La fuerza del cambio

Después de varios días de reclusión en nuestra acogedora y humilde morada, es normal que haya quien se haya vuelto un poco majareta. Los que visitamos asiduamente las redes sociales y los informativos de televisión hemos visto que muchos usuarios y políticos nos han hablado, principalmente, de un aspecto a destacar: el cambio.

A estas personas que nos hablan del cambio no hay que reprocharles nada, porque todos queremos cambiar cosas y eso nos une. Pero una mente cualquiera, una no muy avanzada, una como la mía, tiene la capacidad suficiente para preguntarse qué es lo que se quiere cambiar y, en caso de querer cambiar lo mismo, si queremos cambiarlo de la misma manera. Resulta evidente que tras acordar y proclamar a los cuatro vientos el consenso del cambio lo único que no conseguiremos será cambiar algo. El socialista nos dirá que debemos colectivizar más el sistema y la sanidad pública, porque solo gracias a ella el país se salvará. Mientras que el liberal abogará por una liberalización radical de lo político y lo económico –haciendo especial hincapié, también, en la sanidad–.

Unidad y cambio, proclamas con las que ahora nos bombardean constantemente, son palabras huecas, muy bonitas, aunque reivindicaciones hacia ningún lugar. Queda patente en los hechos acontecidos hace una semana: cuando vimos lo desbordados que iban los médicos y enfermeras y los peligros a los que estaban expuestos no dudamos en fundirnos en un gran aplauso en señal de agradecimiento. Dos días más tarde de esta generosa iniciativa, una hora después del aplauso, se concretó la balconización (esto es, la fragmentación, de nuevo, de las comunidades de propietarios): se suplantaron palmas por cazuelas. Esta fue, y lo sigue siendo hoy, la larga vida del consenso general por el cambio y la unidad en nuestro siglo. Con estos ejemplos hemos visto que hablar de cambio y unidad es como hablar de progreso: nos dicen que caminemos todos en una misma dirección sin saber muy bien hacia dónde. Y aunque el progreso es cambio, no todo cambio es progreso. Porque lo que ha significado en el mundo moderno la palabra progreso es avanzar (aunque con frecuencia se ha retrocedido) sin ningún objetivo claro. Gilbert K. Chesterton ya lo vivió en sus días: el progreso suele apelar a la libertad para no tener que concretar ningún rumbo concreto, simplemente porque la imprecisión del término lo permite.

¿Hacia dónde vamos cuando decimos que queremos un cambio? El cambio no es necesariamente algo malo, pero antes de abalanzarnos hacia él es necesario saber qué significa. Podríamos empezar por cosas tan simples como la democracia: la gente se ha llenado la boca con ella y la hemos aceptado tal y como ha venido. En España hay democracia porque votamos o eso, muy a mi pesar, creo que piensa la gente. Y nos hemos quedado así de anchos. La democracia no consiste tanto en votar como que sean los ciudadanos quienes gobiernen. Ese podría ser un primer paso para el cambio. El segundo paso, por qué no, podríamos empezar a cuestionarnos si el capitalismo nos ha llevado a donde queríamos. Y seguidamente preguntarnos si lo que queremos nos aproxima a la felicidad. Hilaire Belloc y Chesterton observaron que el capitalismo nos llevaba a una situación de comodidad y bienestar sin hacernos necesariamente más dichosos. Ese es el único cambio que vale la pena perseguir y la bienaventuranza debe ser la meta a la que llegar: este es el largo camino hacia las estrellas que debemos tomar hoy. Un último cambio, tan típico como necesario: nosotros mismos.

¿Cómo salir de todo esto? Fabrice Hadjadj nos alumbra el camino: «Volviendo a tomar como punto de partida lo dado a las comunidades naturales: la familia (comunidad humana), la agricultura (comunidad del hombre con la naturaleza) y el culto (comunidad del hombre con los dioses, porque sin esa confianza en el Creador y Redentor, ¿cómo se puede acoger lo dado con sus dramas?)»


TONI GALLEMÍ