Confesiones de Whisky y literatura

iStock / LarisaBlinova

Mi primer trago de whisky me lo proveyó mi hermano mayor: él tenía unos veinte años, yo unos quince; y el Lagavulin, dieciséis. Fue en una boda de un familiar y el tortazo en mis papilas gustativas sería inolvidable, mi lengua de crío no alcanzaba a entender la causa de una bebida tan amarga y abrasiva.

Mientras crecía mi afición por el whisky, siempre apadrinada por otros adultos más expertos, las Humanidades irrumpieron en mi vida y una asignatura, Literatura Contemporánea, cambió mi visión del mundo por completo. La culpa la tuvo Kafka y probablemente también Domingo Ródenas, profesor brillante. Después de la lectura de los relatos kafkianos me di cuenta de que el mundo no es más amargo porque unos ojos tristes lo estén mirando, pero tampoco lo es menos si le añadimos dosis de Mr. Wonderful.

La amargura de Kafka me pareció, no un mecanismo de defensa, sino una adaptación al medio. La literatura nunca debió ser una huida del mundo sino una vuelta a él con más fuerza; y así debemos creer que es la celebración de la comida y la bebida.

No es que el mundo posea un exceso de azúcar, sino que somos nosotros quienes lo hemos endulzado sin límites. Dicen los últimos estudios que ese exceso, culpa de la industria alimentaria, nos terminará matando. No me sorprende, pero la muerte siempre estuvo; lo dramático es morir por exceso de azúcar y no de un problema de verdad como en las novelas de Faulkner.

Después de Kafka, llegaría El ruido y la furia: no entendía, dolía, se hacía difícil. El declive es acostumbrarse a lo malo, y la salvación está en acostumbrarse a lo bueno, aunque cueste. Gracias a las claves de Ródenas, acabé amando la lectura de aquella obra y la dificultad que entrañaba.

Recuerdo una de las veces que probé el Glenrothes, la tercera concretamente, un buen amigo tuvo una de las mejores conversaciones conmigo que jamás volveremos a tener. Con la cuarta, pedí la mano de mi futura esposa. La celebración no está exenta de amargura y la amargura no está exenta de celebración. El ruido y la furia es una novela comprendida en momentos, en perspectivas diferentes de cada personaje; el dolor tamizado por corazones distintos, convertido en esperanza o desesperación.

Julian Barnes y El loro de Flaubert cerraron aquella asignatura de Literatura Contemporánea. El dolor de la muerte de una esposa y el de las infidelidades de ésta condensadas en un personaje consciente, turbador, lector de Flaubert. Descubrí otro whisky, a ver si adivinan a cuenta de quién, llamado Lephroaig, que imita en algunos aspectos al Lagavulin: rememora el sabor ahumado y profundo, necesario para afrontar la vida.

Aún me queda mucho por saber de whisky y de literatura, pero ya sé que lo dulzón no va conmigo, entre otras cosas, porque no es una cualidad propia de la realidad. Es cierto que no todo autor debe suicidarse para ser bueno, pero necesitamos leer a gente que no se dedique a engañar. La ficción, como el alcohol, no es necesariamente una mentira. El whisky decente, como la vida y la literatura: sin mezcla, por favor.


JAIME Á. PÉREZ LAPORTA

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