Parapetados tras la ideología

Pedro Sánchez, durante su comparecencia en el Congreso de los Diputados el pasado miércoles. (EFE)

Perplejidad, indignación y, lo peor, carcajadas, grandes carcajadas, han provocado en algunos -y no han sido pocos- las declaraciones de Pablo Casado acusando al Gobierno de parapetarse tras la ciencia, sin asumir un verdadero liderazgo político, para justificar su nefasta gestión de la crisis sanitaria provocada por el coronavirus COVID-19. Los perplejos, por lo que he podido sacar en claro, se preguntan en qué otra cosa puede basarse el Gobierno para tomar decisiones, tratándose de una cuestión médica, más que en la ciencia. Los indignados, que de un tiempo a esta parte siempre van un paso más allá que el resto de despistados, además de compartir la opinión de los perplejos, le reprochan al líder popular la falta de altura de miras, la bajeza moral de recurrir a la crítica cuando lo único que cabe es arrimar el hombro en la causa común, como sin duda habrían hecho el resto de partidos políticos de ser los populares los que gobernasen (sobrados ejemplos tenemos de ello en el pasado, ¿no?). Los desternillados, por su parte, aupados al acropodio de la lucidez suprema que es atributo exclusivo de los izquierdistas cultivados en sus prejuicios, se recrean con el espectáculo de lo que consideran la ostentación de la más crasa ignorancia, con la evidencia de que en la derecha pervive un simiesco pensamiento precientífico.

Sin menoscabo de las críticas que se puedan hacer a las ambiguas declaraciones, en ese punto al menos, de Pablo Casado, me gustaría realizar algunas precisiones a esas gentes, que se nos revelan ahora, para nuestra sorpresa, tan devotas de la ciencia, a fin de mostrar otros posibles significados y, sobre todo, la paradoja que encierra su interpretación.

Primeramente, si parapetarse tras la ciencia, como parecen entender quienes reprochan y ridiculizan al líder del Partido Popular, es mantenerse a su abrigo sin abandonar sus indicaciones, supeditando las decisiones políticas a lo que ella prescriba, el Gobierno no se parapetó en la ciencia, ni mucho menos, sino que, más bien, ejercieron con una ligereza temeraria el liderazgo político que su sectarismo ideológico les marcó. En ese primer momento, lo que hicieron fue servirse de las opiniones de determinados científicos, obviando las opiniones de otros -entre los que se contaban las de los científicos de diversos organismos internacionales a los que frecuentemente conceden la credibilidad de oráculos incuestionables, además de las de los científicos de algunos países que tenían el valor añadido de la experiencia-. Misterios de la vida, podríamos decir: precisamente ellos, tan partidarios del “consenso” en ciencia, de que la opinión mayoritaria no es una forma del argumentum ad verecundiam, sino que tiene algún valor probatorio, esta vez, para nuestra desgracia, eligieron el camino minoritario.

Posteriormente sí pasaron a parapetarse tras la ciencia, pero en un sentido completamente distinto -y tal vez fue este uso el que quiso criticar Pablo Casado, aunque no lo pareció, no podemos negarlo-. Porque la ciencia pasó entonces a convertirse en su disculpa, es decir, nuestro Gobierno descargó su responsabilidad en ella como si se tratase de un pañuelo de papel en el que expectorar el moco verdeamarillento de la realidad. Si las cosas están como están, sostienen falazmente nuestros dirigentes -obviando su discriminación en las opiniones y soslayando que no existió ningún obstáculo lógico o racional que les impidiese tomar otras medidas más prudentes-, no es porque ellos hiciesen nada mal, sino porque la ciencia, esa divinidad poderosa pero no omnipotente, se equivocó o, tal vez, no sabía o no podía saber. El Gobierno, por tanto, tampoco sabía ni podía saber. Nuestro mal viene a ser, así visto, una especie de castigo divino, algo inevitable.

Y así la paradoja está servida, pues aun los que crean sinceramente contra toda evidencia -como consecuencia de que el velo con el que cubre sus ojos la ideología sea tan grueso que no distingan nada de lo que pasa a su alrededor- que el gobierno se basó únicamente en la ciencia para tomar sus decisiones, una vez aceptada la impotencia de ésta para predecir con una mínima precisión la evolución de la enfermedad, no les queda más remedio -salvo que el velo a parte de la vista les haya nublado también la razón- que invalidarla como única guía de gobierno. De esta forma, cualquier perplejidad ante quien sostiene que fue un error parapetarse tras quien no sabía o, todavía peor, no podía saber, debería provocar, a su vez, perplejidad . No digamos ya las carcajadas, que en otras circunstancias podrían justificar carcajadas de réplica todavía más sonoras, pero que dado los tiempos que nos están tocando vivir provocan, más bien, un escalofrío al oírlas retumbar por la noche en las calles desiertas.

Posdata aclaratoria.- Para mí, “la ciencia”, así en crudo, sin definir explícita o implícitamente la epistemología sobre la que se construye su significado, no pasa de ser una vaguedad amorfa, casi banal; es decir, queda reducida a una forma de mito, que habitualmente se manifiesta a través de la aceptación social de un brujo, sacerdote o taumaturgo denominado científico.


CAYO CARIGA ELEIRÓ