El pueblo reposa en un profundo sueño…

José Martínez Ruiz, alias Azorín (Monóvar, Alicante, 1873 – Madrid, 1967), fue un novelista, ensayista y crítico literario perteneciente a la Generación del 98. Recibió la Gran Cruz de la Orden de Isabel la Católica y fue elegido miembro de la RAE en 1924.

En su obra abordó temas sociales, como la reconstrucción de España a través de la implantación de la cultura y la ética; y filosóficos, como la fijación por el paso del tiempo, lo efímero de la vida y la muerte desde un punto de vista nostálgico y contemplativo. Azorín cultivó el ensayo y la novela dejando testimonios tan certeros e incuestionablemente actuales como este fragmento de Lecturas españolas, una crítica enérgica a la indiferencia cultural en que España se veía sumida.

Quiero fechar idealmente estas páginas españolas en un viejo pueblo castellano; uno de esos pueblos que he intentado retratar en mis libros. El campo se extiende ante mi vista; se halla en la primavera cubierto con el tapiz verde de los sembrados, roto acá y allá por las hazas hoscas, negras, de los barbechos y eriazos; aparece en otoño desnudo, pelado, de un uniforme color grisáceo. No se yerguen árboles en la llanura; no corren arroyos ni manan hontanares. El pueblo reposa en un profundo sueño…

Ningún lugar mejor que estos parajes para meditar sobre nuestro pasado y nuestro presente. Causa de la decadencia de España han sido las guerras, la aversión al trabajo, el abandono de la tierra, la falta de curiosidad intelectual; convienen en ello —como habrá visto el lector— Saavedra Fajardo, Gracián, Cadalso, Larra. No hay más aplanadora y abrumadora calamidad para un pueblo que la falta de curiosidad por las cosas del espíritu; se originan de ahí todos los males. Se origina de ahí la ausencia de examen, de comparación, de apreciación, de crítica. De crítica engendradora de adhesión y de repulsión, de entusiasmo y de hostilidad: entusiasmo y hostilidad que remueven la inercia de los de abajo e impiden la corrupción de los de arriba.

Esos españoles eminentes que hemos hecho desfilar por estas páginas, movidos estaban de una insaciable curiosidad intelectual; viajaron por Francia, Italia, Alemania, Inglaterra. Los que no salieron de casa —como Gracián— sentíanse ansiosos por toda novedad filosófica o primor literario. La falta de curiosidad intelectual es la nota dominante en la España presente. ¿Cómo haremos para que interese un libro, un cuadro, un paisaje, una doctrina estética, una manifestación nueva del pensamiento? Reposa el cerebro español como este campo seco y este pueblo grisáceo. No saldrá España de su marasmo secular mientras no haya millares y millares de hombres ávidos de conocer y comprender.           

Nebreda, marzo de 1912

 REDACCIÓN LA CONTROVERSIA

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Guy de Maupassant y la crítica decimonónica

Guy de Maupassant es ese autor francés del que todo el mundo se acuerda por su peculiar nombre, del que todo el mundo ha leído uno o dos cuentecillos por internet o en un compendio de relatos, pero al que casi nadie toma en serio o en consideración porque no fue un gran novelista (o, mejor dicho, porque sólo publicó seis novelas). Hoy efectuamos su rescate: lo sacamos de la cripta de los tesoros y lo exponemos impúdicamente. Para ello, nos centraremos específicamente en una de sus más notorias novelas: Bel Ami.

Desde una caleidoscópica superficialidad inicial, originaria, comienza Maupassant el desarrollo de Bel Ami, novela que se podría tachar de folletinesca, por —aduciría el ingenuo— excesivo melodrama y fatuidad. Nada de eso. La novela ofrece críticas —tan punzantes como el aguijón de una avispa— veladas a la sociedad parisina decimonónica, a la prensa francesa, al arquetipo de donjuán, a la burguesía, al catolicismo… Trataremos de desentrañarlas, aunque sea de manera sucinta.

Jorge Duroy es un desharrapado que no tiene ni para pagarse un frac, ya no hablemos de costearse un nicho en Père-Lachaise. Ante esta situación, intentará medrar como pueda, y su gran baza, cual Dorian Gray, es su extremada belleza. Las mujeres, en fin, serán las verdaderas protagonistas, por más (y precisamente por ello) que sean una sucesión de galanteos.

