El tiempo de la felicidad

'Autorretrato con Physalis' (1912), Egon Schiele

En el tiempo de la felicidad no recuerdo que acostumbrara a usarse esa palabra. Al menos no en el mundo de las cosas reales. Los niños que eran incapaces de disimular alguna peculiaridad de su carácter (un aire de retraimiento o soledad, cierta predisposición a la euforia o la melancolía) no acababan en la consulta de un terapeuta ávido de evaluar su grado de adecuación a la vida y, en caso necesario, encaminarlos por la recta senda de la normalidad. La palabra “felicidad” remitía a un entramado de novela y celuloide, no a los paisajes de cemento y tierra apelmazada que enmarcaban nuestros juegos y donde cada cual aprendía por sí solo a vérselas con sus propias limitaciones, con los sombríos laberintos de su alma. En el tiempo de la felicidad todo era mucho más abarcable, circunscrito, limitado a una actividad concreta. Poníamos nuestros sentidos en el presente. Ninguna ambición alcanzaba más allá del rato que duraba un partido de fútbol, una excursión en bicicleta, el recreo, la película de los sábados por la tarde. Y tampoco recuerdo haberme sentido solo en el tiempo de la felicidad. Porque la soledad se poblaba de seres imaginarios que comparecían puntualmente en una habitación repleta de libros viejos y juguetes medio destartalados por el uso, y allí permanecían hasta que me llegaba la hora de acudir al reclamo de una voz que anunciaba la cena.

No sabría decir en qué momento los muros que circundaban aquel recinto empezaron a resquebrajarse. El caso es que se abrieron resquicios por donde los días filtraban su cuota de pesadumbre. El tiempo fluía más deprisa. Despuntaba una inquietud nueva, una conciencia más depurada y exacta de la propia vulnerabilidad y de los peligros que acechaban más allá de la luz y los verdores del presente, pero nada de traumas: otra palabra inexistente por entonces. El tiempo fluía más deprisa y, sin embargo, fue por entonces cuando nuestras vidas se ralentizaron. Recuerdo que mis amigos y yo nos quedábamos en ocasiones sin nada sobre lo que sostenernos, sumidos en el letargo de un tedio del que ya no era posible zafarse recurriendo a los juegos de la infancia. Supendidos en el vacío, pero en realidad con el culo apoyado en el borde del respaldo del banco de una plaza. Intercambiando burlas, rumiando insensateces.

A veces nos observábamos con extrañeza, notábamos cómo el tiempo nos zarandeaba con sus aceleraciones y sus súbitos arrebatos implacables, y alguno por primera vez se aventuraba a comentar la insólita transformación de las muchachas que desfilaban ante nosotros desprendiendo el aroma de una sensualidad turbadora.

Cuanto más oía hablar de la felicidad, más rodeado me veía de personas que parecían conocerla sólo de oídas

Había también, por entonces, momentos que parecían transportarnos a la claridad celeste de la infancia, al limbo de una dicha que de golpe reverdecía y se dilataba hacia adentro, avivada por el soplo de una ráfaga de la inocencia de antaño. Pero pronto volvía la desazón que agravaban las responsabilidades de la edad y los vaivenes incontrolables de la química, la sombra del enigma que éramos para nosotros mismos. Y así, perplejos en la contemplación de una herida que proliferaba en lo secreto, fue como atravesamos una nueva estación de paso.

