El silencio de Dios en Ingmar Bergman

¡Dios calla porque no existe, es terriblemente sencillo!


Los comulgantes.

Bergman es uno de los grandes directores de cine de culto que destacó por películas como El séptimo sello y Persona. Su trabajo cinematográfico fue más allá de la mera cotidianidad, aunque, paradójicamente, siempre mantuvo a sus personajes en ella. Muestra de esa a veces pesada cotidianidad es la relación que mantiene el hombre con el mundo y, sobre todo, con Dios. Dios es el eslabón perdido que conecta el sentido de muchas de las películas de Bergman, como es el caso de la trilogía El silencio Dios, compuesta por El silencio (Tystnaden) 1963, Los comulgantes (Nattvardsgästerna) 1963 y Como en un espejo (Såsom i en spegel) 1961.

Dios, Dios, Dios. A todo artista le persigue una sombra que no deja obra alguna sin una mínima manifestación, y en Bergman, parece ser Dios la sombra. Pero se trata de un Dios, aunque muy cristiano, también muy sui generi. En esta trilogía, Bergman muestra un Dios silencioso, que gusta de ocultarse y hacerse desear, un Dios que nunca desvela su rostro y parece jugar al escondite para retorcerle la existencia a su creación.

Así lo muestra el protagonista de Los comulgantes, un pastor que ha perdido la fe y que se pierde a sí mismo tratando de descifrar los misterios que asechan la existencia, a tal punto de pensar que Dios no es más que una invención suya. La desesperación que le produce el silencio de Dios hace mayor su sufrimiento al no dar con ninguna explicación sobre por qué no se manifiesta –o no como espera–.

En este film se reivindica el valor de la duda frente a lo hermética que puede resultar la fe y se subraya el misterio de la existencia; pero también aparece la cara amable de la moneda: que la exigencia de Dios es el amor incondicional, el amor que sufre, que duele y se siente en las vísceras. La impotencia del pastor es que no logra apresar a su amado, y un ego herido y vanidoso antepone la duda a cualquier hebra de un Dios intangible en la existencia.

Dios duele, sobre todo cuando se le tiene como único referente de la interioridad. A lo amado se le quiere tocar, se le quiere sentir en carne, se le quiere escuchar, pero Dios, difícil en esencia, sólo se da de formas misteriosas y silenciosas. Tan silenciosas que parecen inexistentes.

LAURA PERDOMO

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