, terminan como en Holanda: abuelos sin valor. No solo es de sentido común, sino que ellos, los holandeses, son el mejor ejemplo para darnos cuenta de la brutalidad que nos estamos planteando. Y ahora, ¿qué denuncian de las declaraciones holandesas si es exactamente lo que ellos defendían? Algunos les ponen, como dijo Juan Vázquez de Mella, tronos a las causas y cadalsos a las consecuencias.

Aunque no hay que dar nada por perdido. Estamos a tiempo de cambiar la situación, de luchar por vidas en lugar de reivindicar muertes. ¿No es, acaso, noble y virtuoso que Holanda nos acuse, como reproche, de «salvar a los ancianos a cualquier precio»? ¡Que demanden y se querellen contra España! Porque entonces podremos decir que el español no es únicamente aquel que ha nacido o reside en el país, sino que es español, también, por antonomasia, aquel que ama a sus abuelos. Y mientras el mundo entero esté plagado de personas que aman a sus abuelos, en Holanda no habrá más que hijos que dan la espalda a sus padres, de nietos sin memoria de sus abuelos.

Demos las gracias a los nuestros cuidando de ellos.


TONI GALLEMÍ