Lejos de sintetizar una especie de sinopsis o de calzar un resumen cual loro, analizaremos críticamente las ideas expuestas:

El capitalismo:

No se nombra en toda la obra, no se gesta ninguna inquina contra el mismo. Y, sin embargo, la novela no puede dejar de estar construida en torno a él, como una suerte de fermento, de armazón, de esqueleto. Como si de un naturalista (estilo al que se le adscribe, aunque él siempre negó considerarse tal) se tratase, Maupassant muestra, sin más, lo que hay: lo que cuesta un café, el extremo prestigio social que adquiere una persona con dinero, los vericuetos que utilizan algunos para ahorrarse unas perras, las fortunas amasadas, los grandes capitalistas y empresarios, las corruptelas, etc. El mismo protagonista, Duroy, no está obsesionado, como a priori pudiera parecer, con las mujeres —quizá sólo con una…—, sino con el dinero (y con la posición social a la que éste eleva). Porque esa es otra. Nos encontramos ya en una sociedad plenamente industrializada, donde las diferencias sociales son únicamente (y en detrimento de los tres órdenes medievales, por desgracia para la nobleza) cualitativas, según la fortuna que posea uno. Tener dinero y tener cosassuponen detentar la Gracia divina, puesto que desbloquea los entresijos del poder (sillones que se pueden comprar, cual simonía) y doblega voluntades.

La sociedad parisina del siglo XIX:

En este contexto, donde los productos pasan a ser mayormente industriales frente a los manufacturados (puesto que distinguimos entre cadena de montaje, particularmente repetitiva y uniforme; y artesanía, caracterizada por la delicadeza y el detallismo), la mentalidad de las personas adquiere esa dimensión de usar y tirar que subyace en todo proceso capitalista. Así, las relaciones inter pares pasan a ser también tratadas como mercancías, ya sea para el tráfico de influencias o para un vulgar desahogue fisiológico. Vemos cómo la infidelidad no es sólo un desliz puntual y deshonroso por amor o por engaño del galán, como venía siendo considerado tradicionalmente; sino que comienza a ser algo sistemático, con varios compañeros de camastro, alternados o simultáneos, que remiten a la idea inicial, es decir: la de usar y tirar.

La corrupción de la fe:

Pese a pasar de puntillas por casi toda la obra, se ve claramente hacia el final de la misma, especialmente en la señora Walter. Frente a los devotos campesinos que retratara Millet en El Ángelus, los ciudadanos son unos bestias desacralizados, que no titubean ante el ultraje espiritual, ante la consumación de los pecados (infidelidad), ante la herejía (comparación de Jorge Duroy con Cristo), ante una devoción estúpida por las confesiones continuadas tras pecar, por las que el autor describe el confesionario como una «especie de cajón de la basura donde los creyentes vierten sus pecados». Y ante la muerte (tema que parece preocupar al autor) se muestra un desprecio absoluto: dispendio de herencias, burlas infames hacia los difuntos, lutos inexistentes, penas fingidas… De nuevo, la recurrente idea del usar y tirar aparece: si uno se muere, se le usurpa.

La prensa al servicio del dinero y del poder:

Tanto da si se manipula al crédulo lector: la prensa pasa de ser un organismo independiente, valedor de sus críticas, a un medio de masas, servil como un criado, en el que no hay reparo alguno para inventar noticias, difamar personas, esparcir rumores y hacerle el juego (o la cama) al Gobierno. La pérdida de una escrupulosa moral y una profesionalidad periodística intachable tiene tanto que ver con el cambio social como con el pujante capitalismo, por ello no hay ni reticencias a la hora de sumirse en una vorágine de amarillismo y artículos inventados o esbozados, que apenas si tienen parecido con la noticia de verdad.

De Maupassant se ha dicho, como de Flaubert, que «cree que el mundo es una máquina inmensa movida por los caprichos de la Fatalidad; que el hombre será eternamente esclavo de sus instintos; que el talento es el resultado de larga paciencia; que, fuera del Arte, nada interesa en la vida; que los tiempos modernos son abominables, no sólo por sus ideales comunes, sino por los millones y millones de lugares comunes que, acerca del amor, de la política, de la religión y de otras cosas más, vomitan diariamente en nuestros oídos sus numerosos panegiristas». En cualquier caso, su estilo es tan puro como el agua y tan sólido como el mármol, algo con lo que sin duda concordaría Julián del Casal, aquel —también olvidado— poeta modernista, que escribió sobre Guy de Maupassant en un artículo en La Habana Elegante que «durante la lectura, mi pensamiento se sumerge, desde la primera página, en una especie de letargo cataléptico, del que no quisiera nunca salir. Cada párrafo me produce el efecto de una bocanada de éter. Hay veces que la sensación es tan fuerte, que percibo, en el interior de mi organismo, el estallido que produce la rotura de un nervio al llegar a su máximum de tensión».

Bel Ami es, en fin, una delicia literaria, un dulce irresistible para los estetas: naturaleza, feminidad, galantería (a pesar de todo), ambiente dandi… Belleza. Uno desearía que Guy de Maupassant se hubiera dejado de tanto cuento y relato y hubiera imitado a Flaubert (del que fue discípulo y gran amigo), o a Balzac, con su torrente interminable de novelas. Aún con todo, tenemos para rato, beau lecteur.

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Guy de Maupassant sentado sobre la obra de Balzac y Flaubert

IVÁN MOLINA