Con sangre entra

Don Quijote ilustrado por Gustave Doré

Últimamente he leído artículos que eran todo un homenaje a la lectura, textos que mostraban el confinamiento de estos días como una oportunidad para releer el Quijote, repasar las obras completas de Quevedo y la poesía de Rilke, o analizar desde una nueva perspectiva los diálogos de Platón o los ensayos de Marx. A mí también me gustaría, claro, pero el otro día puse la tele y ya no pude reemprender mis lecturas. Viendo la ‘caja tonta’, me di cuenta de que, en los programas de actualidad política, cada vez hay más conexiones con los tertulianos desde sus humildes hogares. Humildes hogares, pero con ricas estanterías.

Esos tertulianos se colocan, oportunos, delante de sus pobladas bibliotecas y yo siempre me pregunto si habrán leído todos esos ejemplares, a la vez que me avergüenzo de los que tengo inacabados en mis anaqueles. Reflexionando yo, ante la tele, caí en la cuenta de que esa caja tonta albergaba al mismo tonto de siempre, sólo que esta vez no era en el plató, sino delante de sus libros. Asumo que aquel individuo, al que intelectualmente no admiro, ha leído gran parte de lo que mostraba la webcam a sus espaldas. Pero, lejos de cambiar mi opinión sobre el tertuliano, se me ocurrieron un par de ideas sobre la lectura que tal vez sirvan en este confinamiento.

Recuerdo un aforismo de Plinio el joven que me ayudó bastante en mi etapa universitaria: aiunt enim multum legendum esse, non multa. Dicen que hay que leer mucho, no muchas cosas. La buena lectura exige profundizar, no acumular volúmenes. Porque si puedo presumir con benevolencia que todo el mundo intenta leer lo que tiene por casa, tengo que decir también que no todo el mundo entiende lo que lee. No me interesa lo que tenga ese tertuliano en sus estanterías, sino lo que conserva en su cabeza y emplea bien en su discurso; es decir, qué se lleva de su infinita biblioteca a los platós de televisión.

Por ello, no basta con el gesto o la foto en redes sociales, ni siquiera basta con cerrar el libro. Quería recordarles que la lectura es una cosa seria. Es una actividad más compleja que agradable, es el puñetazo en el cráneo o arriesgarse a que te cambien para siempre. Si no, sólo estás decorando tu casa para posibles entrevistas. Parece que hayamos olvidado que los libros pueden hacer daño o provocar sueño, más en estos días de estímulos infinitos. Recuerden, amantes de la lectura confinada, que los libros sembraron la desesperación de Emma Bovary, o que sellaron la lujuria de Paolo y Francesca. Fueron los libros los que abocaron a Alonso Quijano a la aventura, tan admirable para el lector y tan mortal para el personaje. Recuerden que la lectura puede cambiar para bien o para mal. Y recuerden que cuesta, maldita sea, que es cierto eso de que con sangre entra.


JAIME A. PÉREZ LAPORTA