Frágiles

'Father reading to daughter', Norman Rockwell

Acuérdate del tiempo en el que todo era sólido. Haz memoria. Mírate de nuevo en el espejo sobre cuya superficie permanecen detenidas las imágenes de lo que fuiste un día. Adelante, lo has hecho otras veces. El tiempo no ha conseguido empañarlas. La experiencia de los años todavía no alcanza a exhalar sobre ellas ese vaho corrosivo que desfigura tantas de las cosas que merecen la pena. Da lo mismo la edad que tengas ahora, los golpes que hayas encajado, el peso de las decepciones acumuladas. Sigues allí, encaramado al árbol de tus ilusiones. A tu alrededor, el aire se entreteje de gestos familiares y voces que te envuelven en una aureola de confianza. Nada parece que vaya a cambiar por ahora. La línea del horizonte continúa en su sitio, nítidamente perfilada. Y contra los miedos que de vez en cuando enmohecen tus sueños y salpican tu vigilia de presentimientos amargos, tus mayores te han transmitido el poderoso conjuro de unas cuantas historias esenciales acerca de los motivos sobre los que el mundo se sostiene. 

Recuerda entonces, cuando mirabas a tu alrededor con un brillo de inocencia y perspicacia transparentándose en tus ojos. Acuérdate de la fiebre de curiosidad que te incitaba a preguntarlo todo y desliza tu mano sobre los momentos de plenitud en los que todavía no podías ser consciente del valor que atesoraba cada experiencia llamada a no repetirse nunca. Desliza tu mano sobre ellos, acarícialos. Siguen allí, aunque entonces no sabías que su destino era perdurar en algún lugar de tu memoria para iluminarte esta penumbra de ahora mismo, este oscurecimiento de los márgenes de tu existencia que llegó como un vértigo y una brusca aceleración del tiempo, acuérdate, el instante en el que el contorno de las personas empezó a difuminarse y ya nada fue como antes, los lugares se estrecharon, el veneno de la duda comenzó a roer las certezas de las que se alimentaban tus proyectos, y sentiste que los hechos, “sinuosos, sigilosos, narrativos” -como escribe Enrique García-Máiquez en un poema premonitorio y magnífico- se acercaban hasta ti para traerte el dolor y la responsabilidad y la angustia de una carga que no habías conocido hasta entonces.

Creciste. Se ensombreció tu rostro. En adelante el mundo iba a ser un lugar menos amable, poblado de recovecos malsanos, saturado de inmundicias que difundían a tu alrededor su dulce aliento putrefacto. Un estallido de deseo. Un arrebato simultáneo de atracción y repulsa. El latido de la sangre, desbocado, ahogando el vuelo de la imaginación.  Empezabas a vivir a ras de tierra, eso era lo que te estaba pasando. Te quedaste sin tus alas para escapar del doble fondo que la vida oculta casi siempre. Entonces no lo sabías, pero era necesario atravesar ese paisaje yermo, endurecerse, buscar refugio en una mínima constelación de amigos que te hiceran más llevadero el tránsito. A tus ojos, los adultos perdían densidad, se desvanecía la última pizca de magia que hasta entonces los había preservado de sus errores y sus inconsecuencias, ídolos infalibles de una época remota, y ya no te reconocían –tanta brusquedad repentina, tanto atrincherarte en un silencio huraño-, no alcanzaban a entender que todo lo que tú buscabas era una playa calma donde ponerte a resguardo del caos de los días.   

Es difícil aventurar el tiempo que te llevó comprender que adaptarse es la manera que tienen algunos de envejecer por dentro sin aparentar que lo hacen. Pero también ese momento llegó, y con él la certidumbre de la inconsistencia que lo impregna todo, y a veces un destello de piedad provocado por un gesto de desamparo en el que quizá sólo tú reparabas, una mirada de abatimiento o extravío que te mostraba el envés de una realidad a la que hubieras preferido no tener que asomarte, un fulgor de revelación, en ocasiones, previniéndote de la inutilidad de aferrarte a nada.

Y entonces supiste que todo era frágil. Todo lo que te importaba pendía de un hilo bajo la amenaza de un cataclismo inminente. O quizá –no tan dramáticamente- languidecía sometido al persistente deterioro del tiempo, al cumplimiento de un plazo inexorable que agravaba su condición huidiza, menesterosa; y la constatación del instante que se evapora, y de la presencia que está condenada a desvanecerse y no ser ya más que una sombra congelada en el interior del marco de una fotografía olvidada sobre el aparador de una sala, te llenó de incredulidad y de miedo, pero a la vez te fue sacando de tu aislamiento, te mostró la evidencia de tu debilidad en la encarnadura de la debilidad de los otros, y fue como si algo reverdeciera dentro de ti, una herida que se cerrara, una inesperada brisa de benevolencia que apaciguara tus ansias de rebelarte.

Han pasado los años, tan deprisa, y ahora contemplas esta quietud que sabes efímera. Es una paz pasajera, un simulacro de orden a fin de cuentas, pero es bueno dejarse envolver por la tibia serenidad que se desprende de cada intención cumplida, de cada propósito al que renunciaste. Las horas bailan en el aire al compás de una cadencia impredecible. Escuchas el susurro de sus pasos deslizándose por el filo de algún presagio inquietante, aunque luego irrumpe una algarabía que tapa el rumor de tantos ecos ambiguos, oscuramente amenazadores, y son tus hijos que ríen, gritan, discuten. Vuelves a tener alas. Levantas el peso de tu cuerpo sobre la gravedad de la tierra, como entonces. No igual que entonces, claro, sino un poco lastrado por esa propensión a la cautela que la madurez te dicta. Pero es un bálsamo. Es un bálsamo salir de ti mismo e imaginar que esto que ahora vives no es tan sólo una tregua, sino un modo de ejemplaridad y abnegación ante todo, la única manera, al cabo, de descubrir aspectos de ti mismo que no hubieras llegado a conocer por otra vía.

En el cuidado de los tuyos encuentras la posibilidad de una enmienda a la deuda de gratitud que contrajiste con tu pasado. Intentas saldarla ahora. Asumes un compromiso en virtud del cual el tiempo adquiere una naturaleza reversible que te induce a hacerte las mismas preguntas que debieron de hacerse quienes cuidaron de ti. Y a experimentar sus mismos temores. Cómo atrapar esta luz en el tiempo, te preguntas; por medio de qué sortilegio preservar intacta la porción de inocencia que el mundo todavía no ha manchado. Son preguntas inútiles porque remiten a fenómenos que están fuera de tu alcance. Pero acaso puedas hacer algo, después de todo: levantar una empalizada, reforzar los diques, ayudarles a creer que es posible erigir un punto de anclaje desde el que resistir con entereza las embestidas futuras de las olas. Porque sólo si empiezan a creerlo ahora podrán algún día hacerse fuertes allí. El día en que descubran tu propia fragilidad, tus propios errores e inconsecuencias, tu lamentable índole falible, y entonces –elevas una plegaria aquí-, en lugar de repudiarte como a un extraño, la semilla de humanidad que una vez trataste de sembrar en ellos quizá les incline a ser compasivos contigo.


 CARLOS MARÍN-BLÁZQUEZ ha sido columnista durante diez años en prensa regional (‘La Verdad’, Murcia). Es escritor y autor de ‘Fragmentos’ (Editorial Sinderesis, 2017)

 

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