Fernando Sánchez Dragó: “me inquieta que el mundo recupere la normalidad”

Fuente: ethic

A los ocho años fundó su primer periódico. Ahora, con ochenta y tres, convencido de que es en la retaguardia donde se ganan las guerras, Fernando Sánchez Dragó lanza un semanario que hará honra a su nombre. De su pluma seguirá saliendo lo que metafóricamente le salga de las pelotas, y sus lectores lo agradeceremos: “no podía quedarme sin voz tras siete décadas, si no más, alzándola”.

Sánchez Dragó ha sido profesor en Japón, Senegal, Marruecos y Kenia, ha visitado más de cien países, publicado cuarenta y siete libros, pasado por la cárcel y atravesado el Sáhara hasta en cuatro ocasiones. Una especie de escarabajo en Namibia lleva su nombre. Si le preguntan qué es lo más importante que ha hecho en la vida probablemente responda, sin vacilar: “aprender a leer, aprender a escribir, aprender a amar”


PREGUNTA: Primero de todo: ¿cómo está viviendo éste periodo de cuarentena?

RESPUESTA: Hago lo que hacía antes, desde hace mucho tiempo, en el mismo escenario en el que ahora me encuentro: leer, escribir, meditar, jugar con mi hijo, ver alguna película, ronronear con mi novia y hacer el amor con ella… Casi nunca salía de casa ni de mi barrio, excepto para atender a algunas -muy pocas- gestiones administrativas o profesionales. A veces iba al cine y una vez a la semana, como mucho, a comer y a corretear con mi novia o a pasear con mi hijo. No hacía vida social. Mi vida era monástica desde hace mucho tiempo, no por edad, sino por afición.

P: Precisamente, usted alguna vez ha dicho que siempre quiso ser un monje. Un cartujo. ¿También cree que el que desprecia la rutina es un ignorante en el arte de vivir?

Ya he respondido en parte a eso. Saltarse las rutinas también puede ser una rutina. El arte de vivir consiste en estar a gusto con uno mismo. Haz lo que quieras, decían san Agustín y Rabelais. Pero para hacer eso tienes que saber qué es lo que quieres y para saberlo tienes que llegar al final del nosce te ipsum. Quien no lo hace vive en una perpetua adolescencia: la etapa más desdichada de la vida de un hombre.

P: Entonces, ¿podemos hacer alguna lectura positiva de todo esto?

R: Por supuesto que sí. El mundo estaba en un callejón sin salida y ahora, aunque sea a hostias, va a salir de él, si es que la especie sobrevive. La historia universal avanza y retrocede. Es la acción y reacción de las que hablaban Aristóteles y Hegel. El actual homo festivus puede volver al mono o a ser otra vez homo sapiens. De él depende.

P: A usted siempre le ha interesado la salud. En estos tiempos, ¿hay algún remedio contra la hipocondría?

R: Llegar a la conclusión de que nada importa nada, fluir por el río de la vida, dejar vivir a ésta, saber resignarse, orar, meditar, amar… Pero la hipocondría depende más del carácter que de las circunstancias, y el carácter, que es el vehículo del destino, no cambia nunca.

P: Si ‘El Mundo’ ha perdido a un magnífico columnista, todos hemos ganado a un gran tuitero. ¿Qué ha cambiado para que se decida a asaltar las redes?

R: No podía quedarme sin voz tras siete décadas, si no más, alzándola. Me he limitado a aplicar una vez más mi eterna estrategia de aprovechar el impulso del enemigo. Twitter era un paso previo a lo más importante: la fundación y el lanzamiento del semanario La Retaguardia. Lo del confinamiento ha sido una feliz coincidencia. Sin él habría sido muy difícil llegar en tres días a treinta y siete mil lectores.

Nunca me planteo problemas cuya solución no esté a mi alcance. Lo que más me inquieta es, como tantos desean y anuncian, que el mundo recupere la normalidad.

P: Y ahora, a sus ochenta y tres años, se ha propuesto la tarea de «devolver al periodismo lo que el periodismo fue: un oficio de honor, de libertad, de independencia, de ingenio (no exento, cuando la ocasión lo requiera, de mal genio) y de insobornable búsqueda de la verdad». ¿Qué espera de ‘La Retaguardia’?

R: Todo eso que usted dice, y que está en la declaración de intenciones de su primer número, y recoger una vez más el testigo que me pasó mi padre. Cumplo con mi deber, pago una deuda de honor, arrimo el hombro en circunstancias difíciles, afilo mis armas literarias, me divierto, demuestro que nadie muere antes de morir y, como Arjuna en la Baghavad Gîta, obedezco el mandato del karma.

P: Volvamos a la pandemia. A estas alturas, ¿hay algo que le preocupe?

R: Estoy tan ocupado que no tengo tiempo para pre-ocuparme. Nunca me planteo problemas cuya solución no esté a mi alcance. La pandemia, evidentemente, no lo está. De momento, nadie entre los míos tiene síntomas, y yo tampoco. Mis ingresos se han desplomado, pero ya me las ingeniaré. Lo que más me inquieta es, como tantos desean y anuncian, que el mundo recupere la normalidad. ¿Volver a lo de antes? ¡Qué horror! Para ese viaje sobraban las alforjas de la pandemia. Hagamos nuestro el grito de Baudelaire… ¡Al fondo del horizonte para encontrar lo nuevo!

En ‘La Retaguardia’ cumplo con mi deber, pago una deuda de honor, arrimo el hombro en circunstancias difíciles, afilo mis armas literarias, me divierto y demuestro que nadie muere antes de morir

P: ¿Escucha música o prefiere la compañía del silencio?

R: No dispongo de aparatos que reproduzcan música. Sé que los ordendores lo hacen, pero no sé manejarlos. Mi música favorita siempre ha sido el silencio.

P: Última pregunta: ¿qué libro tiene sobre la mesilla de noche en estos momentos?

R: Tengo alrededor de diez o doce, pero el último en incorporarse son los Cuadernos (1957-1972) de Emil Cioran editados por Tusquets.


DIEGO MARTÍNEZ