Maradona como artista dionisíaco

Maradona, con la Selección Argentina | AFP

En su genial opera prima, El nacimiento de la tragedia, publicada en 1872, Nietzsche consagró para la ciencia estética los términos apolíneo y dionisíaco. ¿Pero qué significa cabalmente lo dionisíaco en boca del autor del Zaratustra? Giorgio Colli dijo que Nietzsche no necesita intérpretes. Dejemos que sea el propio filósofo quien nos ilumine. En el Crepúsculo de los ídolos, un texto que se puede tomar como un epítome de sus doctrinas, escribe: “Yo fui el primero que, para comprender el instinto helénico más antiguo, todavía rico e incluso desbordante, tomé en serio aquel maravilloso fenómeno que lleva el nombre de Dioniso: el cual sólo es explicable por una demasía de fuerza.

Nietzsche afirma que Goethe no entendió a los griegos en la medida en que éste habría excluido del alma helena el elemento del que surge lo dionisíaco: el orgiasmo. Pero Goethe sí conoció un elemento semejante al descrito por Nietzsche, lo demoníaco. En Poesía y verdad escribe el gran vate de las letras germánicas: “Creía descubrir en la Naturaleza, tanto animada como inanimada, algo que sólo se manifestaba en forma de contradicciones, y que, por ende, no podía encajarse en ningún concepto, y todavía menos en una palabra”. Como lo demoníaco de Goethe, lo dionisíaco de Nietzsche no cabe en una palabra porque es justamente un acontecimiento que nace de un exceso de fuerza. Frente a lo dionisíaco se situaría, pues, lo apolíneo en cuanto representa el gusto por la medida y la belleza de las formas.

Existen artistas apolíneos y artistas dionisíacos. Sólo los últimos alcanzan verdaderamente la gloria. Maradona era un artista dionisíaco. Todo genio es excesivo. Esa es la verdad sobre su figura. Como Jordan, como los poetas malditos, como todos los que han sido tocados por la mano de Dios. Con su muerte, en una época donde los dioses han huido, el mito viviente no hará más que agigantarse. Quienes piensan erróneamente que el fútbol es correr detrás de una pelota o lo desprecian como pan y circo desde una supuesta superioridad moral e intelectual no podrán comprender nunca esto. Maradona fue ciertamente un demonio de la vida, pero no en el sentido de aquellos que hoy deshonran su memoria recreándose mezquinamente en las miserias humanas del Pibe de Oro. Pues son precisamente esas miserias las que lo hacen humano y, por ello mismo, las que hacen soportable la dimensión mítica del icono.

Con su muerte, en una época donde los dioses han huido, el mito viviente no hará más que agigantarse

Un moralismo resentido se ha instalado en la conciencia europea como un gusano que corroe toda capacidad de admiración. ¿Qué explicación puede darse del afán desmitificador que quiere rebajar la altura del hombre grande al suelo humillante del deshonor? Los mediocres se conjuran siempre contra los genios. Es la forma que tienen de aliviar el dolor que les produce su pequeñez frente al que hace algo grande. Hegel, filósofo romántico, lo sabía: “Nada grande se ha hecho en el mundo sin una gran pasión”. Maradona, todo pasión, todo amor, todo corazón, tiene que enervar necesariamente el sentimiento pequeñoburgués de un tiempo que se pregunta guiñando el ojo: “¿Qué es amor? ¿Qué es creación? ¿Qué es anhelo? ¿Qué es estrella?”

Maradona no era Dios, ni siquiera un semidiós, sino un hombre que había llegado a merecer la gloria de los héroes. Su historia es ya leyenda.  Como ha escrito su compañero de equipo en la selección argentina Jorge Valdano: “Si el fútbol es universal, Maradona también lo es, porque Maradona y fútbol ya son sinónimos”. He ahí lo que convierte a Maradona, por encima de las miserias de Diego, en un mito, es más: en un universal fantástico, por decirlo con el mayor filósofo que ha dado la ciudad donde el astro argentino conquistó la gloria de los inmortales, el napolitano Giambattista Vico.

Maradona, el mito; Diego, el hombre. Todo en él era excesivo porque una demasía de fuerza es lo que caracteriza a lo dionisíaco. Su fútbol, creativo, exuberante, teatral, carismático, nos habla de una personalidad desbordante, adictiva, magnética, barroca, viciosa, pues la lujuria es un signo de la desmesura del genio. Perdonemos al hombre y salvemos al mito, seamos grandes de alma por una vez. Siempre que muere alguien una parte de nosotros se muere también. Lo que salva a Diego, sin embargo, es el mito, como así pareció vislumbrarlo un viejo tifoso napolitano: “Di Maradona non si può parlare male perché è come se si parlasse male di Dio. E Dio sta sopra a tutto”.

LUIS DURÁN GUERRA

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