Fue al entrar en el mundo de los adultos cuando empecé a escuchar más a menudo aquella palabra, felicidad. Era curioso. Con frecuencia la escuchaba en boca de individuos que, bajo sus aires impostados de fraternidad, sugerían un vidrioso atisbo de suspicacia. Hablaban de la felicidad, y del derecho a ser felices, y de las injusticias que hacían de media humanidad una masa de seres subyugados que era nuestra obligación echarnos a la espalda. Aquello resultaba desconcertante. Cuanto más oía hablar de la felicidad, más rodeado me veía de personas que parecían conocerla sólo de oídas. No obstante, aprovechaban la menor ocasión para mostrarte el camino más recto hacia la Tierra Prometida. Lo cierto es que tardé todavía un tiempo en comprender de qué estaban hablando exactamente. Hablaban del paraíso que su ideología les había revelado. Se veían -con sus voces sinuosas, prospectivas, y sus semblantes de pájaros afligidos- como los dignos herederos de aquellos primeros revolucionarios que, apropiándose de la idea de felicidad (“La felicidad es una idea nueva en Europa”, había proclamado Saint Just), habían subordinado el concepto de realización personal a la acción totalitaria del Estado.

Por descontado, ninguno de aquellos profetas del supremo Bien nos informó del tributo de sangre y opresión que sus ideales se habían cobrado. Eran -aunque se cuidaran de confesarlo abiertamente- feroces defensores de que la Historia acelerase su rodillo. Dudo, sin embargo, de que ni uno solo de ellos –acomodados burgueses adscritos en su mayoría al estamento funcionarial- fuese partidario de sacrificar un ápice de su bienestar personal en aras del triunfo de la causa que predicaban. Alimentaban sus diatribas con el complejo de superioridad que les deparaba el halo de moralismo que se atribuían. Esto les procuraba un sesgo de confort. Se les veía privilegiadamente instalados en el centro de la misma sociedad contra la que se permitían lanzar sus anatemas. En realidad, más que abanderar una postura disidente, no hacían otra cosa que mimetizarse con el espíritu de su tiempo. Un tiempo de poses airadas. Una época de infinita mediocridad, de ceguera voluntaria, adoctrinamiento y falsificaciones obscenas.

La felicidad es, si acaso, una pausada labor de cernanías

¿Qué ha sido pues de la felicidad, una vez que aquellas utopías emancipadoras han evidenciado sus falacias? Lejos de darse por vencidos, sus rencorosos heraldos han redoblado la apuesta. Su insistencia en la discordia envenena el escaso sustrato en el que aún se asienta la comunidad agonizante. En el plano colectivo, la sociedad se desliza por la rauda pendiente de una neurosis incurable. La felicidad ha acabado transmutándose en un animal mitológico al que todo el mundo persigue pero al que nadie sabe muy bien cómo dar caza. Su modelo –proteico, amorfo, evanescente- se corresponde con el que nos inculcan los grandes medios de control de masas. Un modelo, por definición, inalcanzable. Pues si tendiera hacia un punto de llegada, hacia un estadio de definitiva y exitosa cancelación, la dinámica de agitación y consumo implícita a la existencia moderna también habría llegado a su fin y, en consecuencia, los amos del mundo habrían dejado de tener ningún poder sobre nosotros.

El tiempo de la felicidad, el tiempo del ensimismamiento gozoso y la despreocupación por el futuro, es -al menos en el grado de intensidad y candor con que nos fue dispensado en la infancia- irrecuperable. La tarea que nos resta no consiste, tampoco, en la vana persecución de ningún edén inminente. Es, si acaso, una pausada labor de cercanías. Se formaliza en la rehabilitación de un orden más humano, en un enraizamiento en las virtudes heredadas (confianza, lealtad, gratitud, amor a la verdad) y en el sagrado deber de transmitirlas. Pero también en una disposición vigilante frente a toda forma de poder que asuma la pretensión de desposeernos de aquello sin lo cual no mereceríamos ostentar la condición de hombres. Es la lucha, serena y firme, por una libertad y un sentido de la dignidad inalienables. Y no acontece en ese “allá” utópico hacia el que siempre apuntan los ingenieros de almas. A decir verdad, el campo de batalla se encuentra mucho más próximo: está en el interior de cada uno de nosotros.


CARLOS MARÍN-BLÁZQUEZ es escritor, autor de ‘Fragmentos’ (Editorial Sinderesis, 2017) y ‘Contramundo’ (Homo Legens, 2020) y profesor de Literatura.

Anuncios